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"Sicko" y el terrorismo
sanitario
Por Paul Krugman
La atención sanitaria universal
ahorraría miles de vidas
estadounidenses cada año,
ahorrando al propio tiempo
dinero. Se trata de una
verdadera prueba de fuerza.
Porque la única cosa que se
atraviesa en el camino de la
atención sanitaria universal son
los grupos de interés
propagadores del miedo y
compradores de influencias. Si
no podemos derrotar a esa
fuerzas, pocas esperanzas
podemos guardar en el futuro de
Norteamérica.
Ahora es el terrorismo el primer
refugio de los canallas. Cuando
las autoridades británicas
anunciaron que, detrás del
recientemente fallido atentado
con bombas, estaba un círculo de
médicos musulmanes, tendríamos
que haber sabido lo que iba a
venir.
“Sanidad pública: ¿vividero de
terroristas?”, podía leerse en
los titulares de pantalla
mientras el invitado al plató de
Fox News, Neil Cavuto, y el
comentarista de la cadena
televisiva, Jerry Bowyer,
discutían con ademán solemne
cómo la cobertura sanitaria
universal puede serlo también
del terrorismo.
Aunque eso resultaba grosero
incluso para el tipo de discurso
político habitual en la era Bush,
lo cierto es que Fox no hacía
sino seguir una larga tradición.
Hace más de 60 años, el complejo
médico-industrial y sus aliados
políticos se sirvieron de
arteras tácticas amedrentantes
para evitar que Norteamérica
siguiera los dictados de su
conciencia y diera a todos sus
ciudadanos acceso al cuidado
sanitario.
Digo conciencia, porque el
cuidado sanitario es un asunto,
y el que más, de moral. Tal se
desprende del apabullante eco
encontrado por Michael Moore con
su Sicko. Los reformadores de la
sanidad pública deberían tratar
de responder por todos los
medios a las ansiedades de los
norteamericanos de clase media,
a su creciente y justificado
temor a hallarse sin seguro
médico, o a vérselo negado
cuando más lo necesiten. Pero
los reformadores no deberían
centrarse sólo en el interés
propio de las gentes. Deberían
apelar también al sentido de la
decencia y de la humanidad de
los norteamericanos.
Lo que indigna al público de
Sicko es la patente crueldad y
la manifiesta injusticia del
sistema norteamericano de salud:
la gente enferma que no puede
pagar la factura del hospital,
literalmente en la estacada; una
niña que muere porque una sala
de emergencia hospitalaria que
no entraba en el seguro
sanitario de la madre se negó a
tratarla; norteamericanos
extenuados por un duro trabajo,
caídos sin embargo en una
humillante pobreza por culpa de
las facturas médicas.
Sicko es un sonoro rebato a la
acción. Pero no hay que
olvidarse de los defensores del
statu quo. La historia prueba
que son excelentes en punto a
bloquear una reforma buscando
vías de amedrentarnos.
Esas tácticas de amedrentamiento
han recurrido a menudo a
afirmaciones traídas por los
pelos sobre pretendidos peligros
de los seguros públicos. En
Sicko se muestra parte de una
grabación que hizo Ronal Reagan
para la American Medical
Association, alertando de que
una propuesta de programa de
cobertura sanitaria para los
ancianos –el programa conocido
como Medicare— llevaría al
totalitarismo.
Precisamente ahora, dicho sea de
paso, Medicare –que hizo un
enorme bien sin propiciar una
dictadura— está siendo socavado
por la privatización.
Son, sin embargo, sobre todo los
intereses del gran dinero, que
tienen pie en el presente
sistema, quienes quieren haceros
creer que la cobertura sanitaria
universal podría llevar a una
quiebra fiscal y a una atención
médica piojosa.
Ello es que todos los países
ricos, salvo los EEUU, tienen ya
alguna forma de cobertura
sanitaria universal. Cierto que
esos países pagan impuestos
extras, pero no sin ahorrar en
desembolsos por seguros privados
y en costes médicos sufragados
del propio bolsillo. El coste
general de la atención sanitaria
en países con cobertura
universal es mucho más bajo que
aquí.
Por lo demás, cualquier
indicador disponible dice que,
en lo tocante a calidad, acceso
al cuidado necesario y
resultados sanitarios, el
sistema estadounidense de salud
es peor, no mejor, que el de
otros países avanzados. Incluso
el británico, que gasta sólo un
40% de lo que nosotros gastamos
por persona.
Es verdad: los canadienses
tienen listas de espera más
largas que los norteamericanos
en materia de cirugía opcional.
Pero, todo contado, el acceso
promedio canadiense a la salud
es tan bueno como el promedio
del norteamericano con seguro, y
harto mejor –huelga decirlo—que
el de los norteamericanos sin
seguro, muchos de los cuales ni
siquiera llegan a recibir jamás
la atención médica que
necesitan.
Y los franceses consiguen
proporcionar la que sin disputa
es la mejor atención sanitaria
del mundo sin ningún tipo
significativo de listas de
espera. De acuerdo con datos
superlativamente contrastados,
no nos están contando cuentos.
Su sistema es así de bueno.
Todo lo cual trae a colación la
pregunta que se hace Michael
Moore al comienzo de Sicko:
¿quiénes somos nosotros?
“Siempre hemos sabido que el
interés propio sin brida era
mala moral; ahora sabemos que,
además, es mala teoría
económica”. Eso declaraba
Franklin Delano Roosevelt en
1937 con palabras que guardan
perfecta vigencia hoy para la
atención sanitaria. No es éste
uno de esos casos en que nos
tenemos que enfrentar a
decisiones penosas: aquí, hacer
lo correcto es hacer también lo
eficiente desde el punto de
vista de los costes. La atención
sanitaria universal ahorraría
miles de vidas estadounidenses
cada año, ahorrando al propio
tiempo dinero.
Se trata de una verdadera prueba
de fuerza. Porque la única cosa
que se atraviesa en el camino de
la atención sanitaria universal
son los grupos de interés
propagadores del miedo y
compradores de influencias. Si
no podemos derrotar a esa
fuerzas, pocas esperanzas
podemos guardar en el futuro de
Norteamérica.
Paul Krugman es uno de los
economistas más reconocidos
académicamente del mundo, y uno
de los más célebres gracias a su
intensa actividad publicística y
divulgativa desde las páginas
del New York Times. Colaboró en
su día con el grupo de asesores
de economía del Presidente
Clinton, pero la dinámica de la
vida económica, social y
política de los EEUU en el
último lustro le ha llevado a
diagnósticos tan drásticos como
lúcidos del mundo contemporáneo.
Gentileza: Anahi Benegas Arias [
anahi_20002002@yahoo.es ]
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