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Melancolía educativa
Dos anécdotas, verídicas y
tristes, en homenaje a los
educadores y desde la melancolía
vacacional que acompaña al
entusiasmo laboral.
Por Mikel Agirregabiria Agirre
Hace ya muchos años, unos
alumnos que me seguían con gran
fidelidad, me hicieron una
pregunta que, a un mismo tiempo,
me halagó y me desconcertó: “Tú,
con lo que vales, ¿qué haces
aquí,… enseñando?” Lo más
doloroso fue que la pregunta no
provenía de físicos o ingenieros
en formación, sino de
estudiantes de último año de
Magisterio y, por tanto, de
próximos profesores.
El segundo caso fue más
reciente, trabajando en la
administración educativa. El
padre de un alumno de Educación
Especial, un caso de síndrome de
Down, vino a cursar una
petición. El padre, creyendo
plena y meritoriamente en su
hijo, llegó a confiarme sus
expectativas máximas, lo que le
enaltecía y demostraba que era
un padre ideal. Pero lo hizo de
un modo que transmitía su
valoración de la acción
educativa. Literalmente, y en la
discreción de una conversación
privada sin la presencia de su
hijo, me confesó: “Ya sé, que
Jon (nombre ficticio) nunca
podrá ser médico o abogado. Pero
aspiro a que mi hijo haga un
trabajo sencillo, algo como lo
que hacen ustedes, los
funcionarios de educación”.
La docencia no ha encontrado aún
la estima profesional y social
que merece entre nosotros,
comenzando por el propio
profesorado. Si un futuro
docente no cree que ejerce un
puesto crítico para el futuro,
probablemente no merezca ser
educador. Si una familia no
considera trascendental la labor
del profesorado, posiblemente
esté limitando la educación de
sus hijos.
Gentileza: Mikel Agirregabiria [
agirregabiria@gmail.com ]
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