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Un lento despertar
Cuento
de verano, breve y con una
moraleja que habrás de descubrir
Por Mikel Agirregabiria Agirre
Quizá fue aquel rayo de luz,
propio de un sol de mediodía, a
finales del mes de junio. Desde
aquella pupila que apenas veía
el mundo exterior, llegó al
fondo del tuétano y le despertó.
Fue un lento proceso que duró
tres días, pero una
transformación vertiginosa para
aquel ser humano al muchos
médicos daban por muerto en el
mundo consciente.
Primero fueron las sensaciones,
como la luz cegadora que le
obligó a cerrar los ojos. Luego
el ruido del entorno y el olor a
tierra mojada. Más tarde, la
visión de quienes de rodeaban,
todos vestidos de blanco, los
viejos y los jóvenes. Durante
años había padecido frío, poco o
mucho frío, pero siempre frío.
Aunque ahora la brisa era
templada y tranquilizante.
Tampoco le dolía nada, no sentía
ninguna de aquellas magulladuras
que durante tanto tiempo le
habían acompañado.
Más tarde, quizá al día
siguiente, llegaron las
palabras. No eran las que
escuchaba provenientes del
exterior, aunque aquel
galimatías -del que hacía tiempo
se había desentendido- empezaba
a serle inteligible. Fueron las
voces interiores, las que le
susurraron nuevas emociones.
Musitó “padre”, y los ojos se le
humedecieron con alguna olvidada
remembranza. Luego, surgió
“madre”, y las lágrimas le
anegaron el rostro. No entendía
muy bien el porqué de la fuerza
de aquellos mensajes
vocalizados. También susurró
“sol”, “luna”, “aire”, “agua”,
“pan”,… y llegó a mascullar
otras que le dolieron por dentro
cuando se las repetía, una y
otra vez, “ido”, “idiota”,
“loco”,…
Por último, aparecieron los
recuerdos. Eran memoria de
tiempos muy lejanos, de su
desvanecida infancia. Jugando en
alguna playa, saltando sobre las
olas, merendando con sus
padres,… Poco a poco, desde la
neblina del olvido, fue
asomándose otra figura querida.
Alguien a quien amó, desde que
ambos eran niños. Alguien a
quien perdió, cuando ella se
hizo mujer, cuando ella le
rechazó y lo abandonó. Entonces
llegó a comprender lo que le
había llevado hasta aquel
hospital mental. Ya no le dolía
tanto,… Seguramente tantos años
de demencia habían borrado, en
parte, la herida.
También adivinó que no sólo
había sido aquel rayo de sol lo
que le había devuelto la
cordura. Había sido la música
que se escuchaba en el jardín
del sanatorio, puesta por alguna
desconocida mano caritativa.
Alguien, con sabia intención, le
había cuchicheado al oído: “La
buena música borra los malos
recuerdos”. Hasta se dijo a sí
mismo, en pleno proceso de
recuperación: “Una bella teoría,
tan útil como incierta”.
Se propuso comunicar a los demás
su mejoría. Debía superar la
prueba del tribunal médico y
salir a buscar a aquella amada
que apartó sus vidas. Tenía que
decirle “algo”, si llegaba a
encontrarla… Cuando se convirtió
en un hombre con un plan, un
brillo en su mirada delató su
recobrada inteligencia… y su
decidida resolución. Sin él
advertirlo, una leve sonrisa
apareció en su cara. La primera
expresión de felicidad en más de
una década…
Gentileza: Mikel Agirregabiria [
agirregabiria@gmail.com ]
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