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El mapa siniestro de la
explotación infantil (Parte I)
El trabajo infantil no es un
tema para tratarlo un día al
año…
Por: Elena Luz González Bazán
(especial para ARGENPRESS.info)
No hay cifras oficiales sobre
los trabajadores infantiles, por
el contrario, el relevamiento
oficial es parcial. Se aglomeran
personitas y adolescentes
trabajadores sin la menor
preocupación, por parte del
Estado, por este flagelo que
sufren los más desvalidos.
Este relevamiento muestra, el
oficial, cifras muy alejadas del
verdadero escenario, de todas
formas entregamos, en el caso de
los trabajadores infantiles
rurales, una lamentable e
incierta situación económica y
social.
Trabajo
en el campo
La CONAETI (Comisión Nacional
para la Erradicación del Trabajo
Infantil) presentó un informe el
pasado 12 de junio, el Día
Mundial o Internacional contra
el Trabajo Infantil. En este
informe, a grandes pinceladas,
para comenzar, muestra que las
provincias de Misiones, Mendoza,
Chaco y Tucumán presentan la
mayor cantidad de niños y niñas
que trabajan en los cultivos,
cosechas de las más variadas,
además de tareas estacionales y
domésticas.
Estas son zonas de tabaco, yerba
mate, algodón, cítricos, té
hortalizas, arroz, frutas, soja,
maíz, trigo, caña de azúcar, vid
y aromáticas.
Los chicos trabajadores del
campo que tienen entre 5 y 13
años lo hacen levantando frutas,
verduras, cultivando y
soportando la explotación en las
plantaciones, si bien lo hacen
al lado de sus familias, con sus
padres y hermanos mayores, este
8 por ciento, según las
estadísticas, sumado a otro 35,5
por ciento entre 14 y 17 años,
presentan otra realidad
incontrastable, uno de cada 10
chicos de 5 a 13 años abandona
la escuela, en la franja de 14 a
17 años, más de 6 de cada 10
chicos lo hace también. Esto
implica, lisa y llanamente, que
el 10 por ciento abandona la
escuela entre la franja de niños
más pequeños y el 62 por ciento
entre la franja de 14 a 17 años;
según los datos de la Encuesta
de Actividades de Niños, Niñas y
Adolescentes (EANNA) que se hizo
a finales del 2004. A esto se
debe agregar que la repitencia
se duplica cuando se hace la
comparación entre niños
trabajadores y no trabajadores.
Aún en nuestro país no hay una
muestra del trabajo infantil en
las zonas rurales, lo que se
hizo desde el 2004 es un rastreo
de trabajo infantil en las
provincias de Buenos Aires,
Mendoza, Salta Jujuy, Tucumán,
Formosa y Chaco, por parte del
Ministerio de Trabajo.
Estas cifras arrojan que estos
niños y adolescentes representan
la mitad de la población total
del país de esta franja etarra
entre 5 y 17 años. Este mismo
estudio sostiene que el 6,5 por
ciento del total de los niños
entre 5 y 13 trabajan en las
áreas rurales y urbanas y el 20
por ciento entre los 14 y 17
años en ambos contextos urbanos
y rurales: 193.095 y 263.112,
respectivamente.
Otro tipo de cálculo, en base a
los datos del INDEC, nos
probaría otra situación laboral
de los niños, niñas y
adolescentes, y es considerando
la proyección poblacional en las
zonas rurales, que indica que en
la franja poblacional de los 4 a
17 años hay 155.000 chicos entre
4-13 años, sólo en las
provincias de Buenos Aires,
Mendoza, Salta, Jujuy, Tucumán,
Formosa y Chaco, que trabajan.
Mientras, los adolescentes, que
también lo hacen en esta área:
son más de 272.000 (el 35% de
los que viven en el campo).
Estas cifras son más reales y se
aproximan a lo que sostiene la
UATRE, más de 300.000 niños,
niñas y adolescentes.
Por otro lado, la falta de
monitoreo de la explotación
infantil es palmaria. Demuestra
la falta de políticas sobre la
niñez y adolescencia, este es el
signo negativo de una política
que dice que busca la
erradicación total del trabajo
infantil, fundamento que parece
quedar en los discursos.
Pero como sostenemos más arriba,
para el campo, el porcentaje de
trabajadores infantiles es del 8
por ciento entre 5 y 13 años,
cifra que podemos ampliar si
constatamos que los niños y
niñas comienzan a realizar
tareas laborales desde los 4
años y antes, y en el caso de la
franja entre 14 y 17 años, la
cifra de trabajo infantil, en
las áreas rurales, es del 35,5
por ciento.
Tareas que desarrollan los
niños, niñas y adolescentes:
Minería, construcción y tareas
agrícolas
Estas son las actividades más
riesgosas, porque los niños
manipulan pesticidas, herbicidas
y plaguicidas además de las
herramientas y maquinaria que
utilizan en las tareas
agrícolas. En la construcción,
los lugares de peligro son
diversificados. En las tareas
mineras, los niños y
adolescentes deben introducirse
en los socavones, soportar el
trabajo insalubre y la
manipulación con explosivos.
Este círculo siniestro cierra
con la falta de seguridad
laboral, el elemento esencial
para la súper explotación de la
niñez y la perduración
indiscutible del trabajador
infantil.
Estas son tareas donde ponen en
riesgo su integridad física y
psíquica, asimismo las largas y
extenuantes jornadas de trabajo,
con las temperaturas sumamente
elevadas o de frío extremo
conforman el cuadro de brutal
injusticia de la mano de obra
infantil, que no merece grandes
titulares, coberturas especiales
o editoriales en los grandes
medios de comunicación. No son
atractivos como los bailes
bufones de la farándula, ni las
casas diabólicas de la
mediocridad nacional.
Esta es la cultura chabacana de
quienes bailan en un caño o se
sumergen en una casa. Todo vale,
y se dice habitualmente, que
somos un país generoso. Lo digo
con mucha fuerza, que se hagan
cargo quienes son público de
este fantoche.
Esta realidad aplastante y que
convoca para esta fecha a las
organizaciones estatales para
afirmar sobre la erradicación
del trabajo infantil se da de
bruces con la propia realidad.
En el mundo hay 132 millones de
niños y niñas entre 5 y 14 años
que trabajan en el campo, pero
en la Argentina, vale
reiterarlo, no hay estadísticas,
cifras sobre el trabajo infantil
rural…
Los cañaverales y el sol
santiagueño…
El frío, la helada, el hacha y
la caña de azúcar… la escarcha
les cala los huesos, sube desde
los pies y se aguantan la noche
hasta que completan las carradas
de caña…
El sol santiagueño los expone al
cansancio de un campo repleto de
algodón, donde el niño junta
capullos…
Niños
trabajando
Salta, Jujuy, Tucumán, Formosa,
Mendoza y el Gran Buenos Aires,
allí según estadísticas del 2004
residían unos 4,3 millones de
chicos entre 5 y 18 años que es
casi la mitad de la población
total de esa franja etaria. Las
cifras suministradas comprueban
que, sobre todo, en el campo, la
designada informalidad es el
contexto laboral común y
permanente.
Un párrafo para lo que se
denomina economía informal, hay
que destacar que este tipo de
situación o contexto económico
obliga a millones de personas,
de trabajadores de todas las
edades y sexo a laborar en
condiciones sobre explotadoras,
sin jornadas estipuladas de
trabajo, con salarios en negro,
sin ningún reconocimiento de
cargas sociales, sin descanso,
con el agregado de vivir en
lugares siniestros y en el caso
del campo, comprar, como en el
mejor tiempo de los almacenes de
ramos generales de los patrones,
a precios más caros, bonos,
vales y no dinero y un
condicionamiento ejemplarizador:
la falta de libertad…
Estas condiciones son las que
existen en la actualidad, por
ende, cuando se habla de trabajo
informal o economía informal
estamos refiriéndonos a la súper
explotación de la mano de obra,
generadora de riquezas, donde se
encuentran nuestros niños.
Los niños y niñas que trabajan,
en este caso, en el campo
argentino, generan bienes y
servicios para el mercado y para
el autoconsumo personal y
familiar, asimismo, realizan
actividades domésticas agudas,
extenuantes. Como en las zonas
urbanas cuidan de los hermanos
menores y desarrollan tareas
variadas en los hogares. Esta
situación social y atípica para
sus edades generan un impacto
sobrecogedor sobre su propia
existencia infantil: como la
educación formal, las
condiciones de salud, el
desarrollo psico-físico, la
alimentación y su existencia
como niños. Las estadísticas y
el muestreo, en estos casos, es
incompleto, así como el mapa del
trabajo infantil en el campo.
Volviendo a la escuela, la
repitencia, la edad no acorde, o
sobre edad, el abandono, las
inasistencias, el dormirse en
medio de la clase, el
agotamiento, la falta de
incentivos, todo esto concurre
para que los niños del campo no
tengan o no estén lo
suficientemente alfabetizados.
Ya no se trata de saber leer o
escribir a medias, son las
condiciones palmarias del
trabajo infantil, que no sólo no
se erradica, sino que se
profundiza.
En el caso de las escuelas son
precarias, muchas de ellas
rurales, sin calefacción para
mitigar el frío, con techos de
paja, cocinas precarias,
soportando las altas
temperaturas, sin elementos
esenciales para estudiar, con la
falta de mobiliario acorde, sin
útiles, desplazándose por largas
distancias para concurrir a la
escuela.
Según la UATRE (Unión Argentina
de Trabajadores Rurales y
Estibadores), hay más de 300.000
niños que trabajan en el campo
argentino.
La mano de obra infantil es un
condicionante de las políticas
siniestras de este sistema, que
construye una pirámide invertida
de redistribución, en la que el
60 por ciento de la riqueza
quede en un puñado de algo más
de 2 millones de personas.
Mientras un conjunto de 20
millones de pobres e indigentes
recogen las migajas que les
arrojan y el resto de la
población un 30 por ciento de la
riqueza.
Fuentes: OIT, UATRE, FAO,
CONAETI, UNICEF, ONU, Misiones
On line, Primera Fuente, La
Nación, Jujuy al día, La Voz del
Interior, Haydée Dessal, Fuentes
Propias.
Gentileza:
melina.alfaro@gmail.com
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