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Rojo y negro: notas sobre el
anarquismo
El anteproyecto de ley de
educación de la provincia de
Buenos Aires profundiza la
fragmentación y privatización
del sistema público de enseñanza
y lo sujeta aún más a las
variables del mercado.
Por Manfariel Adalí
Antes que el proletariado se
organizara en el resto del
mundo, las ideas comunistas, o
mejor, ciertas formas de
comunismo libertario, ya tenían
arraigo en algunas zonas
andaluzas; poco antes de 1860
descubrieron una sociedad
comunista en la región y de ella
fusilaron a dieciséis personas.
En 1868 los trabajadores
invadieron unas propiedades
rústicas por considerar a "la
propiedad privada como un abuso
de la historia y un agravio de
los capitalistas" (Mijaíl
Bakunin).
A fines de aquel año llegó a la
Península el diputado napolitano
Giuseppe Fanelli (garibaldino),
como portavoz y propagandista de
la Alianza Democrática fundada
por Bakunin. En La Révolte, de
París (4 de mayo de 1893), se
lee que "tomó uno a uno a los
hombres más dispuestos que
hallaba a su paso para
persuadirlos, convencerlos y
llevarlos al anarquismo",
agrupando así a toda una
generación que hizo del
movimiento anarquista en España
uno de los más compactos y
capaces para las luchas sociales
en el mundo.
En 1872 se celebró en Córdoba el
primer congreso anarquista de
España (el mapa del anarquismo
en 1931 ya abarcaba Andalucía,
Cataluña, Valencia y parte de
Aragón).
La primera República Española se
proclamó en 1873; hubo numerosos
motines e insurrecciones
desligados unos de otros la
mayoría de las veces. Algunas
revueltas en Andalucía, como la
de Montilla, tenían carácter
marcadamente anarquista; los
campesinos destruyeron el
registro de la propiedad,
modificaron los lindes de
algunos cortijos, saquearon
otros y dieron muerte a dos
propietarios y a un guardia
rural: ni la Internacional, ni
la Alianza de la Democracia
Socialista tuvieron parte alguna
en los hechos.
La Asociación Internacional de
Trabajadores (ait) logró un
fuerte arraigo en Andalucía y
Cataluña; el gobierno
provisional de 1874 la disolvió
inmediatamente, pero gracias a
la unión de los campesinos no
impidió la difusión de ideas ni
la movilización de los
militantes. El credo
anarco-colectivista queda bien
expresado en unas líneas de su
reglamento: "La tierra existe
para el bienestar común de los
hombres y todos tienen el mismo
derecho a poseerla." (Bakunin).
En el verano de 1883 se produjo
la primera de las innumerables
huelgas que habrían de estallar
en Andalucía. Los segadores de
Jerez se negaron a trabajar a
destajo, como lo imponía el
despotismo de los amos; en 1892
el anarquismo volvió a
manifestarse en Jerez, Cádiz y
Sevilla.
A comienzos de siglo xx fue
fraguando la transformación del
movimiento anarquista en el
anarco-sindicalismo. En octubre
de 1910, un congreso de
federaciones y grupos
libertarios creó en Sevilla la
Confederación Nacional del
Trabajo (cnt), y en 1927 la
Federación Anarquista Ibérica (fai).
Las cualidades del andaluz, como
las de cualquier ciudadano del
mundo, son una compleja amalgama
que no permite establecer
determinismos sino con
dificultad. El andaluz no se
adapta "gloriosamente" a su
miseria. Nadie se adapta a la
miseria en cuanto puede huir de
ella. Los hechos mismos niegan
rotundamente lo afirmado por
José Ortega y Gasset en su
Teoría de Andalucía.
¿Y aquí, en México? Con todos
sus defectos y debilidades, son
los pobres quienes actúan como
verdaderos héroes
contemporáneos, porque están
pagando el desarrollo industrial
y el de la modernización del
país: "En verdad, la estabilidad
política de México es un triste
testimonio de la gran capacidad
para soportar la miseria y el
sufrimiento que tiene el
ciudadano común, pero que tiene
sus límites, a menos que se
encuentre una distribución más
equitativa de la cada vez mayor
riqueza nacional; debemos
esperar que tarde o temprano
ocurrirán trastornos
nacionales." (Ricardo Flores
Magón).
En España, los principios de la
cnt fueron claramente
expresados: "El sindicalismo no
debía ser considerado como un
fin sino como un medio de lucha
contra la burguesía" (Piotr
Kropotkin, El apoyo mutuo). En
México, la lucha y las ideas de
los hermanos Flores Magón se
inspiraron en los mismos
principios. Y en ambos países se
emplearon los mismos sistemas de
lucha, como la huelga general y
la acción directa. Recuérdese la
relación de Antonio Díaz Soto y
Gama con Emiliano Zapata, quien
adoptó el grito de "Tierra y
libertad". Y su esperanza del
advenimiento de una revolución
milenaria que nacerá del reparto
de la tierra: "La tierra para el
que la trabaja."
El magonismo, como fuerza
detonante de la Revolución
mexicana, tuvo como aspiración
abolir el poder, no ejercerlo.
Una de sus metas era el
autogobierno de las masas
populares. Los zapatistas,
hermanos de los anhelos y la
rebeldía del magonismo, lucharon
como buenos libertarios por un
mundo nuevo en el que las
fábricas, la tierra y la
libertad fueran para todos.
Los anarquistas, insatisfechos
con los moderados intentos de
reforma agraria, crearon graves
problemas a la segunda República
Española, especialmente en
Andalucía. El famoso alzamiento
de Casas Viejas, capitaneado por
Seisdedos, fue quizá uno de los
signos más expresivos de las
dificultades de la izquierda
liberal republicana para
entender el grave trasfondo del
problema agrario andaluz. Al
clamor promovido por Seisdedos
respondieron campesinos y
trabajadores, convencidos con fe
inquebrantable de que
establecerían el comunismo
libertario. Como se sabe, la
guardia civil y las tropas
acabaron por prender fuego a las
casas en que se habían refugiado
los campesinos.
Al estallar la Guerra civil
española, las clases
trabajadoras andaluzas y las del
resto de España se pusieron del
lado de la República. Ya en las
elecciones de febrero del '36,
Andalucía había optado por el
Frente Popular. La historia
reciente prueba que los más
hondos problemas andaluces
–especialmente la cuestión
agraria– están muy lejos de
haberse resuelto.
Como ejemplo de las
inconsecuencias en ese período,
por decir lo menos, se puede
señalar un estudio documental
cinematográfico de Luis Buñuel
en Andalucía, Las Hurdes, tierra
sin pan (1932), donde se hace
una denuncia:
Un bolsón de miseria [es un
eufemismo] en las montañas a
unos kilómetros de Burgos. La
vida extinguiéndose en piedras
agrietadas: un hombre temblando
de fiebre; el bocio antiguo de
una mujer de 32; un niño
abandonado por tres días en la
calle para morir ahí; el lindero
de los cultivos a unos dos o
tres metros del río, que lo
barrerá con las primeras
lluvias; los hombres marchando
penosamente hacia Castilla, para
trabajar y regresar sin eso;
muñecas huesudas y pechos
hundidos, andrajos increíbles;
enanos imbéciles farfullando a
la cámara, girando sus bobas
caras de nabo por encima de las
rocas; la vista de una madre
cuya bebé acaba de morir,
sacudida por sentimientos
humanos que usted podría tomar
por felicidad después de todas
esas caras en blanco; el pequeño
cuerpo llevado por senderos
pedregosos de los que hemos
visto caer cabras incluso [en
realidad, fue el producto
trucado de un disparo de fusil
del equipo de producción],
empujado en su plataforma a
través de un río –como un
pequeño ferry sobre un innoble
Leteo hasta que llega a su único
cementerio a kilómetros de
distancia–, unos pocos palos
clavados en las altas hierbas y
la cizaña; por la noche, entre
las celdas de piedra, una calle
como un parche en terreno
agrietado, una mujer vieja
batiendo una campana muerta. Una
película honesta y escandalosa,
que se encuentra libre de
propaganda excepto por una toma
al interior de una iglesia –un
par de estatuas baratas y un
grabado corriente– con una
verbosa oración [en off] sobre
la riqueza clerical…¡Riqueza!
Uno sonríe con la palabra a la
vista del interior de dos
centavos y se pregunta si los
cinco años de políticas
republicanas han hecho algo por
esa gente; que uno sólo podría
permitirse acabar con este hoyo
al que deben trepar para hallar
limpieza y confort.
Es un mundo grotesco: los
imbéciles tocándose unos a otros
entre las rocas con significados
privados incomunicables. La niña
muerta mostrando su garganta al
camarógrafo ("Nosotros no
pudimos hacer nada por ellos.
Unos días después supimos que
ella había muerto", dice la voz
en off).
Graham Greene on Film, Collected
Criticism, 1935-1939 (Traducción
de Rubén Moheno)
Es que las revoluciones de tipo
social no son hechas por los
"partidos", los grupos o los
cuadros. Ellas resultan de
fuerzas históricas, y de
contradicciones que movilizan a
vastos sectores de la población,
y son consecuencia de la tensión
entre lo actual y lo posible; lo
que es y lo que podía ser.
El rasgo más sorprendente de las
pasadas revoluciones es que se
iniciaron espontáneamente; que
la revolución triunfe o no
depende de si el Estado puede
emplear su fuerza armada con
eficacia; es decir, si las
tropas –compuestas por el
pueblo– pueden ser lanzadas
contra el pueblo.
El "glorioso partido", allí
donde existe, va invariablemente
atrás de los acontecimientos. El
partido se estructura de acuerdo
a líneas jerárquicas que
reflejan a la misma sociedad que
pretende confrontar. Pese a sus
pretensiones teóricas, es un
organismo burgués; un aparato
cuya función es aspirar a la
toma del poder, no a disolverlo.
Sus miembros están entrenados en
la obediencia; son educados para
reverenciar el liderismo, que es
una función dirigente del
partido, que, a su vez, finca
sus bases en costumbres nacidas
del viejo mundo injusto; es, en
fin, una burocracia con
intereses creados. Así, los
líderes se convierten en
personajes, pierden contacto con
la situación viva en las filas
bajas, y el resultado es una
eficiencia muy disminuida desde
el punto de vista
revolucionario.
El partido es muy eficiente sólo
en un sentido: en moldear a la
sociedad de acuerdo con su
propia imagen jerárquica. Si la
revolución tiene éxito crea la
burocracia, la centralización y
el Estado controlado por el
"glorioso partido". Es decir,
preserva las condiciones
necesarias para su propia
existencia.
Por otra parte, ese tipo de
partido, fuera del poder, es
extremadamente vulnerable en
períodos de represión; con los
líderes en prisión u ocultos,
queda paralizado; los obedientes
no tienen a quién obedecer y
tienden a dispersarse: y la
"revolución" se anula.
Los partidos socialdemócratas,
comunistas y trotskistas
degeneraron porque estaban
estructurados según los modelos
burgueses. La superioridad
ideológica del anarquismo radica
en que no aspira al poder sino a
su liquidación.
El sindicalismo revolucionario
no pide a los demás que abdiquen
de su poder, sino que contemplen
la posibilidad de una
reestructuración social de base,
comunitaria, al margen del poder
tradicional, porque el
socialismo de dirigentes y
dirigidos no es socialismo sino
autoritarismo. Éste empieza por
la discriminación política y
termina con el nacimiento de
nuevas clases privilegiadas.
El anarquismo ofrece a todos un
quehacer comunitario en la base
misma de la sociedad. Hay que
insistir: los partidos políticos
no hacen revoluciones de tipo
social, éstas han sido
levantadas siempre por amplios
sectores de la población; las
más decisivas pueden ocurrir
siempre que se den las
condiciones necesarias. La
espontaneidad del movimiento y
de las masas que en ellas
intervienen es un hecho probado
por la historia.
La huelga general, o la huelga
de masas, es el más decisivo
hecho del proceso. Se fundamenta
en los sindicatos que
intervienen en ellas porque
cuentan con la facultad de
paralizar la vida económica, y
también para ponerla en marcha
de nuevo e iniciar la
reestructuración social. Esta
vieja táctica del sindicalismo
revolucionario, la huelga
general, fue criticada siempre
desde todos los ángulos por el
marxismo.
En España, donde el
anarco-sindicalismo era fuerte,
los sindicatos de la zona
republicana socializaron la
industria en el '36, crearon más
de 2 mil colectividades
campesinas, y en Aragón lanzaron
el primer autogobierno en la
historia del mundo.
Fueron los pueblos y los
sindicatos los que crearon
organismos necesarios para una
situación en verdad apremiante.
En el curso de una larga y
compleja guerra fratricida muy
sangrienta. La maquinaria
enemiga era pletórica en armas
proporcionadas por los fascistas
alemanes e italianos, y los
otros sólo con los instrumentos
de trabajo convertidos en armas,
y las muy pocas que vinieron del
exterior –como las que llegaron
de México–, compitieron en
condiciones que la palabra
desventaja no refleja sino muy
pálidamente. Todo ello debilitó
en gran parte los primitivos
logros revolucionarios, pero sin
llegar a extinguirlos por
completo nunca.
Es que gobierno y revolución son
incompatibles, como lo prueba el
estalinismo. En el caso cubano,
no podemos olvidar por un solo
instante la muy real amenaza de
muerte que pende sobre él desde
su nacimiento hasta hoy. En ese
sentido es una excepción.
Si en algo cuenta, diremos que
los trabajadores, de todos los
tiempos, cuando se vieron
obligados a defender sus
intereses, empezaron siempre por
crear una sociedad de
resistencia, y luego sindicatos,
pero jamás un partido político;
los que surgieron después
tomaron de la ideología
contraria para usurpar la fuerza
obrera.
Cuando se inició la Guerra de
españa yo tenía unos meses de
edad. No conocí a mi padre,
herrero afiliado a la fai, y que
huyó de Córdoba. Él fue a
Valencia para alistarse en la
Columna de Hierro anarquista.
Combatió en Teruel a las tropas
fascistas, batalla donde cayó.
Andando el tiempo, en mi primera
juventud (catorce o quince años
de edad) me afilié a un grupo
clandestino que actuaba contra
el régimen franquista, los
Jóvenes Libertarios. Y después
de algunos años de correrías por
varios puertos en labores de
grumete llegué a México.
Hace algunos meses asistí a una
reunión junto con algunos
compañeros mexicanos y otros
españoles, donde conocí a un
grupo de indígenas de
comunidades chiapanecas,
bakuninistas casi todos,
conocedores de Kropotkin, Flores
Magón, y el propio Bakunin.
"No hay que ponerle veladoras a
Bakunin ni a los Flores Magón",
me dijeron. Quedé con la boca
abierta y en total acuerdo con
esos compañeros.
En otra ocasión vi a un joven
punk (vestidura de piel negra
con remaches y estoperoles en la
mochila y en las botas, además
de un tocado muy especial), me
acerqué a él y le dije:
"Compañero, ¿sabes cómo puedo ir
a la parada del metro más
próxima?" Me indicó el camino y
luego se despidió de mí con un:
"Suerte y salud, compañero." Nos
estrechamos las manos cada quien
con una sonrisa.
Gentileza: Melina Alfaro [
volar_2004@yahoo.com.ar ]
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