|
La misma Luna
Unos la visitaron; otros sólo la
vemos. Algunos le atribuyen
extraños poderes; todos
presentimos su presencia.
Por Mikel Agirregabiria Agirre
Nos sorprendemos cuando leemos
que existen árboles vivos con
diez siglos de existencia en el
Amazonas. Algún abeto Douglas se
complementa con madera subfósil
con 22 siglos de existencia. A
especies como el Pinus longaeva,
la Sequoia gigante, el Drago
Canario o ciertas esponjas les
son atribuidas edades de hasta
cinco mil años. Asombrosa
vitalidad frente a las mariposas
cuyo efímero ciclo vital apenas
llega a un mes, o a bacterias
que nunca sobreviven más allá de
unos fugaces quince minutos.
Por fortuna, a nuestro alrededor
existen elementos muy estables.
En la película “Nueve vidas” un
personaje menciona de pasada a
su pareja que todos descubrimos
y nos encandilamos con la misma
Luna. Y así es. Desde todos los
continentes y océanos. Niños y
ancianos. Los que aún vivimos y
nuestros más remotos
antepasados. Jesucristo y Newton
vieron la misma cara de la misma
Luna.
La misma que hizo exclamar a
Galileo cuando resplandeció a
través de su catalejo: “Es muy
hermoso y placentero contemplar
la Luna”. A todos nos inspira la
gobernadora de las mareas. A
veces, hasta demasiado. Como
dijo el poeta Matsuo Basho en un
brillante haiku: “De vez en vez
llegan las nubes, / y conceden
al hombre una tregua: / le
ocultan la Luna”.
En todo caso, es maravilloso
contar con un amarre eterno, un
noray donde fijar la mirada. En
cualquier momento, de cualquier
noche, desde cualquier lugar de
la Tierra. Allí estará, la fría
y casta Luna, reina del
firmamento, siempre alumbrada.
Helada llama, por cuartos
transfigurada, pero siempre con
la misma mirada. Ella no sólo
nos ilumina, también… nos
guarda.
Gentileza:: Mikel Agirregabiria [
agirregabiria@gmail.com ]
paginadigital |