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A 50 años del Tratado de Roma:
Europa hoy
Por
Rossana Rossanda
¿Qué es hoy Europa? Es un
espacio de libre mercado con
moneda única, gobernado por un
banco central autónomo respecto
de los estados con el subsidio
de una Comisión que vigila por
la libertad, concurrencia y
competitividad empresariales. No
es otra cosa. Ni siquiera, en su
sentido pleno, una zona de
“libre circulación de capitales,
mercancías y personas”, porque
esto último es objeto de
discusión: ¿quiénes son las
“personas” que gozan de libertad
de circulación? Por otra parte,
mientras la zona euro está
cogentemente definida, la Unión
Europea comprende ahora 27
estados (el agolpamiento siguió
al desplome de la URSS), parte
de los cuales están aún en lista
de espera en lo tocante al euro.
Tampoco cubre la UE el
continente que en los atlas
geográficos se define como
Europa; le faltan sobretodo los
Balcanes y Rusia, mientras llama
a la puerta una Turquía que no
es, geográficamente hablando,
parte de Europa, y alguno
propone a Israel –lo mismo—,
que, por lo demás, no llama a la
puerta.
Esa zona está regulada por una
única ley común, todavía en
vigor: el tratado de Maastricht
de 1992, luego modestamente
alterado en Ámsterdam, y por
criterios de estabilidad (es
decir, por un rígido
monetarismo). El fardo de
tratados, declaraciones y
veleidades que en el nuevo
milenio ha sido ensamblado, bajo
la presidencia de Valéry Giscard
d’Estaing, por 62 expertos
nombrados por los gobiernos, y
que debería haberle dado, ya
fuera como cosa hecha, una
Constitución –es decir, una
fisonomía ideal y política— está
actualmente en situación de
moratoria porque fue rechazado
hace dos años por sendos
referenda en Francia y en
Holanda, que eran estados
fundadores. De hecho, otros
gobiernos, empezando por el otro
gran patrocinador, Alemania, se
abstuvieron prudentemente de
someterlo a referéndum popular:
se votó, cuando mucho, por
mayoría parlamentaria, y se
guardaron bien los parlamentos
de dedicar amplios debates y de
implicar a partidos y a
electores, y mucho menos a los
“pueblos” evocados conforme a la
tan generosa como vaga fórmula
del proyecto por “Otra Europa”
del Foro Social europeo.
Un resto de decencia ha impedido
que el conjunto siguiera
adelante a pesar del no de
Francia y de Holanda. Tanto
funciona la criatura monetaria
–fin en sí misma—, que en
nuestros días no es poco, e
incluso es lo esencial. No se
preocupa mayormente sino del
crecimiento, y menos que menos
del modelo social y de su
cohesión, y deja un modesto
margen de maniobra a los
estados. Todavía menos al
valetudinario Parlamento
europeo, dotado de poderes harto
escasos. Y en lo atinente al
coordinador de la política
exterior y de seguridad, el
llamado señor PESC, Javier
Solana, es un fiel recomendador
de esto y de aquello, que puede,
o no, ser escuchado. No se
llegará a un engalanamiento
constitucional propiamente dicho
hasta que las próximas
elecciones despejen la incógnita
de la presidencia de la
República francesa, si
socialista o de derecha.
(Francia y Alemania han sido de
hecho el eje y el alma –si de
alma puede hablarse— del
coágulo.) Si vencen los
socialistas, es verosímil que no
sólo gobiernos y parlamentos
sean consultados sobre un
proyecto rehecho. Si vence la
derecha de Sarkozy, ya se ha
anunciado que, tras enérgica
poda, el Tratado será solamente
sometido, a toda velocidad, a la
mayoría parlamentaria.
Sale estos días, y será
presentado mañana en Roma, el
trabajo de Luciana Castellina
(Cincuenta años de Europa. Una
lectura no retórica, Utet
Editore), que describe el
itinerario de este farragoso
proceso. Es un trabajo precioso,
porque poco se sabe de eso, aun
si mucho se declama y se
proclama en las sedes oficiales.
Jamás ha desatado Europa una
pasión popular, ni se ha buscado
excitarla por parte de sus,
dígase así, constructores. Por
lo que, cuando los ciudadanos se
ven forzados a pronunciarse,
como en las elecciones al
Parlamento europeo, se expresan
con diversas desconfianzas y
moderada participación. Las
fanfarrias que acompañarán al
quincuagésimo aniversario del
Tratado de Roma juntarán
vaguedades, que no verdades,
porque todo se puede decir,
salvo que se ha tratado de un
proceso lento y difícil pero
coherente consigo mismo desde
sus orígenes hasta el actual
aterrizaje.
Porque de un aterrizaje se ha
tratado, representa algo no
fácilmente reversible. Luciana
Castellana señala muy bien las
etapas, ya al reconstruir la
sucesión de aproximaciones,
abrazos, rupturas entre
gobiernos según las variaciones
del escenario internacional de
la segunda mitad del siglo XX y
en las aceleraciones del tercer
milenio, ya en las mutaciones
experimentadas por la
subjetividad de los
protagonistas, analizados en la
segunda parte del volumen por
naciones y corrientes políticas.
Es lo cierto que el aterrizaje
no realiza el ideal de Spinelli
y de su grupo de amigos
–tardíamente incorporados al
círculo de aliados del PCI—, que
había nacido como reacción a las
dos guerras mundiales. Una
Europa federal habría terminado
con los sangrientos conflictos
entre países que habían marcado
desde siempre el camino europeo,
y sobre todo, con las feroces
aventuras del fascismo y del
nazismo, crecidos en suelo
europeo en los años veinte y
treinta, que habían llevado al
más devastador conflicto de la
historia de la humanidad.
Pero, subitáneamente, la Guerra
Fría hizo prevalecer, entre los
aliados que habían derrotado a
Mussolini y a Hitler, y entre
los partidos anteriores a la
Resistencia o nacidos con ella,
la necesidad de optar entre el
campo atlántico, que se iba
organizando con instituciones
supranacionales, y el campo de
la URSS, que se había extendido
a las llamadas democracias
populares. Europa fue el terreno
del choque o enfrentamiento: el
ex-Tercer Reich, nacido de la
derrota y dividido en cuatro
zonas de ocupación, quedaría
dividido en dos, entre la
República Federal alemana en el
Oeste y la República Democrática
en el Este, bajo el paraguas
atlántico, una, bajo el de la
URSS, la otra. En medio,
territorio siempre a pique
propiciar el incendio, Berlín. Y
así habría seguido, si la
Ostpolitik de Brandt no hubiera
traído inopinadamente consigo
una espiral de pacificación.
Pero ya la crisis de la URSS y
de su campo estaba, más que
madura, podrida, y llevaría en
pocos años a la caída del Muro
de Berlín y al fin de la
experiencia soviética.
Castellina destaca la
intervención americana a la hora
de favorecer los primeros pasos
hacia una unidad europea,
concebida como baluarte, también
militar, contra la Unión
Soviética, haciendo hincapié en
una Alemania rearmada. En suma,
una estrategia paralela a la de
la Alianza Atlántica que tomaba
cuerpo en 1949. Ya esto alteraba
de todo punto la idea del
movimiento federalista de
Spinelli: pero un objetivo
militar, que no podía dejar de
incluir a Alemania, tenía que
chocar con muchas desconfianzas
en un continente escarmentado
por el nazismo, mientras que el
Plan Marshall no provocó
ninguna, más bien un vivo
agradecimiento hacia los EEUU. Y
la idea de algún tipo de
unificación europea, que todavía
no podía calificarse de
explícitamente liberal,
resultaba bien acogida, porque
hacía frente a la presencia de
algunos poderosos partidos
comunistas, el italiano y el
francés, que salían de la
Resistencia reforzados en su
prestigio y que eran más temidos
como organizadores del conflicto
social interno que como longa
manus de Moscú. De hecho,
mientras las propuestas de la
CED y de la UEO se abrían camino
sólo muy fatigosamente, se daba
en 1951 la primera forma de
relación estrecha continental
entre los seis países históricos
–Francia, Alemania, Italia,
Holanda, Bélgica y Luxemburgo—:
aquella Comunidad europea del
carbón y del acero (CECA) que no
sólo representó la puesta en
común de los dos productos que
tiraban de la larga posguerra,
sino que trajo consigo una
primera y brutal división del
trabajo, privando a Italia de su
gran siderurgia y a Francia y
Bélgica, de sus imponentes
charbonnages, con consecuencias
sociales agudas.
Los pasos sucesivos, no sin ires
y venires. Y no antes de un
reencuentro total, también
simbólico, entre Francia y
Alemania, que –resueltas a
sujetar las riendas a dos manos,
ya que ninguna de las dos podía
hacerlos sola— se dieron un
abrazo solemne en las personas
de Kohl y Miterrand. Como puede
leerse en la precisa
reconstrucción de Castellana,
son cientos los acuerdos, los
tratados más o menos duraderos,
los encuentros también con
fuerzas no continentales, las
mesas con presencias diversas,
de acuerdo a los humores y a las
susceptibilidades nacionales,
pero es bien reconocible la ruta
que llevó al gobierno del
mercado y a fiar el estado
supranacional a la moneda. Ni
una cosa ni otra habrían sido
posibles sin la caída de la URSS
y el cambio de ruta de los
sindicatos y de los partidos
comunistas occidentales.
Éstos, acusados de ser
antieuropeas a fuer de obedecer
a Stalin, lo fueron frente a las
manifiestas pérdidas del peso
contractual de los trabajadores
que venían de la mano de los
elementos de la ingeniería
liberal que salieron de la
discusión sobre la “crisis
fiscal del estado social”, que
penetró inopinadamente en
sectores insospechados de la
izquierda y fue un potente
ariete para hacerlo saltar. Si
la Europa moderna tenía una
característica inconfundible, el
papel desempeñado por el
conflicto social, que después de
la Revolución francesa había
quedado como una dialéctica
abierta. Para los cerebros
gobernativos que pilotaron
siempre el camino hacia una u
otra forma de unión, estaba
cerrada. Y la Comisión exige
valerosamente cada dos días la
demolición de un conjunto de
derechos y protecciones sociales
bastante robustas en el Reino
Unido, en Francia en la Alemania
y en la Italia postbélicas. Del
doble atributo clásico de la
soberanía, disponer de un
ejército y acuñar moneda, el
segundo ha ganado. En lo que
toca a las armas, los estados
europeos han preferido ponerse,
sin estar obligados a ellos,
bajo el paraguas de la OTAN,
cuyo artículo 5, como recuerda
Isidoro Mortellaro, ni siquiera
les obliga ahora hasta el punto
que se pretende (por ejemplo,
respecto de la base de Vicenza).
Francia todavía se mantiene
fuera de la OTAN.
Tal es, sumariamente, la
historia de Europa que, en el
marco de las relaciones
Este-Oeste y, tras 1989, en el
de la globalización y la
dominación americana, se lee en
los trayectos hacia la Unión
Europea. Su aceleración tiene
tres nombres –Delors, Santer y
Prodi—, y el euro, junto al
Tratado de Maastricht y al pacto
de estabilidad, constituye la
verdadera corona de laurel
lograda por el centrismo
continental. Y lograda sin
fatiga, puesto que la izquierda
ha dejado de existir. Para nada
revolucionaria en Europa desde
1945 en adelante, fue firmemente
reformista en el sentido de que
tenía aún abierto el conflicto
entre las clases, con
perspectivas de mediación por
arriba o por abajo. Quien hoy
todavía apunta a eso, se hace
reo de la acusación de
soberanismo o proteccionismo,
bajo cuyo nombre cae cualquier
intento de protección de los
propios ciudadanos, como
recuerda Fitoussi, algo que sólo
se consiente, y por mucho, a los
EEUU. Decir antieuropeo, escribe
Luciana Castellana, es hoy un
insulto sangriento, la
insinuación sangrienta más
común.
¿Ha sido antieuropea la
izquierda italiana? Sí; ha
desconfiado de la manera en que
se iba perfilando Europa. No
porque estuviera enamorada del
propio estado, de la propia
nación o de la propia etnia.
Entre sus muchos defectos, no se
contaba ése. Sino porque estaba
persuadida de que un superestado
europeo no habría asegurado los
derechos sociales que ella misma
había inscrito en la
Constitución de 1948. Como de
hecho no han sido asegurados, o
han resultado desleídos y
prácticamente inexigibles.
Se puede observar que, aun sin
el ingreso en Europa y en la
zona euro, habría resultado
arduo defenderlos: se nos
requiere la nulificación de la
primera parte de la
Constitución, y en porciones
políticas no precisamente
pequeñas: porque el primado de
la empresa, con relativos
codicilos, concurrencia y
competitividad, y para los
asalariados, flexibilidad y
precarización, es un tsunami
formado a mitad de los años 70 y
precipitado con el desplome de
la URSS y de los partidos
comunistas, además del
debilitamiento de los
sindicatos. En otras palabras,
la naturaleza de la UE está
ínsita en la modificación de las
relaciones de clase (si todavía
puede usarse esa expresión) a
escala mundial. Y esto, la
izquierda, no lo había previsto.
No sólo en Italia. Ni siquiera
allí donde, como en Alemania, la
antigua socialdemocracia había
cambiado de color de golpe, ni
en el Reino Unido, en donde la
victoria de Margaret Thatcher
había precedido a la
degeneración del Labour Party en
el New Labour de Tony Blair.
Ello es que los derechos
laborales, inveteradamente
considerados en Europa como un
factor de cohesión social y de
estímulo al desarrollo, no
fueron de hecho defendidos por
la desconfianza sin alternativas
que la izquierda opuso al
proceso europeo. Lo digo también
por algunos de nosotros –de me
fabula narratur—: veíamos el
peligro, pero subestimamos su
naturaleza estructural, de
proceso mundial, después de los
años sesenta, y no intervinimos.
Al manejo por lo alto de los
gobiernos y de los grandes
intereses financieros no se le
opuso discusión alguna en la
izquierda, ni se implicó a las
sociedades que tendrían que
arrostrar las consecuencias.
Ni siquiera lo están ahora. Si,
como es verosímil, los nuevos
dirigentes de los estados
europeos van a proponer una
constitución no muy distinta de
la hasta ahora avanzada –la
entrada de los países del este
no puede sino empeorarla—, ni
siquiera las izquierdas
antiliberales, y son bien pocas,
parecen en condiciones de
ofrecer un dispositivo capaz de
inducir a rupturas y revisiones
de fondo. Sólo el Foro Social
europeo ha sido capaz de genera,
junto a algunas asociaciones de
la sociedad civil, un serio
paquete de principios distintos,
pero sin entrar en uvas en una
estrategia de cambio. Muchas
cosas irreversibles han pasado;
es impensable que se elimine el
euro, pero podrían modificarse
algunos parámetros del Tratado
de Maastricht; es impensable que
se cierre el Banco Central
europeo, pero se podría poner en
cuestión su filosofía; y así por
el estilo. Lo que el Foro Social
llama pueblos, deberían
articularse, también en lo que
hace a su representación. La
ausencia de los sindicatos, su
incapacidad para unirse, al
menos en Europa occidental, en
donde conservan una fuerza, es
una catástrofe. ¿Cómo van a
defender a los trabajadores, si
la zona euro se mantiene abierta
a las correrías de los
capitales?
No es que una nueva Europa se
defina sólo respecto de este
asunto, aunque sobre este asunto
el Tratado constitucional ha
sido bloqueado en dos países que
se avilantaron a convocar
referenda. Hay muchos otros
asuntos apuntados por el Foro
Social que se inscriben en un
escenario opuesto al dominante.
Quien piense que Europa debe ser
diversa y constituir en la
globalización un modelo de
contra-tendencia tanto por los
métodos cuanto en los fines,
tiene ante sí no mucho más de un
par de años para promover una
campaña de opinión que debería
ser no menos vasta que aquella
que hizo por un momento
tambalearse a Italia tras el
descubrimiento del escándalo de
Tangentopoli. Allí estaba en
cuestión la corrupción de toda
una elite política; aquí lo está
la perfecta y ascética
inhumanidad de un sistema
fomentador de la desigualdad. No
sé qué es peor.
Gentileza:: Anahi Benegas Arias [
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