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La profecía cumplida del Gran
Jefe Seathl
Por José Luis Hereyra Collante
Ante la destrucción total del
planeta; ante la extinción por
ciegas manos criminales de miles
de especies animales; ante los
glaciares y los polos y los
nevados de todas las cordilleras
del mundo derritiéndose; ante la
insania desquiciada del clima;
en fin, ante el perfecto
desastre que el concierto de
orates que han “gobernado” y
“gobiernan” el mundo nos han
legado como herencia para
nuestros hijos, entrego a
ustedes apartes de esta
reflexión profunda, quizá la más
profunda y hermosa que jamás
haya leído, y que amo, respeto y
me estremece hasta las lágrimas
desde cuando la leí por vez
primera. Se trata de la
profética carta que, en 1885, el
jefe indio Seathl, de la tribu
Duwamish, en el estado de
Washington, dirigió al
presidente Franklin K. Pierce
ante la propuesta de éste de
comprar sus tierras. “El Gran
Jefe en Washington manda
palabras: él desea comprar
nuestra tierra.
Pero, ¿cómo se puede comprar o
vender el cielo o el calor de la
tierra? Esta idea es extraña
para nosotros. Nosotros no somos
dueños de la frescura del aire
ni del resplandor del agua.
¿Cómo nos los pueden ustedes
comprar? Cada porción de esta
tierra es sagrada para mi gente.
Cada espina de brillante pino,
cada orilla arenosa, cada bruma
en el oscuro bosque, cada claro
y zumbador insecto es sagrado en
la memoria y experiencia de mi
gente. Para el hombre blanco un
pedazo de tierra es igual a
otro, porque él es un extraño
que viene en la noche y toma de
la tierra lo que necesita. La
tierra no es su hermana sino su
enemigo y cuando la ha
conquistado sigue adelante. Deja
las tumbas de sus padres atrás y
no le importa. Secuestra la
tierra de sus hijos y no le
importa. Su apetito devorará la
tierra y dejará atrás un
desierto.
No hay ningún lugar tranquilo en
las ciudades de los hombres
blancos. Ningún lugar para
escuchar las hojas de la
primavera o el susurro de las
alas de los insectos. Pero, tal
vez es porque yo soy un salvaje
y no entiendo. El ruido sólo
parece insultar los oídos. Y,
¿qué queda de la vida si el
hombre no puede escuchar el
hermoso grito del pájaro
nocturno o los argumentos de las
ranas alrededor de un lago en la
noche? El indio prefiere el
suave sonido del viento
horadando la superficie de un
lago, el olor del viento lavado
por una lluvia del mediodía o la
fragancia de los pinos. El aire
es valioso para el hombre piel
roja porque todas las cosas
comparten la misma respiración:
las bestias, los árboles, el
hombre. El hombre blanco parece
que no notara el aire que
respira. Como un hombre que
muere por muchos días, es
indiferente ante la hediondez.
¿Qué es el hombre sin las
bestias? Si todas las bestias
desaparecieran, el hombre
moriría de una gran soledad en
el espíritu, porque cualquier
cosa que le pase a las bestias
también le pasará al hombre.
Todas las cosas están
relacionadas. Todo lo que hiera
a la tierra herirá también a los
hijos de la tierra.
Los blancos también pasarán, tal
vez más rápido que otras tribus.
Continúe contaminando su cama y
alguna noche terminará
asfixiándose en su propio
excremento. Cuando los búfalos
sean todos masacrados, los
caballos salvajes todos
amansados, los rincones secretos
de los bosques inundados por el
olor de muchos hombres y la
vista de las montañas repleta de
esposas habladoras, ¿en dónde
estará el matorral?
Desaparecido. ¿En dónde estará
el águila? Desaparecida. Y, ¿qué
es decir adiós a los prados y a
la casa? El fin de la vida y el
comienzo de la subsistencia. (…)
Cuando el último piel roja haya
desaparecido de la tierra y su
memoria sea sólo la sombra de
una nube cruzando la pradera,
estas costas y estas tierras aún
albergarán el espíritu de mi
gente, porque ellos aman esta
tierra como el recién nacido ama
el latido del corazón de su
madre.
Si nosotros les vendemos a
ustedes nuestra tierra, ámenla
como nosotros la hemos amado.
Cuídenla como nosotros la hemos
cuidado. Retengan en sus mentes
el recuerdo de la tierra, tal
como está cuando ustedes la
tomen, y con todas sus fuerzas,
con todo su poderío y con todos
sus corazones consérvenla para
sus hijos, y ámenla así como
Dios nos ama a todos. Una cosa
nosotros sabemos: nuestro Dios
es el mismo Dios de ustedes.
Esta tierra es preciosa para Él
y hacerle daño a la tierra es
amontonar desprecio sobre su
Creador. Ni aun el hombre blanco
podrá quedar excluido de un
destino común”.
jlhereyra@hotmail.com
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