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Mártires y profetas de un mundo
nuevo
Por Guillermo Chifflet
Inglaterra fue, en la primera
mitad del siglo XIX, el terreno
típico de la revolución
industrial. Federico Engels
vivió y escribió un
extraordinario libro, en el cual
documenta (a partir de las
máquina a vapor y de las
máquinas para la elaboración de!
algodón) ese período de « una
revolución que avanzó tanto más
potente cuanto más silenciosa»
desintegrando la antigua
estructura familiar de
tejedores-agricultores que
vivían con lo necesario, tenían
descanso para un trabajo sano en
su campo o jardín, consignaban
el hilado o tejido a los agentes
viajantes contra pago de la
mercadería que necesitaban,
vivían generalmente en el campo
y podían, con su salario,
arreglárselas bien.
Engels analiza los efectos de la
irrupción de las máquinas (desde
la jenny o torno para hilar)
hasta los cambios que rompieron
la antigua organización
patriarcal, y un incesante
movimiento de la industria.
Surgieron así establecimientos
cada vez más grandes en los que
hombres, mujeres y niños debían
vender su fuerza de trabajo. El
fruto más importante del
desarrollo de la industria (que
exigía cada vez mayor número de
brazos) fue el proletariado. El
surgimiento desordenado, en las
peores condiciones, de
concentraciones de viviendas y
el trabajo de sol a sol llegaron
a condiciones extremas.
Engels documenta las
inimaginables condiciones de
vida de quienes forjaban, en el
trabajo diario, la abundancia
ajena. “A menudo, más de una
familia habitaba en un sótano
húmedo, en cuya atmósfera
pestilente estaban encerradas
doce o dieciséis individuos”. La
explotación hasta del trabajo de
los niños llegó a límites
increíbles. A algunos se los
obligaba a trabajar atados a las
máquinas. Sucedía también que,
después de extensas jornadas,
los muchachos “se echan en la
calle y en lo más avanzado de la
noche son buscados y hallados
durmiendo, por sus padres».
Engels demuestra que la
acumulación capitalista fue, en
realidad, un asesinato
premeditado. («Si la sociedad
sabe, y lo sabe muy bien, que
millares de individuos deben
caer víctimas de esas
condiciones, ello constituye un
asesinato premeditado, sólo que
más pérfido”); un asesinato que
no es tanto un pecado de acción
como de omisión.
Con pocas variantes ese fue, en
diversas latitudes, el
desarrollo de la revolución
industrial en el siglo XIX. En
1886, antes de la condena a
muerte de los que en cada 1° de
Mayo la clase trabajadora del
mundo recuerda como los mártires
de Chicago, ese lugar era ya
ciudad de mártires.
Maurice Dommanget, en su
"Historia del 1° de Mayo",
explica que muchos obreros
partían hacia el trabajo a las
cuatro de la mañana y regresaban
a las siete u ocho de la noche,
o aun más tarde, de modo que
jamás veían a sus hijos y
mujeres a la luz del día. El
producto del trabajo se
acumulaba en ganancia para los
patronos mientras miles de
obreros carecían de lo
imprescindible para una vida
decorosa. Esa realidad se agrava
en 1873 con la crisis
financiera. Poco a poco, las
angustias de los trabajadores
confirman la necesidad de
organizarse en forma solidaria.
El dolor necesita esperanzas y
la esperanza concertaciones para
la acción. Se van formando así
diversos grupos para luchar por
las ocho horas. Y uno de ellos,
los Caballeros del Trabajo,
declara, en 1874, que se
esforzará en obtener sus
demandas con una medida radical:
la negativa a trabajar más de
ocho horas. Una vez más la lucha
por las ocho horas aparece
ligada a la huelga general.
En Pittsburg los trabajadores
ferroviarios libran una
prolongada huelga por las ocho
horas, pero los patronos vencen,
con el apoyo de las armas del
Estado. No obstante, la demanda
de justicia retorna. Y sobre el
recuerdo de la derrota crecerá
la "Federación de Trade Unions"
que se convertirá luego en la
"Federación Americana del
Trabajo" (AFL). Esta, a fines de
1882, en su segundo congreso,
declara que la jornada de ocho
horas dará trabajo a
desocupados, disminuirá el poder
del rico sobre el pobre, creará
condiciones favorables a la
educación y al mejoramiento
intelectual de las masas y
aumentará el consumo de bienes
estimulando la producción.
Los sindicalistas solicitan a
los partidos Republicano y
Demócrata que definan
posiciones. En 1884 el Congreso
de la AFL reconoce el fracaso de
esas gestiones y muchos
militantes obreros consideran
que se obtendrá más por presión
directa sobre los patronos. La
convicción se generaliza,
abriéndose camino la idea de una
acción sindical unánime.
Finalmente, la Federación de
Trabajadores de Estados Unidos y
la de Canadá resuelven que a
partir del 1° de mayo de 1886 la
jornada de trabajo será de ocho
horas. Se recomienda, además,
hacer gestiones para que se
aprueben leyes acordes con esa
resolución y se invita a
participar en el movimiento a
los Caballeros del Trabajo.
La fecha elegida fue el 1° de
mayo -explica Dommanget citando
a Gabriel Deville- porque esa
fecha correspondía al comienzo
del año de trabajo y a partir de
la misma se efectuaban,
masivamente, contrataciones de
servicios. La reivindicación
gana voluntades. Las huelgas se
extienden. El propio presidente
Cleveland, ante el agravamiento
de la cuestión social reconoce,
ante el Congreso, que las
relaciones entre capital y
trabajo son muy poco
satisfactorias y eso, en gran
medida, debido a las ávidas y
desconsideradas exacciones de
los empleadores. Al fin,
amanece. El 1° de mayo de 1886
las manifestaciones plantean:
¡Ocho horas de trabajo! ¡Ocho
horas de reposo! ¡Ocho horas
para la educación! A partir de
hoy ningún obrero debe trabajar
más de ocho horas por día.
Cinco mil huelgas. Trescientos
mil huelguistas. En los mítines
de Nueva York se escuchan
discursos en inglés y en alemán.
José Martí, corresponsal para
"La Nación" de Buenos Aires,
explicará: “/os inmigrantes
europeos denunciaban con
renovada ira los males que
creían haber dejado tras sí”.
Las huelgas anuncian un tiempo
nuevo. Crece la conciencia del
proletariado frente al
capitalismo más opresivo e
imperioso. En Milwaukee la
jornada fue sangrienta.
Intervino la policía. Hubo
choques. Una descarga de
fusilería contra los
manifestantes mata a nueve
personas. Estos hechos y los del
3 de mayo en Chicago, que serán
aun más trágicos, quedarán
grabados en el recuerdo
conmovido del mundo.
En 1886 los trabajadores
padecían pésimas condiciones,
pero los patronos no aceptaban
cambios. En el Chicago Times se
planteaba: “/a prisión y los
trabajos forzados son la única
solución posible a la cuestión
social. Hay que esperar que su
uso se generalizará”. Los
trabajadores se movilizaron tras
las banderas rojas y negras de
los anarquistas, que en Chicago
contaban con prestigiosos
militantes. Los patrones
recurren a los despidos o al
cierre. En la fábrica McCormick,
de maquinaria agrícola, son
cesados 1.200 trabajadores y
sustituidos por rompehuelgas. La
empresa organizó, además, una
policía privada que -informa
Dommanget- actuaba con la
complicidad policial y la
impunidad judicial.
El 3 y 4 de mayo una multitud de
trabajadores asistió a un mitin
en el que habló Spies, líder
anarquista, director del "Diario
de los Trabajadores de Chicago".
Un grupo se apartó del mitin y
chocó con rompehuelgas de la
fábrica McCormick pero los
policías privados de la empresa
atacaron a los huelguistas con
revólveres y fusiles. El mitin
se dispersó, pues muchos
corrieron en ayuda de sus
compañeros. Los agentes
dispararon sobre los que huían y
el resultado fue seis muertos y
cincuenta heridos. Desde su
diario, Spies denunció a los
gobernantes a los que acusó de
tigres ávidos de sangre de
obreros y convocó a movilizarse
contra el fusilamiento de
trabajadores. Se convocó
entonces, por los anarquistas, a
un mitin de rechazo al crimen en
Haymarket, la plaza del mercado
de heno. El acto fue autorizado
y tomó un carácter pacífico
recomendándose a los
manifestantes que concurrieran
sin armas. Allí hablaron Spies,
Parsons y Fielden. Cuando la
multitud se dispersaba,
alrededor de la hora 22, la
policía irrumpió con violencia.
Una bomba (los historiadores han
planteado la posibilidad de un
agente provocador) cayó entre
los policías provocando varias
bajas. La represión fue trágica,
con numerosos muertos y
centenares de heridos.
Diversos medios de comunicación
arrecian entonces sus campañas
contra las reivindicaciones
obreras. El "New York Times"
planteó que “las huelgas para
obligar al cumplimiento de la
jornada de ocho horas pueden
hacer mucho para paralizar la
industria, disminuir el comercio
y frenar la renaciente
prosperidad del país”. El
"Illinois State Register"
calificó a la lucha por las ocho
horas como « una de las más
consumadas sandeces que se hayan
sugerido nunca acerca de la
cuestión laboral». Y sostuvo que
“.hacer huelga en procura de
ocho horas es tan cuerdo como
hacer huelga para conseguir paga
sin cumplir las horas “.
A la matanza siguió una larga
etapa de represión,
allanamientos masivos, estado de
sitio y ocupación de barrios
enteros por la tropa. Se detuvo,
apaleó y torturó a centenares de
obreros y dirigentes sindicales.
El diario de Spies fue allanado,
sus redactores detenidos y la
nómina de suscriptores utilizada
para multiplicar el número de
presos. El odio ("asesinos",
"'agitadores", "monstruos
sanguinarios", "pestíferos
sediciosos", "gentuza", "hez de
Europa") se concentró contra los
dirigentes anarquistas.
Fueron detenidos Samuel Fielden,
August Spies, Michael Schwab,
George Engel, Adolph Fischer,
Louis Lingg y Osear Neebe.
Albert Parsons, que permaneció
en la clandestinidad, el día del
proceso se presentó para
compartir el proceso con sus
compañeros. Todo el juicio -como
se probó después- fue una farsa
destinada a condenar a los
anarquistas. Un miembro del
tribunal admitió la mascarada,
pero afirmó: «los colgaremos lo
mismo. Son hombres demasiado
sacrificados, demasiado
inteligentes para nuestros
privilegios».
El fiscal reclamó la muerte:
«Declarad culpables a estos
hombres; haced un escarmiento
con ellos; ahorcadlos y
salvaréis a nuestras
instituciones y a nuestra
sociedad».
Los condenados, conscientes de
su lucha, mantuvieron hasta el
último instante sus ideas.
Cuatro fueron condenados a la
horca. Fischer dijo que no
pediría perdón por sus
principios: “Jamás pediría
perdón por lo que creo justo y
bello”. Engel sostuvo que las
leyes del régimen capitalista
son contrarias a la naturaleza y
que el crimen de que se le
acusaba era haber trabajado por
el establecimiento de un sistema
social donde sea imposible que
mientras unos amontonan millones
otros caigan en la degradación y
la miseria. Parsons reclamó:
“Dejadme hablar, juez Matson.
Dejad que se escuche la voz del
pueblo”. Spies profetizó:”Salud,
tiempo en que nuestro silencio
será más poderoso que nuestras
voces, que estrangula la
muerte”. Schwab y Fielden fueron
condenados a prisión perpetua.
Neebe a quince años. Y la
antevíspera de la ejecución se
informó el suicidio de Louis
Lingg. Luego se probó que ese
fue el primer asesinato. Todo el
proceso a los mártires y la
descripción del entorno social
quedó para siempre en
emocionados relatos, como las
crónicas de José Martí. Años
después, John Altgeld,
gobernador de Illinois, luego de
una investigación proclamó las
irregularidades e infamias del
proceso y la inocencia de los
condenados
El recuerdo de los mártires
permaneció siempre ligado al 1º
de Mayo y a las luchas obreras
hasta que finalmente, el
Congreso de la Internacional
Socialista decidió organizar
“una gran manifestación
internacional en fecha fija, de
manera que en todos los países y
ciudades a la vez los
trabajadores intimen a los
poderes públicos a reducir
legalmente a ocho horas la
jornada de trabajo”. En cada 1º
de mayo, la paralización del
trabajo demuestra quiénes forjan
la riqueza de cada país,
cuestiona por lo general – en
los planteos de la clase obrera-
la propiedad privada de los
medios de producción y anuncia,
desde la esperanza colectiva, el
fin de la sociedad de clases.
Régimen que es -como denunciara
Jean Jaurés- un atentado contra
la humanidad.
Gentileza:: Anahi Benegas Arias [
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