|
Jardín sin fin
También la bienaventuranza
requiere límites para apreciarla
Por Mikel Agirregabiria Agirre
Dicen que hay una especie de
melancolía que acompaña siempre
al entusiasmo. Si reservamos el
frenesí de la energía a los días
laborables, nos queda el cultivo
de la languidez, quizá para un
solo día. El domingo de
trascendente apatía, tras un
sábado comodín de baladí
alegría.
No sé para ti, pero a mí me hace
tilín pasar del adoquín ruin al
festín de un jardín de verdín,
violín y jazmín. Del trajín
cantarín a un confín de Hamelín,
sin flautín ni figurín. Fin del
maletín de postín y del peluquín
de arlequín malandrín y
parlanchín. Fin de desgastar
calcetín y mocasín. Toda la
semana de andarín bailarín, de
alevín danzarín en zeppelín, en
bergantín o en patín, como el
tontín de Tintín.
¿Motín o botín? Mejor un
botiquín, un trampolín a un
difícil jardín. Por el amor de
una rosa, todo jardinero es
servidor de espinas mil.
Imagínate en un jardín de
Lenôtre, como el de Verlaine, a
un tiempo correcto, ridículo y
encantador (correct, ridicule et
charmant). Percibe, como Antonio
Machado, “… algo que es barro en
nuestra carne siente / la
humedad del jardín como un
halago”.
Entonces, lo entendemos. La
muerte sólo es una puerta
herrumbrosa colocada al final de
una ajada tapia, para dar paso
al cielo, que debe ser el jardín
del Edén. Ya Shakespeare señaló
que “no hay nobleza más antigua
que la del jardinero y la del
sepulturero; son ellos quienes
mantienen viva la profesión de
Adán”.
Hoy calma, introspección, quizá
una pausa. Mañana lunes, de
nuevo la dicha de educar, de
construir, de crecer y de vivir.
La tristeza es un muro entre dos
jardines de palabras. Valga un
paréntesis de nostalgia y
añoranza, entre las alegrías del
ayer y los gozos del mañana.
Gentileza:: Mikel Agirregabiria [
agirregabiria@gmail.com ]
paginadigital |