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Franquismo: historia y memoria
Por Rafael Fernando Navarro
Un día se te olvida el corazón
como costumbre. Te encuentras
con la muerte apoyada en tu
almohada en un hospital
cualquiera, y mientras esperas
su abrazo definitivo, recorres
el ayer y el hoy sin un mañana
posible.
Nacimos en el franquismo, con
giraldas firmes y taconazos
victoriosos. Se nos prohibió ser
niños porque enseguida fuimos
hombres de patria.
Niños-flechas. Boinas rojas.
Cadetes de la vida entre
montañas nevadas y camisas
nuevas.
Hombres prohibidos fuimos.
Decapitadas las ideas.
Censurados los besos por éticas
falsamente cristianas.
Iniciativas cortadas en carne
viva. Sólo pensaban los
superiores, cuando todos, casi
todos, éramos inferiores.
Alpargatas semanales. Zapatos y
pantalón con raya los domingos.
Chocolate de tierra y demasiada
tierra ensangrentada de enemigos
de la patria.
Se nos vino un día un vendaval
de libertad a la cara y
estrenamos quehaceres de futuro.
Quedó atrás una historia, que es
nuestra historia triste,
desgarrada, sanguinolenta y
oprimida. En el bolsillo de un
pantalón que guardamos caliente
de tiempos viejos. Pero nada
más. Y los muertos. Muchos
muertos. Amaneceres llenos de
muertos por tapias blancas de
cementerios. Enemigos del
dictador, pero hermanos
nuestros. Allá por las cunetas,
con polvo de olvido sobre
desnudas calaveras. Y mientras
tanto, calles gloriosas a los
vencedores: Queipo de Llano,
Yagüe, Avenida de José Antonio,
estatuas ecuestres en plazas y
cruces de calles, rótulos con
fechas de entrada de los
"nacionales" Cuarenta años de
victoria gloriosa para unos,
tremendamente amarga para la
mayoría. Es nuestra historia.
Nuestra reciente y lacerante
historia. No hay que olvidarla.
Pero sobre todo no hay que
ensalzarla con monumentos que
nos la recuerden como "glorioso
movimiento nacional" Porque
debajo de tanta bota opresora
están nuestros muertos, nuestro
dolor, la orfandad de varias
generaciones.
Cuando tienes la muerte apoyada
en tu almohada, contemplas una
democracia que ha necesitado
treinta y tantos años para
condenar una dictadura que
todos, sólo casi todos,
despreciamos. No se trata de
nuevos enfrentamientos, como
miserablemente pretende
demostrarnos Zaplana, sino de un
grito de justicia para tantos y
tantos que soportaron,
soportamos, la pistola en la
yugular. No confundamos
historia, memoria y
encumbramiento. Sólo estamos
bajando de sus pedestales a los
se subieron a sí mismos
invocando sacrílegamente el
nombre de una patria como
absoluta propiedad privada,
robando, hasta ahora
impunemente, algo que es
herencia común. Estamos
restituyendo a sus puestos a los
injustamente muertos, a los que
eran dueños de su momento. Hay
de despreciar una justicia
franquista que condenaba
ateniéndose a consignas de
matones. Hay que condenar sin
paliativos y llamar por su
nombre a los que ejecutaron a
miles de españoles por el simple
hecho de no ser dignos del
glorioso movimiento nacional.
El desprecio más absoluto a todo
el que refugiándose en la
memoria como historia no tenga
la decencia de deslegitimar al
dictador último y a todos sus
secuaces.
Vamos a seguir con el mañana,
desde el hoy y el ayer
purificado por la vergüenza de
los que obligados fuimos. Uno
puede morirse un poco más a
gusto.
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