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Erradicar el analfabetismo en
Boyacá es el objetivo del
programa 'Yo si puedo'
La iniciativa se puso en marcha
a mediados de 2006 con el apoyo
del Ministerio de Educación de
Cuba. Se proyecta ilustrar a
45.000 personas analfabetas, de
las cuales ya reciben clases
12.750. Según Martha Barrera,
coordinadora general de la
iniciativa, las cosas van muy
bien. A la fecha se han
incorporado al programa 119 de
los 123 municipios. Faltan
cuatro: Pisba, Paya,
Labranzagrande y Pajarito. Allí,
en las próximas semanas, se
iniciarán labores.
2.300 boyacenses ya obtuvieron
el título de alfabetizados. Y lo
hicieron en un tiempo récord:
dos meses y medio. El 80 por
ciento de estas personas son
adultos mayores de 50 años.
Aquileo Quintero, a sus 82 años
aprendió a leer y escribir
siendo discapacitado (le faltaba
una pierna) y casi ciego.
Aquileo, quien se convirtió en
la imagen de esta campaña, murió
hace dos semanas, con las ganas
de hacer la primaria completa.
Maira Reyes, asesora del
programa por parte del Gobierno
de Cuba, cuenta que el 80 por
ciento de los vinculados a "Yo
sí puedo" son mujeres, la
mayoría de estas, campesinas.
Según la especialista, lo más
valioso de esta iniciativa es el
impacto social.
25
campesinos aprenden a leer y
escribir en medio de la
oscuridad en Iguaque
Por entre los arbustos, en pleno
santuario de flora y fauna de
Iguaque, todas las noches se
divisa un desfile de antorchas.
Son 25 campesinos de la zona,
que armados de un cuaderno y un
lápiz, desafían la oscuridad y
las bajas temperaturas para
llegar a la escuela Hondura, de
la vereda del mismo nombre, con
un solo propósito: aprender a
leer y a escribir.
Los estudiantes, algunos
abuelos, otros simplemente
padres de familia con deseos de
superación, se juntan en racimos
de dos o tres para mitigar el
frío, que alcanza los cinco
grados centígrados, pero además
para aprovechar la poca luz.
Jhon Élmer Suárez, un estudiante
de 28 años, tirita de frío, se
rasca los ojos; las manos están
un poco menos que congeladas.
Sin embargo, no se rinde, pues
está convencido de que 'loro
viejo sí aprende a hablar'.
"Estoy aquí porque nunca es
tarde para dejar de ser bruto",
cuenta.
La clases transcurren de 7 a 12
de la noche, de lunes a viernes
desde hace dos meses. Como en
las 15.700 hectáreas de Iguaque
no se permite la energía
eléctrica -es una reserva
ambiental custodiada por Parques
Nacionales-, no hay otra opción
que una lámpara de gasolina.
Una luz
en la oscuridad
Ahora, estos 25 estudiantes
están aprendiendo a combinar las
vocales con las consonantes,
esta vez, la "a" con la "ele".
La "ele" de luz. Flor María
Sáenz, una humilde campesina de
36 años, es una de las primeras
en llegar a clase. En una bolsa
de supermercado carga un
cuaderno y un lápiz. ¿Qué se
escribe con "a"?, pregunta el
profesor Mario Reyes. Flor María
lo piensa durante varios
segundos y contesta: "Amor".
Víctor María Sáenz es el más
viejo del grupo. Tiene 41 años.
Pero por eso no deja de sentirse
como un chiquillo cuando va a
clases. Además de aprender el
abecedario, que le permitirá
escribirle cartas a sus
parientes (además de luz, en
Iguaque tampoco hay teléfonos,
ni siquiera hay señal de
celular), Víctor María sueña
conocer los números a la
perfección. "Uno sabe contar la
plata, pero no sabe hacer
cuentas y de pronto hasta lo
tumban", cuenta entre risas.
Al otro lado de la escuela
permanece atenta Luz Seferina
Suárez Suárez, de 32 años, quien
piensa que la letra con amor
entra. Para ello, se fue a
estudiar con su esposo, Carlos
Julio Pineda, quien tampoco sabe
leer ni escribir. "Juntos nos
motivamos más", dice la mujer.
Flor
quiere escribir su nombre
Con dificultad -no es fácil
cambiar el azadón por el lápiz-,
Flor María Sáenz empieza a
escribir su nombre en su
cuaderno. Escribir su nombre.
Ese fue el motivo que llevó a
esta mujer a salir de la
ignorancia después de vieja. Ya
no quiere firmar con una equis.
"Flor Ma". Solo alcanza a
escribir eso. No recuerda qué
sigue. Hasta ahora está
conociendo las combinaciones
elementales de la escritura y
las letras de su nombre, que
tiene apuntado en la solapa del
cuaderno, se le escapan de la
memoria. Tampoco ha aprendido a
usar la ere, con la que
completaría su nombre: María.
A las 10 de la noche ya tiene
sueño, pero se lo aguanta, se
pellizca un brazo y sigue
prestando atención. Lo mismo
hacen sus compañeros de clase,
todos vecinos de la vereda
Hondura, en Chíquiza o San Pedro
de Iguaque. En fin, es el mismo
pueblo, que tiene dos sucursales
(la cabecera vieja y la nueva) y
que se conoce con esos dos
nombres.
Dentro de sus compañeros, a unos
tres metros, está el más
especial para Flor María: su
hijo Alejandro. Tiene tres, y
él, el mayor, estudia con ella.
Al igual que la mayoría de los
de su clase, de pequeña nunca
fue a la escuela. Por eso cuando
llegó la noticia de un programa
de alfabetización para se
inscribió sin pensarlo dos
veces.
No importa que las clases duren
toda la noche, después de
trabajar todo el día. Tampoco es
importante estudiar a oscuras.
Ninguna barrera es lo
suficientemente fuerte para
salir adelante. Adelante con
"a".
José Javier Sáenz, de 26 años,
es uno de los más aplicados del
curso. Lleva cachucha y una
ruana café, motosa de lo vieja.
Se dedica a los oficios del
campo y es soltero. De niño,
recuerda, fue un año a la
escuela y aprendió a leer y
escribir. Pero nunca volvió y se
le olvidó.
Él es considerado analfabeta por
desuso y es uno de los 45 mil
boyacenses que busca alfabetizar
la Gobernación del departamento
en desarrollo del programa "Yo
sí puedo", que se ejecuta con la
asesoría del gobierno Cubano.
Gentileza:: Rompiendo Muros [
rompiendomuros@yahoo.com.ar
]
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