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Muro, pobreza y discriminación.
El blindaje del sueño americano
Por Gabriel Cocimano
¿Quiere usted que llame a un
guardia y que revise si tienen
en regla sus papeles de pobre?,
Joan Manuel Serrat.
Irónicamente, la caída del muro
de Berlín preanunciaba, en los
tempestuosos días de la
disolución del socialismo
soviético, el camino hacia la
creación de nuevos blindajes
entre fronteras. Estados Unidos
se convertía entonces en la
potencia hegemónica, unipolar,
que derribaba el horadado
equilibrio de la Guerra Fría.
La imposición global de su
sistema político-económico
careció de contraparte, con lo
cual ese poder sofocante
aniquiló los particularismos y
la circulación integral de todos
los intercambios. Y así como
todo sistema de dominación, por
poderoso que sea, produce él
mismo su propio fermento de
desaparición —a partir de, por
ejemplo, la proliferación del
terrorismo contestatario— así
también genera sus
contradicciones, al potenciar la
exclusión social, la
discriminación y la desigualdad.
“por lo que parece tiene usted
alguna cosa que les pertenece”.
El proyecto estadounidense de
construir un muro en la frontera
con México confirma esas
contradicciones: la expulsión de
desperdicios que el sistema
libera, tras la profundización
de la brecha entre ricos y
pobres, refleja la
intransigencia y el miedo de un
imperio que niega sus desechos
sin hacerse cargo de ellos, ya
que esto implicaría aceptar
aquellas contradicciones. La
nación amurallada contra la
inmigración, la detención y
deportación de indocumentados y
la vigilancia fronteriza para
evitar el ingreso de seres
marginales y desposeídos
conforman una geografía medieval
en una modernidad que exacerba
la desigualdad y exhibe sin
eufemismos los blindajes
mentales y la “guetificación”.
El proyecto, que prevé la
construcción de un muro de 1.200
kilómetros en ciertos puntos de
la frontera entre la América
opulenta y el mundo hispano,
refleja la decisión imperial de
evitar la inmigración latina,
compuesta por miles de excluidos
que el sistema hegemónico generó
con su asfixiante política.
Parafraseando al poeta Joan
Manuel Serrat, a Estados Unidos:
“se le llenó de pobres el
recibidor, y no paran de llegar,
desde la retaguardia, por tierra
y por mar”.
De perdurar la idea, se dotará
al muro de toda una tecnología
de vigilancia: cámaras, sensores,
aviones no tripulados, y se
ampliará la capacidad de la
patrulla fronteriza, lo que
incrementará las agresiones, las
amenazas y las persecuciones de
los migrantes, y proliferarán
los traficantes contratados para
cruzar la frontera.
Así como las grandes urbes
exhiben las dos caras extremas
de la polaridad social, y en
donde ricos y pobres están
convenientemente separados —unos
viven amurallados, aislados y
protegidos de la sociedad por
voluntad propia, y otros en
barrios precarios, expuestos al
riesgo—, de la misma manera el
imperio pretende blindar el
sueño americano. Con la excusa
de la seguridad y la ilegalidad
de los migrantes, Estados Unidos
no hace más que echar nafta al
fuego de su propia paranoia,
vulnerar los derechos y
contribuir a la ineficacia de su
propio objetivo.
Pero también existe en México —y
en toda la América Latina— un
muro mental que exhibe el
desprecio por lo propio y la
fascinación por el american way
of life. Amén de la
autodenigración y de la desidia
de las clases dirigentes —“los
países que se despueblan son
países mal gobernados”, había
afirmado José Vasconcelos hacia
1929— el hecho es que infinidad
de migrantes residentes en EUA
reclaman la aprobación de un
programa de legalización y la
supresión de leyes punitivas, e
incluso muchos de esos
residentes legales suelen ser
blanco injusto de la severidad
de las normas vigentes. “Traté
de contenerles pero ya ve, han
dado con su paradero. Estos son
los pobres de los que le hablé”.
Blindar el imperio, crear una
fortaleza ideal para que el
mundo exterior no ingrese,
parece una quimera en los
albores del siglo XXI.
Independientemente de las culpas
ajenas, deberá ese imperio
asumir la suya: años de
estrangulamiento y asfixia
económica y política en el mundo
periférico modificaron el rumbo
de la pobreza —que cobró
dimensiones medievales—
multiplicaron el número de
desplazados y refugiados del
hambre y provocaron el fermento
de criminalidad que, al igual
que el terrorismo, aparece como
un claro síntoma emergente de la
imposición.
En tanto, el mundo amurallado
contempla, azorado en su propio
encierro, el avance de su
criatura más incontenible y
menos deseada.
“Disculpe el señor, pero este
asunto va de mal en peor”
Gentileza:: @ volar [
volar_2004@yahoo.com.ar ]
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