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Adiós al cero en las
calificaciones
Por Jesús Salamanca Alonso
Se acabó el cero patatero o
'cero zapatero', como se dice
ahora. Desaparece de las
calificaciones de secundaria y
bachillerato. ¿Es una forma de
aminorar el fracaso escolar que
existe en cierto sector
estudiantil? Pues, no. Se suele
decir que no suspende quien no
se examina. Todos hemos
suspendido alguna vez; aunque el
cero era algo serio para quienes
estamos en la década de los
cuarenta. "Aquí yace el que
nunca sufrió, porque jamás se
examinó", rezaba el epitafio.
El hecho de que las
calificaciones abarquen una
escala numérica del uno al diez,
no sorprende a nadie. Buena
parte del profesorado hace años
que aplican ese criterio, por lo
que el borrador del MEC no da un
paso adelante, sino que se pone
a la altura del profesorado. La
ser la nota mínima el uno, se
pierden los chistes del rosco,
la rueda y el cero patatero.
También se pierde la
flexibilidad de hacer un seis,
un ocho o un nueve tomando como
base el cero. Se acaban los
engaños en aquellos boletines no
informatizados ¡Qué puñetero
este Zapatero! ¡Qué hortera
Merche Cabrera!, decían los
estudiantes.
Con la LOGSE se rebajaron
considerablemente los contenidos
y las exigencias. Graduado
escolar para todos o, por lo
menos, para la mayoría; aunque
fuera practicando bailes
regionales. Muchos saben que no
hablo en sentido figurado, en
esta ocasión. También la LOGSE
fue proclive al uso de términos
absurdos, como segmento de ocio
para denominar al recreo,
progresa adecuadamente, necesita
mejorar, línea funcional
docente,… Y a ello hay que unir
toda la parafernalia de PCC, PCA,
PEC, PEA, PCT, PTT,…; es decir
la 'familia' de los denominados
proyectos para todo, que sirvió
para incrementar la presunción
de los 'logsianos', pero que
nadie leía, pocos entendían y
muchos plagiaban.
Pero volvamos al cero patatero.
Dice el MEC que el cero no tiene
cabida porque "es imposible que
el alumnado no haya aprendido
nada". Tan absurda es esta
afirmación, como pensar que
quien obtiene un diez es porque
conoce y domina todo el
programa. De poco sirve aprender
algo si, durante el desarrollo
de la evaluación continua, no se
demuestra. Sin duda es una
medida 'giliprogre' y, como
tantas otras, no nos lleva a
parte alguna, excepto a la broma
y al chiste.
No faltan los que dicen que el
gran error fue no adaptar a los
tiempos la Ley General de
Educación. Ni siquiera llegó a
desarrollarse la segunda etapa
de lo que era la EGB. El BUP se
quedó a mitad de camino entre lo
previsto y la realidad. Y el
Curso de Orientación
Universitaria (COU) se
desorientó desde su
implantación. De pena y de
castigo, como el falso
igualitarismo que propugnaba la
LOGSE: igualaba a todos por
abajo. Ahí es nada, todos
pobres, mediocres, desinformados
y desincentivados. Nunca será un
logro todo lo que suponga
reducir al absurdo.
Nos hemos ido del cero al
infinito. Debe ser que se
agolpan situaciones dantescas
vividas en el ámbito de la
docencia. Vamos a ver: un alumno
no acude a clase, no hace los
controles periódicos, ni se
somete a la observación del
profesorado para comprobar su
progreso, el profesor o
profesora no puede controlar su
evolución. Y el día que se
celebra un examen, no acude a
clase. Calificación: uno.
¿Justo? No, sencillamente
ridículo y absurdo. Si al cero
le sumo cero, obtengo como
resultado: uno.
Esa última suma me recuerda a
aquel chiste donde intervenía un
secretario de Ayuntamiento de
pueblo en los tiempos de 'Maricastaño'.
En su razonamiento sumaba de
forma interesada: dos y dos,
cuatro. Cuatro y tres, siete.
Siete y cinco, doce. Y de doce
me llevo,… ¡Lo que pueda!
Gentileza:: Jesús Salamanca
Alonso [
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