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Pueblos indígenas: Perfil de
Sydney Possuelo
1. "La
protección de los pueblos
indígenas aislados es ahora o
nunca"
Sydney Possuelo se empeña desde
hace 43 años en la defensa y
protección de los pueblos
indígenas amazónicos de su
Brasil natal. En noviembre del
2005, lanzó la idea para la
conformación de una Alianza
Internacional que trabaje en
toda Sudamérica, donde se
encuentran la mayoría de los
pueblos indígenas aislados del
mundo.
Lo conocí en Lima, la capital
peruana, adonde había arribado,
acompañado por el antropólogo
Vincent Brackelaire, para
comenzar a difundir en el ámbito
continental, entre
organizaciones indígenas, ONGs,
organismos internacionales y
funcionarios clave de gobierno,
sus ideas y conocimientos sobre
protección de indígenas
aislados, tras cuatro décadas de
labor sin pausa en su Brasil
natal.
Para afirmar este objetivo,
Possuelo impulsó la creación de
una Alianza Internacional para
la Protección de los Pueblos
Indígenas Aislados, que nació en
un encuentro global sobre el
tema realizado en la ciudad
brasileña de Belem do Pará en
noviembre del año 2005. Allí, se
emitió una declaración donde se
demandó a los gobiernos de los
países amazónicos y del Gran
Chaco sudamericanos, el
reconocimiento oficial de la
existencia de pueblos indígenas
aislados en sus territorios y su
responsabilidad de protegerlos
en su decisión de vivir en
aislamiento, así como el
reconocimiento de sus
territorios y sus derechos
humanos, individuales,
colectivos y ambientales.
"Debemos unir esfuerzos entre
todos los que luchan para que el
patrimonio humano y cultural
invalorable que representan los
pueblos indígenas aislados no
desaparezca" -afirma Possuelo
con convicción-, "son los
sobrevivientes de un genocidio
histórico que continúa hasta
hoy. Debemos respetar los
derechos de estas personas",
agrega.
En la Amazonía, antes de la
llegada de los conquistadores
europeos en el siglo XVI, vivían
millones de indígenas, "esa
diversidad fue desapareciendo,
producto de una ocupación
agresiva e implacable por parte
de la sociedad occidental",
acota Possuelo. Hoy, los
sobrevivientes del genocidio no
llegan a medio millón.
Primero tuvo lugar la hecatombe
étnica que representó para los
pueblos amazónicos, el auge de
la explotación desenfrenada del
caucho desde mediados del siglo
XIX a principios del siglo XX
para abastecer a la creciente
industria del automóvil. Luego,
el impulso de los gobiernos
locales -sobre todo a partir de
la década de 1970- a la
construcción de caminos y
carreteras -que facilitaron el
acceso de saqueadores de la
madera, el oro y otros recursos
naturales- y la instalación de
colonos agrícolas y polos de
desarrollo industrial en la
selva, que se convirtió en la
principal amenaza contra la vida
de los pueblos indígenas de la
región que, además, alberga el
reservorio de biodiversidad más
importante del planeta.
"Los pueblos indígenas son los
mejores conservadores de la
riqueza natural; si los
protegemos a ellos, también
estamos preservando la
naturaleza que ellos han cuidado
históricamente en sus
territorios. Tenemos una deuda
global con estos pueblos, de
allí la misión y el sentido de
la Alianza Internacional que
impulsamos"-remarca Sydney, que
ha sido el principal promotor
mundial de la política de no
contacto, tras verificar por
años los resultados nefastos de
las estrategias de atracción e
integración no traumática que
llevaba adelante la Fundación
Nacional del Indio (FUNAI) de
Brasil, el despacho de Estado
brasileño dedicado al tema
indígena y donde Possuelo estaba
a cargo de los "primeros
contactos".
Todavía existen más de 60
pueblos indígenas en aislamiento
en Brasil, Perú, Bolivia,
Paraguay, Ecuador, Colombia y
Venezuela. Sólo en Brasil, hay
42 referencias de la existencia
posible de estos pueblos, 22 de
ellas confirmadas. Possuelo es
contundente: "Si nuestra
civilización fuera más decente,
tal vez no habría un solo pueblo
que permaneciese aislado pero no
es el caso. Ellos siguen
forzados a permanecer ocultos.
Debemos respetar y hacer
respetar su derecho a seguir
aislados".
Gracias a la política de no
contacto instituida por Possuelo,
ejecutada por el Departamento de
Índios Isolados, hoy Coordenação
Geral de Indios Isolados, que el
mismo fundó en 1987 dentro de la
FUNAI, se crearon en Brasil seis
Frentes de Protección Etno-ambiental
para grupos aislados verificados
y seis Tierras Indígenas,
exclusivamente para grupos
aislados no contactados, con
base solamente en evidencias de
su presencia. Como presidente de
la FUNAI a principios de los
años 90, Possuelo dobló la
extensión de los territorios
indígenas demarcados en el
Brasil, superando el millón de
kilómetros cuadrados, incluyendo
el territorio Yanomami, la
reserva de protección más vasta
del mundo entero.
Su labor ha sido reconocida
internacionalmente pero, más
allá de los logros, sus
esfuerzos no ceden: en Puerto
Maldonado, a donde acudimos para
una entrevista con los
dirigentes de la FENAMAD, la
federación de los nativos de
Madre de Dios, un departamento
de la selva amazónica peruana,
un grupo de madereros habían
asesinado a dos indígenas hacía
poco. Possuelo se sublevaba al
ver qué no existían los mínimos
mecanismos de protección, que la
posibilidad de nuevas masacres
estaba abierta: "En Brasil,
cerrábamos de inmediato el
territorio legalmente y los
defendíamos de los ataques de
los madereros con las armas en
la mano si era necesario. Esa es
parte de la experiencia que se
busca transmitir a través de la
Alianza Internacional. No
podemos asistir con los brazos
cruzados al exterminio de los
últimos pueblos aislados de la
Tierra". Dada la vulnerabilidad
total de estos grupos, la
urgencia por actuar es
imperativa, no puede esperar:
"La debilidad de estos grupos
frente a las amenazas y los
riesgos que conlleva la
ampliación de las fronteras
socioeconómicas en las selvas
sudamericanas es extrema. La
protección de los pueblos
indígenas aislados es ahora o
nunca. Si no lo hacemos ahora,
tal vez no lo podamos volver a
hacer jamás". La lucha por la
defensa de los pueblos indígenas
aislados ha sido la misión y la
causa de toda una vida para
Sydney Possuelo, ahora expresada
en la Alianza Internacional para
su protección. Apoyémosla.
2. Sydney Possuelo: el último
héroe del mundo real. La lucha
por la defensa de los últimos
pueblos indígenas aislados de la
Tierra. Me encontré con él en
Lima y desde la capital peruana
viajamos hasta la selvática
ciudad de Puerto Maldonado.
Sabía bastante bien con quien me
encontraría pero lo mismo me
sorprendió la calidad humana
excepcional de un hombre, que
con 43 años de labor sin
interrupciones, es sinónimo de
lucha por la defensa de los
derechos de los últimos pueblos
indígenas aislados que existen
en la Tierra. Hablar de Possuelo
es hablar con pasión de la
Amazonía y sus pueblos
indígenas; hablar con claridad
de una misión iniciada a
principios del siglo XX en
Brasil por el Mariscal Rondón -y
de la cual Sydney es hoy su
mejor y mayor impulsor-; es, en
suma, hablar con convicción de
una urgencia moral y material
sin atenuantes para redoblar los
esfuerzos para su estricta
protección, ya que como él
afirma: "si no lo hacemos ahora,
tal vez no lo podamos volver a
hacer jamás".
Pablo
Cingolani
Me había mandado un correo
electrónico desde su morada en
Brasilia con un mensaje: "quiero
verte a los ojos y después
conversar", ante un
requerimiento mío de hacerle una
entrevista virtual. Por fin,
estuvimos frente a frente una
mañana calurosa del verano de
Lima, la ciudad secuestrada
eternamente por una bruma que
alguien denominó "la panza del
burro", y enseguida me cautivó.
Lo conocía por su merecida fama
de los últimos años: el
reportaje en la National
Geographic, el increíble libro
(Senderos de libertad. La lucha
de los indígenas por la defensa
de la selva amazónica. Seix
Barral, Barcelona, 1993) escrito
por el periodista español Javier
Moro sobre la vida de Chico
Mendes (y donde tres capítulos
están dedicados a la vida de
Possuelo), y por algunos
artículos periodísticos bajados
de Internet, donde -como
ejemplo- la revista Time lo
había considerado "un héroe del
planeta" o las Naciones Unidas
uno de los "héroes desconocidos
del diálogo", una de las diez
personalidades más inspiradoras
del mundo contemporáneo.
No tengo ninguna duda: éste
brasileño es eso y algo más,
algo que puede escapársele a
muchos en este mundo signado por
la aparente falta de ideales e
ilusiones por los cuales valga
la pena jugarse entero. Ese
algo, ese intangible que posee
Possuelo, ese brillo, es lo que
transforma la inspiración en
magnetismo, en una atracción
irresistible por decirle al
mundo: miren, éste es Possuelo.
Aquí va…
Estaba allí, leyendo alguna
cosa, sentado en una mesa de
madera y tomando un café con
leche, y enseguida, como
disparado por una catapulta,
alzó su robusta humanidad y vino
a mi encuentro con una calidez
que ahora, en el recuerdo, me
resulta entrañable. Estrechó mi
mano, me abrazó y simplemente me
dijo: "hola, Cingolani, te
estaba esperando", mirándome a
los ojos, como el había
decidido. Después, tras
comprobar que el hombre era de
acero y miel como quería el Che
-"hay que volverse duro pero sin
perder la ternura jamás"-, le
entregué un obsequio, una
especie intrépida de ofrenda,
que había traído desde los
Andes, donde yo vivo, y es uno
de los íconos culturales de su
milenario pueblo: un sapo,
elaborado en estaño, un poderoso
protector de los hombres, una
luz en el túnel del destino.
Volvió a sorprenderme, esta vez
con la sincronía del corazón:
"¿Sabes? Colecciono sapos y éste
no lo conocía", exclamó feliz y
el gran hombre se volvía un
niño, más allá de sus 66 bien
caminados años.
Desde ya, no hubo ni intenté
hacerle ninguna entrevista
formal en los cinco días
posteriores que compartimos en
el Perú. No hacen falta las
convenciones: sus convicciones
son parte de su ser y están a
flor de piel y en sus labios de
manera permanente.
En el caso de Possuelo, es su
lucha ejemplar, tenaz y
persistente en defensa de los
indios aislados, de aquellos que
no han tenido contacto o están
escapando de cualquier
intromisión de la cultura
dominante, de nuestra
"civilización", de aquella que
ha sido capaz de aniquilar a
cientos de pueblos enteros -un
genocidio aberrante que apenas
figura en los libros- por su
relación violenta y de
sometimiento con los otros, con
los pueblos originarios de la
mayor parte del mundo, en los
últimos cinco siglos de
historia.
Sydney, precisamente, había
arribado a la ciudad del Rimac,
acompañado por el antropólogo
Vincent Brackelaire, para
comenzar a difundir en el ámbito
continental, entre
organizaciones indígenas, ONGs y
funcionarios clave de gobierno,
sus ideas y conocimientos sobre
protección de indígenas
aislados, tras cuatro décadas de
labor sin pausa en su Brasil
natal. Para afirmar este
objetivo, Possuelo impulsó la
creación de una Alianza
Internacional para la Protección
de los Pueblos Indígenas
Aislados, que nació en un
encuentro global sobre el tema
realizado en la ciudad brasileña
de Belem do Pará en noviembre
del año 2005.
Un
sertanista
Possuelo no es antropólogo, ni
nada que se le parezca. Nunca se
preguntó como Levy Strauss en el
Matto Grosso cuando estudiaba a
los Nambiqwara: ¿qué hago yo
aquí? Mas bien, Possuelo buscó
desde joven ese tipo de vida,
plagada de rigores y riesgos,
limítrofe con la aventura y
decididamente signada por un
halo épico, que en Brasil está
asociada con la palabra "sertanista",
algo así como un experto en
cuestiones indígenas, o sea los
moradores de la selva más vasta
del planeta y que no son otros
que los últimos pueblos aislados
que quedan en la Tierra.
El me explicó el cambio que
experimentó el término a lo
largo de la historia del Brasil:
"Antes, se conocía como
sertanistas a unos aventureros
denominados también como
`bandeirantes` que organizaban
expediciones al interior de la
selva en busca de riquezas y
tesoros. Algunas de estas
expediciones llegaron a durar
ocho años, eran violentas y
causaban estragos entre los
indios". Sin embargo, hasta hoy,
a estos primeros sertanistas se
les reconoce el mérito de haber
configurado el actual mapa
brasileño, el coloso
sudamericano, de más de 8.5
millones de kilómetros
cuadrados. Todo cambió a
principios del siglo XX, según
Possuelo, "cuando apareció el
general Rondón que se pasó la
vida explorando y trazando mapas
de la selva. El humanizó nuestra
relación con los indios y luchó
para que el gobierno de entonces
creara el Servicio de Protección
a los Indios (SPI), allá por
1910. Su divisa fue siempre:
`Morir si es preciso; matar,
nunca`". Hoy, un estado
brasileño, lleva su nombre:
Rondonia, en la frontera con
Bolivia. Desde entonces, el
sertanista brasileño es, en lo
esencial, un defensor de los
indios.
Los hermanos Vilas-Boas fueron
la segunda camada célebre de
sertanistas. El trabajo de los
Vilas-Boas tiene dos hitos
históricos incuestionables:
fueron los impulsores de la
creación del primer territorio
indígena exclusivo del Brasil
como fue el Xingú -que tardó
nueve años en ser legalizado por
el Congreso-, y también de la
creación de la FUNAI -Fundación
Nacional del Indio-, la entidad
estatal brasileña encargada de
velar por los derechos humanos
de los indígenas, que subsiste
hasta hoy, y cuyo antecedente
histórico es el SPI promovido
por Rondón.
Con el paso de los años,
Possuelo -la tercera generación
de sertanistas y, signo de los
tiempos, un anarquista de
corazón- fue nombrado presidente
de la institución a principios
de los años 90 pero antes había
empezado su vocación por el
sertón, por la selva, por las
tribus, por los indios,
acercándose a los Vilas-Boas.
"Eran los héroes del Brasil y yo
quería conocerlos, trabajar con
ellos, cuando era un joven de 17
años", confiesa. "¿Y qué
hacías?", le pregunto,
suponiendo una respuesta casi
inevitable: "era el chico de los
mandados, el mensajero. Con tal
de estar con los Vilas-Boas, con
tal de vivir una aventura en la
selva, yo era capaz de hacer
cualquier cosa para lograrlo…"-
y sus ojos negros brillaron,
entre la nostalgia y el haberse
convertido, cuarenta años
después, en el hombre que más
hizo por los pueblos indígenas
brasileños en toda la historia
del Brasil. Era la humildad
arrasadora de un tipo honesto
capaz de demoler todas las
academias y todos los prejuicios
para ponerte de frente ante
nuestro bien más preciado: la
vida.
Un
indio
Relatar la biografía de Sydney
Possuelo sería interminable,
dijo la prensa española y tiene
razón: el hombre trabaja más de
cuatro décadas en el frente de
una guerra invisible: la que se
libra a diario por los recursos
naturales de la Amazonía
brasileña, última frontera para
los sucesivos gobiernos del
país, la siempre mítica y
renovada versión de El Dorado
para aventureros de toda laya y
empresarios de todo el mundo, la
Amazonía a secas.
Allí, según los últimos estudios
arqueológicos, se originaron las
culturas superiores de América,
mucho antes que se organizaran
los pueblos en las alturas de
los Andes y América Central.
Antes de la llegada de los
conquistadores europeos vivían
allí millones de personas. A
finales del siglo XIX, empezó la
efímera fiebre del caucho que
convirtió a Manaus en una irreal
ciudad europea en medio de la
floresta y significó el
genocidio y la aceleración de la
aculturación forzada de cientos
de pueblos amazónicos. Era el
inicio de la era positivista del
"orden y el progreso"
-proclamados en la propia
bandera del Brasil- que subsiste
hasta hoy, en diferentes
versiones. Una de ellas fue la
impulsada por los militares
brasileños que gobernaron Brasil
a partir de 1964. Tenía como
divisa, al revés de Rondón, que
la Amazonía era un territorio
vacío, con una naturaleza
hostil, que había que doblegar y
conquistar, cueste lo que
cueste. Carreteras, colonos,
polos de desarrollo,
deforestación, explotación
desenfrenada del oro y de la
madera: la visión faraónica
sobre la nada burocrática. En
síntesis: la domesticación a
palos de la selva y como
consecuencia, la eliminación
activa o por añadidura de los
indios. Ese fue el escenario
histórico donde comienza la
labor de Possuelo.
Era especialista en "primeros
contactos". Un día, el director
de la FUNAI, lo convocó a su
despacho: Darcy Ribeiro, el gran
antropólogo culturalista del
Brasil, afirmaba en su obra
cumbre Os indios e a Civilização
que los Araras eran un pueblo
desaparecido y, sin embargo, los
informes en el despacho del
funcionario indicaban que
estaban atacando a flechazos a
los trabajadores de la
Transamazónica, la mega obra
vial que integraría la selva al
Brasil y que el dictador
Garrastuzu Médici había ordenado
construir, tras conmoverse con
la pobreza del nordeste.
Possuelo propuso el primero de
sus cambios revolucionarios: no
enfrentarían a los indios, sino
que los atraerían, con mucha
paciencia y sobre todo tiempo,
al lado del resto de la sociedad
brasileña. El cambio fue
aceptado. Nacieron los "frentes
de atracción". Yo era un niño
pero me acuerdo como si fuera
hoy de las imágenes de los
indios de Altamira, el poblacho
de la selva a donde Possuelo
apareció con los flamantes
incorporados a la ciudadanía del
país "mais grande do mundo":
eran inolvidables.
En esos años, Sydney hizo
contacto con siete pueblos
indígenas desconocidos y luego
empezó a ver y padecer la
terrible secuela. "Nuestro mundo
es un encantamiento para ellos",
confiesa. "El contacto traía
aparejado: desestructuración
grupal, necesidades artificiales
-"si les das ropa, luego debes
darles jabón para que la
laven"-, descontrol personal,
borrachera, prostitución,
destrucción, porque lo peor de
todo eran las epidemias que
nosotros curamos a diario con
una pastilla pero para las
cuales los indios del corazón de
la selva carecían de cualquier
defensa inmunológica y morían
sin remedio, solos, abandonados
en la selva por sus hermanos".
Era terrible, era brutal, era el
insondable camino para llegar al
bien común que todos los
hombres, cualquier hombre como
diría Drummond De Andrade, debe
transitar para darse cuenta cual
es la diferencia entre lo
correcto y lo incorrecto, por sí
mismo. En sus palabras: "Desde
1987, yo pasé del contacto a la
protección, es decir al no
contacto, al derecho al
aislamiento como la mejor manera
de preservarlos. Si fuéramos más
decentes, no habría pueblos
aislados pero nuestra conducta
los ha llevado a buscar
protegerse de nosotros. Su
aislamiento no es voluntario, es
forzado por nosotros. No podemos
ni debemos alterar eso".
Desde entonces, su labor ha sido
excepcional, única, merecedora
del reconocimiento internacional
-Premio Fray Bartolomé de las
Casas por su Alteza Real el
Príncipe de Asturias; Comendador
por la Sociedad Geográfica
Brasileña; Medalla de
Pacificador por el Ejército
Brasileño; Medalla al Mérito
Indigenista; Premio
Internacional de la Sociedad
Geográfica Española en Madrid;
Medalla de Patrono de la Royal
Geographic Society en Londres,
entre otros- y como ya advertí
inspiradora como pocas en el
mundo del presente.
Possuelo ha sido el responsable,
entre otros méritos, de
duplicar, por más de un millón
de kilómetros cuadrados, la
superficie legal de los
territorios indígenas que
existen en Brasil y de crear
otra de las reservas más
emblemáticas del mundo: la del
pueblo Yanomami, de 9.4 millones
de hectáreas, la única condición
que impuso cuando el gobierno
brasileño lo designó como
presidente de la FUNAI.
No caben dudas de que Possuelo
es un héroe, un héroe de ribetes
que seguramente serán
legendarios pero que ahora son
palpables, porque Possuelo -en
el mundo de Hollywood que
inventa el valor y lo exhibe por
el precio de una entrada al
cine- es un héroe del mundo
real, de ese que sigue ahí en la
selva amazónica, esperando que
la lucha de un hombre se
convierta en causa de muchos y
el mundo y los gobiernos y las
sociedades civiles asuman que es
un deber y una responsabilidad
ineludible pelear por la vida y
los derechos humanos de los
últimos pueblos indígenas
aislados del planeta.
Han sido y son el motivo de la
vida de Possuelo y deberían ser
una preocupación universal
porque si ellos desapareciesen
para siempre, nuestro lazo como
especie con los primeros
humanos, con los seres puros e
incontaminados, con aquellos que
conviven sagrada e
inalterablemente con la
naturaleza, se habrá perdido
para siempre. Eso, les aseguro,
será peor que un satélite derive
entre Júpiter y Neptuno o que
cinco astronautas se envenenen
en las aguas del decimonoveno
planeta de la última galaxia que
"descubriremos" en quién sabe
qué futuro. Paul Eluard escribió
que todos los otros mundos que
buscamos, están en éste que
vivimos pero que no sabemos cómo
encontrarlos. Los pueblos
indígenas aislados son esa
metáfora: si somos capaces de
protegerlos, sabremos que otro
mundo, más humano y más justo,
puede ser construido entre
todos.
Un ser
humano
Volvía de mi encuentro con
Possuelo, y en una cajetilla de
cigarrillos, atravesando las
praderas artificiales del Acre
brasileño -tumba de tantas
tribus-, anotaba un final para
este texto: "Possuelo es hombre
de otro planeta; el mismo pero
mejor". Ya lo insinué pero lo
anoto: si hubiese muchos
Possuelos, la Tierra sería más
amable, más fraterna, más
humana.
Escribo, por necesidad, otro
final para este escrito. O
varios. Le pregunto a Possuelo
si conoce esa canción
maravillosa de Caetano Veloso
titulada Um indio y que usé como
epígrafe. La anécdota es
deliciosa: "sabes, estaba en un
avión, y Caetano me la cantó al
oído antes de grabarla". "¿Y?",
le pregunto, condensando la
ansiedad del hallazgo, sabiendo
las veces que anduve por la
selva escuchando esa música que
de muchas formas sintetiza el
espíritu de estas palabras. Me
contesta Possuelo, entrañable:
"y… no se… tal vez no lo
escuchaba bien por el ruido del
avión, pero no le dije nada…",
me aclara.
Una noche, en el Haití, la madre
de todos los cafés de Lima
-Álvaro Díez Astete dixit- me
cuenta la historia de su
tatarabuelo, el senador Teófilo
Ottone, la línea materna e
italiana de la genética Possuelo:
"fue el primer impulsor de leyes
en defensa de los indios de
Brasil, tras retornar de
Filadelfia, Norteamérica, a
donde se había exiliado por
pelear por la república. Armó
una compañía de navegación para
que Minas Gerais (el estado del
cual Sydney es oriundo y que es
mediterráneo) pudiera llegar al
mar (La historia me recuerda
-¿ecos de realismo mágico?- a El
amor en los tiempos del cólera
de García Márquez). Era muy raro
para la época: no mataba a los
indios, los incorporaba al
trabajo. Cuando la empresa
fracasó, les donó la tierra a
ellos. Lo atacaron, lo
cuestionaron, pero hoy una
ciudad lleva su nombre". La
convicción de Possuelo está
anclada en la sangre.
Me despido de él en Puerto
Maldonado, Madre de Dios, Perú.
Minutos antes, comíamos pescado
con Daniel, un joven antropólogo
gallego solidario con la FENAMAD,
la organización de los nativos
locales. Allí hay otra guerra y
donde los que siempre pierden
son los pueblos indígenas
aislados. Daniel le contaba del
asesinato de dos indígenas a
manos de los madereros de la
caoba -una funcionaria del
ministerio de energía y minas
del gobierno del Perú nos
aseguró días atrás que ellos son
la principal amenaza contra la
supervivencia de los aislados- y
Sydney preguntaba ansioso:
"¿Pero qué han hecho?". El
antropólogo nada tenía que decir
pero Sydney insistía: "¿qué han
hecho? En Brasil, cerrábamos el
territorio legalmente y los
defendíamos con las armas en la
mano". Possuelo maestro.
Desesperado por transmitir su
conocimiento en el terreno de
cómo ganar la batalla contra la
muerte anunciada o, al menos,
intentarlo.
En defensa (perdida) del
antropólogo, arguyo que "Perú no
es Brasil", "Perú es un país
andino y no amazónico", "Querido
Sydney trata de entender", etc.,
etc., y después, algunas horas
después, camino a Assis-Brasil
-la selva devastada, la
carretera transoceánica que
impulsa Lula- a donde nos
dirigíamos con Vincent
Brackelaire y el antropólogo
boliviano Álvaro Díez Astete
para asistir a una reunión
trinacional de dirigentes de los
pueblos indígenas de los tres
países -Brasil, Bolivia, Perú-
donde se encuentran casi todos
los pueblos indígenas aislados
que todavía resisten en el
planeta Tierra, recordé lo que
está escrito en el Talmud, el
libro sagrado de los hebreos:
"si salvas a un hombre, salvas a
todos los hombres". Y luego
recordé a Possuelo, y su afán
actual para que a través de una
alianza internacional de
protección de los últimos
pueblos indígenas aislados del
planeta, todos los gobiernos,
las organizaciones indígenas,
los organismos internacionales,
la sociedad civil, trabajen
mancomunados por esa causa.
La noche ya había caído. Volví a
recordar a los dos muertos del
río Las piedras -veo su sangre
en el agua-, y recordé la
sentencia talmúdica. Recordé una
vez más a Possuelo, su lucha, su
tenacidad, su heroísmo.
Apoyemos su causa. Apoyemos a la
Alianza Internacional. Es la
causa de los últimos indios
libres de cualquier atadura del
planeta Tierra. Es la causa de
los que nunca jamás se han
rendido para preservar su
identidad y su libertad. Son un
espejo y una revelación: es la
causa de todos los hombres y
mujeres que deseamos un mundo
mejor.
Gentileza:: Melina Alfaro [
cybermelina_2004@yahoo.com.ar
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