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Si, nosotros podemos
Por Fernando Martínez Heredia
Michoacanos y maoríes,
venezolanos y haitianos, se
están alfabetizando con el mismo
método, el programa cubano Yo sí
puedo, que hoy se practica en
veinte países, aunque a escalas
muy diversas.
La alfabetización de adultos ya
tiene una larga historia, entre
las ansias de las personas y las
familias humildes de conocer y
dominar la palabra escrita y las
motivaciones o los intereses de
quienes los ayudan a hacerlo.
¿Qué puede haber de nuevo, o de
importante, en esta experiencia
en curso?
Ante todo, la participación
activa de las comunidades
involucradas. Venezuela tiene
hasta ahora el logro mayor, con
más de un millón y medio de
alfabetizados y un buen sistema
de seguimiento hasta el nivel
secundario.
Pero ese país vive un cambio muy
profundo y abarcador en la vida
de su población, que ha generado
autoestima, organización social,
acceso a la salud, cultura
política, mediante el esfuerzo
conjunto del gobierno y la gente
de abajo, que combinan los
recursos estatales y la
iniciativa popular.
Venezuela está viviendo una
revolución. Un muchacho casi
negro, peón de limpieza del
cementerio de Caracas, con un
largo tajo en una pierna de su
pantalón, me explicó hace dos
años su motivación para
alfabetizarse en el "aula"
improvisada de la "Misión
Robinson": "yo no voy a volver a
estar como estaba".
Yo sí puedo es un instrumento
audiovisual para alfabetizar con
pocos recursos, basado en la
experiencia, inscrito en
programas de escolarización
primaria. Posee la riqueza
simple de los buenos hallazgos,
como es el de pasar de los
números -algo que todo adulto
pobre está obligado a conocer--
a las palabras.
En sólo tres meses se aprende a
leer y escribir, con 65
teleclases de media hora de
duración, apoyadas por una
cartilla de siete páginas, con
esta secuencia: oído-ojo,
oído-libro, oído-lápiz.
Los "facilitadores" --gente del
lugar que algo sabe-- y docentes
del programa son los ejecutores
y acompañantes del proceso. A
los que ya estábamos en
Secundaria a los 15 años nos
cuesta mucho pensar -y aún más
sentir-- esa fórmula pedagógica
que parece un conjuro. Pero esto
puede servirle a una cuarta
parte de los seres humanos del
planeta, hoy que la iniquidad en
que vivimos es casi inabarcable,
y mayor todavía porque todo el
mundo sabe lo que no tiene.
La vocación de Yo sí puedo no es
ser un paliativo "cultural", ni
una esperanza de ascenso social
para individuos tenaces. Busca
ir al encuentro de la formidable
cultura acumulada por los
pueblos, ser instrumento de algo
más que leer y escribir, como la
Operación Milagro es algo más
que lograr ver.
Uno de los más ricos temas de
debate de la cultura de
liberación actual es el de la
necesidad de que las personas
crezcan y se cambien a sí mismos
en el curso de su resistencia a
la miseria y las opresiones, y
de sus rebeldías. No creer en el
poder como un objeto ajeno, que
un día vendrá y dispensará
beneficios y satisfacciones.
Cómo avanzar hacia sociedades
liberadas, hacia poderes
populares, es discutible, pero
es indudable que el ejercicio de
intercambios culturales y el
crecimiento de las capacidades
de los humildes puede aproximar
esos avances, y sobre todo darle
más potencial real de
protagonismo a los de abajo. Es
bueno que en Argentina le llamen
"Vos podés" a una de las
cartillas del programa, y será
un día feliz cuando la gente le
llame al programa Nosotros
podemos.
La iniciativa cubana forma parte
de su política de solidaridad
con los pueblos, cuyos vehículos
incluyen estructuras como el
Instituto Pedagógico
Latinoamericano y Caribeño de
Cuba, para el cual creó el
programa la maestra Leonela
Relys.
El país aporta su inmensa
experiencia pedagógica, y lo que
es distintivo de su
colaboración: sus expertos
trabajan con los pobres
fraternalmente, se entregan a
sus tareas y son conscientes de
lo que ellas significan.
Cuba ha entregado ya unos 40
millones de casetes de
videoclases y dos millones de
cartillas. La asesoría y
formación de personal de los
países en que se trabaja es
priorizada, junto a los estudios
más especializados que han
pasado en este país miles de
educadores de esas naciones.
Algunos se preguntan si todo
este esfuerzo sistemático cubano
se debe a una cualidad altruista
o al cálculo de una estrategia
política. Prefiero una respuesta
que trasciende a esa disyuntiva:
se trata de una combinación de
solidaridad humana y de política
nueva, que se alimentan
mutuamente.
La solidaridad internacional
practicada durante medio siglo y
siempre mayor y más audaz de lo
que cabría esperar de un
análisis previo al uso, procede
de un pueblo consciente de que
frente a la dominación mundial
recolonizadora, parasitaria y
guerrerista es indispensable ir
forjando amistad entre los
pueblos, alianzas, uniones, para
que sea posible resistir y salir
adelante.
Y la forma más alta de esos
vínculos es la práctica
solidaria que comparte lo que se
tiene y los proyectos con los
que han estado "en el reverso de
la historia", y da ejemplo a los
demás de que la política de los
pequeños puede ser superior a la
de los imperialistas, si tiene
un fundamento ético y el
objetivo de servir a las
mayorías.
Además, los cubanos han
aprendido que el que brinda a
otro pueblo todo lo que puede -y
la vida si es preciso-- gana
mucho más que lo que ofrece,
porque en el amor de humanidad
se desarrolla como ser humano, y
la sociedad que trata de crear y
defender se hace más fuerte y
más hermosa. Y dicho con una
sola palabra, el
internacionalismo, es también un
adelanto que el presente le toma
al futuro.
Gentileza:: Rompiendo Muros [
rompiendomuros@yahoo.com.ar
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