|
Niveles educativos mínimos
Al fijarse los niveles mínimos,
los típicos rígidos imponen
dígitos cínicos, y los míticos
líricos preferimos límites
nítidos, lícitos y cívicos.
Por Mikel Agirregabiria Agirre
El establecimiento de niveles
académicos mínimos y de pruebas
diagnósticas generalizadas y
periódicas efectuadas por
evaluadores internos y externos
ha demostrado una eficacia
indiscutible en todos los
sistemas de enseñanza. En
nuestro caso, desde la
desaparición en 1970 de las
pruebas de Ingreso al
Bachillerato y de sus
correspondientes reválidas en 4º
y 6º, sólo disponemos de la
Selectividad como prueba común.
Sus efectos son sumamente
positivos en los dos cursos
actuales de la enseñanza
secundaria post-obligatoria,
apremiada por la medición
individual y colegial que
supone. Ello, a pesar de algunas
deficiencias quizás no tanto
basadas en el hecho de que su
corrección sea competencia
exclusiva de profesorado
público, sino en no asegurarse
rigurosamente el anonimato del
alumnado y del centro de origen,
ni una doble corrección
independiente y contrastada.
En este momento, el sistema
educativo vasco se encuentra
ante una encrucijada, donde han
de reconsiderarse y resolverse
dos elementos centrales de la
enseñanza: el currículum escolar
y los modelos lingüísticos. Las
comisiones técnicas que han
analizado ambos aspectos llevan
muchos meses de trabajo
preparatorio para la elaboración
de sus opciones, y ahora serán
los políticos quienes hayan de
convenir las propuestas
definitivas.
El nuevo Currículum Vasco es un
tema de una complejidad que
excede la extensión de este
artículo. En lo referido a los
niveles mínimos para la
universalidad discente,
únicamente hemos de señalar el
potencial riesgo que supone la
construcción parcelada por áreas
temáticas, introduciéndose por
separado pero aditivamente y con
el doble enfoque de competencias
y contenidos mínimos. La suma de
todos ellos, con el doble origen
de un 55% marcado por la LOE y
el 45% definido desde la
Comunidad Autónoma de Euskadi,
podría resultar excesiva para
una minoría significativa del
alumnado. Especialmente si
apostamos por una educación que
no favorezca el fracaso, que no
deje atrás a nadie, como
preconizan y logran las
sociedades más comprometidas y
solidarias.
La revisión de los Modelos
Lingüísticos puede significar,
igualmente, un latente peligro
si se confundiesen objetivos y/o
plazos en lo relativo a los
niveles mínimos exigibles. El
incumplimiento de la Ley de
Normalización del Euskera, de
1982, deriva –en parte- de su
desmesurada meta en el Artículo
17: “El Gobierno adoptará
aquellas medidas encaminadas a
garantizar al alumnado la
posibilidad real, en igualdad de
condiciones, de poseer un
conocimiento práctico suficiente
de ambas lenguas oficiales al
finalizar los estudios de
enseñanza obligatoria”…
(finalización que entonces,
antes del BUP, sucedía a los 14
años).
Veinticinco años después de la
Ley 10/1982, las evaluaciones
del ISEI-IVEI concluyen que si
se establece el nivel B2 como
terminal en la actual ESO, sólo
el 47,3% de nuestro alumnado de
16 años supera este nivel (el
porcentaje sube al 53,7%
incluyendo la expresión oral),
repartido según los actuales
modelos en 57,2% del D, el 27,5%
del B y siendo inapreciable el
porcentaje en modelo A.
Reglar el nivel B2 como mínimo
en un plazo programable
(planificado a 6-10 años)
resulta inverosímil de alcanzar,
ni siquiera para el 80% del
alumnado, a pesar del éxito
reconocido internacionalmente
que ha significado la
euskaldunización del profesorado
y de las familias, y el avance
sociolingüístico de nuestro
entorno formativo, mediático y
social. Bastaría considerar el
mapa donde se concentra la tarea
pendiente, áreas metropolitanas
del Gran Bilbao y Vitoria-Gasteiz,
para comprender que el nivel B1
universal al acabar la ESO es un
reto considerable, si se desea
alcanzarlo realmente y no como
una declaración de principios
generacional, que se logrará…
pero un plazo mayor.
Concluiríamos que los niveles
educativos deben escalonarse en
su currículum debidamente con
tres referencias: niveles
mínimos exigibles, niveles
recomendables medios y máximos
niveles de excelencia, que serán
los que se definan desde la
autonomía de las redes y centros
escolares, muchos de los cuales
aseguran para su alumnado cotas
muy altas en resultados
lingüísticos y curriculares. Los
niveles mínimos deben atender a
una premisa de equidad que no
instituya un fracaso
insuperable, mientras que los
niveles recomendables nos sitúen
en convergencia con los países
más avanzados educativamente y
el porcentaje de quienes
alcanzan los niveles máximos
establezcan la calidad del
sistema que, entre todos, hemos
de apoyar e impulsar.
Gentileza:: Mikel Agirregabiria [
agirregabiria@gmail.com ]
paginadigital |