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El arte de educar
Este relato, divulgado en un
vídeo, está basado en una obra
titulada “Tres cartas de Teddy”,
escrita en 1976 por Elisabeth
Ballard
Por Mikel Agirregabiria Agirre
El primer día de clase, la
profesora de 5º de Primaria se
presentó ante su clase, recorrió
con su mirada a todo su alumnado
y solemnemente les dijo… una
mentira piadosa: “Que les iba a
querer a todos por igual”. Sin
embargo, eso era imposible
porque en la primera fila,
aburrido y sentado junto a ella,
estaba Teddy. La maestra ya
conocía a Teddy desde el año
pasado, y había visto que no
jugaba con sus condiscípulos.
Teddy venía desaliñado, pedía
salir al baño continuamente y
podía ser muy molesto en clase.
El cuaderno de Teddy era un
desastre, y aparecían tachados
en rojo los pocos ejercicios que
traía realizados de casa.
Al revisar los historiales de
todos sus alumnos, la tutora se
llevó una sorpresa con el de
Teddy. Su profesora de 1º lo
mencionaba como un excelente
alumno y buen compañero. La de
2º curso reiteraba su aprecio,
pero comentaba que la enfermedad
terminal de su madre le estaba
afectando. La tutora de 3º
indicaba que la muerte de su
madre había sido un duro golpe
para Teddy. Su profesora de 4º
apuntaba que el desinterés de
Teddy por lo que sucedía en
clase era total y concluía que
estaba muy retrasado.
La profesora comprendió a Teddy
y se entristeció aún más cuando
al llegar la navidad todos sus
alumnos le llevaron algún
obsequio cuidadosamente envuelto
en papel de regalo. Todos…
excepto Teddy, que llevó una
arrugada bolsa de supermercado.
Con temor sobre lo que
contuviese, la profesora lo
abrió en medio de clase: Una
vieja pulsera a la que faltaban
algunas piedras de bisutería y
un frasco usado de colonia.
Algunos niños se rieron, pero la
tutora se puso el brazalete y se
humedeció con perfume su muñeca.
Aquel día, Teddy se quedó hasta
que los demás alumnos se fueron
y le confesó a su maestra que
“Hoy usted huele como mi madre”.
Aquella noche en su casa, la
profesora lloró durante más de
una hora.
Desde aquel día, aquella docente
dejó de enseñar y se dedicó a
educar. Prestó una especial
atención a Teddy, y pronto se
vio gratificada con su progreso.
Al año siguiente, recibió una
nota de Teddy donde le decía que
ella era la mejor profesora que
él había conocido. Seis años más
tarde, le llegó una carta donde
repetía que no había descubierto
mejor profesora en todo el
bachillerato. Años más tarde,
otro documento reiteraba que
ella seguía siendo su educadora
favorita, y en la firma figuraba
un tal Doctor Theodore.
La historia no acaba así. Teddy
le pidió que fuese su madrina de
boda. Ella aceptó y se engalanó
con la pulsera incompleta y
aquel perfume que a él le
recordaba sus últimas navidades
con su madre. Después de la
ceremonia, Teddy dijo estas
palabras al oído de su maestra:
“¡Gracias por creer en mí, por
confiar en que yo podría ser
diferente!”. Su profesora, con
lágrimas en los ojos, le
susurró: “Teddy, yo te agradezco
que tú me convencieses de que yo
podía ser diferente. Hasta que
te conocí, no aprendí a educar”.
Los educadores, los
progenitores, los adultos nunca
sabemos el impacto que puede
tener en el futuro nuestras
acciones,… o nuestras omisiones.
Consideremos esta realidad, e
intentemos influir positivamente
en la vida de los demás,
especialmente de los más
jóvenes. Enseñar quizá sea la
última artesanía, algo que ha
evolucionado con el paso de los
siglos, pero que sigue
requiriendo profesionalidad y
vocación.
Gentileza:: Mikel Agirregabiria [
agirregabiria@gmail.com ]
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