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Cipayos
Por
Antonio Caballero
Cuando sonó el himno de los
Estados Unidos durante la visita
del presidente George W. Bush a
Bogotá, el presidente de
Colombia Álvaro Uribe se puso la
mano en el pecho. Dijo la prensa
que "parecía uno más de la
delegación americana".
No es que lo parezca: es que lo
es.
Y no sólo en los aspectos
formales y simbólicos, como la
postura corporal adoptada para
escuchar un himno ajeno como si
fuera propio, o la autorización
dada sin rechistar a los
guardaespaldas del visitante
para que desarmaran a las tropas
colombianas que se aprestaban a
rendirle honores protocolarios
(¿temían acaso un «falso
positivo»?)
En todo, desde las disposiciones
del protocolo hasta las
decisiones de la defensa
nacional, Álvaro Uribe se
comporta como si fuera un
funcionario del gobierno de los
Estados Unidos, y no el
Presidente de un país soberano.
En diplomacia: el apoyo
irrestricto a la ilegal guerra
de «defensa preventiva» de Bush
contra Irak.
En la política interna, centrada
toda ella en la guerra contra el
narcotráfico decretada por los
gobiernos norteamericanos: la
fumigación de los cultivos de
pancoger, de las zonas
fronterizas de los países
vecinos, de los parques
naturales en teoría protegidos
por la ley; la extradición de
colombianos (bajo Uribe van 536:
unos diez por semana) para que
sean juzgados por jueces
norteamericanos según las leyes
norteamericanas por delitos que
a veces no lo son en Colombia; y
hasta la grotesca prohibición de
la comercialización de productos
legales extraídos de la hoja de
coca, como las infusiones o las
galletas. Y en las relaciones
bilaterales, empezando por las
del comercio.
En nada de eso manda Uribe; se
limita a recibir y transmitir
órdenes.
Claro está que no es Uribe el
primer Presidente colombiano que
se comporta ante los Estados
Unidos como si fuera una
alfombra: como un cipayo, para
usar el nombre de los oficiales
indios del Imperio Británico que
servían de correa de transmisión
entre la potencia colonial y sus
propios compatriotas.
Lo han hecho prácticamente todos
los que hemos tenido por lo
menos desde mediados del siglo
XIX, cuando Mariano Ospina
Rodríguez pedía, sin
conseguirlo, que Colombia fuera
colonizada por el ya entonces
llamado «Coloso del Norte».
Basta con echar una ojeada sobre
la lista de los más recientes:
es una galería de
exhibicionistas del servilismo.
Andrés Pastrana, que adoptó como
propio el Plan Colombia
redactado por la administración
Clinton y recibió los primeros
centenares de consejeros
militares norteamericanos.
Ernesto Samper, que aseguraba
combatir el narcotráfico que
había financiado su campaña
presidencial "por convicción, y
no por coacción".
César Gaviria, que abrió la
economía a las imposiciones del
Consenso de Washington y llamó a
los «marines» para que
construyeran, según dijo, una
escuelita en la remota playa de
Juanchaco, sobre el Océano
Pacífico.
Pero en el fondo tenía razón
Samper. Si nuestros gobernantes
(que escogimos nosotros, dentro
de ciertos límites de libertad
mitigada por el fraude, la
amenaza y el poder del dinero)
actúan como cipayos, no es por
coacción, sino por convicción:
les gusta el sometimiento.
Dentro de algunos años los
veremos lamiéndoles los pies a
los dirigentes del nuevo imperio
que ya se ve asomar, que es la
China. Y después, a los que
vayan viniendo.
No deja de ser tranquilizador,
en cierto modo.
Sería mucho peor que los que
mandaran de verdad fueran los
nuestros.
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