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El amasijo
¡Volando a Río!
(Donde se habla de peligros que
acechan en internet)
Por: John Argerich
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El mensaje de ese mail no podía
ser más claro.
"Meu queridinho", decía, "Papá
consciente. Podemos casar."
Cucurucho Dellepiane pegó un
salto en el sillón giratorio.
¡Por fin se le daba una, después
de visitar tantas páginas web!
"Señora española de 62
primaveras, cariñosa, simpática,
y ahorrativa, desearía conocer
caballero formal. Edad 25/30
años, con fines matrimoniales",
informaba un aviso,
"Preferentemente con experiencia
de almacén."
"Haz realidad tus sueños más
atrevidos", decía otro aviso.
"Soy morocha, de pelo crespo,
140-95-140, y pura pasión.
Escribime, porque te espero.
Miss Nbuma Keniata, Lagos,
Nigeria".
Y había toda clase de ofertas y
pretensiones.
"Busco caballero gordito con
buenos ingresos, que le guste
hacer picnic en bicicleta los
días domingo".
"Busco hombre musculoso, alto y
vegetariano, preferentemente
hincha de Boca Juniors, y que
sea testigo de Jehová".
"Busco bombero jubilado, con
casa propia en barrio de gente
bien. Soy paraguaya, así que
para el desayuno, tomaremos
tereré."
"Busco chico con muchos tatuajes
para formar pareja gay. Ya verás
que lo pasaremos bien. Estoy que
volteo, de lindo. No se
contestarán los mails que mande
ninguna desgraciada."
O sea, una jungla de berretines,
promesas y fantasías postergadas
que daban a la página web cierto
aire de novela rosa.
"Millonaria brasileira cansada
de comer frijoles busca
maridinho que sepa fazer asado
argentín. Si es rubio, mucho
mejor", decía el aviso que había
contestado el Cucurucho
Dellepiane.
O sea el Cucu, como le decían en
familia, porque eran gente
moderna, educada a la americana.
"Princesa: Me encantaría
probarte lo profundo de mi
pasión con un bife de chorizo a
caballo vuelta y vuelta" decía
la apasionada respuesta de ese
valor. "Claro que ando medio caú
en materia de billetes, y para
conocernos vas a tener que venir
vos a Buenos Aires."
-Nao tein problema de divisas,
falo con papá -contestó ella- El
nos da unos rials pra casar,
porque estoy de cinco meses y
queda feo tanta panza sin
anillo. Eso sí, decime antes
cual es tu grupo sanguíneo, por
favor.
-Tus deseos para mi son órdenes,
amada. Yo haría cualquier cosa
por la hija de un millonario. AB
negativo, que hay pocos, pero
somos buenos.
-Muito interesante. Pero eu teu
pocas ganas de tanto trajín.
Vosé vuela a Río, en vez.
Nos vamos a pasar una luna de
miel a la fazenda de papá, tengo
o bebé, y cuatro meses después
nos divorciamos, te volvés a
Buenos Aires, y chau pichi.
-¿Por amor al arte, che?
-Claro que nao, vossé cobra
duzentos rials por día sem
trabalhar.
-Es poco, con tanto compromiso,
vieja.
-Duzentos cincuenta, entao.
Y así quedó cerrado ese acuerdo.
El Cucu no solucionaba su
problema sentimental, pero se
echaba una hermosa porción de
fasules al bolsillo.
"¡Ocho meses a razón de
doscientos cincuenta reales por
día, son como cuarenta lucas
verdes!", pensó el Cucu. "Por
esa guita me caso con la mamá,
también."
A los pocos días llegó el
pasaje, y una semana después,
ese valor gambeteaba los salones
del Aeroparque. ¡Qué multitud!
Unos corrían para no perder su
avión, otros buscaban hacer
negocios en el tax-free shop.
Los más, miraban tranquis la
hora al despachar el equipaje, o
escribían apurados una tarjeta
postal.
"Al que madruga, Dios lo ayuda",
pensó el Cucu. "Qué gran
invento, el correo electrónico,
que te contestan en un samtiamén.
Para comprobarlo, aquí estaba
él, vestido de última moda con
la guita del suegro, listo para
volar a Río, entre bacanes. Y un
pensamiento le empezó a dar
vueltas por el coco: "¡Lo que es
tener pinta, che!" Al ratito,
estaba sentado en su mullido
asiento de primera, a bordo de
un lustroso Boeing pintado de
verde y amarillo.
-¡Señores pasajeros, muy buenas
tardes! -dijo una voz femenina
con cadencia de samba- Les damos
la bienvenida al vuelo 316...
Y después lo de siempre:
"Prohibido fumar en el baño, no
usen sus teléfonos celulares, y
attenti con el cinturón de
seguridad". El avión rajó por la
pista como escupida de músico, y
en pocos momentos se hundía en
el cielo azul. Atrás quedaba
Buenos Aires,
con su tráfico de tachos y
mioncas que zigzagueaban
endiablados, multitudes
vociferantes, y una cortina de
humo para esconder tanto
confort. Después se durmió una
siestita condimentada con
morfichupi canilla libre, y al
salir del apoliyo, volvió a
escucharse la voz sexy del
avión, que chamuyaba una
promesa.
-En pocos minutos aterrizaremos
en el aeropuerto de Galeao...
Llegaron, desembarcaron,
mostraron sus pasaportes, y el
Cucu no tuvo tiempo para nada
más. Porque aparecieron dos
ursos, y lo llevaron en vilo
hasta una esquina, donde
esperaba el jet privado de papá.
¡A volar, otra vez!
-Espero que el asiento sea de su
agrado, señor...
Primero el mar azul, después
montañas, luego selvas
lujuriantes, como se ve en las
películas de Tarzán. Por fin el
punto de destino. "A fazenda dos
campos verdes das Pradeiras do
Sul".
-¡Bajá, boludo! -dijo una voz,
que por el acento no parecía muy
carioca.
Y, como olvidándose de la
amabilidad mostrada hasta el
momento, cuando se abrió la
portezuela lo bajaron a
empujones. Salvo mientras
sacaban fotos y todos sonreían,
palmeándolo afectuosamente.
Caminó trastabillando, y por fin
lo pusieron de cara a la pared,
contra un galpón.
-¿Por qué tanto prepo, si soy un
amigo, y vengo a casarme con
Teresinha? ¡Regio feca les
espera, cuando se lo ortibe al
patrón...!
Pero no pudo terminar la frase,
porque le cerraron el buzón de
un cachiporrazo. Quedó medio
groggy, y aterrizó en una pieza.
-¡Estiráte un rato, boludo,
hasta que llegue la hora de
laburar! -dijo esa voz
sospechosamente porteña, que
había escuchado antes- ¡Ya verás
con qué linda mininha vas a
casarte...! ¡Juá, juá, juá!
Pasaron las horas, y desde su
encierro el Cucu oía un
incesante ir y venir de
vehículos, voces que conversaban
animadamente, y el ladrido
lejano de los mastines que
custodiaban la mansión. De
pronto se abrió la puerta,
entrando luz a borbotones.
Entonces apareció una imagen
femenina recostada contra el
marco. Rubia, con una camisa
verde oliva, polleras cortitas y
botas de campo. El novio se
incorporó de un salto.
-¡Teresinha! -gritó- Te hacía
más gordita con cinco meses de
embarazo.
-¡Tragaste el anzuelo,
idiota...! -dijo ella- ¿Te
parece que con esta carrocería
iba a necesitar buscarme un
pelotudo como vos?
"¡Uy, uy!", pensó Dellepiane,
casi espichando de puro jabón,
"Esto me gusta cada vez
menos..."
Pero ese no fue más que el
comienzo de su drama. Al ratito
aportaron dos toñas con uniforme
verde de quirófano y le echaron
un vistazo.
-¿AB negativo? -dijo el más
gordito, saltándole los ojos en
las órbitas, de tanta felicidad.
-¡Por fin cayó uno, con el
trabajo que da encontrarlos!
-Perseverando todo se logra,
doctor. Pero guarden las fotos,
para mostrar que el donante es
de raza blanca.
-¿Qué carajo están hablando?
-increpó furioso, el Cucu.
Entonces se dio cuenta de que
estaba atado a la cama. Le
dieron una inyección para
dormirlo, y empezaron a cortar.
-Los testículos, para Estados
Unidos -dijo una voz.
-La córnea para Japón -dijo
otra.
-A mí me dan las orejas, para
hacerme un collar -pidió la
rubia.
-¿Cómo hacía tu abuelita en
Auschwitz?
-Los hobbies se heredan, che...
-Lo que va sobrando tirelón al
tacho, para alimentar las
pirañas.
-Okey.
Así acaba la triste historia del
Cucurucho Dellepiane, que jamás
volvió a Buenos Aires por querer
forrarse con un levante rentado.
Porque como andan hoy las cosas,
si no te chapa la pesada, al
menor refalón terminás en la
vitrina, hecho merca por una
pandilla de traficantes de
órganos.
-¡Ojo al Cristo, que es de
barro! -sabía decir un tango.
Y como el diablo sabe por
diablo, nos dio su último
consejo: ¡Cuidado con internet!
THE END
Copyright: John Argerich,
2007
All rights reserved.
johnargerich@malmo2.net
johnargerich@ya.com
La serie quincenal "El amasijo"
se publica regularmente en 32
medios, de 9 países
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