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El amasijo
Vida de perro
(Donde se habla de gambetear la
yeta con calidad)
Por: John Argerich
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"Unos nacen con estrella, y
otros nacen estrellados, dice el
refrán".
Así iba pensando el Ñato Gómez,
también conocido en la barra
como "Fúlmine", por su suerte
perra. O "el Ñato", por la
nariz. Y de paso cambiaso
aprovechaba la volada para
lustrarse la uña larga del
meñique izquierdo, que desde
purrete había sido su mayor
orgullo. Avisoró el horizonte
porque la vedera estaba ocupada
por una escalera de pintor, y
bajó a la calle sin pensarlo
más. Maniobra que, como todas
las cosas en la vida, tenía
motivaciones. No digamos
solidaridad, porque él poco la
iba con ese gremio, sino porque
pasar por debajo de ella hubiera
sido desafiar a las parcas, como
un gil. Mojarle la oreja al
destino, a ver si me explico. Y
el toña, sin ser gallina, era
prudente. Porque si había
llegado a este valle de lágrimas
un martes 13, había que
gambetear la yeta con calidad.
-¡Piantá di áhi, boludo! -apenas
alcanzó a gritarle un paragua
vestido con mameluco verde- ¡Que
los adoquines están recién
puestos...!
Pero ya era tarde. Fúlmine hizo
honor a su gracia, y medio
boleado del julepe con tanto
grito, metió un caminante propio
adentro del pasticho. Con tal
puntería que al hundir una punta
del bloque, la otra saltó de
calce, levantando una nube de
tierra, cemento, arena,
cascotes, y herramientas que
estaban desparramadas por el
suelo. Un martillo le dio al de
las pilchas verdes por la
espalda, y el coso refaló,
agarrándose de la escalera. Por
esa triste combinación de
eventos, la misma terminó en el
suelo, arrastrando un tacho de
pintura blanca y dos rodillos.
¡Qué quilombo de mi flor! Los
vecinos salieron alarmados a ver
el chou, y un gaita que por allí
pasaba dijo:
-¡Virgen del Carmen, vaya follón
que ha armado este chaval!
-¡Mirá donde caminás, idiota!
-gritó el capataz, mientras toda
una cuadrilla de Obras
Sanitarias se le iba al humo,
porque había que ponerse a
laburar de nuevo para arreglar
ese despiole.
-¡Se ti cazzo sei propio
mortadela! -gritaban dos
enfurecidos sicilianos,
blandiendo palas.
Y como inspirándose en Delfo
Cabrera, Fúlmine le sacaba
ventaja al viento, de tanto
rajar. Para los que entonces
eran pibes, agregaremos que
dicho prócer hizo historia,
ganando por afano la maratón
olímpica de Londres en 1948. Una
gloria del deporte nacional.
Pero el Ñato no le quedaba ni
cinco atrás.
-¡Ti prendo subbito, figlio di
un cane!
-¡Apresúrate, que ya lo cogemos,
Miguel!
La primera amenaza vaya y pase,
pero la última al toña no le
gustó un belín. Así que motivado
por conservar el invicto, se
prendió de un ómnibus colorado
de la línea 41, que pasaba
echando chispas.
-¿Boleto, señor? -dijo el
guarda.
-¡Hasta la terminal! -alcanzó a
responder el Fúlmine.
Así se salvó de esa pandilla de
energúmenos. Pero Buenos Aires
en los años 50 estaba llena de
peligros. Y no sorprenderá que
al llegar a Plaza Once, el
tráfico hubiera sido cortado por
una manifestación política.
-Perón, Perón...¡que grande sos!
-entonaba una compacta multitud.
-Decí "¡Viva Perón!", o te
amasijo -le gritó en la cara uno
que iba en camiseta musculosa,
al asomarse por la ventanilla.
Y no tuvo tiempo para responder,
porque ocurrió lo improbable.
Por la otra esquina iba dando
vuelta un grupo de mozos
vestidos con pilchas deportivas,
que sacudían estandartes
colorados. ¿Comunistas? ¡Oh, no!
-¡Dale y dale, Rojo, dale!
-gritaban a voz en cuello.
Y no faltó la voz de un cantor,
transmitida a todo volumen por
los equipos sonoros, entonando
una vieja rima, que no por
repetida en esta hoja hasta el
hartazgo, hubiera perdido
actualidad.
"Tenemos un arquero que es una
maravilla,
Se ataja los penales, sentado en
una silla.
En eso se desmaya, le damos
chocolate,
¡Arriba Independiente y abajo
River Plate!"
-¡Dale y dale, Rojo, dale!
-rugía la mutitud mientras se
formaban remolinos de agitadísma
hinchada.
Entonces el Ñato comprobó que
una mano medio morochaza lo
agarraba firmemente del cogote.
-¡Decí "Viva Independiente", o
te amasijo! -rugió su
propietario.
Pero Fúlmine, en medio de
presiones tan altamente
conflictivas, optó por quedar
bien con dios y con el diablo. O
sea, mal con los dos.
-¡Sin despreciar lo presente, yo
me cago en todos ustedes, che!
-repuso, y le sacó lustre al
empedrado con el primer envión.
Corrió y corrió, porque lo
seguía una barra furibunda a
grito pelado. Después se paró un
pomito, y tras juntar resuello
siguió corriendo. Hasta que por
fin, llegó a un puente donde
había un cartel que lo hizo
reflexionar: "Luján". De la
forma reseñada, las
tribulaciones del Fúlmine
llegaban al conurbano. Pero
visto que ya no lo seguía nadie,
pegó la vuelta. "¡Otra vez
Buenos Aires!" dijo, como si un
tangazo flor y flor le estuviera
frunciendo el cuore con su
nostalgia.
-¿Qué hacés, pebete? -lo
saludaban los vecinos, aunque
apuraban el paso para no
contagiarse la mufa, al verlo.
-Bien, ¿y vos?
"Bien" era solamente un decir.
Porque como ya sabemos, no por
nada el pobre cabeza de turco
era nacido un martes 13. Y al
ver que llegaba echando diablos,
todos los perros del vecindario
empezaron a ladrar.
-¡Guau, guau, guau...!
-¡Dejen apoliyar, carajo! -gritó
un negrazo que laburaba en el
frigorífico, y siempre iba de
facón al cinto.
-¡Guau, guau, guau...!
El urso salió para hacer
justicia, y por fin aportó la
cana, convocada por algún ortiba
con teléfono, de esos que
siempre hay.
-¡Documentos! -dijo un sardo.
-Vea, don, que solamente salí a
correr! -contestó el toña,
mientras le retorcían un brazo.
-¿No tenés la cédula cuando te
la esige la utoridá? Adentro por
desacatáu, entonces, hasta que
entrés en vedera.
¡Pobre gil! Siempre metiéndose
en galletas. Si no eran los
peronistas, lo chapaba la murga
de Independiente, y cuando ya se
creía a salvo de las iras
públicas, aparecía un celular
con dos milicos más jodidos que
sacarse la grande al vesre.
-¡Dos mil uno! -trinaron los
niños cantores.
-¡Mil dos! -cantó el Fúlmine.
Es que había nacido un martes
13, y mesejante desatino tiene
su precio. Andar a los tumbos
por la vida, sin más ojepto que
meter a fondo las de andar. Sin
posibilidades de jubilarse,
tampoco, porque la yeta no te da
changüe por inaugurar la tercera
edad. Así fue como el día del
espiche, que a todo el mundo le
llega, también lo chapó
gambeteándola de orsái.
-¡Me siento mal, Mirna Delma!
-le dijo a su esposa- ¡Llamá al
médico!
Pero ella estaba prendida del
televisor, viendo una serie en
que el galán tomaba entre sus
brazos a la hija del malvado
prestamista.
-¿De quién es esa boquita?
-preguntaba.
-Tuyita, tuyita -decía ella.
-¡Traéme las pastillas! -pidió
el Ñato.
Pero Mirna estaba a años luz de
allí, sumida en el sopor
romántico del desenlace.
¿Llegaría a tiempo la carta del
ex amante, asegurando que todo
había terminado? ¿Comprenderían
que era peligroso salir hacia la
iglesia por ese camino de
montaña, con el coche sin
frenos?
-¡Ya va, viejo! -dijo la esposa.
-¡Apu...! - y no logró completar
la frase.
-¡Pará un cacho, que se suben al
Cadillac, che!
Cuando terminó la película, ella
se dio cuenta de que el dorima
era fiambre.
-De morir habemus -dijo un cura
medio rubión.
-Es que el Fúlmine se nos fue
tan joven...
-Mala pata... -respondieron los
monaguillos, mientras se
santiguaban esperando la
propina.
-Pero, batíme la justa- dijo el
más rana ¿A quién se le ocurre
elegir propio un martes 13 para
venir al mundo? ¿Me querés
decir?
THE END
Copyright: John Argerich,
2007
All rights reserved.
johnargerich@malmo2.net
johnargerich@ya.com
La serie quincenal "El amasijo"
se publica regularmente en 32
medios, de 9 países
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