|
|
|
Reflejo
 
|
|
Reflejo
|
Nos paramos ante un
perro desconocido e
inmediatamente recibimos
un claro mensaje de
confianza o temor.
Podemos saber a simple
vista si el perro nos
gusta, nos cae simpático
y nos parece atractivo o
si, por el contrario,
nos resulta agresivo y
peligroso. Fue
simplemente un primer
contacto visual pero fue
un contacto en el que se
manejó mucha y muy
variada información.
Casi se podría aseverar
que esa información
suministrada por la
primera impresión estuvo |
 |
directamente dada por el
tamaño y la forma del ojo
del animal. Los seres
humanos recibimos sin darnos
cuenta una serie de datos o
códigos que podríamos llamar
"los esquemas de la ternura"
y que tienen que ver con
imágenes que transmiten
señales despertando nuestra
sensibilidad o por el
contrario, anulándola por
completo.
Un ojo grande y limpio nos
da la imagen de un individuo
bueno y cariñoso. En tanto
un ojo pequeño, móvil y
huidizo nos brinda una
imagen de desconfianza y
temor. Los seres humanos
manejamos estas señales a la
perfección. En las
caricaturas las personas
buenas tienen ojos redondos
y grandes, en tanto que los
malos tienen ojos sombríos y
pequeños en relación al
tamaño de la cabeza. Los
payasos agrandan a propósito
el tamaño de sus ojos para
resultar simpáticos, los
indios utilizaban las
pinturas de guerra para
esconder sus ojos dando una
imagen de absoluto terror.
Al conocer a una persona
solemos tomarnos una
"primera impresión" de la
que puede surgir un diálogo
fluido y confiado o, por el
contrario, nos haga tomar
distancia inmediatamente sin
siquiera saber muy bien por
qué. Buscando una mejor
explicación diremos que fue
una "cuestión de piel" o que
simplemente no nos cayó
bien. Los esquemas de la
ternura se ven exacerbados
en el perfil de un bebé
humano. La cabeza
redondeada, la frente amplia
y un ojo demasiado grande en
proporción al tamaño de la
cabeza nos da señales
inequívocas de simpatía,
simplemente no le podríamos
causar daño a esa criatura.
Si nos fijamos atentamente,
el perfil de los delfines
cuenta con varias de estas
características y tal vez
esa sea la razón por la que
los delfines nos parecen
animales sensibles y dignos
de ser defendidos. Sin
embargo un tiburón posee un
ojo pequeño e inexpresivo, a
simple vista no nos resulta
un animal confiable aunque
nunca antes hubiéramos visto
uno y no tuviéramos ningún
tipo de información sobre su
conducta.
Puede ser que este primer
juicio sobre un determinado
animal sea, incluso, lo que
maneje el futuro de su
subsistencia. Seguramente
muy poca gente aportaría
dinero para una campaña en
pro de salvar a los
tiburones pero, sin duda,
todos suspirarían ante la
imagen de una foca bebé del
Ártico. Si aceptamos la
veracidad de estos códigos
no será difícil explicarse
por qué aún hoy en día
muchas personas temen a las
ballenas ya que al estar
frente a frente con una de
ellas resulta sumamente
difícil identificar su ojo
que, a pesar de ser grande,
es diminuto en comparación
al tamaño de su cuerpo.
Sin embargo todo temor que
este gran animal nos
despierta desaparece al
bucear a su lado y verse
reflejado en un ojo enorme y
limpio, el ojo más profundo
y confiable que la
naturaleza haya creado
jamás. En ese momento
solemos pensar que tal vez
sea cierto que los ojos sean
el reflejo del alma y que es
la visión de nuestra propia
alma la que nos precede ante
un encuentro con nuestros
semejantes.
|
Tito Rodríguez
Director
Instituto Argentino de Buceo
Foto: Tito Rodríguez
Gentileza: Inst. Argentino de
Buceo [
envios@iab.com.ar ]
|
|
 
|
|
Ir al principio,
|
|
Noticias, opinión, política, derechos humanos, movimientos sociales, informes, latinoamerica |
|
|