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El amasijo
Un pirulo que piantó
(Donde se habla de cómo empezar
el año)
Por: John Argerich
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-¡Mamma mía! -dije, cuando miré
el almanaque, y al arrancar el
último número, vi que no quedaba
ninguna hojita más.
-¡Feliz año nuevo! -iban
gritando los muchachos por la
calle, tan contentos como si
acabaran de sacarse la grande.
-¡Que lo pases bien!
-¿Qué se diviertan!
-¡Saludos a don Pepe!
Entonces me miré al espejo que
tengo colgado junto a la
palangana, y ahí estaba otra vez
ese carcamán que me juna con
facha de babieca cuando estoy en
plena tarea de embellecimiento.
Que los dientes, que el cabello,
que la barba, hasta sentirme
listo para salir a romper.
-Buen día -le dije, por decir
algo, nomás.
Pero entonces ocurrió lo que no
había pasado nunca, aunque mi
rutina matinal se venga
repitiendo sin variantes
significativas desde hace una
punta de pirulos. Y el espejo me
miró con cara rara.
-¡Buen día! ¿Cómo andás? -repuso
sonriente, y bastante sociable
para ser tan temprano.
"No puede ser...", pensé, "Los
espejos no hablan".
Entonces la luz del techo se
prendió sola, y presentí que ese
día todo iba a ser distinto. Por
el comienzo, nomás.
-¡Contestá lo que te pregunté,
boludo! -repitió la voz vidriosa
de mi imagen.
-No acostumbro charlar con
desconocidos -le retruqué de un
saque.
-Carlitos Primatesta -contestó
el reflejo- Pá servirte.
Esa gota colmó el vaso.
-¡Pará la mano, que Carlitos
Primatesta soy yo, che...! -le
grité en la cara- Si no sos
idiota, estás pifiándola fulero,
esta vuelta.
-Ni una ni dau -dijo el espejo.
Y después añadió, con gestito
sobrador:
-Mirá, salame, batíla como te se
cante, pero eso no cambia el
relleno de la milanesa. Acá el
único Carlitos Primatesta soy
yo. ¿Entendiste? El dorima de
doña Lola, para más datos.
-¡Con mi esposa no te metás,
espejo mal parido! -le contesté
mientras manoteaba algo para
tirárselo a la jeta- Más mejor
andá del tordo, así te receta un
calmante.
Y cuando estaba a punto de
despachar el envío, se apagó
otra vez la luz. Entonces sentí
que unas manos grandes como
patas de elefante, me levantaban
en vilo, agarrado del pescuezo.
-¡Largá, que me despeinás el
jopo! -grité indignado,
sintiendo cómo la gomina me
chorreaba por la azotea.
Pero, nada. Aquel malvado seguía
sacudiéndome como si estuviera
limpiando el Clarín enchastrado
con yerba, antes de ponerlo en
el clavo. O sacudiendo el mantel
en la ventana para tirar las
migas del almuerzo, que es mucho
peor por las corrientes de aire
y las puteadas del 4º "B". Más
que nada cuando entre las migas
también va un corcho o un sifón
de soda, accidente que el
consorcio no te perdona aunque
llevés facturas para la
sobremesa.
-¡Largá, que me despeinás el
jopo, te dije!- volví a gritarle
furioso a mi atacante.
Pero el loco seguía meta y ponga
zarandearme, mientras la imagen
del espejo se cantaba de la
risa.
-¡Juá, juá, juá...!
Después aparecieron los caballos
voladores. Unos blancos, otros
azules, como los colores del
equipo nacional. Pero lo más
extraño, es que en el montón
también iban dos o tres pingos
pintados de blanco y negro, con
intenciones inconfesables. A
saber: Para que cuando los
defensores de la patria se
distrajeran mirando las minas,
el juez pudiera convertir un
tiro al arco, y declararlo gol.
"La pata de Dios", sentenciaría
más tarde el 10.
-¡Cinco a cero!
Después, cuando yo esperaba oír
el himno nacional, los gemidos
de un tangazo llenaron la
mañana. Que si vamos a la justa,
vine a ser el mismo perro con
distinto collar.
"Pampám, pam, pam. Parapapám,
pam, pam, pam, pam..."
Despacito, envolviendo de pasión
cada compás, como en la época de
oro, que ahora parece un sueño
lejano. Cuando los muchachos
usaban gomina y las parejitas de
enamorados se sacaban lustre con
los cortes de milonga, en vez de
saltar como monos al compás del
rock and roll. Ayer nomás,
cuando Juan D'Arienzo llenaba de
tango las noches tibias de la
Costanera Sur.
"Chorra... ¡vos, tu vieja y tu
papá!
-decía un cantor-
Guarda... ¡cuídense que anda
suelta!
Si los chapa los da vuelta,
y no les da tiempo a rajar.
Mientras tanto, el espejo me
seguía junando, sin perderse un
solo detalle. Y el paquidermo de
las patas enguantadas me
revoleaba por la pieza sin darme
tiempo a hacer pié.
-¡Dentro de diez minutos,
aterrizaremos en Ezeiza!
-informó una vocecita angelical.
Entonces sentí hambre, ganas de
morfarme un sánguche de chorizo
a caballo vuelta y vuelta, como
en mi tierra. ¡Qué confusión!
Porque la flaca que apoliyaba en
mi catrera abrió tamaños ojos.
Unos ventanales que irradiaban
chispas de colores, mientras
ella se retorcía, suspirando
ansiedad. Y me hablaba en
español.
-¿Qué hacés, Carlitos? -dijo, al
extenderme una mano enguantada
de negro hasta el codo.
-Tranqui -dije yo.
Entonces el espejo empezó a
gritar.
-¡Acá el único Carlitos soy yo,
percanta!
-No te puedo...
-¡Podéme, que es la pura, che!
Yo tuve que aguantármelas en
silencio, porque mientras se
desarrollaba ese diálogo, Dumbo
seguía arrojándome al aire, para
recogerme y volverme a tirar
como si fuera manteca al techo.
Así que en vez de Premio Nobel
de Literatura, empecé a sentirme
como una pelota de goma sin más
porvenir que divertirlo.
-Los pasajeros sin boleto no
pueden desembarcar en territorio
argentino-decían dos azafatas
desnudas, que recorrían el avión
en monopatín.
-¡No tirés tan alto, Dumbito,
que si pego en el cielorraso, se
quejan del 6º "B"!
Así llegó la noche, y ya se
veían las luces malas. Con el
Zonda soplando desde los cerros.
-¿Nos pasamos de Buenos Aires,
che?
-¡Esa es tu suerte, boludo!
-dijo el espejo- Por eso la Lola
se las picó con el contador del
consorcio.
-¿Para esto me trajiste a tu
casa? -preguntó con rabia la
flaca que roncaba en mi catrera,
y yo no lograba ubicar en mis
recuerdos.
-¿Quién sos?
-¿Cómo quién soy? Soy tu esposa,
la Lola Defelippi de Primatesta,
¿no te acordás de mi nombre,
tampoco?
-La verdad, me suena... -dije
desde arriba del ropero- Pero no
entiendo cómo, si sos de Felipe,
también podés ser de Primatesta
y haberte rajado con el contador
del consorcio.
-Siempre fui tuya, salvo alguna
escapadita con el panadero
cuando iba a comprar facturas,
che.
-Entonces, dame una prueba de
amor.
-Bajáte del ropero, que allá
arriba nos vamos a romper el
costillar porque es medio
durazno, pienso yo...
-¡Pará la mano, sotreta! -gritó
el espejo- Que el Carlitos
Primatesta soy yo, te lo vuelvo
a repetir.
Y cuando estaban por empezar las
piñas, se oyeron ruidos
estridentes, y una luz salvaje
llenó el horizonte.
-¡Ya dormiste bastante la mona
de anoche, vago! -dijo mamá,
mientras Loli acercaba el feca-
Son las cinco de la tarde, y
seguís delirando de puro curda.
¿No te dejó ninguna enseñanza la
festichola de anoche, con tanta
gente importante?
-Si, mami -dijo el Carlitos- Que
aunque uno viva de reventar al
prójimo, todos lo olvidan si
repartís bastantes abrazos y
algún sobrecito, cuando termina
el año.
-¡Qué buen tipo, el director!
Después seguí cortando gañotes,
que es cosa tuya.
Y tras esa declaración de
principios, surgió un pedido de
crudo pragmatismo.
-¡Feliz 2007, vieja, pero dejáme
tranqui un pomito, que el primer
día del año se inventó para
apoliyar!
THE END
Copyright: John Argerich, 2005
johnargerich@malmo2.net
All rights reserved.
La serie quincenal "El amasijo"
se publica regularmente en 31
medios de 9 países.
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