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El amasijo
Luna de Kiruna
(Donde se habla de un tango bajo
la nieve gris)
Por: John Argerich
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Cuando al Piojo Rafantini lo
llamaron a la oficina del capo,
pensó que era para darle un par
de cachetazos. Todo por culpa de
esa desgraciada que se sentaba
enfrente, con unas gambas de
infarto y minis a media nalga,
como se usan ahora. Porque el
cuerpo humano de la persona es
débil, dice el refrán, y el
pobre la pifiaba tupido en el
laburo, con tanta distracción.
Como por ejemplo, cuando le
dijeron que mandara con toda
urgencia un equipo de
calefacción a la filial
Terranova, y de tanto junar a la
rubia se equivocó de código al
apretar el botón, enviándolo por
expreso aéreo a Brazzaville,
República del Congo.
-¡Vea che, que con la calor que
hace siempre acá, no vamos a
poder venderlo! -decían los
morochos cuando se quejaron vía
fax.
Pero ellos no fueron los únicos
en tirar la bronca.
-¡Apuresén que nos cagamos de
frío! -gritaba un gerente
regional, entre los hielos del
Canadá.
Mas seamos realistas: de nada
sirvieron las protestas, porque
el mal ya estaba hecho. Y cuando
en Estocolmo se supo lo
ocurrido, Rafantini se convirtió
en el punto de todas las
cargadas.
-¿Así que está nevando en el
Congo, che? -le sacudían los
colegas, al verlo llegar a la
oficina.
-¿Por qué no mandás también un
enfriador de ambientes a la
Antártida?
Pobre Piojo. Terminar su larga
foja de servicios convertido en
punto de tanta maldad. Todo por
esas gambas que lo ponían
biscocho. Intentó de todo. Ir al
laburo con gafas negras. Poner
una cortina que atajara el show
que venía del otro lado del
pasillo. Calarse anteojeras,
como les ponen a los caballos.
Pensar en la señora, en Santa
Rosa de Lima, en los pibes. En
lo linda que es la bandera azul
y blanca. Pero, nada. Cada vez
que creía haberse liberado de
aquella obsesión, estaba otra
vuelta mirando, baboso, a la
loca ésa. Ni la luenga, que es
prenda bien íntima, podía ya
controlar.
-¡Godmorgon, piernucha! - la
saludó cierta mañana con una
sonrisa babosa.
-¿Cómo te atrevés a llamarme
así, cabeza negra? -dijo ella-
soy la licienciada en costos
industriales Suzanne Kvällström,
medalla de oro por la
Universidad de Uppsala.
-¡Qué oficio interesante!
-repuso el Piojo, para
congraciarse- Siempre quise
conocer a alguien para discutir
ese asunto. ¿Qué sistema te
parece mejor? ¿El costeo
directo, o el método por
absorción?
Ella le echó un vistazo
despectivo, convencida de que el
tipo quizás hubiera leído un
artículo suyo en la revista de
la empresa, pero con seguridad
no tenía puta idea de lo que
estaba diciendo. Entonces le
clavó la vista de frente,
cruzando las piernas, y al Piojo
le empezaron a dar vueltas los
ojos adentro de las órbitas. No
sabemos si ella comprendió la
intensidad del duelo, pero dijo
con mirada despectiva:
-Mirá idiota, a la empresa mi
tiempo le cuesta ciento
cincuenta y seis coronas la
hora, más cargas sociales. No me
hagas tirarlo a la basura
hablando pelotudeces con un
salame como vos.
Y sabido es que los suecos
trabajan en el más profundo
silencio, así que todos oyeron
el desplante.
-Esa cabra tiene agallas,
compadre... -le susurró un
chileno que repartía la
correspondencia interna.
Rafantini se quedó más callado
que pato en escabeche, porque ya
ningún mensaje le llegaba.
Pálido, con los ojos
entrecerrados, pensando sólo en
los encantos de esa vikinga. Así
las cosas, la computadora de
pronto hizo "¡Bizzz...!" con
tono inapelable, y entró otro
pedido de envío urgente.
"Despachar 3.000 kilos de ácido
sulfúrico a la filial Buenos
Aires". Una orden fácil de
cumplir, con toda la
parafernalia informática que
había en el escritorio, pero el
horno no estaba pa' bollos, como
se suele decir. Así que el loco
metió nuevamente las de andar,
porque miraba la máquina con los
ojos entrecerrados, y otro
asunto en la azotea. Los
lectores pueden imaginarse el
resultado, sin mayor esfuerzo.
Apretó una tecla chunga,
saliendo el pedido con un número
de inventario que se le parecía,
pero no era igual. Para resumir,
una semana más tarde, en Tierra
del Fuego todos estaban
preguntándose para qué cuernos
la casa matriz les habría
enviado tres toneladas de arena,
con lo que cuesta el flete aéreo
desde Europa, y lo barata que se
la consigue aquí. Esa fue la
gota que colmó el vaso. Un drama
en apariencias muy tranqui,
porque los suecos no se
calientan nunca, pero te la
colocan doblada.
-Rafantini a Dirección -dijo la
voz impersonal de un
altoparlante.
-Buenas tarde, señor jefe.
-Vea, che -dijo el capo-
encuentro muchos errores en su
trabajo últimamente, y me parece
que se debe a pura distracción.
Pero no debe preocuparse, porque
nuestra política laboral no
contempla echar nunca a nadie.
Vamos a darle una nueva
oportunidad trasladándolo a otro
centro operativo. ¿Le gusta el
norte?
-¿Estocolmo norte?
-No, un poco más arriba,
-Ah, ya sé... ¿ Gävle o
Sundsvall?
-Tibio, tibio.
-¿Más arriba todavía? ¿Será
Umeaa?
-Tibio, tibio.
-¿Luleaa, entonces, señor?
-Caliente,caliente...
-¡Oia, mi dio!¡No me diga
que...!
Pero el traslado estaba
resuelto.
-Kiruna.
Y como el apreciado lector
seguramente jamás oyó hablar de
esta urbe, permítasenos
presentarla. Una ciudad de
19.000 habitantes, ubicada cerca
del confín norte de Suecia, 145
kilómetros arriba del círculo
polar. Ni una sola palmera hay
allí, ni calas ni gladiolos. En
verano el sol no se pone durante
un mes, y en invierno ocurre
justiniano al vesre. O sea, la
noche eterna. Pero en todas
partes se cuecen habas, como
habremos de comprobar.
-¿Qué hacías en la Casa Matriz?
-dijo un trompa con pinta de
esquimal.
-Gestor de Operaciones
Internacionales.
-¡Qué experiencia tan
interesante! Acá vas a tener
otras tareas, para conocer mejor
la empresa.
El Piojo se sintió más
tranquilo.
-¿Haciendo qué, señor? -logró
preguntar por fin.
Entonces, la cara del capo se
retorció en una mueca, y por la
forma de reírse, se vio que su
mamá había tenido problemas con
la ley de profilaxis.
-Lo que hacen todos los
inservibles -repuso con un
gruñido- Cortar árboles de sol a
sol, hasta que aprendas a
ganarte el sueldo. Vaya al
depósito, para que le den el
equipo de trabajo ¡Corriendo,
carajo, que no me gusta repetir
las órdenes!
Sería injusto negar que en ese
momento el Piojo sintió dudas
sobre su futuro, no sólo en la
empresa, sino a todo lo ancho y
largo de nuestro planeta azul.
Sentimiento que se iba
convirtiendo en pavura cuando
conocía a sus compañeros de
labor. Unos ursos cuadrados como
roperos, que sólo se expresaban
con monosílabos, y si abrían la
boca, era para emitir sonidos
guturales en la mestura más
desgraciada de sueco, esquimal y
finlandés. Todos mascaban
tabaco, y colgando del cinto
llevaban un hacha, raquetas para
caminar por la nieve, y una
botella de vodka. De pronto sonó
un timbre con voz chillona.
-¡Grupo número uno, a los
camiones!
El viaje fue incómodo e
interminable, con el mionca
saltando en la huella de hielo,
de modo que al llegar, los
pobres laburantes tenía la
osamenta molida. Pero eso no es
nada, comparado con la tarea de
talar pinos de ocho metros de
alto, que al caer te llenaban la
ropa de astillas y nieve.
Entonces se pudo ver el cielo, y
en la penumbra invernal,
apareció un brillante disco de
plata. ¡La luna recostada sobre
una roca, entre los árboles! El
Piojo se levantó un poquito las
gafas, y la encontró idéntica a
aquella que gambeteaba las
noches tibias, en los baldíos de
su ciudad.
-Mi Buenos Aires, querido...
-gimió en voz baja, para que
ninguno de aquellos bestias lo
escuchara- ¿Cuándo te volveré a
ver?
Una escena de gran dramatismo,
en que el Piojo pudo haber
exagerado un poco la nota, pero
aquello no era joda. Andaba en
la mala, y cuando menos lo
pensás, salta la liebre.
Caminando despacito con una
guadaña al hombro apareció una
figura vestida con capa negra. Y
le palmeó la espalda, susurrando
la letra de un viejo tango:
"Y ya que todo es mentira,
y ya que nada es amor...
¡No esperes nunca una ayuda,
ni una mano, ni un favor!"
En ese momento el Piojo decidió
renunciar a su cargo en la
empresa. Otro golazo del
Departamento de Personal.
THE END
Copyright: John Argerich, 2005
johnargerich@malmo2.net
All rights reserved.
La serie quincenal "El amasijo"
se publica regularmente en 31
medios de 9 países.
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