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El amasijo
Llegaron los
parientes
(Donde se habla del loro que se
perdió)
Por: John Argerich
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Cuenta el Pelusa Galvarini que
una vuelta cuando la lorca
apretaba, iba en samiqueta
gambeteando la calle principal.
Meta junar las minas, que en mi
tierra es el deporte con más
hinchas. ¡Otra que River, Boca,
San Lorenzo de Almagro, o
Estudiantes de La Plata! El
fóbal termina siempre a lo
bruto, pero en un buen levante
todo es fineza.
-¿Va sola, mi reina?
-No, si viá estar paseando con
el hombre invisible...
"Poco piola, desde el vamos. Hay
que intentarlo otra vez", pensó
el galán. Y estaba programando
la próxima movida, cuando
patapúfete hizo aporte un
funcionario del correo nacional.
El loco escupió un toscano que
casi más empezaba a quemarle los
mostachos, y sin decir "buen
día", clavó los frenos del
triciclo, pegando el grito.
-¡Oiga, don Pelusa, raje pa'las
casas, que tiene una certificada
de la capital!
-¿Algo serio?
-No... son buenas noticias.
Vienen de visita tu suegra y los
cuñaditos, nomás.
-¡La boca se ti'haga a un láu!
-alcanzó a responder el Pelusa,
paralizado de espanto con el
futuro incierto.
"¡Otra vuelta, esos salvajes!",
pensó.
Y como las malas nuevas van
siempre en yunta, el minón que
quería apuntarse le echó una
mirada sobradora.
-¡Andá a barrer la vedera,
papito, que con casados no me
meto, y a mí no me engrupís!
-alcanzó a decir, antes de
tomarse un bondi amarillo rumbo
al espacio exterior.
Pero a pesar de que nadie lo
notó sobre el pucho, ambos
quedaron flechados, como
tendremos ocasión de ver.
"¡Qué mal se presenta el día!"
-pensó el Pelusa, mientras
recordaba a su suegra, con una
mueca de asco. Había que rajar
al bulín y combinar con la
patrona una respuesta adecuada a
mesejante amenaza. Así que se
caló bien los anteojos negros, y
puso en primera las de andar.
-¡Buenas noticias, querido!
-gritó doña Pepa, saltando en
una pata de contenta- Viene
mamá, con Cachuso, la Loli y
Sebastián...
-Ya lo sabía, con esa costumbre
que tienen los carteros de abrir
la correspondencia para
enterarse de los chismes primero
que uno.
-En todos los pueblos pasa
igual...
Y luego de un corto elogio de
las tradiciones nacionales,
fueron al grano. Era necesario
preparar la casa para el gran
día.
-Llegan el domingo.
-Entonces, empiezo a hacer la
lista -dijo él- Primero,
ponerles candado a los roperos,
esconder el vino y meter la
compota de ciruelas que hiciste
el jueves pasado, en cajas con
una etiqueta que dé pavura.
"¡Peligro! Ungüento mataloros al
nitrato de sodio", si el ejemplo
te parece bien.
-Estás exagerando un poco,
querido...
-Cuando se trata de tu familia,
tenés cada ataque de amnesia que
me viene la viaraza, Pepita...
Acordáte la última visita, que
les pagué el taxi a la estación,
para no echarlos a patadas. O
llamando a la cana, que hubiera
sido peor, con lo chismoso que
es el vecindario.
-¡Te faltan sentimientos, che!
-De cuore no, percanta, que soy
puro corazón. De mosca, para
bancarles los destrozos, afanos
y despelotes que arman cada vez
que aportan en Rafaela,
Provincia de Santa Fe.
La discusión siguió un buen
rato, y cada cual pisaba fuerte
en sus cuarenta. Pero el texto
de la carta era una sentencia
inapelable, y la suerte estaba
echada, como veremos después.
Iban a llegar el domingo. Así
que como ese día era martes,
quedaban apenas cinco jornadas
para prepararse. Según la Pepa,
sobre todo poner el domicilio en
condiciones, así mamá no decía
que vivían como chanchos. Pero
en opinión del Pelusa, las
prioridades eran otras. Había
que apurarse, para instalar a
tiempo un sistema defensivo, así
esos vándalos no dejaban la casa
en ruinas. E hicieron la lista,
antes de partir raudos hacia el
súper.
-Tapas para empanadas, vino
tinto y dulce de leche -dijo
ella.
-Cartuchos para la escopeta
-dijo él.
-También harían falta unas
revistas de cine, así mamá se
entretiene leyendo algo, cuando
nosotros vamos a trabajar.
-Y una mordaza, para que se
quede callada cuando volvemos.
-¡Calláte, idiota! -gritó la
Pepita- ¿Cómo podés hablar así
de tu suegra, que te quiere
tanto?
-Ya vas a ver...
Dicho en otras palabras, la
espada de Damocles pendía sobre
la cabeza del Pelusa Galvarini,
sostenida apenas por un hilo de
seda. Así que los días
posteriores fueron para venirse
monos. Correr de acá para allá,
guardar los zapatos que estaban
tirados abajo de la cocina,
arreglar la cuerda de colgar la
ropa, cambiar un vidrio roto en
la ventana del fondo, bañar al
perro, y más que nada, dejar los
bofes en una limpieza general.
Que la entrada, que el comedor,
que la pieza de mamá.
-¿Me estás diciendo que esa
vieja va a dormir con vos en la
cama doble, mientras yo apoliyo
con los pibes?
-Tranqui, Pelusa, que nadie se
va al tacho por dos semanas de
ayuno.
Las cosas pintaban mal, pero en
este mundo todo llega. Así que
los días rajaron como turco en
bicicleta, y después del sábado,
llegó el domingo. Lo que sin ser
primicia, marcaba el comienzo
del día "D".
-Expreso "don Bartolo"
procedente de Buenos Aires, por
andén 6 -dijo la voz metálica de
los altoparlantes.
-¡Mamá!
-¡Pepita!
-¿Qué hacés, boludo? -gritaban
los niños, a viva voz- ¿Nos
compraste algo como la gente,
esta vez?
Y el cura del pueblo, que había
bautizado al Pelusa cuando
todavía era cristiano, resumió
la situación en latín de
seminario.
-¡Sonaten, fraten!
Se subieron al Renault, metieron
valijas, trastos y paquetes en
el baúl, y ya estaban por poner
rumbo a la maison, cuando uno de
los angelitos empezó a gritar.
-¡Falta la jaula del loro, mamá!
-¡Pobre de mí, si se perdió
Periquito! -gemía doña
Hortensia- Exijo hablar con el
jefe de la estación.
-Octavio Sosa, servidor.
-¿Dónde está mi loro, quiere
decirme?
-Si lo ha despachado como
equipaje, tenga a bien
entregarme el remito.
-¡Vea si voy a despachar a mi
lorito como si fuera una bolsa
de papas!
-Billete con número de asiento,
entonces.
-¿Y desde cuándo, los loros
viajan sentados?
-Eso no es cosa mía, señora.
Factura de carga, o billete de
pasaje. Otra vuelta no hay.
-¡Pobre Periquito!-dijo la
señora, enjugando una lágrima.
"¡Loro de mierda!" -pensó el
Pelusa Galvarini, de puro
contrera.
-Lo más acertado sería llamar
primero a Buenos Aires y ver si
la jaula se embarcó. Después, a
todas las paradas, para
comprobar si fue descargada por
error -dijo el jefe.
-¿Qué será de mí, sin mi loro?
-gemía doña Hortensia.
-La culpa es de ese tacaño del
Pelusa -decían los niños-
¡Hacernos venir en ómnibus, con
lo barato que sale viajar en
avión...!
Y como las causas justas enervan
los sentimientos, el escándalo
fue tomando proporciones. Allá
no es como en Escandinavia, y la
gente siempre está dispuesta a
jugarse por sus principios. Al
ratito nomás ya había más de
veinte tipos furiosos que se
gritaban de todo, amenazando con
irse a las piñas, y llegó la
cana. Chillidos de mujeres
histéricas, insultos procaces en
la voz de algún varón,
empujones, "marche preso", y
como epílogo, un largo alegato
sobre los derechos del loro. El
Pelusa todo colorado, porque
este papelón se comentaría
durante mucho tiempo en el bar
González, donde paraba. En eso
apareció un bondi amarillo,
proveniente del espacio
exterior. Se abrió la puerta, e
hizo irrupción en escena el
minón con que empezó esta
historia. Sensible, la diva, y
más linda que mañanita de campo.
-¡Papucho! -dijo cuando lo vió
al Pelusa- ¡Yo sabía que nos
íbamos a encontrar otra vez!
El, al verla, sintió que el
corazón le pegaba un salto.
Pasión a primera vista, sin
duda. Porque le agarró la mano y
sin decir una palabra más,
salieron corriendo.
-¡Hijo de puta! -gritaban los
cuñaditos, al verlos perderse en
las sombras de la estación- ¡Dejá
que te agarre mi mamá!
THE END
Copyright: John Argerich, 2005
johnargerich@malmo2.net
All rights reserved.
La serie quincenal "El amasijo"
se publica regularmente en 31
medios de 9 países.
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