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Historia de un copetín (Donde se habla, entre otras cosas, de qué triste es madrugar), por: John Argerich
 

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El amasijo

Historia de un copetín

  (Donde se habla, entre otras cosas, de qué triste es madrugar)

Por: John Argerich


 


A las seis de la madrugada el mundo no es propio color de rosa. Por un lado están los cambas, que aportan de pilcha fina, sonrientes en el coche. Unos van a laburar de trompa, otros vuelven del cabaret. Pero eso es apenas un belín de la cruda realidad. Porque el grasaje es mayoría en el aluvión matinal, y va del taller en bondi. Algunos peor vestidos que Calitos Champlín cuando hizo "Vida de perro". Casi nada en la busarda, y el chuzómetro en cortocircuito, de tanta mala sangre. Preocupados por empezar orsái la jornada, fichando en rojo otra vez. Porque aparecerse fuera de hora es un pecado mortal que te descalifica del vamos, en ojos del capataz. ¡Hoy te iban a reventar con las peores tareas, controlándote cada minuto en la fábrica! Ideas así estrujan el coco de la persona, como panuelo con cuatro nudos cuando aprieta la calor. Pero hay que saber tragarse la cicuta en solitario. Todos tenemos balurdos, y los problemas ajenos, a nadie le erizan la piel. Entonces la justa cae por su propio peso: Echar cable a tierra con unas copas, hasta que pase el chubasco. Así que los pobres laburantes se aparecían con un tufo mesturado de chupi, tabaco y traspiración, como para hacerte abrir la ventana de par en par. Como la hinchada cuando rumbea pa' las casas después de un tres a cero en la definición por penales. Pinta de yeta, un decir. Y detalle más, detalle menos, el diálogo que surgía al rejuntarse con los que habían llegado primero, siempre era de igual tenor.
-¿Qué hacés, negrura?
-Fulero, che...
Entonces yo empecé a preguntarme por qué causa unos vienen con estrella y otros nacen estrellados, en este mundo cane donde nos tocó vivir. La respuesta cae de nadura, y para entender la realidad no hace falta romperse la mollera o llegar a profesor. Porque hablando mal y pronto, cualquier salame, entiende la realidad. Siempre hay una minoría triunfadora que toca tierra con vocación de funcionario. Pero el grasaje aporta sin vaselina, condenado al banco de los giles hasta que llueva sopa. El año verde, para hablar claro. Todo lo cual confirma lo que decía Romualdo: "El que nace pa' chirola, difícil que llegue a mango".
-¿Qué hacés, payuca?
-¡Tirando, che!
Y cuando estaban en lo más lindo del encuentro, apareció el chupamedias del capataz general. Los leones bien planchados, tamangos que delataban lustre a muñeca, y una camisa azul almidonada, para codiciarle la situación. Don Fierro dijo que el primer cuidado del hombre es conservar el pellejo. El segundo sale de un viejo tango, si se lo escucha con atención:
"¡Buscá madre que te envuelva!" -dice el cantor.
O señora, que mirando bien las cosas, cumple casi igual función. Darte de morfar tupido, más que nada. Así al día siguiente podés volver al yugo, y rascar lo necesario para volver a morfar. Pero este círculo vicioso tiene sus contradicciones internas. Primero, ella te prepara la catrera, y vos pensás "Qué monada!". Pero la chingaste fulera, porque en sus motivaciones más íntimas no hay vocación de servicio, sino instinto de cazador. Es como milico preparando el campo de batalla, para reventarte el currículum en cuanto se ponga el sol. Al pan, pan, y al vino, vino, paisano. Pa' otra cosa la tallan chirle, pero cuando les da la viaraza, de fija acabás nocáut.
-Buen día, operarios.
-Buen día, don Germán.
Se cerraron los portones, rugieron las sirenas, y el enorme complejo industrial cobró vida, con gemidos que brotaban como un eco de sus vísceras.
"Grrr...", "Troc, troc, troc...", "Zum, zum", "Rataplan, rataplan, rataplan..."
-¡Abran cancha, que va la grúa!
-¿Puedo ir al servicio, capataz?
-¡Puesto 37 sin rulemanes!
-¡Diez minutos para el café!
La línea de montaje parecía un hormiguero, con casi cien laburantes, tres encargados y un trompa que le decían "señor". Todos vestidos de gris, como en cafúa, con las caras lavadas, y el marote cubierto por unos funyes redondos, que si no les caían sobre la jeta, parecían recostarse en la nuca, tipo americano. Es que llevarlos de costado, "a la francesa", que le dicen, estaba prohibido por los reglamentos de Salud Pública. Pero hecha la ley, hecha la trampa, y nunca faltaba algún minón que se pusiera el gorro a la bartola, con intención de transgredir. Porque para darte un café te llevan a la oficina, y allá se pueden trepar los peldaños del organigrama formando coima en especie. Claro que para meterse en esa milonga, más mejor tener su banca para no chuparse quince días de suspensión, sin goce de sueldo.
-Oiga, Totti, lleve esta carpeta a Control de Calidad..
-¡Como Vd. disponga, jefe!
Y ella salió muy oronda, rumbo a la tierra incógnita.
-¡Ahí va otra vez la loca ésa! -dijo una gorda.
-¡Dejá que se entere el choma, y vas a ver!
-¿Es casada?
-Separada con tres pibes que por suerte le salieron al papá. Pero anda con un verdulero pa' financiar sus caprichos.
-Una loca, ¡bah!
Se quedaron mirándola, y ella pensó "ladran, Sancho". Es que con veintiocho pirulos a cuesta y sabiendo que los hombres la miraban, tenía sus agallitas. Así que antes de subir al ascensor, se pintó los labios.
-Primer piso, Gerencia de Personal -dijo una voz metálica.
Se abrieron las puertas, y entró una multitud de empleados que en vez de mamelucos y delantales iban vestidos con ropa fina y las mujeres lucían polleritas cortonas, con la cara revocada de make-up. Todos hablaban en voz baja, y algunos hasta lo hacían en inglés. ¡Qué diferencia con la chusma del taller! Ella se desabrochó el delantal, sacándose el gorro para no desentonar en ese ambiente de alto nivel. Abajo siempre llevaba algo elegante, porque nunca se sabe cuándo va a saltar la liebre.
-Segundo piso, Departamento de Suministros -dijo la voz escondida en el techo del ascensor.
-Supply Department -dijo un petizo de pelo colorado, frente a ella.
La Totti siempre escuchaba con atención cuando los ingenieros chamuyaban en inglés, y con el tiempo llegó a pescar algo de esa jerga extraña. Las palabras más sencillas, por supuesto, pero la cosa no es tener un cañón, sino apretar el gatillo.
-Yes, Supply... -agregó con voz dulce, buscando su mirada.
El yoni no era ningún salame, para pasarle inadvertido que aquella mina en vivo y en directo, estaba mucho mejor que las conejitas de papel que extasiaban sus crepúsculos desde las páginas de Playboy.
-¡Hola! -dijo el gringo.
-Hello, dear! -repuso la Totti en su mejor inglés, y al mirarle las manos, vio que tenía anillo de casamiento.
"Casado seguramente con alguna vieja fea que vivía en Nueva York" -pensó.
-Do you speak English?
-Uno poquitou, solamente.
-No importa, éso se aprende -dijo él -¿Subimos a la cafetería?
-Es que debo llevar una carpeta a Control de Calidad.
-De semejante pequeñez puede ocuparse alguna de mis secretarias. Ahora debemos conocernos mejor.
-¡Ay, sí...!
-Oh, Lord...!
Llegaron a la cafetería ejecutiva, y el yoni dijo algo en el oído a un mozo que le salió al paso, con estudiada deferencia. La Totti nunca se imaginó que en esa fábrica pudiera haber un lugar así. Limpio, ultramoderno, con flores en las mesas. Nada que ver con la mugrienta línea de producción. Y menos se hubiera imaginado que al lado del local había una suite privada para que los más altos funcionarios pudieran tomarse cada tanto un copetín. Se quitó el delantal, y él sintió que le corría un escalofrío por la médula, al ver tanta abundancia. Entonces ella sacó su teléfono celular de un bolsillo, lo puso sobre una mesita, y activó el video. Mientras tanto, abrazaba con pasión al yoni, y le murmuraba en el oído:
-¡Sonríeme, amor...!
La cámara hizo "clic", como testigo eterno de su ascenso. Porque, sabiéndola usar, esa foto fue el pasaje de ida hacia la gloria. En resumen, la Totti no volvió nunca más al taller. El triunfo es de quien sabe lo que hace, dice el refrán.

THE END



Copyright: John Argerich, 2005
johnargerich@malmo2.net
All rights reserved.

La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en 31 medios de 9 países.

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