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El amasijo
Fin de Fiesta
(Donde se habla del cura
Bragalini y sus dos
señoras)
Por: John Argerich
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De pibe, el Garufa Bragalini era
un peligro, dicho sin
despreciar. Todo el barrio había
sufrido sus andanzas, de lo que
eran testigo muchas paredes
pintarrajeadas y algunas
ventanas rotas a puro hondazo.
Pero tanto va el cántaro a la
fuente, que por fin ocurrió lo
inevitable.
-A este atorrante lo metemos en
un colegio de curas-dijo su
viejo de puro prepo, con
expresión desencajada.
-No le va a hacer mal -agregó la
mamá, secándose una lágrima- Así
en vez de agarrarse a tortas con
todo el vecindario, aprende a
rezar.
Un pronóstico erróneo, como se
verá, porque algunas figuras
parecen señaladas por el
destino. Y a pesar de las muchas
oraciones y actos de
constricción, las cosas iban de
mal en peor. Es que la mufa se
acumula en progresión
geométrica. Primero, porque para
llegar temprano al cole había
que rajar de la catrera a las
seis de la mattina, cuando aún
era noche cerrada, lo que en
invierno no es ningún programa.
Y en segundo término, porque
apenas pisabas el templo del
saber te metían en la iglesia,
visita que por sobradas razones,
el Garufa veía con malos ojos.
Es que los cantitos y
estribillos eran un soponcio
para bostezar a los cinco
minutos de empezado el show,
ganándote así el primer sopapo
de la jornada.
"La letra y la fe, con sangre
entran", decían esos malvados,
vestidos de sotana.
Nada que ver con el repertorio
que hinchaba de pasión nuestros
corazones, al pisar la cancha.
Por ejemplo, aquellos versitos
clásicos que todos recuerdan:
Tenemos un arquero que es una
maravilla, se ataja los penales,
sentado en una silla.
En eso se desmaya, le damos
chocolate...
¡Arriba Independiente Y abajo
River Plate!
Pero a esta altura del relato,
hay que poner las cosas en su
lugar. A la muchachada le
laburaba el coco.
"¿Cantarles alabanzas a los
santos, sin saber un pito de sus
méritos?", se preguntaban los
más púas.
Es que habían muchas razones
para la duda. Porque esos ñatos
quizás hubieran sido grandes
ranas en su época, pero ahora
estamos en el siglo XXI , cuando
hay otros valores. Por ejemplo,
que no jugar al fóbal te mete
propio en la categoría de
salame. Y la verdad de la
milanesa es que nadie sabe cómo
gambeteaban el esférico. Porque
la cancha tiene sus reglas. A
uno los condena y a otros les
levanta estuata. Es decir, si
eran como el 10, o en su defecto
una barra de pataduras. Tampoco
sabemos si los árbitros de
entonces, eran afectos a la
roja. O si San José era defensa,
medio campo o goleador. Puras
conjeturas alrededor del tema,
así que Bragalini ejerció el
derecho de inventario. A él no
lo iban a engrupir , porque en
el trajín que es la vida, ya
nadie bate la justa, y a esta
altura del partido, era más
escéptico que conejo en
escabeche. Además, en la iglesia
había que estar callado, cuando
uno se pasaba de vueltas por
chamuyar con las minas, que nos
miraban desde el otro lado del
pasillo. Candidatas a monjitas,
con las gambas que tenían
algunas... ¡qué desperdicio!
Visto lo cual, al Garufa la casa
del Señor le resultaba un lugar
aborrecible, sin hablar del olor
a chivo que despedía desde los
cimientos hasta el campanario.
"Transpiratum sacrum", decían
las solteronas que, perdida ya
toda esperanza del amor
concupiscente, reservaban sus
impulsos viscerales para vestir
santos.
Y lo que cuento sobre la roña
parroquial no son globos, porque
los curas solamente se bañan
para Navidad, o cuando el obispo
viene de visita. Lo que ocurre
rara vez. Eso sí, cuidándose de
no pecar por fanatismo, pues los
extremos siempre son malos. A lo
sumo, lavarse el culo con un
toquecito de jabón amarillo a la
cachetada, y ponerse talco en
las de andar. Proceso que
culminaba con una biaba de un
perfume tan asqueroso, que debía
estar hecho a base de incienso.
Después de eso, "veni, vidi,
vici" sentado en la cocina. O
sea, otra jornada para ganar
guita sin herniarse, predicando
el renunciamiento a los placeres
mundanos. Con la busarda llena,
aunque suene a contradicción.
"¿Quienes son nuestros
enemigos?", pregunta el
catecismo.
Y nadie vaya a asignarle ese
título a los sicarios del
capitalismo internacional,
porque sería un pecado para
hacerte ganar las iras del Opus
Dei. Así que le enchufan todas
las culpas a un mamarracho de
invención trasnochada, que se
viste de colorado, como si el
color de la sangre que bulle en
nuestras venas, fuera atributo
del mal.
"El demonio, el mundo y la
carne", respondían los giles,
con certeza infantil.
Todas estas experiencias eran
suficientes para que, teniendo
un cacho de seso, te buscaras
vocaciones poco afines a la
carrera sacerdotal. Pero en este
mundo, jamás se sabe dónde va a
saltar la liebre. Y habiendo una
cita con el destino, es al ñudo
quererla gambetear. Razón
suficiente para entender cómo
terminó esta historia.
-¡Buscáte un laburo que sirva
para parar la olla, si querés
volver a casa! -dijo el papá.
¡Pobre Garufa! ¡Ni que hubiera
nacido el día de la yeta! Y para
no dar el brazo a torcer,
terminó conchabándose de cura.
Petizo, gordo, y más chicato que
Mr. Magoo, de tanto estudiar en
las tinieblas del claustro. Sin
embargo, la procesión camina por
dentro, y poco a poco fue
dándose cuenta de que había sido
un gil.
"Esto no es para mí", pensaba en
sus arranques de bronca.
Pero se equivocaba fulero, lo
que terminó catapultándolo a la
notoriedad.
-Estamos aquí para unir en
legítimo matrimonio a la Tita
Spadafora con su prometido,
Martín González -dijo
solemnemente cierto día, que el
destino marcaría a fuego.
Un silencio profundo llenó el
templo.
-Firme aquí, Martita.
-Después firmás vos, che. Yo
firmo al final.
Y como de tanto estudiar la
Biblia en tinieblas para ahorrar
electricidad, era chicato, se
equivocó de renglón. O sea que
donde decía "firma del novio",
puso su gracia, con el sello
parroquial. Así rompió su
juramento de celibato, con las
consecuencias que son de
imaginar. Porque un papel
firmado con todas las de la ley,
es como atarte a un palo.
Después corrió la voz, y las
malas luengas vinieron a echar
kerosén al fuego.
-Que patatín, que patatán
-decían las viejas.
Pero como explicar el yerro
habría sido refulero, no hubo
otra que bancárselo. A lo hecho,
pecho, dice el refrán. O sea,
adaptarse al cambio con tal de
sobrevivir.
-Cebáme unos mates, y después
colgá la sotana en el ropero,
querida.
-Si, padre.
Habiendo llegado a ese punto,
valga recordar que las
desgracias siempre vienen en
yunta, y al año siguiente se
volvió a armar la rosca. El
Garufa tenía que celebrar la
unión matrimonial in artículo
mortis, de una feligresa ricacha
con su abogado. Y cuando llegó a
la residencia de la novia, ésta
expiraba. Por eso fue preciso
llevarle la mano para firmar el
acta. Con tan mala suerte, que
cuando estaba en lo más lindo,
empezó a temblar, y los
presentes debieron reventarse
para meter sus rasgos en los
casilleros respectivos. Mala
pata, otra vez. Porque cuando el
destino te la pone doblada, es
al ñudo quererlo madrugar.
-¡Si, quiero! -repetía la
señora, con el coco lavado hasta
su último estertor.
Pero la historia se repite, y
las firmas cayeron en cualquier
parte. Después se murió. O sea
que por dos detalles tan
insignificante como éstos, dejó
viudo su viejo confesor.
El abogado vio venirse un
toletole padre, y quería hacerle
respiración de boca a boca. Pero
ni lerdos ni perezosos, los
sobrinos de la difunta entraron
a sus aposentos privados para
terminar a patadas ese idilio.
Así fue como el Garufa Bragalini
se quedó solo, junto al fiambre
de su segunda esposa, casado y
viudo de un solo golpe. Sin
saber, por otra parte, cómo
había llegado a tal grado de
intimidad.
-Vea, padre- dijo un rubio con
facha de púa- Negocios son
negocios. Y poniéndose con el
50% de la herencia, no se la
vamos a disputar. Gracias por
sacamos de encima a ese garca,
que ya le afanó bastante en vida
a la tía Esther.
-¡Fue la mano de Dios, hijo mío!
-dijo el cura- Choque los cinco,
en prueba de buena fe.
-¡Qué monada...! Da gusto ver
cómo se ha liberalizado la
Iglesia... -comentaban los demás
parientes.
Pero a la Martita Spadafora el
fato le cayó recontramal.
-¿Así que colegio de curas,
seminario, y al año de casados
ya tenías otra hembra, hijo de
puta? Yo me quiero divorciar.
Como consecuencia de este
infortunado encadenamientio de
desgracias, el padre Bragalini
terminó viviendo en una mansión
como jamás hubiera soñado, pero
más solo que hongo de azotea.
Porque cuando el obispo se
enteró del embrollo, no quiso
hablar de dispensa alguna.
-¡Ese bígamo tiene un perro para
hacerle compañía! -dijo,
ignorando que Babieca sólo
ladraba las noches de luna
llena, y jamás aprendió a cebar
mate.
¿Para qué seguir revolviendo
roña, entonces, si el final de
esta historia está cantado? La
fiesta se terminó.
"Unos nacen con estrella y otros
nacen estrellados", dice el
refrán.
Si el Garufa Bragalini llegó
tarde al reparto de suertes, lo
sentimos mucho. La vida es así.
THE END
Copyright: John Argerich, 2005
johnargerich@malmo2.net
All rights reserved.
La serie quincenal "El amasijo"
se publica regularmente en 31
medios de 9 países.
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