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Fortaleza y tolerancia
Sé blando hablando, no
temblando; sé un duro maduro,
redoblando.
Por Mikel Agirregabiria Agirre
En la vida y en las relaciones
sociales, quizá lo más difícil
sea elegir debidamente el grado
de firmeza necesario en cada
caso, en cada ocasión y con cada
persona. Hasta los dioses y
diosas están divididos por su
consistencia, atribuyéndose la
dureza al ancestral rol
masculino y la blandura a la
sexista representación femenina,
siendo en la mitología romana
sus prototipos extremos el duro
Marte (dios de la guerra) y la
blanda Venus (diosa del amor).
Los proverbios chinos, que son
muy sabios, abundan en este
tema. Aseguran que “El elemento
más blando del mundo atraviesa
el más duro”, se supone que
refiriéndose al agua que perfora
la piedra con su constancia,
para remarcar que la insistencia
es el poder de la impotencia, la
tenacidad de la debilidad y la
fuerza de la ternura. También
advierten que, ante la hoguera
de la adversidad, “el barro se
endurece al fuego, mientras el
oro se ablanda”. Incluso en la
recomendación de flexibilidad
advierte que “la lengua resiste
porque es blanda, pero los
dientes ceden porque son duros”.
Finalmente, con su observación
de que “la persona al nacer es
tierna y débil, pero muere
rígida y dura”, asocian el
concepto de blandura a la vida y
el de dureza a la muerte.
Se reconoce que el bienestar
obra un efecto sobre la solidez
de las personas, sugiriéndose
que la falsa felicidad nos
vuelve duros y soberbios
incomunicándonos de los otros,
mientras que la felicidad
verdadera nos torna dulces y
sensibles, encontrando el modo
de extenderse a los demás. El
equilibrio entre ser duro o
blando es una cualidad difícil
de adquirir y que, acaso sólo
con la edad, se aprende a
gestionar.
La dificultad radica en el
difícil equilibrio entre un
guante de seda para un puño de
hierro. Lo idóneo es una
prudente combinación de energía
y modales, evitando ser siempre
riguroso o siempre laxo, y
escogiendo el equilibrio entre
esos dos extremos, que en ello
está el punto de la discreción.
Quizá exista una fórmula
perfecta y fácil de recordar:
Conviene ser duro con los
errores, pero blando con las
personas. Como Kafka
recomendaba, sin confundir nunca
el asunto con la persona.
No renunciemos a corregir lo que
está mal en el mundo, en nuestro
entorno, en la vida. Ataquemos
con dureza los problemas y
busquemos soluciones, por
difíciles que sean, sin
renunciar a la utopía. Mas para
ello, conviene comprender y
respetar a todos los que
podríamos hacer más y mejor,
entendiendo las limitaciones y
buscando la superación conjunta
de nuestras flaquezas. En
resumen, firmeza con nuestros
objetivos y bondad con nuestros
semejantes conforman el mejor
espíritu.
Gentileza: Mikel Agirregabiria [
agirregabiria@gmail.com ]
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