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Contra el charlatanismo
académico
Por Mario Bunge
A comienzos de la Edad Moderna,
Rabelais, Bacon, Quevedo y otros
se burlaron eficazmente de
supersticiones tales como la
astrología, la cartomancia y la
necromancia. ¡Cómo se
sorprenderían si vieran que hoy
hay cátedras universitarias
ocupadas por charlatanes
similares, así como revistas y
editoriales universitarias que
publican sus disparates!
Esos viejos autores se
escandalizarían si viesen que
hoy uno puede doctorarse con una
tesis escrita en la jerigonza
incomprensible de una escuela
esotérica, tal como el
existencialismo o el
descontruccionismo, o con una
diatriba «postmoderna» contra la
razón, la ciencia, la técnica o
la posibilidad de hallar la
verdad, o una disertación en
favor del «pensamiento débil», o
sea, carente de rigor.
También les escandalizaría a los
fundadores de la modernidad
comprobar que hoy hay profesores
que simulan hacer ciencia,
cuando de hecho sólo imitan el
aspecto exterior de la misma, al
par que otros simulan hacer
filosofía cuando de hecho
practican ideología o incluso
mera prestidigitación verbal.
Otrora los impostores
intelectuales tenían que ganarse
su modesto pasar en la calle,
donde sólo embaucaban a los que
no podían pagarse una educación
universitaria. Hoy pueden cobrar
sueldos decorosos y embaucar a
jóvenes incautos que asisten a
centros universitarios creyendo
que van a aprender conocimientos
sólidos.
En otras palabras, en nuestras
universidades no sólo hay
científicos, técnicos y
humanistas, sino también
adversarios y malos imitadores
de los mismos. A continuación
exhibiré una muestra al azar de
estos enemigos de ambas clases,
y al final diré que medidas creo
que hay que tomar para detener
esas estafas culturales.
Ejemplo 1: La sociología
fenomenológica, inspirada en la
filosofía fenomenológica de
Husserl. Según esta escuela,
iniciada por Alfred Schuetz y
continuada por los
enometodólogos, no puede haber
ciencia social propiamente
dicha. No puede haberla porque
la realidad social no existe de
por sí, sino que es construida
por el sujeto. De modo que, si
por mi fuera, no habría guerras
ni desocupación. Las
consecuencias metodológicas son
obvias: (a) el científico social
no necesita hacer trabajo de
campo, y (b) no puede haber
verdades objetivas acerca del
mundo social ni, por lo tanto,
debates racionales sobre lo que
sucede y sobre lo que habría que
hacer. ¡Qué cómodo!
Ejemplo 2: La escuela de
Francfort o teoría crítica,
síntesis de hegelianismo,
paleomarxismo y psicoanálisis.
Esta escuela, a la que
pertenecieron Adorno, Marcuse y
Habermas, afirma que la ciencia
y la técnica no son sino armas
de dominación del capitalismo.
Consecuencia práctica: quien
desee combatir al capitalismo
debe empezar por rechazar la
ciencia y la técnica. ¡Qué
felices serían los capitalistas
si todos sus críticos fuesen tan
obtusos como para prescindir de
los hallazgos de las ciencias
sociales!
Ejemplo 3: La teoría feminista
radical. El feminismo político
es el admirable movimiento que
persigue la emancipación de la
mujer. El feminismo académico es
la industria que rechaza todo el
conocimiento científico obtenido
hasta ahora, por considerarlo
una herramienta de dominación
masculina: la verdad tendría
sexo. Algunas empresarias de
esta industria sostienen que la
ciencia masculina deberá ser
sustituida por una ciencia
femenina (pero aún no se han
puesto a la tarea, seguramente
porque la guerra contra la
«ciencia androcéntrica» les
absorbe toda la energía). Otras,
más radicales, o acaso más
perezosas, afirman que toda
ciencia, empezando por la
lógica, es «falocéntrica» y por
lo tanto enemiga de la mitad de
la especie humana. ¡Desdichadas
las militantes que se dejan
engañar por esta industria que
desacredita la noble causa
feminista!. Hasta aquí tres
ejemplos, entre muchos, de
anticiencia académica. Hay
muchos más. Y numerosas
universidades prestigiosas, como
Harvard y la Sorbona, ofrecen
cursos sobre tales cuentos
irracionalistas.
Pasemos ahora a la seudociencia
académica, o sea, la que se
enseña en universidades. Omitiré
esta vez el psicoanálisis, la
más divertida y lucrativa de las
seudociencias, para no
repetirme. No mencionaré sino
tres ejemplos extraídos de los
estudios sociales recientes.
Ejemplo 1: Probabilidades en
derecho. Una nueva escuela
jurídica norteamericana, nacida
hace tres décadas, dice emplear
el concepto de probabilidad para
medir la credibilidad de
litigantes y testigos, así como
la posibilidad de que un jurado
tome una decisión acertada. Pero
la probabilidad propiamente
dicha, o sea, la matemática, es
totalmente ajena a los pleitos,
porque la probabilidad mide el
azar, y los pleitos, por
accidentados que sean, no son
aleatorios sino que, por el
contrario, están dirigidos (bien
o mal). En el mejor de los
casos, la jurisprudencia
probabilista da una apariencia
científica a un argumento
jurídico ordinario. En el peor
de los casos, conduce al error
judicial porque las
«probabilidades» en cuestión son
subjetivas y, por lo tanto,
arbitrarias. ¡Ojo a la
probabilidad jurídica, porque
pone en peligro a la familia, la
propiedad y aun la vida!
Ejemplo 2: Teoría del caos en
politología. La teoría del mal
llamado caos está de moda. Tanto
que se considera de buen tono
hablar de ella aun cuando no se
entienda su meollo matemático
(ciertas ecuaciones
diferenciales no lineales). Por
ejemplo, el conocido politólogo
norteamericano James R. Rosenau
sostiene que la inestabilidad y
turbulencia política son
similares a las inestabilidades
y torbellinos de los fluidos, y
que satisfacen la teoría del
caos. Pero no se toman la
molestia de escribir ecuaciones
ni, menos aún, de resolverlas y
contrastarlas con datos
empíricos. ¡Desconfíese de toda
mención de teorías matemáticas
que no sea avalada por
investigaciones matemáticas!
Ejemplo 3: Sociología
constructivista-relativista de
la ciencia. Esta escuela
sostiene que todos los objetos
que estudia la ciencia, sean
moléculas, planetas o
enfermedades, son hechos
culturales y, más precisamente,
construcciones de las
comunidades científicas. Por
añadidura, estás construcciones
serían convencionales. O sea, no
habría hechos en sí mismos ni,
por consiguiente, verdades
objetivas. Más aun, todo
enunciado científico, aunque
pertenezca a la matemática
abstracta, tendría un contenido
social. ¿Pruebas? No hacen
falta, ya que la verdad es
convencional. Basta que dos o
más investigadores (o
seudoinvestigadores) negocien un
acuerdo para que nazca un hecho
científico. Y basta que venga un
grupo rival, más poderosos que
el primero, para que dicho hecho
deje de serlo. ¿Disparate
obscurantista que aleja a los
jóvenes incautos del estudio de
la ciencia y de la técnica?
Desde ya, pero ahora promulgado
desde numerosas cátedras
universitarias.
¿Qué hacer ante la embestida de
los bárbaros contra la razón y
la ciencia? Esta es la pregunta
que nos formulamos los
asistentes a un simposio
internacional que se reunió
recientemente en la Academia de
Ciencias de Nueva York. Este
simposio, titulado «La huida de
la ciencia y de la razón», fue
convocado por el matemático
Normal Levitt y el biólogo Paul
R. Gross, inquietos ante la
creciente popularidad de la
anticiencia y de la seudociencia
en las universidades
norteamericanas.
Hubo consenso en que es preciso
intensificar la crítica racional
de todas las modas
antiintelectuales y
seudointelectuales. Yo fui un
poco más lejos y propuse que,
además, se adopte la «Carta de
los Derechos y Deberes del
Profesor» que expongo a
continuación:
1. Todo profesor tiene el
derecho de buscar la verdad y el
deber de enseñarla.
2. Todo profesor tiene tanto el
derecho como el deber de
cuestionar cuanto le interese,
siempre que lo haga de manera
racional.
3. Todo profesor tiene el
derecho de cometer errores y el
deber de corregirlos si los
advierte.
4. Todo profesor tiene el deber
de denunciar la charlatanería,
se popular o académica.
5. Todo profesor tiene el
derecho de discutir cualesquiera
opiniones heterodoxas le
interesen, siempre que esas
opiniones sean discutibles
racionalmente.
6. Ningún profesor tiene el
derecho de exponer como
verdaderas opiniones que no
puede justificar, ya por la
razón, ya por la experiencia.
7. Nadie tiene el derecho de
ejercer a sabiendas una
industria académica.
8. Nadie tiene el derecho de
ejercer a sabiendas una
industria académica. Todo cuerpo
académico tiene el deber de
adoptar y poner en práctica los
estándares más rigurosos que se
conocen.
9. Todo cuerpo académico tiene
el deber de adoptar y poner en
práctica los estándares más
rigurosos que se conocen.
10. Todo cuerpo académico tiene
el deber de ser intolerante
tanto a la anticultura como a la
cultura falsificada.
En resumen: tolerancia al error,
pero intolerancia a la
impostura, sobre todo cuando
esta es costeada por el
contribuyente. Es urgente
adoptar semejante intolerancia,
porque los enemigos de la
ciencia y de la razón no sólo
las están atacando desde fuera,
sino también desde dentro de los
establecimientos de
investigación y enseñanza. Lo
hacen amparándose en una
libertad académica mal
entendida. Digo «mal entendida»
porque originariamente dicha
libertad se ganó para proteger
la búsqueda de la verdad, no
para impedirla con la consigna
«Todo vale».
Gentileza: Melina Alfaro [
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