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Educación, pedagogía y currículo para una nueva educación con ética descolonizadora. - 25/01/07
 

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Educación, pedagogía y currículo para una nueva educación con ética descolonizadora. - 25/01/07


 


Educación, pedagogía y currículo para una nueva educación con ética descolonizadora

Por Víctor Hugo Quintanilla Coro

En Bolivia vivimos un contexto de diversidad cultural. Siendo así, no sólo es obvio que a cada identidad o grupo social y/o cultural subyacen diferentes problemas y necesidades, sino que fundamentalmente es imperativo construir una nueva educación tomando en cuenta los contenidos de esa diversidad y la racionalidad que configura. Lo contrario remitiría otra vez a la educación por la que todos -unos más que otros- hemos sido colonizados. Como ya no se trata de eso, ahora es preciso mirarnos a nosotros mismos y deshabitarnos de la racionalidad a la que la educación moderna nos ha acostumbrado con los recursos de la razón en lugar de la ética, con el individualismo en sustitución de la comunidad o el desarrollo en vez de eliminar la pobreza en el presente o la simple tolerancia a la aceptación cultural. Esto no significa negar el conocimiento producido por los hombres y mujeres de occidente. Se trata tan sólo de ejercer el derecho epistemológico de constituir nuestro "propio" conocimiento. Renunciar a ese derecho sería tanto como cancelar la posibilidad de alcanzar autoconciencia y de ese modo generar las condiciones de posibilidad para el suicidio cultural.

1. Educación pluricultural/plurinacional

El actual proceso histórico-social requiere de una nueva política educativa. La necesidad emerge del razonable protagonismo de los pueblos originarios. ¿En qué tipo de educación pensar, de tal manera que evitemos caer otra vez en una educación monocultural-monolingüe con la irracional racionalidad moderna? La Nueva Ley de Educación –su anteproyecto- es más o menos clara al respecto: "Consolidar el Sistema Educativo Plurinacional con la directa participación de las organizaciones sociales, sindicales, populares, instituciones, naciones indígenas originarias y afrobolivianos en la formulación de políticas, planificación, organización, seguimiento y evaluación del proceso educativo."
La salida es la Educación Pluricultural/Plurinacional. La característica de este nuevo modelo educativo consiste en que se desarrolla a partir de las prerrogativas de cada una de las naciones originarias del país. Decir esto puede resultar perogrullesco, pero ya no lo es si consideramos que este tipo de educación presupone un nuevo lenguaje pedagógico y también un nuevo lenguaje curricular (estructura y desarrollo). Por otra parte, está quizás la misión más importante de todas: la configuración de un nuevo tipo de humanismo, filosóficamente conmensurable con los saberes y prácticas de las culturas. No se trata de construir nuevas teorías a partir de la nada, sino precisamente desde del acontecimiento de las racionalidades negadas y oprimidas.

Específicamente, se trata de articular la experiencia educativa, pedagógica y curricular de las culturas al imperativo categórico e insuperable de VIVIR BIEN: Yaykoca ikabivayra (en guaraní), Sumax kausay (en quechua), Jajaúloma wanas (en movida), Vitariquio diuna (en mojeño), Yitash tütüya ibata (en yurakare), Uxia s iborikixhi (en besero) y Suma qamaña (en aymara). La especificación histórico-social del imperativo es vivir bien en comunidad. Esto quiere decir que es la cultura de las comunidades la que ahora se constituye en el principio de la educación que se va a desplegar. La divergencia con la educación monocultural de sesgo occidental, entonces, es nítida: ya no se trata de ser educados para aprender a vivir una realidad que sólo actualiza valores "ajenos" como el individualismo -irresponsable por otros en su constitución- o la irracional ilustración que se aprovecha de la "ignorancia" para manipular, mentir, engañar o robar.

¿Cuál es el sentido del imperativo de vivir en comunidad? ¡Existir en reciprocidad: ser responsable con y por otros antes que por uno mismo! Vivir en comunidad, por este motivo, no sólo prefigura una ética radicalmente diferente, sino superadora de cualquiera de las éticas promovidas por el mundo occidental-moderno desde la edad media. Una de las razones que llevó a occidente a caer en el mal de, por ejemplo, dos guerras mundiales, fue precisamente la insuficiencia de la ética promovida por su educación. El vertiginoso desarrollo de la razón instrumental -además perversa consigo misma- tuvo ese tipo de costos. "Dicho de un modo sistemático, la "sociedad del riesgo" es la época del industrialismo en la que los hombres han de enfrentarse al desafío que plantea la capacidad de la industria para destruir todo tipo de vida sobre la tierra y su dependencia de ciertas decisiones. Esto es lo que distingue a la civilización del riesgo en la que vivimos, no sólo de la primera fase de la industrialización, sino también de todas las civilizaciones anteriores. Por diferentes que hayan sido." [1] ¿Porqué seguir ese mismo camino, cuando podemos fundar una educación pluricultural/plurinacional, cuyo fundamento ético -el de la reciprocidad- evitaría caer en irracionalidades como atentar contra la vida misma de la naturaleza y, por lo tanto, de la vida de todos los seres humanos?

No cabe duda de que las teorías educativas occidentales son excepcionales desde el punto de vista del ejercicio de la razón que han supuesto. Sin embargo, política y epistemológicamente sólo han servido para formar bolivianos con una subjetividad conquistada y ocupada por un imaginario que se funda sólo en el conocimiento conceptual. Este factor no es conmensurable con los imaginarios culturales de las comunidades que más bien se fundan en la reciprocidad que constituye una relación interhumana irreductible y anterior a cualquier conocimiento conceptual. Parte de esta relación es la naturaleza a la que se sienten pertenecientes todas las culturas, algo muy diferente de la realidad occidental, donde no importa talar miles de hectáreas de bosques recurriendo sólo al argumento del desarrollo industrial. Las teorías educativas occidentales pueden servir de puntos de partida, pero de ninguna manera son siquiera suficientes para articular y luego actualizar saberes y prácticas cuyos referentes no son ni la fría razón instrumental, ni la solitaria individualidad de las personas, sino la ética de la reciprocidad con y por otros y la comunidad comprendida como el contexto del imperativo insuperable de "vivir bien".

¿Qué significa la finalidad educativa del "vivir bien" en el caso específico de la educación inicial, primaria, secundaria y superior? Existen cuatro orientaciones que pueden contribuir al logro de esta finalidad: la educación en ética recíproca en el nivel inicial, educación en competencia comunicativa para el nivel primario, educación en actitud crítica en secundaria y autonomía intelectual para la educación superior. Educación en ética recíproca quiere decir promover en los educandos actitudes de responsabilidad con y por el otro, factor que es característico de las comunidades socio-culturales no modernas, pues en éstas la ética que se promueve es tan sólo la preocupación por uno mismo y no por los demás. La competencia comunicativa es la voluntad de usar el lenguaje, tanto a nivel oral como escrito, en diferentes lenguas, con el interés básico de llegar a acuerdos intersubjetivos (léase colectivos). Esto es muy diferente del uso liberal del lenguaje, cuyo presupuesto es la razón monológica (ausencia de diálogo). Según este paradigma, es suficiente con expresar lo que se piensa o siente y luego sostener esa moderna actitud con el recurso de la "libertad de expresión". La educación en actitud crítica libera a las personas del defecto de ser meramente receptivas o indiferentes. Es la actitud de asumir posiciones fundadas en argumentos provenientes de la experiencia vital de ser parte de un contexto social o comunitario. Esta cualidad guarda correspondencia con la pedagogía de la pregunta que desplaza la pedagogía colonial que limita a los educandos únicamente a responder. La autoconciencia de las culturas y sociedades se materializa en términos de autonomía intelectual que es la conducta relativa a producir conocimientos o formalizar saberes y prácticas de cualquier naturaleza. Esta actitud tiene como fundamento a las anteriores, debido a que no sería posible sin una ética de la reciprocidad -que distinga esta predisposición del paradigma de la conciencia occidental (el yo por el yo) que no tiene carácter comunitario. Para su despliegue depende de la competencia comunicativa y de la actitud crítica.

Ahora bien: al plantear estas orientaciones como caminos dirigidos a lograr la finalidad de vivir bien, no estamos planteando orientaciones unas aisladas de las otras. En teoría ellas se encuentran más bien imbricadas. La particularidad de cada una es que expresan el énfasis que deberían tener los procesos pedagógicos en cada nivel de educación. No es que, por ejemplo, la educación en ética recíproca sólo esté presente en el nivel inicial. Todos y cada uno de los niveles de educación deben buscar desarrollar y luego fortalecer dicha orientación. Lo mismo en el caso de las restantes orientaciones. Desde este horizonte, la educación se desenvuelve como un proceso principalmente integrado: el logro de cada una de las actitudes –desde inicial hasta educación superior- conduce a que se fortalezcan entre ellas en el cotidiano quehacer de los educandos. La "conclusión" de este proceso educativo será un actor lo suficientemente autoconciente de su realidad como para contribuir al redimensionamiento de su horizonte cultural a través del diálogo y la comprensión de otras culturas. Todo lo contrario de los actuales actores sociales cuyo obrar favorece la expansión de la racionalidad occidental-moderna siendo tributario de sus contenidos, pero esencialmente de su ética liberal (léase individualista).

2. Pedagogía de la reciprocidad

Las dos pedagogías de factura occidental más influyentes en toda la educación boliviana (¡)son(!) la pedagogía bancaria y la constructivista. La estructura de la relación profesor-educando de la pedagogía bancaria fue o es aún vertical, por obvias razones: el profesor es quien despliega un rol protagónico respecto a un educando que está limitado a aceptar todo lo que él dice. En la pedagogía constructiva, en cambio, la relación maestro-educando es horizontal. El papel protagónico ya no corresponde al profesor sino al educando, quien ahora, por decir así, se enseña a sí mismo bajo la dirección del facilitador. Ambas pedagogías se diferencian por la estructura de relación que suponen, pero desde el punto de vista de su constitución epistémica, comparten los mismos fundamentos modernos: parten de la persona comprendida como un individuo que sólo debe ser responsable por sí mismo, del conocimiento que casi es lo mismo que decir de la razón y ambas están sostenidas epistemológicamente por una lineal y causal relación entre maestro y educando. "Una relación causal se denomina lineal cuando una serie de proposiciones no regresan –cerrando un círculo- a su punto de inicio; lo que implica que el resultado de algo nunca va a ejercer sus efectos sobre su propio origen. Por lo tanto, no intervienen procesos de retroalimentación y la secuencia de causas y efectos no retornan al punto de partida." [2]

En este sentido, las pedagogías occidentales-modernas tienen sentido sólo en la medida en que existen determinados contenidos que enseñar a alguien. Naturalmente, esos contenidos son los producidos en los campos de conocimiento disciplinarios. Esto puede ser irrelevante, pero desde el momento en que aprender dichos contenidos también presupone aprender un modo de ser, en este caso, taxativamente liberal, entonces encontramos que las pedagogías occidentales no fueron políticamente ingenuas: además de constituir teorías para la mejor formación de las personas, implícitamente fueron –lo son aún- constructos que en última instancia buscaron concretar UNA idea de personalidad epistemológicamente relativa a UNA racionalidad que no es otra que la del moderno sujeto trascendental, es decir, el solitario individuo que ve en la comunidad los límites de su subjetividad o interioridad, pero que a pesar de ello busca devastar. Desde el siglo XX, la didáctica es básicamente la estrategia que usa la pedagogía para cumplir con esa su finalidad. Esto quiere decir que la educación moderna dispuso siempre de una arquitectónica que a la vez de promoverse a sí misma, también promovía una razón, una moral y una ética que no articulaban los valores de las culturas no-modernas, no-occidentales.

Lo que de ahora en adelante comprenderemos por pedagogía de la reciprocidad, en cambio, se caracteriza por tener una estructura relacional maestro-educando de carácter cíclico. Ya no estamos frente a una relación lineal ni vertical ni horizontal, sino precisamente cíclica. ¿Qué quiere decir esto? Que la relación entre profesor y educando ya no se da en términos de que uno es responsable por el otro, sino de que ambos son recíprocos y complementarios. El educando es recíproco con y por el maestro y el maestro es recíproco con y por el educando: esta interacción pauta y delimita la respuesta de los interlocutores, lo cual regula la conducta tanto del maestro como del educando en una sucesión recursiva que no depende de la voluntad de las personas, sino del uso comunicativo del lenguaje. Esto va más allá de la occidental concepción ética de que, por ejemplo, la responsabilidad educativa es sólo individual o de que la responsabilidad es sólo unilateral, o sea, del maestro hacia el erróneamente llamado "alumno". [3]
Lo otro: la pedagogía de la reciprocidad no se funda en los conocimientos producidos por la razón organizada en campos disciplinarios, sino en la ética por ser un principio más fundamental. El contenido de esta ética es precisamente la reciprocidad con y por otros. Esta reciprocidad no es responsabilidad individual, sino comunitaria. [4] La finalidad última de esta nueva pedagogía ética es preservar la vida humana y natural en el presente. No se trata de una pedagogía que predispone al educando a aprender contenidos, sino básicamente valores y actitudes con referentes culturales no occidentales, antes que conocimientos científicos con estatuto de verdad que remiten a valores y actitudes modernas. Tampoco se trata de una pedagogía que al privilegiar la ética por la vida se olvida de la razón. A diferencia de las pedagogías modernas que se fundan en la razón y postergan la ética, la pedagogía de la reciprocidad se funda en la ética, pero no para postergar la razón sino para que ella misma se funde en la ética comprendida como reciprocidad con y por otros, algo muy diferente al hecho de que en las pedagogías occidentales la ética entendida sólo como responsabilidad por uno mismo se funda en el logos.

Concretamente, la pedagogía de la reciprocidad o pedagogía ética ya no tiene principio ni en la persona comprendida sólo como individualidad ni en la razón solipsista e instrumental. Sus fundamentos son, más bien, la comunidad y la ética recíproca. Ambos fundamentos quieren decir que la pedagogía propuesta no tiene razón de ser porque haya conocimientos disciplinarios preestablecidos para mostrárselos a alguien más que sería la individualidad del educando, que es la típica y ya ortodoxa labor pedagógica del enseñar moderno. El sentido de la educación en y para la reciprocidad, en el marco general del "vivir bien", es no caer en los males morales o éticos del individualismo, no sufrir pobreza, ni hambre ni depredar la naturaleza. Esto es diferente a la racionalidad occidental moderna que, con el argumento capitalista del desarrollo, posterga la vida a un futuro que jamás llega y prefiere tolerar jurídicamente los males morales y éticos de los hombres y mujeres, con tal de expandir -educativamente claro- la racionalidad de la economía de mercado, para la cual todos debemos ser culturalmente iguales.

¿Por qué perfilar una pedagogía tomando en cuenta el acontecimiento histórico de las comunidades originarias? La razón es simple: esos pueblos conservan la experiencia antigua de respetar la vida –el presupuesto siempre fundamental e insuperable-, sin necesidad de una estructura jurídica que obligue a ello. Una persona que ha recibido educación moderna, en cambio, respeta la vida sólo por obligación moral, jurídica o religiosa. Un indígena respeta la vida en comunidad y de la naturaleza porque así ha aprendido a hacerlo, gracias a una voluntad comunitaria culturalmente legitimada. Ya no estamos, entonces, frente a una pedagogía cuya razón monológica produce una ética a su imagen y semejanza, o sea, también solipsista, negadora e ignorante de los otros. La pedagogía de la reciprocidad es una ética que concibe una razón recíproca.

Hablar de una pedagogía de la reciprocidad, con el contenido de lo comunitario, no significa negar los conocimientos y adelantos del resto del mundo. La pedagogía ética sujeta (detiene) los adelantos de las ciencias, la técnica y la tecnología para fortalecer y desarrollar la reciprocidad con y por otros, ética siempre constituida por los valores de las culturas. A la vez, así se despliega una pedagogía que acerca a los educandos más a su familia y, por lo tanto, a su comunidad. Es cierto que aprender es más vital que enseñar, pero no se trata de aprender para olvidar quiénes fuimos, quiénes somos y quiénes debemos seguir siendo. Lo contrario sólo reitera la "pedagogía" que considera que la educación consiste en "humanizar" a los hombres y mujeres, en el sentido de matar la cultura que traen consigo, para enseñar otra que se erige a sí misma como superior. En esta concepción, no es necesario aprender de todas las culturas. Lo que es imprescindible es estudiarlas y de ese modo, bajo el disfraz del reconocimiento, la tolerancia o el folklorismo, dominarlas a través del clásico dispositivo epistemológico: sujeto-objeto. En la perspectiva de la pedagogía ética, el propósito es aprender para fortalecer la propia identidad y racionalidad culturales. Éste es el verdadero sentido de la interculturalidad que ahora aparece con mayor claridad en la pedagogía de la reciprocidad: comprender el horizonte del otro para conocernos mejor a nosotros mismos.

3. Currículum por proyectos

Ahora bien: ¿en qué tipo de currículo pensar para desarrollar la pedagogía de la reciprocidad? La educación moderna recurrió, por lo general, al currículo estructurado por asignatura o materia (educación y pedagogía bancarias) y al currículum por módulos (educación y pedagogía constructivista). Epistemológicamente, ambos currículos eran dependientes de la política de los campos disciplinarios, es decir, del conocimiento producido en las disciplinas de las llamadas ciencias humanas, ciencias sociales y ciencias formales. El motivo es simple: en el fondo, los currículos modernos no tenían sentido por formar personas para no caer en el mal que trae consigo toda formación individual orientada por la razón. Al contrario: el sentido de ambos currículos era educar ciudadanos que cognitivamente estuvieran preparados para asumir y, además, promover los cambios histórico-sociales que, de uno u otro modo, fueron generados por las políticas y la economía de los países del primer mundo. El tránsito del currículo por objetivos al currículo por competencias no fue ajeno a este interés del mundo moderno de que todas las culturas terminen pensando y actuando como él. De este modo, si en el concepto de objetivo encontrábamos la implícita tendencia a transmitir contenidos, en el concepto de competencia encontramos que ya no sólo se trata de eso, sino también transmitir, desarrollar o fortalecer actitudes (léase valores morales y éticos) propiamente occidentales, como la solidaridad que es de carácter meramente circunstancial. (Esto significa que es un valor moderno que surge sólo en momento de urgencia o fechas especiales como la Navidad, cuando repentinamente recordamos que también los niños pobres tienen derecho a sonreír o comer).

Los currículos modernos concretan la política educativa y pedagógica de que el estilo de vida occidental es el más pertinente y, por lo tanto, cualquier otro modo cultural de existencia puede ser tolerado o reconocido, pero siempre en el tácito marco de que tarde o temprano esas formas de vida serán superadas por no estar a la altura de la llamada cultura universal y su vertiginoso progreso. De este modo, los currículos por asignatura/materia o por módulo terminaban estructurándose con referencia a los contenidos occidentales en lugar de erigirse sobre la base de los problemas y necesidades de un contexto cultural específico.

En otras palabras, los currículos modernos –sus asignaturas, materias y módulos- instituían los procesos pedagógicos maestro-educando en relaciones de reproducción de los contenidos, los valores y la racionalidad occidentales, básicamente. Esto quiere decir que la verdadera consecuencia del desarrollo curricular de más de medio siglo era que la colonización de nuestros imaginarios, desde el momento en que éramos nosotros quienes operaban el currículum moderno en los diferentes niveles de educación. Siendo esa la figura, es vano realizar diagnósticos de la educación para descubrir que los resultados son escasamente positivos y mayormente negativos, pues desde el punto de vista de la colonización -conquista y ocupación de subjetividades- los efectos fueron "siempre" positivos, ya que no sólo aprendimos a ser "positivamente" modernos, sino también a cometer errores educativos en forma moderna. Ambas secuelas llegaron hasta el extremo de que la conclusión del desarrollo curricular en la educación superior (normales y universidades) también terminaba de depositar en cada uno de los destinatarios el demonio colonial (léase racionalidad) que los hacía pensar, sentir, decir y actuar con referencia a una cultura que históricamente no era ninguna de las nuestras. El currículo moderno, así, terminó constituyéndonos en enemigos de nosotros mismos. Nosotros éramos las víctimas de la violencia colonial, pero a la vez nuestros mismos victimarios. Esta invisible estrategia no puede recibir otro nombre que el de auto-colonización. Es para superar este sesgo oculto del moderno currículo en acción que ahora planteamos la salida del currículo estructurado por proyectos.

El currículo por proyectos no tiene nada que ver con los proyectos de aula del currículo constructivista de la Reforma Educativa Boliviana, porque los proyectos eran estructurados y realizados en el contexto de un currículo estructurado por competencias y módulos. Lo que ahora proponemos es diferente: un currículo constituido por proyectos de pedagogía recíproca. Asimismo, el currículo por proyectos no surge de la prioridad de planificar procesos educativos para la simple transmisión de los conocimientos producidos por las ciencias occidentales. La prioridad del currículo por proyectos es resolver los problemas y satisfacer las necesidades de un contexto, pero con el referente de los saberes y prácticas de las culturas indígenas. Esto quiere decir que el principio para la estructuración y desarrollo curriculares obedecen, en estricto sentido, a los lineamientos ofrecidos por una comunidad específica y ya no más a las instancias ajenas a ellas. Ésta es la mejor manera de estructurar currículos de atención a la diversidad de carácter intercultural. Este último componente se hace presente desde el momento en que considerar el fundamento de los saberes y las prácticas de los pueblos indígenas no supone negar los conocimientos del mundo occidental-moderno.

Aquí es necesario volver a precisar que los conocimientos científicos, técnicos y tecnológicos serán "agregados" para cumplir con los requerimientos de las comunidades de preservar sus identidades y racionalidades. A este respecto, el currículo por proyectos desmonta las relaciones maestro-discípulo de su carácter colonial para constituirlas en pedagogías descolonizadoras, es decir, de promoción y/o reconstitución de los valores, saberes y prácticas originarias, a partir del diálogo con los conocimientos del mundo moderno. El argumento definitivo es que la educación y la pedagogía occidentales, cristalizadas en los currículos por materia, asignatura y módulo, no han evitado que los educandos eviten naturalizar, por ejemplo, los defectos de mentir, engañar, robar, matar, depredar la naturaleza, pensar exclusivamente en el interés personal, acumular riqueza a costa de otros y remarcar más la diferencia entre quienes pueden hablar y escribir bien (los ilustrados), y quienes pueden comer y dormir cómoda y abundantemente, mientras otros están condenados a pedir limosna, dormir en casas ajenas y sufrir hambre. ¿Acaso eso es racional? Si no lo es, ¿por qué hasta ahora el desarrollo curricular todavía cae en el defecto de promover a los estudiantes sólo por su capacidad para repetir o aplicar contenidos, pero no por su capacidad para discriminar entre lo que es éticamente racional y, por lo tanto aceptable, y lo que definitivamente no lo es?

El currículo por proyectos, al actualizar una educación para "vivir bien" sobre la base de la pedagogía de la reciprocidad, no reprueba a los educandos por no poder aplicar o repetir contenidos, riesgo inevitable de los currículos epistemológicamente subordinados a la lógica de los campos de conocimiento disciplinarios. Sobre el fundamento de saberes y prácticas culturales, el currículo de proyectos aprueba por realizar procesos pedagógicos de servicio a la comunidad en primaria y secundaria, considerando los conocimientos científicos, sociales o "humanísticos" que sean necesarios. Epistemológicamente, este tipo de trabajo es pos-disciplinario, ya que supera las fronteras de los campos disciplinares al tomar de cada uno de ellos contenidos para luego hacerlos dialogar con los saberes y prácticas culturales y así atender a requerimientos específicos emergentes del contexto histórico-social. Al mismo tiempo, hay que considerar que la inscripción de los educandos ya no se realiza a un cuerpo de asignaturas y materia preestablecido por la occidental educación humanística, sino a un programa de proyectos determinado por las comunidades y sociedades.
En el nivel de educación superior, en el caso específico de la formación docente, el despliegue curricular propuesto consiste en formar para aprender a estructurar y realizar proyectos de pedagógicos articulando los diferentes campos de conocimiento. Naturalmente, esto tiene su réplica en el nivel de educación primaria y secundaria porque es ahí donde el profesorado actualiza su habilidad para realizar proyectos pedagógicos de servicio a la comunidad. La orientación de este nuevo tipo de formación es esencialmente descolonizadora, porque al no reiterar el lenguaje curricular moderno subordinado a la lógica disciplinar, tampoco cae en el defecto de reproducir su ética individualista. El argumento es el siguiente: primero, que el desarrollo curricular de los proyectos pedagógicos depende de las necesidades y problemas contexto y no ya de los campos de conocimiento occidentales. Segundo, la realización de los proyectos se da en forma básicamente colectiva y ya no individual. Por lo tanto, también se desplaza la evaluación individualista, para más bien fundar una evaluación comunitaria que, más que atender a la recepción o aplicación de conocimientos, centra su interés en la habilidad para articular colectivamente conocimientos disciplinares sobre el fundamento de saberes y prácticas originarias, siempre con la perspectiva de atender a la comunidad o la sociedad. Aquí se pone de manifiesto una especie de reciprocidad aplicada, pues se trata de concretar la actitud de ser recíproco con y por el otro en determinadas acciones que se pueden valorar como suficiente o insuficientes.

Un detalle más: a diferencia de los currículos modernos que se sostienen en el horizonte formulado por objetivos y competencias, el currículo trans-moderno estructurado por proyectos funciona por orientaciones. ¿Qué es una orientación? Es la categoría que sustituye y supera los conceptos de objetivo, propósito o competencia. Su estructura posee cuatro elementos: "querer", "saber", "hacer" y "poder", algo que supera los contenidos conceptuales, procedimentales y actitudinales de la competencia, una de las mayores y "mejores" propuestas de la educación occidental-moderna.
El querer expresa la voluntad social o comunitaria para visualizar un determinado tipo de educación. Sin una voluntad que además sea social y culturalmente propia cualquier proceso pedagógico no será más que una fría, artificial o apócrifa relación interpersonal con referentes ajenos pertenecientes a otro contexto histórico. El querer, al ser comprendido como voluntad, instituye el principio de todo transcurso educativo. El saber hace referencia a la articulación de conocimientos disciplinares desde la racionalidad de saberes y prácticas culturales. Epistemológicamente, la categoría de saber no reconoce la diferencia entre teoría y práctica, porque ella constituye ambos conceptos. Así, cada vez que se habla de un saber él es necesariamente teoría y práctica a la vez. El saber engrana con el querer, pues sin voluntad todo saber y conocimiento sólo se agota en sí mismo, y en los contextos donde existen racionalidades otras que la moderna, no se trata de conocer por conocer. El hacer es el equivalente a la metodología o las estrategias para desarrollar ciertos contenidos. Sin embargo, hay una cualidad que considerar: todo hacer -que a la vez actualiza un querer y un saber- necesariamente presupone acciones dirigidas a la transformación de la realidad. Esto no tiene nada que ver con la dicotomía teoría/práctica porque, en esa concepción la práctica no está orientada a intervenir en la realidad, sino tan sólo a consolidar la recepción de ciertos contenidos, pero hasta ahora nada más. El hacer, en cambio, implica ineludiblemente el despliegue de experiencia en el seno de una comunidad o contexto social. En este sentido, ningún hacer pedagógico puede estar alejado del servicio colectivo a la comunidad. El querer, el saber y hacer se concentran para poder vivir bien en comunidad. Esto quiere decir que cualquier proceso educativo curricularmente planificado debe estar dirigido a contribuir a esa la finalidad última e insuperable, en cualquier de los aspectos: economía, sociedad, política, salud, cultural, religión o educación.

Había comenzado refiriéndome a que una educación pluricultural/plurinacional, además de requerir una nueva pedagogía y un nuevo lenguaje curricular, también implica la construcción de un nuevo humanismo. Este propósito pasa por des-construir el humanismo existencialista y el humanismo cristiano sobre los que se ha basado y promovido la educación moderna. La des-construcción no implica negar por negar esos humanismos, sino tomar de ellos lo que pueda servir para reconstituir el humanismo comunitario o, lo que sería lo mismo, la educación comunitaria. Los fundamentos para este nuevo horizonte ya no son el individuo, la libertad y el lenguaje occidentalmente pensados: el individuo con la libertad de hacer y decir lo que quiera, bajo absoluta responsabilidad suya. Los nuevos fundamentos serían la "comunidad" para superar el individualismo liberal, la reciprocidad para desplazar la irresponsabilidad de la libertad y el hablar ético, para poner en crisis el lenguaje que destina a repetir sólo lo dicho, es decir, lo preestablecido o sólo para fundamentar más aún el paradigma de la conciencia que hace creer que lo que se hace es correcto, independientemente de si afecta o no a otros. A esto hay que añadir otros dos aspectos muy importantes: la fundamentación filosófica de la memoria para cancelar los desmanes de la razón instrumental y la fundamentación epistemológica del saber para anular el sesgo auto-concentrado que tiene el llamado conocimiento científico, es decir, el conocimiento que se consume en sí mismo, un conocimiento que renuncia, niega e ignora la exterioridad y que pretende fundar una totalidad: la realidad que deberíamos vivir todos porque estaría constituida de verdades trascendentales, es decir, universales. Todo esto supone un trabajo de sustentación teórica (filosófico-epistemológico). Ahora no he hecho más que delinear el camino a seguir en una segunda contribución que espero comunicar después de la recepción de la propuesta que ahora hemos estructurado.

Notas
[1] Ulrich Beck: "La irresponsabilidad organizada". Citado en Francesc J. Hernández, José Beltrán y Adriana Marrero: Teorías sobre sociedad y educación . Valencia: Tirant Lo Blanch, 2005, p. 1033.
[2] Marcelo R. Ceberio y Paul Watzlawick: La construcción del universo. Conceptos introductorios y reflexiones sobre epistemología, constructivismo y pensamiento sistémico . Barcelona: Herder, 2006, p. 39.
[3] A: sin; lumen: sin luz. Alumno: persona sin luz.
[4] Román Morales Zenteno: Reciprocismo. Poder paritario. Oruro-Bolivia: Imprenta Mac Impresores, 1992.

victorhugoquintanilla@gmail.com

Gentileza: Red Latina sin fronteras [ redlatinasinfronteras@yahoo.es ]

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