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¿Y los alumnos?
Por Constantino Carvallo (La
República - Lima)
Tendría que interesarle al
magisterio la imagen que ha
venido a instalarse en la
opinión pública sobre los
maestros. Esta es una de las
consecuencias del conflicto de
estos días. Para la población el
gremio magisterial es sinónimo
de maestro de escuela pública y
sus desatinos terminan dando la
impresión de que los profesores
del país, en su conjunto, son un
obstáculo para la mejora de la
educación. No parece, en las
opiniones de muchos, que a los
maestros les interesara
verdaderamente el destino final
de su acción: los niños. El
discurso es político, sindical,
pensando solo en sí mismo, un
gremio que se muerde la cola. ¿Y
los alumnos? No forman parte de
su discurso y no tienen voz ni
operador político para
manifestarse. Los alumnos,
aquellos a quienes se dirige el
servicio, los que lo padecen, no
opinan. No asoman en los
reclamos del gremio magisterial
y no los encuesta El Comercio.
Ellos son el Otro ausente.
Y, sin embargo, son los alumnos
quienes justifican su salario. Y
la preocupación fundamental de
los padres de familia, de las
madres, de la población, es el
destino de sus hijos, la
posibilidad, quizá ingenua en el
Perú, de emplear la educación
para salir de la pobreza. Lo que
irrita a toda esa gente que se
ha manifestado en los medios
-los he escuchado por la radio
molestos, hartos- es percibir
que los maestros pueden tener
legítimos derechos pero que
parecen no andar muy interesados
en contribuir decididamente a
mejorar la situación educativa
de sus hijos. Esta falta de
compromiso del discurso con la
infancia, con los aprendizajes
fundamentales, con el sujeto de
su práctica, ha terminado
construyendo una imagen
peligrosa e injusta del maestro
peruano.
Porque ser maestro es querer el
crecimiento de los niños, su
desarrollo y realización. Y en
todas las regiones del país
existen miles de maestros que
trabajan con vigor y entrega
generosa, que asumen el reto de
educar en condiciones de pobreza
y que se las ingenian para
estimular, apoyar y, muchas
veces, alimentar y hasta curar a
sus pequeños alumnos. Ellos no
aparecen en los medios y sus
logros de aprendizaje se diluyen
en los promedios nacionales, en
la estadística que disgusta y
que los medios se complacen en
publicar.
Estos buenos maestros han salido
perdedores. Y el gremio debe
hacerse cargo de la imagen que
ayuda a construir. Tendría que
hacer patente su preocupación
por algo más que sus legítimas
aspiraciones salariales y
profesionales. Porque el oficio
implica una sensibilidad
especial; un amor, si puede
usarse el término. Este
compromiso debería notarse en
las acciones y en las palabras
de quienes hablan a nombre de
los maestros. Tendrían que
cambiar su lenguaje, su tono,
incorporar al alumno, defender,
de verdad, y sobre todo, los
derechos de los niños, sus
inocentes alumnos.
Gentileza:
Ricardo Alvarado [
ave.critica@yahoo.com ]
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