|
Futuro realista
Aquel que iba a ser mi último
día, se me complicó
Por Mikel
Agirregabiria Agirre
¡Maldito lunes!, pensé al
levantarme. Ya estoy harto, a
pesar de vivir en el futuro,
quiero decir en el provenir que
soñaron mis abuelos, mis padres
y en el que yo mismo confié,
cuando era muy joven. De hoy no
paso. Ahora mimo me voy a una de
esas nuevas cabinas de suicidio
(evolución lógica de la máquina
de la eutanasia del Dr. Philip
Nitschkeque). Espero superar el
obligatorio test de preguntas,
cuya última cuestión
literalmente dice: “¿Está seguro
de entender que si pulsa el
botón 'SÍ’ en la pantalla
siguiente usted morirá?”.
Tomo el tranvía y me voy a las
afueras. Hay varios kioskos de
eutanasia instalados en la
ciudad, de modo que mi muerte no
molestará a nadie. No creo que
haya cola de espera,… pero está
ocupada. El servicio de retirada
de cadáveres sólo acude por las
mañanas. Se me ha adelantado
otro desesperado. Este
ayuntamiento no cubre
debidamente las necesidades de
la ciudadanía. Escribiría una
‘Carta al Director’, pero no
estaré para leerla. Así que
nunca se queja nadie.
Nuevamente al tranvía para
acudir al otro extremo de la
ciudad, a otra zona apartada
donde acumulan esos servicios
comunitarios tan poco vistosos
para el turismo. ¡Mala suerte!,
esta vez veo a una ojerosa mujer
forcejeando con la puerta. Me
acerco. Ella me indica que
quiere entrar. Decido ayudarla,
pero ni tirando los dos lo
conseguimos.
Cuando nos íbamos cada uno por
su lado, oímos un extraño
llanto. Proviene de otro
servicio municipal, uno de esos
buzones-bebé que se han
generalizado desde el año 2000
en Hamburgo., una especie de
cajero automático, donde
anónimamente se abandonan bebés.
Tampoco ha funcionado este
BabyBox (híbrido entre
contenedor, horno casero e
incubadora), porque no ha
acudido nadie, probablemente al
no haberse pulsado el botón de
usado.
La desmejorada mujer acude
presurosa, y yo la sigo. Parece
muy sorprendida cuando, al
abrirlo, aparecen dos recién
nacidos que lloran al unísono.
Cogemos en brazos un bebé cada
uno. Ella prefiere recoger al
que estaba debajo, casi
asfixiado por una segunda
entrega precipitada. Me siento
cansado, pero ella está agotada.
Cruzamos la mirada y sin mediar
palabra, nos dirigimos a mi
casa. Las criaturas se han
callado. ¿Qué haremos? ¿Alguno
es hijo suyo? ¡Qué más da! Salí
a suicidarme, y vuelvo con toda
una familia. ¡Vaya forma de
empezar la semana!
Gentileza:
Mikel Agirregabiria [
agirregabiria@gmail.com ]
aginadigital
|