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La Educación comienza en la cuna
La
Educación Moral
La conciencia moral no se
“fabrica” a partir de los siete
años, es decir, de lo que se ha
dado en llamar “la edad del uso
de la razón”. La educación moral
y la educación a secas comienzan
en la cuna. Algunos padres se
sobresaltarán ante una
afirmación tan sorprendente.
Es corriente encontrar en
nuestro medio ambiente conceptos
que se fundan en tradiciones
cuasi primitivas. Es sabido que
en la mayor parte de la culturas
antiguas y aun en nuestros días
en los poblados donde persisten
ritos arcaicos, hasta los seis
años el niño vive exclusivamente
en el gineceo, es decir, se le
confía a las mujeres. A los seis
años comenzará la verdadera
educación, aquella en la que
intervienen los hombres.
Los desarrollados de la
psicología moderna han
demostrado que la educación
moral tenía otras bases
distintas de la integración de
las normas de grupo o la
afirmación muscular de sí en
combates contra sus iguales o
contra sus mayores... y que
estaba fundada sobre otros
aprendizajes, muy anteriores,
ligados a la maduración del
sistema nervioso y a las
primeras relaciones con el medio
ambiente.
Educar es aprender a
controlarse, a socializarse, a
respetar a los demás, es ante
todo enseñar al niño a tolerar,
a soportar ciertas
frustraciones.
El niño no puede hacerlo todo.
En la educación más liberal que
se pueda imaginar seguirá
habiendo un cierto número de
frustraciones inevitables. Decir
que “no” al niño es ya
frustrarle con la realidad, con
lo que existe y que no es él,
pero con lo que tendrá
necesariamente que tener en
cuenta.
Esta “experimentación de la
realidad” es necesaria. De su
capacidad de tolerar la
frustración dependerá en efecto
la fuerza de su Yo, su
resistencia ante las
dificultades ulteriores de la
vida, ante los “golpes del
destino”... , su ánimo y su
valentía.
Responder a todos los deseos del
niño creyendo que cuanto más se
cede se le demuestra más amor,
es una aberración. Por una
parte, utilizará esta debilidad
de los demás pidiendo un poco
más cada día, por otra, en la
medida en que esta actitud le
evita el encuentro con la
realidad, es decir, que no le
permite consolidar su Yo,
afianzarlo, es en definitiva
manifestarle un amor negativo,
inútil y peligroso.
Muy pocos padres consideran la
vida como un camino de rosas
donde el niño no tiene más que
aparecer para obtener la
realización de los deseos. Para
todos nosotros la existencia
comporta decepciones, fracasos,
insatisfacciones, luchas.
Satisfacer todos los deseos del
niño y todas sus
reivindicaciones es negarse a
socializarlo, a hacer aceptar la
realidad y a los demás. Es
prepararle a considerar más
adelante a los demás no como
iguales sino como obstáculos a
su voluntad.
La descentración como factor de
adquisición de la conciencia
moral supone la compresión de la
norma como necesaria al
funcionamiento social, debiendo
el niño tomar por objetivo el
bien común del grupo y no el
interés personal. Y en la edad
de la socialización este paso se
hace gracias al juego colectivo.
En el periodo de socialización y
por medio a los juegos
colectivos el niño, tras haber
aprendido el respeto a la regla,
descubre progresivamente la
regla como convención libre del
grupo.
La socialización es por una
parte la aceptación del otro tal
cual es (lo que supone
benevolencia y tolerancia) y por
otra el respeto de los límites
impuestos por la existencia de
los demás. El niño dice
espontáneamente: “Tengo
derecho”, no piensa en los
derechos de los demás o los
considera como una traba a su
libertad.
Si el niño ha aprendido a
tolerar las frustraciones, a
sobrellevar las decepciones...
una vez llegado a la
adolescencia podrá volverse sin
miedo ni audacia excesivas,
hacia la vida y hacia a los
demás. Y como dijo el poeta.
“Por el cinco de enero, / cada
enero ponía / mi calzado cabrero
/ a la ventana fría. / Y
encontraba los días / que
derriban las puertas, / mis
abarcas vacías, / mis abarcas
desiertas”.
Francisco Arias Solis
URL:
http://www.arrakis.es/~aarias
Gentileza:
Francisco Arias [
aarias@arrakis.es ]
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