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Sensaciones laborales
"Dejemos las prisas a los
esclavos", dijeron. "Ahora lo
entiendo", susurró uno de
aquellos.
Por
Mikel Agirregabiria Agirre
El trabajo, al igual que el
ocio, ofrece diversidad de
emociones. Frecuentemente,
evocamos una imagen que
representa nuestra tarea a la
perfección: La del mago de los
platillos rotatorios. Es un
espectáculo que siempre nos
fascinó a algunos, de pequeños y
de mayores. El artista comienza
pausadamente poniendo un primer
plato sobre la varilla, y le
imprime un giro que lo mantiene
en el aire. Sigue añadiendo
platos, con pausas para rotar a
aquéllos que –al frenarse-
parece que van a caer. Y
continúa, con veinte o treinta
discos en equilibrio precario,
hasta que superado por la
situación se le cae alguno.
Entonces, confiando en que la
primera rotura marque su récord,
va recogiendo los restantes con
la esperanza de minimizar los
fallos y optimizar la función.
Habitualmente así empieza una
jornada laboral. Al inicio,
parece que será tranquila. Uno,
dos o cinco temas (o platillos)
bien vigilados y bajo control.
Entonces, comienzan las
llamadas, las urgencias y las
sorpresas sobrevenidas.
Manteniendo todo en vilo,
evitamos las caídas
estrepitosas. Casi siempre se
consigue. A veces, no. Claro que
las sensaciones extremas, cuando
se prolongan, acaban por no
sentirse. Ésa es nuestra
esperanza. Al final, casi se le
coge gusto a la celeridad, a la
aceleración. Así aprendemos a
diferenciar el vicio de la prisa
respecto de la virtud de la
actividad.
Gentileza: Mikel Agirregabiria
Agirre [
agirregabiria@euskalnet.net
]
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