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Día Mundial del Hábitat 2006
Pronunciamiento del presidente
de Hábitat Internacional
Coalition (H I C)
Por
Enrique Ortiz Flores
Este año el Programa Hábitat de
Naciones Unidas (UN-Habitat)
convoca a celebrar el Día
Mundial del Hábitat bajo el lema
"Las Ciudades, Imanes de
Esperanza". Por su parte, HIC y
otras redes internacionales han
hecho un llamado a organizar una
amplia movilización mundial en
contra de los desalojos y
desplazamientos forzosos y los
procesos crecientes de
privatización de la tierra, la
vivienda social, el agua y otros
servicios básicos.
¿Qué relación se da entre ambas
convocatorias y qué debemos
esperar este año de las
celebraciones del Día Mundial
del Hábitat?
En efecto, como lo señala N.U.
en su convocatoria, el mundo
sufre un proceso acelerado de
urbanización, pero hace tiempo
que éste dejó de ser un hecho
originado en la esperanza de una
vida mejor.
La devastación, saqueo, despojo
y apropiación de los recursos
naturales que realizan las
grandes corporaciones
transnacionales, la imposición
de condiciones mercantiles
injustas a los productos rurales
a través de los tratados de
libre comercio y la
desregulación y consecuente
reducción de apoyos
institucionales a los
campesinos, exacerban al límite
las condiciones precarias en las
que éstos han vivido, haciendo
inviable su permanencia en el
campo.
Hoy somos testigos del
desplazamiento forzoso de
millones de indígenas y
campesinos pobres que por
razones de subsistencia migran,
ya no sólo a las ciudades, sino
directamente a los países ricos
de Europa y Norteamérica. No es
un flujo masivo movido por la
esperanza, sino una lucha
desesperada, con todo en contra,
por mantenerse vivos.
Se trata de un fenómeno con
nuevas características que está
provocando la destrucción de las
comunidades rurales con la fuga
masiva de sus hombres y mujeres
más jóvenes y emprendedores, la
destrucción profunda de su
cultura y la desintegración de
sus familias.
Es un sálvese quien pueda que
está dejando fuera del control
social tradicional los bienes
comunes: la tierra, el agua, la
biodiversidad, los recursos
minerales, los saberes
populares, abriendo camino a su
apropiación por las
corporaciones transnacionales,
hoy dispuestas a quedarse con
todo.
¿Será éste el objetivo que está
detrás de las políticas
derivadas del Consenso de
Washington, los tratados de
libre comercio y los
megaproyectos impulsados por los
organismos multilaterales y sus
aliados en los gobiernos?
Este desplazamiento masivo, que
en algunos países se agrava por
conflictos internos y por el
crimen organizado, se enfrenta
en su camino y en su destino a
nuevos impedimentos y
dificultades.
Para quienes migran a las
ciudades, los barrios segregados
y mal servidos de las periferias
y los tugurios deteriorados de
los centros urbanos son su
opción para acceder a un lugar
donde vivir. Ahí se enfrentan no
sólo al desempleo, el rechazo y
la discriminación social, sino a
la criminalización de sus
esfuerzos para ganarse un
ingreso o darse un techo
mediante caminos considerados
como informales, incluso
ilegales, y como amenaza
intolerable al buen
funcionamiento del mercado.
Quien migra al extranjero debe
enfrentarse a múltiples peligros
y violaciones de sus derechos
humanos: corrupción, asaltos,
despojo de sus escasas
pertenencias. También a
múltiples riesgos que atentan
contra su salud, su integridad
física y su vida misma.
Hoy, quienes cuestionaron por
décadas el muro de Berlín
aprueban la construcción de uno
de 1,125 kms. para, con el
pretexto de la lucha contra el
terrorismo, impedir el acceso de
ilegales centroamericanos y
mexicanos a Estados Unidos.
Atrás del muro les espera la
persecución, la discriminación y
condiciones de vida y de trabajo
muy precarias, difíciles e
inseguras.
No son éstas, ciertamente,
manifestaciones que alienten la
esperanza, por lo que quienes
desde la sociedad civil
atendemos la convocatoria de
Naciones Unidas de "recordar al
mundo su responsabilidad
colectiva por el futuro del
hábitat humano" no podemos
conformarnos con ver a la ciudad
como catalizador de un
desarrollo del que son cada vez
menos los beneficiarios.
Atacar en profundidad las causas
de estos problemas y restituir
la esperanza de los pobres del
campo y la ciudad pasa
necesariamente por cambios que
no partirán ciertamente de
quienes controlan hoy la
economía y las grandes
decisiones.
Aunque la situación actual
deberá aún tocar fondo antes de
que se logre articular un
movimiento transformador de
alcance mundial, hoy podemos
avanzar en una ruta amplia y de
búsqueda, coherente con el ideal
colectivo de construir un mundo
para todos.
Ante todo debemos luchar contra
las tendencias regresivas y
reduccionistas que conducen a la
pérdida de derechos, al olvido
del campo, a la
individualización de los
problemas y de las soluciones, a
la focalización en unos cuantos
afectados.
El impulso de políticas, leyes y
otros instrumentos incluyentes
que reconozcan y estimulen la
participación positiva y
organizada de la población en la
planeación, producción y gestión
de su hábitat, es parte central
de ese proceso.
Debemos y podemos trabajar
juntos también contra la
aplicación por parte de los
Estados, de políticas
contradictorias como reconocer
el derecho a la vivienda y
promover desalojos masivos de
población pobre para
"embellecer" y "desarrollar" la
ciudad, en aras de su
competitividad global y el
supuesto beneficio de sus
habitantes.
Pero no basta sólo con la
denuncia y la protesta. Hoy es
necesario vincular este trabajo
al de la incidencia en políticas
públicas y a la propuesta y
desarrollo de programas y
acciones que, además de resolver
necesidades concretas de los
pobladores, abran espacio a su
organización autónoma y al
desarrollo de prácticas
autogestionarias
transformadoras.
La acción vigorosa contra la
discriminación de las mujeres y
de sectores vulnerables en el
desarrollo de los programas
habitacionales y la lucha contra
la segregación urbana de los
pobres son también campos de
trabajo estratégicos en los que
podemos y debemos estar
comprometidos.
Preocupa muy particularmente la
situación de las mujeres, los
ancianos y los niños que son
dejados atrás, en las áreas
rurales, cuando los jefes de
familia se ven obligados a dejar
sus tierras en busca de un
trabajo en el extranjero. Actuar
en apoyo a la defensa y
realización concreta de sus
derechos humanos es tarea
impostergable.
La iniciativa de producir y
promover una Carta Mundial por
el Derecho a la Ciudad,
impulsada y asumida por redes
civiles y movimientos sociales
de muchos países, debe
profundizarse y articularse a
iniciativas similares que
promueven los derechos humanos
de los campesinos y los
indígenas.
Conmemoremos este Día del
Hábitat y los 30 años de la
Conferencia Internacional de
Vancouver y los de nuestra
Coalición, reflexionando
críticamente sobre estos temas y
avanzando en el fortalecimiento
y articulación de nuestros
diversos procesos.
Gentileza:
nuestramerica@yahoogrupos.com.mx
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