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Educar para la ciudadanía
Por
Frei Betto (ALAI AMLATINA)
Ciudadanía rima con democracia.
Si no se acuerda del nombre del
político a quien votó en las
últimas elecciones, y mucho
menos lo que hizo (o deshizo),
¿cómo va participar en las
decisiones nacionales? Por eso
nuestra democracia sigue siendo
meramente representativa. Se le
da un buen empleo a un político.
Sin darse cuenta de que son
resultados directos de la
política el precio del pan, la
mensualidad de la escuela, la
calidad de vida, el precio del
alquiler y la posibilidad de
unas vacaciones.
Ser ciudadano es entrar en un
nudo de relaciones. Desencadenar
un proceso socioeconómico con
efectos en la calidad de vida de
la población. Es sencillo:
cuando se pide una factura se
evita la economía subte rránea y
aumenta la recaudación fiscal
que, al final de cuentas,
permite al gobierno invertir en
equipamiento y servicios
esenciales para una vida mejor:
carreteras, hospitales,
escuelas, seguros... Cuando se
le niega la propina a un agente
se contribuye a moralizar el
aparato policial. Cuando se
protesta contra la violencia y
la pornografía televisivas,
exigiendo que la sociedad
controle el contenido de la
televisión y deje de consumir
productos de los patrocinadores
antiéticos (no se confunda con
la censura, practicada por los
dueños de las emisoras), se
ensancha el proceso democrático.
Ciudadanía supone pues
conciencia de responsabilidad
cívica. Es como la parábola del
niño que, en la playa, devolvía
al mar uno tras otro los
pececitos que la marea había
arrojado a la arena. Alguien le
dijo: "¿Qué adelantas con eso?
No vas a poder salvarlos a
todos". A lo que el niño
respondió: "Ya lo sé. Pero éste
-y le mostró un pececito que
bailaba en su mano- estará a
salvo". Y lo devolvió al agua.
Nada más anticiudadano que esa
lógica de que no vale la pena
llover sobre mojado. Sí vale.
Experimente el recurrir a la
defensa del consumidor, escribir
a los periódicos y a las
autoridades, dar ejemplo de
conciencia de ciudadanía. Los
políticos corruptos quieren que
les demos un cheque en blanco
para continuar tratando la cosa
pública como negocio privado. Y
eso hacemos siempre que
arrugamos el hocico ante la
política con cara enojada.
Ciudadanía rima también con
solidaridad. Cada uno en lo suyo
y Dios con nadie es lo que
propone la filosofía neoliberal.
Sin conciencia de que todos
somos resultados de la lotería
biológica. Ninguno de nosotros
escogió la familia y la clase
social en que nació. Es injusto
que de cada 10 brasileños 6
hayan nacido entre la miseria y
la pobreza (y nacen al año casi
tres millones de gentes en este
país). Haber sido sorteado ¿no
implica una deuda social?
La solidaridad se practica
participando en los movimientos
sociales –iglesias, movimientos
populares, sindicatos, partidos,
ONGs, administraciones políticas
volcadas a los intereses de la
mayoría... Una golondrina no
hace verano. Como dice la
canción: el sueño de uno es
sueño, el de muchos auténtica
realidad.
Si prefiere "dejarlo todo como
está para ver cómo queda", no se
asuste cuando le pongan una
pistola en la cara o le exijan
que trabaje más por menos
salario. Al fin, usted obtendrá
lo mismo que todos cuantos no se
dan cuenta de que ciudadanía y
democracia son siempre una
conquista colectiva que depende
del valeroso empeño de cada uno
de nosotros.
Es necesario intensificar la
educación para la ciudadanía. Es
equivocada la idea de que los
voluntarios son personas que no
necesitan un trabajo remunerado
porque disponen de rentas. La
mayoría de los que conozco son
personas pobres o que van
tirando y que, además de su
trabajo profesional, dedican
tiempo a obras asistenciales o a
movimientos sociales. Repartida
por el país, hay una inmensa red
de casas cuna, asilos, escuelas
informales para niños
deficientes, hospitales,
talleres de arte y de artesanía,
cooperativas, etc. que cuentan
con la participación de hombres
y mujeres que se sienten allí
felices haciendo felices a
otros.
La dificultad para encontrar
voluntarios es mayor en la clase
alta, que objetivamente dispone
de tiempo y de recursos para
ayudar a los más pobres. Es como
si la educación para el egoísmo,
en función de preservar el
patrimonio, prevaleciese sobre
la educación para el altruismo.
Cuando mucho, un té para
recaudar fondos a pedido de la
primera dama. Pero nada de
contacto con los pobres, "esa
gente sucia que sólo sabe
pedir"..., como oí de boca de un
ejecutivo.
Hay excepciones, claro,
generalmente personas que
pasaron por algún trauma
-enfermedad, separación, muerte
de un hijo...- y que
descubrieron que la solidaridad
es el mejor remedio para las
angustias individuales.
Como enseñaba Carlos de Foucauld,
los pasatiempos son un lujo para
el que no se preocupa con el
problema de los demás. El amor
al prójimo es la mejor terapia,
basada en una motivación ética o
espiritual.
Recuerdo mi alegría infantil al
repartir en un hospital
pediátrico juguetes y ropas que
sobraban en mi armario. Hoy
muchas escuelas tienen acuerdos
con asociaciones de pobladores y
movimientos populares, educando
a sus alumnos en servicios a la
población más pobre, tales como
alfabetización, teatro,
aprendizaje de habilidades
profesionales. Una de ellas
promueve, cada fin de año, una
excursión de los alumnos al
Valle del Jequitinhonha (MG),
donde pasan un mes prestando
ayuda en salud y en educación.
En esos casos quien va a enseñar
regresa lleno de nuevas
lecciones aprendidas. En esa
misma línea actúan también los
programas "Escuelas Hermanas",
vinculado al programa Hambre
Cero, y el "Joven Voluntario.
Escuela Solidaria".
Muchos se quejan de que el mundo
va mal, que el gobierno es
incompetente, que los políticos
son oportunistas; pero ¿qué hago
yo para mejorar las cosas? Nada
más ridículo que la persona que
se queda sentada, erigiéndose en
juez de todo y de todos. Es, al
menos, un mediocre.
Había en São Paulo un travesti,
Brenda Lee, a quien bauticé como
Cleopatra en mi novela
"Alucinado son de tuba", que
antes de morir asesinado se
ocupó de cuidar a sus compañeros
contagiados de vih/sida.
No esperó a que el poder público
lo hiciera. Transformó la
pensión donde vivía en hospital
de campaña. Fue el primero en
obtener, en la Justicia, pública
aprobación para su iniciativa.
El dilema es educar para la
ciudadanía o dejarse "educar"
por el consumismo, que rima con
egoísmo. (traducción de
J.L.Burguet)
- Frei Betto es escritor, autor,
junto con Paulo Freire y Ricardo
Kotscho, de "Esa escuela llamada
vida", entre otros libros.
ALAI
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Gentileza: ALAI Casilla
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