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Retrato de una lágrima
Por Érica Rozek
Con la miel de sus manos
desnudas, Felipe talló su
pupitre de algarrobo. El
lenguaje de sus dedos largos
hilvanó una rosa en sus labios,
y tras la lluvia de invierno,
contempló en silencio la piel
salvaje de su musa. Paloma se
dejó bañar por sus ojos, y
después de aquella mirada,
simplemente, se dejó crear. Era
una mulata ardiente, inspirada
en el aliento de su tierra
natal, sin embargo, disimulaba
su piel morena detrás del
guardapolvo azul, que dejaba ver
entre sus piernas cruzadas, la
delicada belleza de su retrato.
Las oscuras alboradas de
invierno entumecían los cuerpos;
a pesar del frío en sus pies,
Felipe podía concluir las
fórmulas matemáticas y grabar a
Paloma en su banco, al mismo
tiempo. Miraba su perfil desde
la última fila de la sala,
envuelto en una mueca tímida,
hablaba sin hablar otro idioma.
No necesitaba dialogar con sus
compañeros, se aburría en los
recreos y muchas veces lo ahogó
un sentimiento de bronca ante su
irresistible timidez. Las
palabras mudas no se hacen oír,
y lo que no se escucha muchas
veces no se ve. Lo que no se ve,
se deja o se ignora... Felipe
había inventado esa cadena para
explicarse a sí mismo su
patología; soledad. No todos en
la escuela hacen amigos.
Felipe del Pino sintió que sus
dedos pálidos rozaban el pupitre
como un puñado de seda, incrustó
los ojos y los labios se
apretaron con fuerza, codiciaba
poder calar el tallado en el
algarrobo, como si fuera un
tejido de algodones. Relegando
su papel de alumno, hirió la
madera con sus manos anémicas,
dejando caer la sangre de una
mística musa. Vestía guardapolvo
azul y pantalones cortos, cuando
decidió crear su silencioso
idioma.
El ceño se plegó entre sus ojos
cafés, nadie escuchó la suavidad
con la que tallaba el pupitre.
En lamano derecha sujetaba un
pequeño punzón, que con punteos
duros labraba los detalles más
gruesos, rascando la cera para
fundar surcos humanos en su
banco de escuela. Cerró los ojos
y con el tacto de sus yemas
acarició la madera. Un estornudo
lo conectó con su escenario de
alumno, levantó la mirada y se
obligó a soltar una sonrisa. Las
paredes descascaradas del aula
se asfixiaban entre polvo de
tiza y fórmulas matemáticas;
ante aquel aire espeso el
pequeño Mateo no podía
desligarse de su alergia al
polvo. Algo que provocaba risas
entre sus compañeros. Los
primeros pupitres de las cinco
hileras estaban ocupados por los
alumnos más atentos de la clase:
en dos de ellos se encontraban
los cuatro “sagrados”, pues
tenían nombres de la “sagrada
escritura”; Mateo, Juan, Isaías
y Lucas. En primera fila también
estaba el “espíritu santo”;
Paloma, quién sufría las
cargadas de sus compañeros por
su inalcanzable inteligencia. En
una esquina, apoyado contra la
pared, se ubicaba Felipe. Con
tan sólo 15 años, poseía un
rostro pálido, salpicado con
algunas pecas y labios color
púrpura. Llevaba más de una hora
en esa posición encorvada, casi
inmóvil, cuando el profesor se
acercó a su pupitre, las medias
blancas se desvanecieron hasta
sus tobillos. Los macizos tomos
del diccionario escondían sus
manos, levantó la mirada
aflojando sus labios llenos, y
relajando su frente permaneció
en silencio con los ojos
encogidos de culpa.
Las palpitaciones lograron
sofocarlo cuando el profesor
corrió los tomos del
diccionario, aquel minuto se
instaló en sus mejillas como un
granizo de vergüenza. El 18 de
julio de 1952 Felipe conoció la
Dirección de la escuela Normal.
A pesar de ello, sonrió.
Atravesó el patio de cemento
hasta llegar a una puerta de
madera blanca, un cartel borroso
indicaba el nombre del lugar,
golpeó con timidez y esperó con
las manos cruzadas atrás. Unos
segundos se interpusieron entre
su silueta y la puerta cerrada.
Hasta que el rasguño de la
manija le apretó un nudo en el
estómago, se presentó y denunció
su culpa. El director lo miró
entre cejas y con una seña le
indicó el paso. Pensó en aquel
señor alto como un temible
hombre que debía respetar. Vio
cómo el tiempo había devastado
sus engominados cabellos
blancos, y se sorprendió del
brillo de su piel rojiza recién
afeitada. Ese día Felipe tuvo
que entender lo entendible, y
quedó sumido a las reglas.
“Debes actuar como los demás, si
continúas distrayendo al resto
de la clase con tus intentos de
hacerte el artista, tendré que
llamar a tus padres”, explicó el
director con una suavidad que
pretendía bordear el límite de
la ironía. Se despidió con la
debida cortesía agregando sus
disculpas.
Miró el reloj y atravesó el
patio corriendo. La profesora de
literatura seguramente había
comenzado su clase. Odió aquel
trámite burocrático. Ingresó al
aula pidiendo nuevamente
disculpas, y se apresuró
torpemente a llegar a su banco.
Miró el pizarrón y se olvidó de
las palabras del director:
“Hombre, si eres alguien, anda
solo, habla contigo y no te
escondas en el coro”. Epícteto,
filósofo estoico.
Amparo Montenegro podía
silenciar una multitud de
jóvenes sin siquiera elevar la
voz, las clases de literatura
eran solemnes y, a su vez,
fascinantes. Pues el título de
egresado iba acompañado,
inevitablemente, por la
certificación de que habías
memorizado sus frases ilustres.
Antes de comenzar con su clase,
enhebraba en cada alumno sus
enormes ojos negros, casi sin
parpadear, tomaba una tiza entre
sus manos infiltrándose en un
silencio sepulcral. Por unos
segundos, sólo se escuchaba el
sonido áspero de la tiza sobre
el pizarrón, luego, los lápices
sobre el papel, y más tarde, la
elipsis del pensamiento. Vestía
una pollera marrón y un delantal
a cuadros, sus cabellos grises
se entretejían formando ondas
perfectas que caían sobre sus
redondos ojos, quizás, sobre dos
cristales gruesos. En la escuela
Normal, era la única profesora
que mantenía, cada semana, la
tradición del sorteo de los
compañeros de banco. Su aspecto
de bisabuela era una fachada
embustera de su ligero caminar.
Esa mañana, la profesora
Montenegro recitó unas palabras
de José Martí matizando en su
boca color rubí, una ligera
sonrisa, escondida debajo de su
inminente nariz.
—“Lo que quede de aldea en
América ha de despertar. Estos
tiempos no son para acostarse
con el pañuelo a la cabeza, sino
con las armas de almohada.
Trincheras de ideas valen más
que trinchera de piedras”
—expuso casi sin mirar el
cuaderno amarillo.
Al terminar, con el índice
empolvado, recorrió la lista de
alumnos. Estaban todos
condenados a sufrir ese instante
de incertidumbre, pues nadie
deseaba pasar a dar la lección.
Su rostro fruncido, surcado con
arrugas severas, dio la señal
emitida con un sonido grave y
seco: “Seiref, Paloma”, gritó
rascando su larga nariz:
—¿No crees que los comunistas
viven con sus ideas y comen con
el capitalismo?
Paloma sintió que los ojos se le
inundaron de agua, lo que
ansiaba contestarle no debía
hacerlo. La profesora acomodó
algunos libros sobre el
escritorio, la lluvia había
cesado, no se oía más que sus
bruscos movimientos. Tomó
asiento y con aire arrogante
permaneció mirando hacia un
costado, mostrando, así, su
perfil inconfundible. Paloma se
acordó de las palabras de su
padre, Mateo quiso olvidar que
su padre había sido un militar
en contra de los comunistas, y
Lucas se cargó con la misma
bronca que su abuela.
De repente, un discurso apuñaló
sin anestesia aquel silencio
inquisidor, parecía repetir
palabras de memoria. Hablaba con
la mirada inmóvil y las manos
petrificadas al banco. Sus
labios se movían al borde de
tartamudear, pero no lo
hicieron. Finalizó dando un
zarpazo al punto final:
—Si para vivir es necesario
comer, pues también es necesario
pensar, para respirar como
hombres. De lo contrario qué es
lo que nos diferencia del
instinto animal, si no es éste
espacio de pensamiento, la
escuela es el inicio de las
ideas —concluyó tomando una
bocanada de aire fresco, al
tiempo que una lágrima cegaba
sus ojos. Nadie se movió. Nadie
murmuró. Y nadie olvidó jamás
aquella clase de literatura, en
donde todos respondieron mudos
las mismas palabras que sus
padres renovaban en cada cena,
aquellos ideales contrapuestos
de peronistas y radicales. La
campana dio un ahogado respiro
al pensamiento, eran las doce
del mediodía. La profesora
Amparo, quien aún no sabía qué
decir, despidió a los alumnos
con un alarido de recomendación,
mientras todos se apresuraban a
salir. Mateo se quedó sentado en
la plaza de enfrente, ese día su
padre le había prometido que lo
buscaría, deseaba hablar con él.
Lucas se encontró con su abuela
apenas se abrió el portón, le
dio su portafolio, se dispuso a
caminar junto a ella y esperó el
pie que tanto deseaba: “¿cómo te
fue hoy?”, y así las seis
cuadras que separaban su casa de
la escuela se llenaban de
anécdotas.
A media noche, cuando terminó la
lluvia del viernes, en el sótano
desordenado de su casa, Felipe
vistió a Paloma con las
acuarelas de sus manos. Comenzó
a bosquejar líneas perdidas que
se entrecruzaban, se perdían
unas a las otras y se enamoraban
en sus ojos. Pero el recuerdo de
su rostro salvaje no era
demasiado fiel. Se desveló
mirando la luna y repitió una y
otra vez las palabras de Paloma,
aquel aire combativo de su tono
perturbado al hablar, lo dejaba
sin aliento.
Lunes 21 de julio. Con el
almíbar de un amanecer de
invierno, Felipe despertó de un
salto, los gritos lo vistieron
de un tirón. Otra vez había
amanecido en el sótano, y
aquello enfurecía a su madre,
pues conocía sus largas noches
en vela. Tropezó con unos tachos
de pintura seca, pegó una
rodilla contra una mesa de
hierro y resbaló con un papel
húmedo, hasta subir las
escaleras de madera. Ese lunes
estaba ansioso, debía peinarse
lo mejor posible y no presentar
ningún rasgo de desprolijidad,
desayunó un sorbo de leche y
partió con algunas galletitas en
la mano. Luego de caminar cuatro
cuadras eternas, llegó al portón
de hierro disimulando su agitada
respiración, saludó al encargado
recibiendo los elogios de
siempre por su pupitre y caminó
por el patio húmedo hasta llegar
al pasillo de cerámicas
celestes.
Buenos Aires había despertado
con el día más frío del año,
pero sin embargo, los alumnos
debían ubicarse en la formación
de la mañana, el patio aún
estaba oscuro, cercado por
pasillos de cerámicas que
ordenaban una tras otra las
puertas blancas de las aulas.
Mateo elevó su voz ronca como de
costumbre, terminando las frases
con una cierta demora, Isaías
movió los labios en una mímica
ridícula que copiaba la
insoportable voz de Mateo. Juan
y Lucas sólo intentaron contener
la risa. El canto del Aurora
espantaba las palomas del patio.
El frío hacía temblar los labios
morados y obligaba a cubrir las
manos con guantes, todos se
mantenían erguidos, con las
medias hasta las rodillas y los
guardapolvos azules recién
planchados.
Al finalizar el izado de la
bandera, el director anunció que
el día 26 de julio se haría el
baile destinado a la recaudación
de fondos para la construcción
del gimnasio. Los gritos se
escucharon más que los aplausos
tapizados de lana. A Felipe no
pareció importarle.
Al llegar a la puerta del aula
vio en la manija la bolsita
colgada, le parecía ser el
primero en llegar, se quedó un
instante parado frente a la
bolsa de papel, quiso mirar si
Paloma había llegado pero
seguramente la profesora Amparo
estaría dentro, no podía entrar
sin su ubicación. En ese momento
un saludo ronco lo asustó, Mateo
venía caminando del patio con
los ojos hinchados y su simpatía
tempranera casi inexplicable.
Felipe metió su mano, revolvió
un poco, tomó un papel y se
quedó unos segundos con la mano
adentro, luego revisó como
conociendo su destino a través
de su tacto y sacó
repentinamente otro papel;
“4-5”, tembló y abrió despacio
la puerta. Espió con rapidez. El
aula estaba vacía aún, sólo se
encontraba en su escritorio la
profesora Montenegro, que lo
saludó normalmente sin intuir su
frente transpirada y sus pasos
lentos.
Mateo sacó su papel sin
demasiada importancia, pues si
no le tocaba la primera fila
sabía que alguien se la cedería.
Abrió la puerta, saludó con un
grito y se dirigió a su lugar. A
Felipe se le cayó una gota de
transpiración por las mejillas,
Mateo se acercaba a su banco de
acompañante, lo miró con
nerviosismo y le sonrió casi sin
esperanzas. Él llegó a su banco
y puso su portafolio en el banco
de acompañante:
—¿Me mostrás tu pupitre? —le
dijo arrimándose a su lugar—.
Dicen que tiene cosas raras
—continuó con una risa que se
oía como un asno.
—¿Nos sentamos juntos? —le
contestó Felipe casi
desahuciado.
—No, no... me tocó 4-6, acá
atrás tuyo.
Volvió a sonreír. Mientras
golpeaba sus dedos en la madera
no dejaba que su mirada se
moviera de la puerta. Eran ya
las 7:30 hs. y la mayoría de los
alumnos habían llegado al aula,
todos pasaban a su lado y
desafiaban sus ilusiones, él
deseaba perdidamente que Paloma
se siente a su lado. Sólo
quedaban tres lugares libres. A
las 7:36 hs., después de mirar
su reloj, levantó la vista y la
vio entrar con dos amigas,
quienes a escondidas
intercambiaron sus papeles de
ubicación. Paloma caminó por la
hilera cuatro, y dejó el anhelo
de Felipe por el suelo cuando se
sentó al lado de Mateo y Sofía
ocupó el lugar al lado de él.
Todos estaban ubicados, creando
el cuchicheo del lunes que
pretendía contar las hazañas del
fin de semana. La profesora
Montenegro llamó la atención,
cortando de un chillido el
murmullo.
—Hoy alguien hizo trampa —gritó
en tono de chiste—, Paloma y
Sofía deben cambiarse de lugar
así como se cambiaron los
papeles al entrar.
El aula se despanzarró de
carcajadas y miradas que recién
comenzaban a despertarse, Paloma
no pudo evitar ponerse colorada
y Sofía levantó sus cosas,
mirando el suelo, casi enojada
con su propia actitud.
Felipe comenzó a temblar, con
una rapidez que no era suya,
corrió sus útiles para dejarle
más lugar, ordenó lo ya ordenado
y se acomodó en la silla sin
necesidad. Sólo miraba al
frente, mientras Paloma
instalaba su portafolio. Ella le
hizo una sonrisa tímida, él la
miró con cortesía.
Y sin precisar palabras,
fundaron la mañana más larga de
su vida. La profesora Montenegro
los miró y escribió la frase del
día: “Heridas y ojos son bocas
que nunca mienten”. Calderón de
la Barca.
Intentó escribir bien sobre la
esquina de la mesa, para no
molestarla con su codo
puntiagudo. Luego de la clase de
literatura, llegó al aula la
profesora de plástica. Paloma
había olvidado su lápiz punta
Nº5, él tenía miles de ellos.
—Me prestarías un lápiz, no
quiero que me ponga un
incumplimiento.
Su piel se translucía de nervios
y sus manos aceitadas de humedad
se habían vuelto torpes. No
sabía si sonreírle, si hablarle
o si simplemente extenderle el
lápiz. Con un movimiento brusco,
abrió el estuche de madera y
arrebató ante sus ojos tres
lápices.
—Te los regalo —le gritó con la
voz entrecortada.
—No hace falta, con uno está
bien.
Se sintió avergonzado por su
actitud, recogió sus hombros y
se tiró hacia atrás. En aquella
hora debían terminar un trabajo
que él ya había adelantado en su
casa, sacó la hoja y la dejó
reposar sobre la mesa mientras
la observaba a ella pintar, con
una tranquilidad que podía
traspasar su piel oscura.
Pensó en la frase de la
profesora Amparo, y supo que
jamás se borraría de su mente.
María Paloma Seiref era su
nombre, aún tenía 14 años, pero
su cuerpo había madurado hace
tiempo. Poseía piernas finas y
largas, manos de pianista y
gruesos labios morados que le
daban un tono salvaje a su
mirada gris, o quizá, un
recuerdo melancólico de sus
antepasados cubanos. Felipe
sintió en su perfume un sabor a
frutas del bosque, quiso
permanecer en ese momento
mirándola, sólo mirándola.
Había pasado una hora, la
profesora comenzaba a recoger
los trabajos. Paloma se apresuró
con una violencia arrolladora,
lo golpeó con el codo, y al
girar se dio cuenta de que él la
había estado mirando toda la
clase. Sin decirle nada, se dejó
ayudar por sus manos. Al
terminar la hora de plástica,
los dos entregaron sus trabajos.
El profesor Oscar Pescatore
ingresó al aula con un acelerado
suspiro de mal humor, saludó a
la clase y comenzó a dictar
fórmulas matemáticas. Luego
llegó el recreo, la clase de
geografía y ninguna palabra se
había intercalado entre ellos.
Apenas faltaban quince minutos
para partir y Felipe permanecía
en silencio, Paloma se quedaba
de espaldas, murmurando risas
con Sofía, a veces gritándole
chistes a Isaías.
Martes 22 de julio. Ya había
olvidado su labor de tallador de
pupitres por su compañera de
banco. Paloma se sentía
sumamente aburrida, miraba hacia
los costados buscando
complicidad de sus compañeros.
Se volvía hacia atrás para
hablar con Sofía y Mateo. Pero
en ningún momento se dirigía a
Felipe. Antes de partir, Paloma
encontró en su estuche un papel
doblado con una delicadeza
admirable.
“¿Quieres ir al baile conmigo?”,
enrolló el papel y lo miró.
Felipe ya no estaba. Se enfrentó
con el pupitre y descubrió su
rostro en la madera, nunca se
había visto tan real.
Nuevamente Felipe despertó en el
sótano, con los huesos torcidos
y una sensación de no haber
dormido. Pintaba el retrato
hasta que el sueño lo vencía
sobre la mesa.
Miércoles 23 de julio. Paloma
estaba conmovida, luego de ver
el tallado de Felipe sintió
ganas de no hablar, y dejar que
las miradas hagan su trabajo. En
la clase de zoología
compartieron un trabajo de
laboratorio, rieron juntos
mientras inspeccionaban una rana
muerta. Sin ninguna invitación
de por medio, los dos se
volvieron juntos caminando, ella
habló casi todo el camino, él la
miró con una suavidad
impalpable.
Jueves 24 de julio. Era una
mañana tormentosa, los bancos
vacíos eran excusas de
inasistencias destinadas, Juan
vivía en calle de tierra y jamás
la cruzaba cuando llovía. Paloma
tomó, como era habitual, la
palabra, con un poco de
altanería lo interrogó en medio
de la clase de matemáticas:
—¿Aún quieres ir al baile
conmigo? —le dijo con una
sonrisa blanca.
Esa noche se sintió abrumado por
su belleza cuando entró al
sótano. Un rectángulo sofocado
entre polvos de papel ajado y
pinturas sin usar, del cual ya
se había acostumbrado, como a su
insufrible olor a humedad.
Apenas ingresaban algunas
delgadas líneas de luna por sus
encajonadas ventanas,
destellándose sobre los
bosquejos desparramados.
Devorado por una sensación de
vigilia, se abrigó con una
cobija apelmazada y tomó un
carboncillo negro. Lastimó el
papel con la melancolía de una
radio encendida, y lejanos
lamentos de sus padres ante la
noticia de que Eva Perón estaba
muy grave. Cuando se quedó
dormido sobre el papel ya había
terminado de pintar a Paloma.
Viernes 25 de julio. Como de
costumbre, despertó
sobresaltado, con el rostro
pegado al retrato, tenía la
mejilla manchada con pintura, y
el cuello enroscado. Al mirar el
retrato vio que la humedad de su
rostro sobre el papel había
surcado una gota en los ojos de
su modelo. Parecía una lágrima.
Ese día Paloma faltó a la
escuela. Nunca más volvió a
vestir el guardapolvo azul.
La esperó en el baile, pero la
muerte de Eva Perón, ese sábado
26 de julio a las 20:25 hs.,
suspendió la fiesta. Jamás quitó
esa lágrima de su rostro de
papel... Todo terminó, y cada
cual siguió su camino.
Los diarios vespertinos
titulaban “NEFASTA RECESIÓN. Más
de 70 mil despidos de
trabajadores industriales”. Los
ideales políticos de 1962
intentaban desgarrar a la
Argentina de su pasado
peronista, enterrando el lugar
de los obreros y los jóvenes
tras liberales medidas
económicas.
El cemento de la Avenida de Mayo
ardía entre las zapatillas
gastadas de los protestantes,
envuelta en una bandera blanca,
caminaba delante de la multitud
de jóvenes, gritando palabras
coreadas. Llevaba una remera
roja manchada con tres
iniciales, PCR; Partido
Comunista Revolucionario. Paloma
tenía los ojos distintos,
combatían un pasado insuperable.
Pensó que si cada ser pudiera
elegir el lugar y el tiempo en
que nacer, jamás lo haría,
porque no existe el molde de
tiempo ni de lugar que todos
buscamos. Por lo menos no en
este mundo, por lo menos no para
ella.
La vereda del café Tortoni se
recubría con el matiz de unos
retratos dispersos. Sentado
sobre los mosaicos atraía la
atención de los turistas y de
los elegantes señores que salían
del café. Su mano atendía los
pedidos de arte en tan sólo unos
minutos, rodeado de hojas
pintadas y un atril con su mejor
retrato, allí estaba Felipe del
Pino, retratando rostros
anónimos por algunos pesos.
—“Heridas y ojos son bocas que
nunca mienten” —repitió Paloma
al encontrarse con su retrato
mientras pasaba la protesta.
Felipe sintió un ligero temblor
en las piernas.
—Ese retrato es lo más sincero
que recuerdo de ese día.
Aquella voz lo perturbó, no
quería levantar la mirada del
papel.
—¿Me puede volver a retratar?
Pero esta vez deseo una sonrisa
—interrogó dejando nuevamente
sus labios sin palabras. Él
disfrazó la emoción con una
sutil curva entre sus mejillas.
—-¿No estoy más linda? —preguntó
con la voz ahogada en un llanto
amenazante.
—¿Por qué faltaste ese viernes?,
te esperé —dijo levantando sus
melancólicos ojos café. Había
ensayado esas palabras cada
noche al mirar su cuadro.
—Esa noche dejé caer mi última
lágrima, mi padre quiso estar en
su tierra, huyó del país con sus
ideales, luego lo mataron. Nunca
supe por qué. Hace unas semanas
volví, para hacer justicia, pero
ahora que veo que el tiempo
pasó, me siento cansada.
Y sus palabras lo golpearon con
violencia, estaba tan hermosa,
sus ojos se habían vuelto
turbios y su piel parecía más
morena.
Tomó una hoja sin usar, eligió
un lápiz fino y la sentó delante
de él. No dijeron nada más. No
necesitaron las palabras, el
retrato fue un puñal del pasado
incrustado en el presente. El
amor había sido su silencio más
hermoso. Él la volvió a mirar
como en aquel viernes de lluvia,
con la miel de sus manos desnudó
de sus ojos una lágrima. Ella
permaneció sentada, quizás
recordando, o quizás olvidando
sus heridas. Y volvieron a ser
el niño del pupitre y la mulata
ardiente de la escuela Normal.
Así lo quisieron.
Pues sus ojos con sus heridas no
podían mentir, como dos labios
en un beso intangible.
Gentileza: volar [
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