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Mi encuentro con Brecht en
Milán, 1956
Por Rossana Rossanda
Me encontré con Brecht en Milán
en 1956, en el ensayo general de
la Opera de tres centavos puesta
en escena por Giorgio Strehler
con gran escándalo de la
burguesía milanesa y debates
acalorados en el concejo
comunal. La censura estaba
todavía en vigor y así se
mantendría hasta fines de 1963.
En el Piccolo Teatro, que había
tenido la venia de la
Presidencia del Concejo, estaban
muy ansiosos. Brecht no iba para
vigilar, iba para ver. Gris y
prolijo con una chaqueta à la
Mao, los ojos agudos tras lentes
redondos, flequillo sobre la
frente despejada, estaba
divertido por la interpretación
de Strehler, tanto más colorida
que la suya, toda atravesada de
estremecimientos, que
encontraría algunos años después
en Berlín. El texto, decía,
tiene que ser usado cómo más
convenga para provocar en el
espectador aquel “ah, es así”,
que impedía el “consumo
gastronómico” de las acciones en
escena, y toda identificación
con el personaje –el teatro era
teatro, no debía ser realista,
debía “extrañar”. Y aquella
tarde el extrañado era él,
contento de que funcionase
cierto jaleo a la italiana; le
gustó el Mackie Mecer de Tino
Carraro y la Milly encontrada
por Strehler y Gras en el
cabaret. No sabía gran cosa de
Italia y escuchaba con alguna
distancia el extrovertido
lenguaje de Paolo Grassi. Tenía
idea de ir a la mañana siguiente
a Arcetri para ver el lugar
donde estuvo recluido Galileo;
creía que estaba a dos pasos y
lo tuvimos que decepcionar.
Debía ser recibido por el
alcalde al mediodía, pero si
recuerdo bien, no hizo ninguna
conferencia de prensa, estuvo
aquí y allá, siempre cortés con
su chaqueta y sosteniéndose la
gorra, la voz queda y pocos
gestos –aun dirigiendo a los
actores—: parecía un maestro de
mediana edad. Un poco
desconfiado y curioso. No
parecía enfermo, pero el corazón
lo había atormentado desde su
nacimiento. Moriría pocos meses
después, el 14 de agosto, y en
1960 yo tropezaría sobre su
tumba, dos rocas frente a un
pequeño muro en el cementerio de
la Dorotea [en Berlín].
Lo acompañé durante dos días,
pero entre su reserva y mi
alemán, no se puede decir que
tuviéramos un verdadero diálogo.
Estaba intimidada. En Turín y
Milán habíamos leído todo su
teatro, cuyas espléndidas
traducciones Gerardo Guerrieri
publicaba para Einaudi; en la
Casa de la Cultura, con la
excusa de que era un club
privado, se lo hacíamos recitar
a Enrico Rame, hermano de
Franca. Conocíamos las poesías
gracias a Fertonani, y Fortín
nos entretenía con el Me-ti o
con Las historias del
calendario. Estábamos en la
vigilia del diluvio –informe
secreto de Kruschov, revolución
húngara, los tanques soviéticos
en Budapest–, y cuando sucedió
todo esto, me pareció una
benevolencia de los dioses que
Brecht hubiese muerto un mes
antes.
Porque su caso es paradójico. No
hubo en el siglo XX poeta o
dramaturgo más comprometido que
él, más rigurosamente marxista y
revolucionario, pero ninguno fue
menos amado no sólo por los
burgueses, sino también por los
partidos comunistas y los
gobiernos “socialistas”. Había
estado cerca de los comunistas
en los años veinte, pero parece
que nunca se afilió a ese
partido, y cuando después de un
largo exilio, ya terminada la
guerra mundial, retornó a
Europa, hizo una pausa en Suiza
para meditar sobre cuál Alemania
escoger. Si eligió el Este, fue
para no estar en el Oeste. Pero
no adhirió a la SED [Partido
Socialista Unificado de
Alemania, en el poder en la
RDA], y fue, como máximo,
tolerado, después de todo, era
una gloria nacional. En 1953
había apoyado la huelga y había
protestado contra la represión,
pero su carta fue publicada
mutilada, y fue agitada hacia el
Oeste como una culpa. Del Este
apreciaba sólo la posición a
favor de la paz, poco le
importaba por qué razón. La
primera guerra mundial lo había
marcado para siempre, y un poema
suyo, La leyenda del soldado, le
había procurado peligros siendo
todavía estudiante. Siempre
juzgó la guerra como una
carnicería orquestada por los
poderosos, tenía horror a la
retórica militar, y cuando
aceptó el premio Stalin por la
paz, lo acompañó de un discurso
que no fue bien recibido. Ya
hacía algunos años que había
muerto cuando el responsable de
cultura de la SED, el no por
cierto inculto Alfred Kurella,
me lo definió con desprecio como
una especie de radical, un
anárquico que estaba bien para
los burgueses pero no para los
proletarios, siéndole del todo
extraña la idea del socialismo
(por la ausencia en su obra de
un héroe positivo). Ni aún por
haber escrito los dos dramas
didácticos más célebres, La
excepción y la regla y La
medida, pudo encontrar el favor
de los comunistas: en el
primero, un tribunal argumenta
el veredicto de no culpabilidad
del mercader que, atravesando el
desierto, asesina a su guía
cuando éste se da vuelta de
improviso para ofrecerle un poco
de agua: tenía razones para
creer, por el maltrato con que
lo había obseguiado antes, que
lo quisiera asesinar; por lo
tanto, se trataba de legítima
defensa. En el segundo, el joven
compañero, enviado a una mítica
China a organizar un núcleo del
partido, se había visto
descubierto muchas veces en
defensa de quien veía
intolerablemente oprimido, había
así comprometido la causa y
aceptaba ser condenado a muerte,
de compañero a compañero. Los
dos textos suscitaron entre los
comunistas críticas furiosas. Y
mucho más tarde, la última gran
pieza, El círculo de tiza
caucasiano, no obtuvo ni
siquiera una palabra del Neues
Deutschland [el órgano oficial
de la SED]. Brecht no fue
anárquico, consideraba la
organización una necesidad para
el proletariado: hasta escribió
versos exaltando el partido.
Pero, pasada la atmósfera de los
primeros años veinte, los
partidos no se podían reconocer
en ellos. Estaba todavía en
Alemania cuando montó la
reelaboración de la Beggar´s
opera de John Gay y luego su
Opera de tres centavos, y tuvo
un verdadero éxito: pero como
Baal o Un hombre es un hombre o
Ascenso y caída de la ciudad de
Mahagonny, aquellas obras no
tenían nada que ver con el
realismo. Llevan hasta el fondo
la necesidad de revolución
también de las formas que se
desbordaba después de la guerra,
y que fascina a Piscator o a
Toller: escenografía despojada e
interpretación abierta.
Después escribirá desde
Dinamarca, donde debió irse
rápidamente en 1933 y donde se
despliega su lucha con Gershrom
Scholem por el alma, se puede
decir así, de Walter Benjamin.
Amigo cercano, no obstante las
advertencias de Adorno, que
desconfiaba porque Brecht pasaba
por comunista, y lo era, con
partido o sin él. Pero tanto
Brecht como Adorno, o como casi
todos los otros grandes, se las
habían arreglado para salvarse.
Brecht habría confesado también
su amor por el arte de vivir, en
el sentido de escapar, mientras
que lo de Benjamin fue un
abandono total, y después de
unos años de penurias en París,
se mataría en Port Bou, tras un
intento fallido, que lo había
dejado exhausto, de pasar la
frontera española.
Con la guerra cada vez más
cerca, Brecht pasó primero por
Finlandia y luego se fue a los
Estados Unidos. Tenía ya consigo
a aquellos con quienes había
hecho y haría teatro, que no es
obra de un hombre solo, desde
Caspar Neher a Regine Lutz,
pasando por los amados Hans
Eisler, Kurt Weill y su mujer
Lotte Lenya, que cantaba como
ninguna sus canciones, como la
de Dessau, donde el pegadizo
music hall envolvía versos
feroces. Y tenía cerca a sus
colaboradoras, todas además sus
amantes, sobre todo Ruth Bernau,
a quien amaba mucho, embarazaba
y mantenía a su lado junto a los
niños –de al menos tres mujeres
diferentes– bajo la mirada de la
esposa-madre Malene Weigel.
También esto le fue reprochado,
como si hubiera explotado a
todas y a todos: no negaba que
exigía y tomaba mucho de los
demás, pero –como dice Regine
Lutz– daba también muchísimo, y
trabajar con él era una larga
fiesta. Debía ser así, ya que
aquel connubio no se disgregó.
La experiencia mas negativa la
vivió en Estados Unidos, que lo
acogió en California en una casa
encantadora con palmeras, pero
que él dejó rápido junto a su
tribu: aunque Hollywood también
lo dejó rápido a él. Sus guiones
no le funcionaban a nadie, ni
siquiera a Fritz Lang. Su único
amigo fue el actor Charles
Laughton, que tradujo al inglés
e interpretó La vida de Galileo
–pero el estreno tuvo una
acogida bastante moderada,
quizás más debida al actor que
al texto. Por lo demás, si
Estados Unidos no lo amó (hasta
fue investigado por la Comisión
de actividades antiamericanas),
él tampoco amó a los Estados
Unidos: De estas ciudades
quedará sólo lo que las
atraviesa, el viento.
Brecht fue un hombre de una
época pero de ninguna parte, de
ningún lugar. El dolor del mundo
se volvió en él furia razonada,
y la furia y la razón se
volvieron poesía y dramaturgia
–el Lukacs tardío lo
consideraría el más grande poeta
del siglo. Sus cuartetas y sus
canciones tecleadas en la
Underwood impresionan. Las pocas
correcciones con bolígrafo
muestran una grafía gótica aguda
y regular.
En 1956 no pensaba morir, ni yo
tuve el coraje de hacerle las
preguntas que se me agolpan hoy.
Toda la existencia es una
oportunidad perdida, palabras no
dichas. Había escrito una larga
poesía para aquellos que vendrán
después, A los descendientes; no
sé de qué año es, la imagino
posterior a 1953, la amo mucho.
El, Bertolt Brecht, originario
de la Selva Negra, parece pedir
perdón – su generación, dice, ha
vivido en tiempos oscuros, a las
corridas, distraída, sumida en
las guerras de clase, cambiando
más a menudo de países que de
zapatos, sin mirar a los
árboles, amando con distracción.
No pudo ser amigable. “Pero
ustedes que vendrán después y
que vivirán en un mundo en donde
el hombre será amigo del hombre,
piensen en nosotros con
indulgencia.
Rossana Rossanda es una
escritora y analista política
italiana, cofundadora del
cotidiano comunista italiano Il
Manifesto. Acaban de aparecer en
Italia sus muy recomendables
memorias políticas: La ragazza
del secolo scorso [La muchacha
del siglo pasado], Einaudi, Roma
2005. El lector interesado puede
escuchar una entrevista
radiofónica (25 de enero de
2006) a Rossanda sobre su libro
de memorias en Radio Popolare:
parte 1 : siglo XX; octubre de
1917, mayo 1968, Berlinguer, el
imperdonable suicidio del PCI,
movimiento antiglobalización,
feminismo; una generación
derrotada; y parte 2 : zapatismo;
clase obrera de postguerra; el
discurso político de la memoria;
Castro y Trotsky; estalinismo;
elogio de una generación que
quiso cambiar el mundo.
Gentileza: @ volar [
volar_2004@yahoo.com.ar ]
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