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La FIAT, el clasismo y las
enseñanzas de la izquierda
revolucionaria
A propósito de las Lecciones de
batalla de Gregorio Flores
Por Néstor
Kohan
FIAT: del consejismo italiano al
clasismo cordobés
La FIAT constituye una empresa
monopólica que opera a nivel
mundial. La rama industrial
automovilística ha sido hasta
ahora fundamental en el
capitalismo contemporáneo a tal
punto que algunas escuelas
sociológicas han apelado a los
términos de “fordismo”
—ampliamente utilizado por
Gramsci en sus Cuadernos de la
cárcel— o de “toyotismo” para
designar fases históricas
completas del desarrollo
capitalista. En ambos casos se
adopta el nombre de una empresa
de automóviles (FORD, de origen
estadounidense; TOYOTA, de
origen japonés) como síntesis de
toda una época social.
En su propia historia la FIAT
(de origen italiano) fue
implementando los distintos
modos de gestión capitalista
generando, al mismo tiempo,
diversas modalidades y
experiencias políticas de
resistencia obrera.
Durante las primeras décadas del
siglo XX los trabajadores de la
FIAT encabezaron en Turín una
lucha emblemática. Se la conoció
como el “bienio rojo”. De la
mano precisamente de Antonio
Gramsci y del periódico L’Ordine
Nuovo los obreros de FIAT
conformaron los consejos, dando
origen a toda una corriente del
socialismo revolucionario a
nivel mundial y fundando, en
Italia, el por entonces
combativo Partido Comunista.
Más tarde, en los ’60, nuevas
camadas de trabajadores rebeldes
volvieron a la carga contra la
dominación patronal, tanto en la
rama automovilística como en
industrias afines. Así nacieron
las Brigadas Rojas
(principalmente en la fábrica
Pirelli de neumáticos, apéndice
de las grandes corporaciones de
autos) y en forma paralela el
obrerismo italiano (1).
Aunque muchas veces la izquierda
extraparlamentaria italiana no
lo supo comprender a fondo, o al
menos no intentó trascender en
la práctica más allá de sus
propias fronteras, las empresas
contra las cuales estas
corrientes luchaban ejercían una
dominación en escala
internacional. Numerosas luchas
italianas de los años ’60 y ’70,
aunque abnegadas, radicales y
heroicas, no alcanzaron a cruzar
su límite provinciano. Fueron
únicamente italianas. No
supieron o no pudieron tejer
alianzas concretas con las
rebeldías revolucionarias del
Tercer Mundo (2).
Porque la FIAT no sólo operaba
en el norte italiano. Fiel
exponente del capital
imperialista, también actuaba en
la periferia del mercado mundial
donde lograba extraer un
plusvalor extraordinario
basándose en una
superexplotación de la fuerza de
trabajo de las sociedades
capitalistas dependientes,
semicoloniales y periféricas. En
este sentido, el caso de la
Argentina resulta emblemático.
En este país, durante el primer
gobierno peronista (1946-1952),
existía en la provincia de
Córdoba —centro de la región— la
fábrica de aviones que tenía el
nombre de Industrias Mecánicas
del Estado (IME). Allí además se
fabricaban el automóvil Graciela
y la motocicleta Puma. La
primera fábrica automotriz de
capital privado (y origen
norteamericano) se instala en la
provincia de Córdoba en 1953,
durante el segundo gobierno
peronista. Toma el nombre de
Industrias Kaiser Argentina (IKA),
actualmente absorbida por la
empresa Renault de capitales
franceses. Apenas un año
después, se instala la empresa
FIAT Concord —que absorbe la
empresa local de tractores
Pampa—. En sus comienzos FIAT
Concord se dedica a la
producción de tractores FIAT.
Luego esta empresa crece e
instala la fábrica FIAT Materfer
(que produce material
ferroviario), la planta de
grandes motores Diesel (FIAT GMD)
y la FIAT Caseros. En 1964 FIAT
Concord construye su planta de
automóviles y la planta de
Forja.
A esos primeros impulsos y
beneficios otorgados a la FIAT
(exportadora de capitales, no
sólo de mercancías, como toda
empresa imperialista) por el
gobierno del general Perón,
seguirán las medidas y
prerrogativas del gobierno de
Arturo Frondizi (1958-1962). En
ambos casos se exime a la
empresa imperialista de
impuestos, con el pretexto de
que “la producción de
maquinarias para el agro
favorece el desarrollo
industrial”. Una vez más —una
constante en la historia
argentina— el Estado juega en
auxilio del capital privado,
subsidiando especialmente al
capital monopólico.
Se trata de la etapa del
capitalismo local donde penetran
a todo vapor una nueva avanzada
de capitales monopólicos
imperialistas que, alentados y
protegidos por la burguesía
vernácula —mal llamada
“burguesía nacional” cuando sólo
se toma en cuenta su retórica y
no su práctica real—, vienen a
extraer una renta gigantesca
explotando, con apoyo estatal,
el trabajo ajeno. De este modo
el empresariado local y sus
cuadros políticos y militares
(tanto los “nacionalistas” como
los desarrollistas) intentan
resolver la crisis de
acumulación del capitalismo
argentino basado hasta poco
tiempo antes en el uso extensivo
de la fuerza de trabajo y en el
predominio del capital variable
sobre el capital constante. Las
inversiones en la rama
automovilística dan una nueva
vuelta de tuerca a la crisis del
capitalismo nativo cuyas
principales fracciones de
capital venían reclamando, desde
el congreso (peronista) de la
productividad, el reforzamiento
de la explotación obrera y la
intensificación de los ritmos de
trabajo.
En ese contexto de
“modernización” del capitalismo
argentino, completamente
subordinado y dependiente del
capital imperialista mundial, la
FIAT se instala en la provincia
de Córdoba. De este modo nacen
las fábricas FIAT-Concord y FIAT-Materfer.
Justamente en estas empresas se
desarrollará una de las
experiencias más significativas
de la lucha de la clase obrera
argentina.
El sindicalismo clasista
En términos generales el
concepto de “clasismo” hace
referencia a la práctica
sindical y política de aquellas
fracciones de la clase obrera y
trabajadora que han logrado
construir, a través de un
proceso histórico de lucha y
confrontación, una identidad
social, una estructura de
sentimiento y una conciencia
colectiva de su antagonismo
irreductible con las clases
explotadoras, dominantes,
hegemónicas y dirigentes.
En este sentido sumamente amplio
del término, existen numerosas
experiencias de lucha de la
clase obrera argentina —hegemonizadas
en su historia por anarquistas,
socialistas, comunistas,
trotskistas, maoístas, de
diversas vertientes de la nueva
izquierda, etc.— que han sido
“clasistas”. Siempre que la
clase obrera vive, se piensa a
sí misma y actúa como clase para
sí, es decir, como sujeto
histórico autónomo e
independiente frente al conjunto
de la sociedad, excediendo su
interés inmediato corporativo,
desarrolla prácticas clasistas.
Cuando logra combinar ese
clasismo —centrado en la
independencia política de clase—
con el acaudillamiento de otras
fracciones sociales detrás de
sus mismas banderas, la
independencia de clase se
articula con la hegemonía
socialista. Lamentablemente, la
mayor parte de las veces que ha
podido desarrollar experiencias
clasistas de lucha, la clase
obrera no ha sido hegemónica y
cuando se esforzó por ser
hegemónica, ha perdido o diluido
su clasismo. Combinar ambas
tareas, al mismo tiempo, resulta
el gran desafío pendiente para
tomar la iniciativa política y
constituirse como sujeto
principal de la revolución
social. (Obviamente queda
pendiente la discusión y abierto
el debate si puede haber
clasismo y hegemonía socialista
cuando la clase obrera se vive,
piensa y actúa —incluso con un
altísimo grado de indisciplina
social, combatividad y heroísmo—
como “columna vertebral” de un
movimiento nacional policlasista
que ella no dirige y al que se
subordina táctica y
estratégicamente. En ese caso la
clase puede ser “columna
vertebral” del movimiento,
“carne”, “nervio”, “sangre”,
“espalda”, incluso “costilla”, o
“rodilla”... pero nunca cerebro.
Desde nuestro punto de vista,
hasta que la clase trabajadora
—o al menos sus segmentos más
organizados, decididos y
aguerridos— no se viva, piense,
se identifique, sienta y actúe
como cerebro, es decir, como
sujeto colectivo autónomo frente
al Estado, las instituciones
burguesas, la burocracia
sindical y los partidos
políticos tradicionales, la
posibilidad del clasismo se
desdibuja y diluye rápidamente.
El heroísmo y la combatividad de
los trabajadores —demostrados
mil veces en nuestra historia—
terminan siendo políticamente
capitalizados por otras clases.
Pero igual esa discusión sigue
abierta).
Ahora bien, en términos
históricos más restringidos,
precisos y delimitados, por
“clasismo” se entiende una
experiencia particular de la
clase obrera argentina: la
protagonizada por los sindicatos
SITRAC (de FIAT-Concord) y
SITRAM (de FIAT-Materfer) a
comienzos de la década del ’70.
Estos sindicatos, impulsores
centrales, junto a Tosco, del
“Viborazo” en 1971 —rebelión
popular de masas en la provincia
de Córdoba contra la dictadura
militar— constituyeron parte de
la vanguardia revolucionaria del
movimiento social argentino
durante aquel período crucial de
nuestra historia. Se
caracterizaron por recuperar
para los trabajadores la
organización de los sindicatos,
hasta ese momento en manos de la
burocracia sindical
(principalmente de la Unión
Obrera Metalúrgica-UOM). Esa
recuperación implicó un altísimo
nivel de confrontación con las
patronales, llegando en varias
ocasiones a la ocupación de las
plantas automotrices y a la toma
de rehenes —decididas en
asambleas masivas— de los
principales directivos de la
empresa FIAT.
Retomando y profundizando
anteriores experiencias
históricas de clase, con la
emergencia del clasismo del
SITRAC-SITRAM el sindicato
comienza a reclamar a la
patronal muchísimo más que el
salario, incluyendo en sus
ambiciosos programas hasta
problemas de sexualidad de los
trabajadores motivados por la
altísima explotación fabril.
Junto a la ampliación de los
reclamos y a la radicalización
de los programas, el clasismo
del SITRAC-SITRAM se caracterizó
por el funcionamiento
democrático permanente en
asamblea. Su consigna política
de cabecera, en plena dictadura
militar, fue “Ni golpe, ni
elección... revolución”.
El SITRAC-SITRAM fue disuelto
por la dictadura militar en
octubre de 1971, cuando miles de
efectivos de la Gendarmería y la
infantería de la policía
provincial de Córdoba
irrumpieron en las fábricas de
FIAT y en la sede sindical. La
represión fue brutal. Fueron
cesanteados de la FIAT 250
obreros y otros 200 fueron
detenidos o tuvieron órdenes
militares de captura. La empresa
FIAT Concord “donó” 5.000.000 de
pesos ($) al III Cuerpo del
Ejército argentino con asiento
en la provincia de Córdoba para
esta operación.
El balance maduro de la clase
obrera combatiente
Uno de los principales
dirigentes históricos del
clasismo argentino (tanto en el
sentido amplio como en este
sentido más delimitado y preciso
del concepto) es Gregorio
Flores. Trabajador de FIAT
Concord, dirigente del SITRAC y
protagonista central de esa
lucha heroica contra la FIAT,
contra la dictadura militar de
los generales Onganía-Levingston-Lanusse
y contra toda la clase dominante
(de origen nativo y extranjero),
Flores ha escrito y publicado
recientemente sus memorias. Con
mucha mesura y nada de
exageración, las ha titulado
Lecciones de batalla (3).
En esas páginas maduras pero
apasionadas, dirigidas a
“aquellos jóvenes de las nuevas
generaciones que se están
iniciando en esta noble tarea
como es la militancia a favor de
los oprimidos y los explotados”,
el autor aclara qué entiende por
“clasismo”: “una corriente
clasista debe tener una
caracterización del Estado, del
régimen político y de los
partidos políticos populares
que, como el PJ [Partido
Justicialista], la UCR [Unión
Cívica Radical] y el PI [Partido
Intransigente], representan
intereses de los patrones, que
por cierto son contrarios a los
intereses de los trabajadores”
(Lecciones de batalla, p.123).
Los relatos y reflexiones de
Gregorio Flores —“Goyo” Flores
para sus amigos y compañeros—
son los recuerdos y los balances
de un militante maduro.
Sintetizan el aprendizaje
político de un humilde
trabajador que sufre en su
propio cuerpo y ya desde su
infancia toda la crueldad de un
sistema perverso de explotación,
exclusión y dominación: desde el
hambre, la miseria, la falta de
higiene y educación durante la
infancia (que él narra en el
primer capítulo del libro),
pasando por la explotación
fabril desde su primera
juventud, la represión patronal
y burocrática hasta llegar a la
prisión dictatorial.
Su trayectoria personal e
individual resume la experiencia
de un segmento, quizás no
mayoritario pero sí
importantísimo y altamente
significativo del proletariado
argentino y fundamentalmente de
sus sectores política e
ideológicamente más avanzados.
Es decir que, utilizando un
concepto que hoy no está de moda
ni goza de buena prensa en la
Academia y en los grandes medios
de (in)comunicación, el
testimonio de Flores sintetiza y
expresa a un sector específico
de la vanguardia (4). Aquellos
que en su práctica cotidiana de
vida llegaron a vivenciar y
visualizar que la lucha social
nunca puede quedar limitada a un
mero abanico de reivindicaciones
económicas —por más avanzado,
diverso u original que sea— sino
que debe ir más allá, superar
sus límites, “sacar los pies del
plato” y enfrentarse con todos
los medios posibles
(organización sindical, lucha
política, disputa ideológica e
incluso confrontación
político-militar) al poder
concentrado de la clase
capitalista en su conjunto.
La prosa de Goyo Flores,
sencilla, amena, cautivante y
directa, no brota de los papers
de un posgrado de una
universidad privada ni de un
suplemento comercial de la
prensa “seria”. Sus páginas
nacen de la experiencia vivida
en la confrontación cuerpo a
cuerpo con los déspotas del
mundo contemporáneo y sus
serviles ayudantes al interior
de los sindicatos y fábricas.
Flores no copia esquemas,
slogans, consignas ni frases
hechas. Razona en voz alta. Este
libro transmite, genuinamente,
una reflexión con todas las
letras. Por eso, incluso,
contiene algunas ambivalencias,
como quien relata en voz alta o
transfiere al papel sus propias
dudas, aquello que “no le
cierra” y los debates que
permanecen abiertos. Escrito
desde el punto de vista
inclaudicable de la clase
trabajadora, el autor no habla
desde el pedestal ni desde
ningún púlpito. No da misa. Su
testimonio de lucha y de
compromiso es totalmente
humilde. A años luz de cualquier
altanería o petulancia —de esas
que tanto abundan en los ex
revolucionarios, hoy quebrados,
que viven lustrando sus medallas
pretéritas para suplir y
compensar su deserción actual—
Flores no teme confesar sus
dudas ni mostrar sus
limitaciones. El texto está
repleto de expresiones como las
siguientes: “según lo que yo
puedo entender...”; “al menos es
lo que yo viví...”; “era la
primera vez que hablaba,
temblaba como una hoja...”;
“dentro de mis limitaciones y
dentro de la escasez de
conocimientos que tengo...”, etc,
etc. No es casual que cuanto más
radical se torna en sus
conclusiones políticas y en sus
“lecciones de batallas”, más
modesto resulta en su forma de
razonar (5).
El autor no repite en sus libros
—ni en este ni en sus
anteriores— un libreto ya
cocinado, masticado y digerido
sino que va recorriendo junto al
público lector su propia
experiencia y las lecciones que
va extrayendo de las mismas a
través de su paso por diversos
puestos de lucha, en la fábrica,
en el sindicato, en partidos
políticos de clase e incluso en
organizaciones
político-militares.
Si hubiera que destacar una
confesión fundamental del autor,
probablemente sea ésta:
“Luchamos por aquello en lo que
creíamos, por eso no estoy
arrepentido de nada”. Entiéndase
bien: Flores reflexiona sobre
aciertos y errores, virtudes y
limitaciones. No hace apología
barata. Pero rescata lo
sustancial: la lucha
revolucionaria por el poder, la
organización clasista de la
clase trabajadora y la
confrontación directa con el
aparato de Estado. Experiencias
que, considera, deben recrearse
y rescatarse para las luchas
futuras.
¡Qué notable contraste con tanto
relato mediático y comercial de
ex militantes revolucionarios,
hoy convertidos en tristes
arrepentidos y quebrados! (6).
El testimonio de Gregorio Flores
es precisamente la antítesis de
esas reconstrucciones a
posteriori, confeccionadas mitad
para vender libros y mitad para
autojustificarse por haber
abandonado la lucha y haberse
rendido ideológica y
políticamente ante la corriente
hegemónica.
La formación política y el
estudio, tareas impostergables
Uno de los aspectos más
interesantes y más actuales de
la reconstrucción histórica que
intenta realizar Goyo Flores
tiene que ver con la necesidad
del estudio y la formación
política. Y decimos actualidad
porque si bien es cierto que la
ideología del
antiintelectualismo populista
posee larga data en nuestro
país, desde 1983 [fin de la
dictadura militar] a la fecha el
déficit de formación de la
militancia social y política se
ha tornado preocupante. Luego de
la sangrienta represión
dictatorial que se cobró la vida
de los mejores cuadros
revolucionarios de toda una
generación, la orfandad teórica
y política creció de manera
geométrica. A los efectos de esa
represión genocida, que diezmó
los mejores cuadros del
movimiento social, se le sumó la
difusión de la ideología
antiintelectualista de nefastas
consecuencias prácticas.
El desprecio por los libros, por
el estudio y por la formación no
brotan del pueblo humilde y
trabajador que, por el
contrario, siempre aspira a que
sus hijos puedan estudiar y
formarse (incluso como una vía
de ascenso social). Por el
contrario, quienes más difunden
y fomentan los prejuicios
antiintelectualistas —“el pueblo
no necesita teorías”; “leer es
para los pequeños burgueses
universitarios”; “los libros no
enseñan nada, lo importante es
la universidad de la calle”; “el
pueblo ya sabe todo, no hace
falta estudiar”, “lo importante
es ir a «lo concreto»... ¡basta
de discusiones abstractas!”—
son... los mismos intelectuales
(populistas). La mayoría de
ellos han accedido a la “alta
cultura” letrada y luego
predican la ignorancia como
panacea universal. En síntesis:
el antiintelectualismo
constituye un típico discurso
prefabricado por intelectuales,
un objeto de consumo que ellos
no consumen. Por lo general
intelectuales que quieren
monopolizar su saber en lugar de
socializarlo. Por eso predican
para los demás lo que ellos no
hacen.
Rompiendo amarras con esos
discursos populistas —falsa y
tramposamente “horizontalistas”—
que tanto daño han hecho y
siguen haciendo, Gregorio
Flores, obrero industrial que
desde lo más profundo del seno
del pueblo se crió entre la
miseria, la pobreza y la
ignorancia, insiste
obsesivamente en sus memorias
con la imperiosa necesidad que
todo militante revolucionario
tiene de leer y formarse
teóricamente.
En un primer momento Flores
plantea: “Mi experiencia en la
huelga de 1965 me dejó la
convicción de la necesidad de
leer y estudiar. Yo sentía que
era un bruto, que no entendía
nada” (Lecciones de batalla,
p.22). Entre esas primeras
lecturas, Flores señala el papel
positivo jugado por El hombre
Mediocre de José Ingenieros.
“Ingenieros me despertó. Me
impresionó el tema de la lucha
por un ideal” (Lecciones de
batalla, p.22).
Llama la atención que Agustín
Tosco también haya destacado el
papel de Ingenieros —el
antipositivista de El hombre
Mediocre, no el criminólogo
sarmientino— en su primera
formación ideológica. Cuando un
periodista lo interrogó
preguntándole cómo llegó a las
convicciones marxistas, Tosco le
respondió: “A través de la
lectura. Yo estudié en la
escuela primaria y luego hice un
curso de cuatro años en una
escuela técnica. Más tarde en la
Universidad tecnológica, donde
me recibí de electrotécnico. Por
lo demás leí lo que cayó en mis
manos: José Ingenieros,
fundamentalmente, y también
novelas y ensayos sobre los
problemas del movimiento obrero”
(7).
Al igual que Tosco, Gregorio
Flores no se quedó en sus
primeras lecturas. Siguió
avanzando y se cruzó con otros
libros. Entonces leyó Terrorismo
y comunismo y Qué es el fascismo
de León Trotsky; Revolución y
contrarrevolución en Argentina
de Abelardo Ramos y los tomos de
historia argentina de Milcíades
Peña. Haciendo referencia a la
cárcel como “universidad del
revolucionario”, Flores enumera
algunos textos en los que
incursionó más tarde, durante su
período en la prisión. Allí leyó
El Estado y la revolución de
Lenin; El origen de la familia,
la propiedad privada y el Estado
de Engels; Los 10 días que
conmovieron al mundo de John
Reed; el curso de filosofía de
Politzer; el Anti-Dühring de
Engels, el libro rojo de Mao y
Los anarquistas expropiadores de
Osvaldo Bayer. En apretada
síntesis, reconoce que “mi gran
escuela política será la cárcel
de Rawson” (Lecciones de
batalla, p.25). Tras los
barrotes, uno de sus compañeros
de estudios carcelarios será
nada menos que Santucho. El
otro, Cuqui Curutchet, abogado
del SITRAC-SITRAM.
¿Movimiento nacional-popular,
frente democrático o izquierda
revolucionaria?
La discusión política principal
que encara Lecciones de batalla
tiene como blanco dos corrientes
del movimiento popular: el
reformismo del PC y el populismo
de Montoneros y otros grupos
peronistas afines (que, por
diversas vías, se reciclan hasta
el día de hoy). En ambos casos
Gregorio Flores elude el
insulto, la chicana y la
agresión. No busca lastimar ni
ofender. A partir del respeto
intenta transmitir su balance y
así tratar de convencer a las
nuevas generaciones.
Aunque somete a crítica el
reformismo del PC argentino
(porque no logra romper con las
instituciones estatales,
limitándose a luchar por cambios
y reformas democráticas dejando
intacta la institucionalidad de
fondo del sistema de dominación)
y cuestiona la nefasta práctica
del stalinismo en la URSS, al
mismo tiempo Flores repite
varias veces en su libro que
“Había visto las consecuencias
que tenía ser comunista en una
fábrica, no era algo que se me
ocurría porque sí [...] en la
fábrica ser comunista era
peligroso, más que ser
peronista” (Lecciones de
batalla, p. 29).
Más adelante da testimonio de la
situación laboral de los obreros
clasistas —en el sentido amplio
del término— durante los
gobiernos peronistas, aquella
época donde supuestamente se
vivieron, según el mito
construido a posteriori por los
ensayistas nacional-populares,
“los días más felices de toda la
historia argentina”: “Es
conveniente aclarar que en la
década del ’50, en una franja
ancha de la población laboriosa,
el anticomunismo había penetrado
por todos los poros de la
sociedad, en especial a partir
de la llegada del peronismo.
Vale también recordar que desde
la Secretaría de Trabajo, el
entonces coronel Perón manifestó
una y otra vez su furibunda
oposición a la lucha de clases,
expresando un exacerbado rechazo
a las ideas «foráneas», un
eufemismo para disimular su
profundo anticomunismo. Durante
el gobierno del General Perón,
ser del «sucio» trapo rojo
[expresión habitual en Argentina
para referirse despectivamente a
los símbolos marxistas],
reconocido como comunista, era
cerrar las puertas a cualquier
laburo [empleo]” (Lecciones de
batalla, p.41). Flores le
explica a sus lectores y
lectoras jóvenes que en esos
tiempos los dirigentes
sindicales peronistas
denunciaban a sus compañeros
comunistas ante la patronal de
las empresas por sus ideas
“extranjerizantes” y “contrarias
a nuestro ser nacional”
(Lecciones de batalla, p.42).
Entonces, a lo largo de todo el
texto, Gregorio Flores se
refiere a los comunistas como
sus compañeros, al lado de
quienes aprendió sus primeras
herramientas
político-sindicales. Por ejemplo
afirma: “La discusión con los
comunistas era muy fraternal,
porque ellos trabajaban ahí [en
la FIAT] con nosotros. Al
principio me parecían que eran
de otro planeta, pero después
empecé a verlos como tipos
buenos y corajudos” (Lecciones
de batalla, p. 27). No obstante,
a medida que se radicalizan las
luchas de la clase y se
profundiza la conciencia
anticapitalista de los
dirigentes sindicales, Flores
explica cómo va comprendiendo
las limitaciones reformistas
insalvables del PC en lo que
atañe a sus intentos
—invariablemente fallidos, por
cierto— de tejer alianzas y
frentes democráticos con
diversas fracciones de la
burguesía.
Lo mismo vale para su balance
del peronismo. Sin dejar de
cuestionar su ideología burguesa
asentada en la conciliación de
clases —expresada
fundamentalmente en la
podredumbre de la burocracia
sindical y sus matones al
servicio de la patronal—, Flores
reconstruye la historia de
militantes peronistas honestos y
combativos que él conoció en la
lucha cotidiana. No obstante, a
la hora de caracterizar al
peronismo en su conjunto, más
allá de sus amigos y compañeros
peronistas que él quiere y
admira, señala: “el peronismo es
un movimiento nacional, que más
allá de las concesiones que le
otorgó a la clase obrera, tiene
un innegable carácter burgués”
(Lecciones de batalla, p.64).
No es casual que en su balance
maduro Gregorio Flores elija el
diálogo fraternal y la polémica
con el reformismo del PC y el
populismo de la izquierda
peronista. Fueron precisamente
esas tradiciones dos de las que
más cuestionaron la experiencia
clasista del SITRAC-SITRAM en
los años ’70.
En el primer caso, a través del
MUCS, expresión sindical
orientada por el Partido
Comunista que a comienzos de
aquella década publicó un
folleto cuyo título ya lo dice
todo respecto a las posiciones
de sus autores: SITRAC SITRAM:
¿Clasismo o aventurerismo? (8).
En cuanto a la izquierda
peronista, la mayoría de sus
corrientes —a excepción del
Peronismo de Base (PB)— se
diferenciaron y disputaron con
SITRAC-SITRAM. Esas vertientes
ideológicamente identificadas
con el nacional-populismo
centraron sus ataques tanto en
la izquierda guevarista como en
el sindicalismo clasista. Para
este flanco ideológico el SITRAC-SITRAM
y su negativa a encolumnarse
mansamente detrás de los
generales “buenos” o los
empresarios “patrióticos” no
pasaron desapercibidos (9).
No resulta aleatorio que a la
hora de dialogar fraternalmente
y al mismo tiempo disputar y
polemizar, Mario Roberto
Santucho haya elegido
exactamente a las dos mismas
corrientes político-ideológicas
con las que discute Gregorio
Flores. Así lo hace en su
conocido texto Poder burgués,
poder revolucionario (10) donde
hunde el escalpelo en el
reformismo y el populismo, los
dos obstáculos de la revolución
eternamente renacidos dentro del
movimiento popular argentino.
Dos amigos, dos vidas, dos
perspectivas para el conjunto de
la clase
En ese género de polémicas, uno
de los pasajes centrales de todo
el libro de Gregorio Flores es
el capítulo segundo titulado
“Compañeros”, conformado por las
historias (cruzadas y paralelas)
de dos amigos suyos, que fueron,
desde trincheras distintas,
cuadros políticos durante aquel
período. Se trata de Romualdo
“Romi” Jiménez, de origen
católico, peronista e integrante
de la Juventud Trabajadora
Peronista (JTP, vinculada
políticamente a Montoneros,
aunque él no perteneciera al
aparato político militar de esa
guerrilla) y “el negro Germán” o
“negro Mauro”, ex militante del
PC que luego se convierte en uno
de los principales cuadros
políticos del Movimiento
Sindical de Base-MSB y del PRT-ERP
(Partido Revolucionario de los
Trabajadores-Ejército
Revolucionario del Pueblo).
Flores reconstruye diálogos
entre ambos que aunque
probablemente hayan ocurrido en
la vida real —ya que su libro no
tiene pretensiones ficcionales—,
parecen extraídos de la
literatura obrera de principios
del siglo XX. Por ejemplo,
algunos pasajes que figuran en
Lecciones de batalla
(principalmente entre las
páginas 41 y 52) recuerdan la
prosa de Jack London en su
inolvidable Talón de hierro.
Aquel libro donde London
reconstruye a través del
personaje Ernest Everhard —¿su
alter ego?— los diálogos obreros
que intentan convencer al lector
de la justeza de la causa
socialista, de los ideales
proletarios y de la inviabilidad
de las salidas por el lado de la
misericordia, la lástima y la
caridad. Esos falsos remedios
presentes en la propaganda
difundida por quienes se
lamentan de las consecuencias
feas del capitalismo —intentado
paliarlas con los parches y
remiendos de lo que hoy se
conoce como “capitalismo con
rostro humano” o “tercera vía”—
pero no se animan a cuestionar
las causas fundamentales que las
generan.
La relación y el paralelo entre
Romi y Germán, que se extiende
varios años, comienza en el
libro de Flores con un primer
diálogo entre ambos en un
colectivo donde Germán le dice a
Romi, por entonces completamente
despolitizado: “A mí también me
gustan las mujeres, pero la vida
tiene otras cosas más
atractivas, mucho más
interesantes que andar detrás de
una pollera; por eso tu vida me
parece bastante vacía, no tenés
muchos incentivos para vivir
[...] ¡Luchá por algo,
hermano!”. Luego, pasado el
tiempo, el diálogo continúa.
Sigue hablando Germán: “Si vos
te interiorizás de la historia
de tu propia clase, ese solo
hecho te va a posibilitar
encontrar un rumbo distinto y un
sentido a tu vida” (Lecciones de
batalla, p.43 y 51). Un consejo
que a Romi lo marcará a fuego.
Años después Romi se hace
peronista. Lucha en forma
combativa y antiburocrática,
sufre secuestro, tortura en el
Pozo de Banfield [campo de
concentración y tortura de la
dictadura militar] y prisión
durante varios años. Sale
finalmente de la cárcel al final
de la dictadura militar
reintegrándose al peronismo y a
la burocracia sindical (a la que
antes había combatido con uñas y
dientes); mientras Germán es
secuestrado por la dictadura,
resulta salvajemente torturado
—junto con su familia— y
finalmente desaparecido.
Todas las críticas que Flores
sugiere frente al “balance
equivocado” que hace Romi tras
su salida de la cárcel y su
reintegro al aparato burocrático
del peronismo oficial, primero,
y a la centroizquierda del
FREPASO, después, las realiza
desde un respeto absoluto. Así
dice: “Cuando uno está frente a
compañeros que estuvieron
tuteándose con la muerte, que
han soportado con entereza la
tortura y todas las atrocidades
de que son capaces los verdugos,
yo creo que lo menos que podemos
hacer es tener respeto por
ellos”. Y en ese plano propone
una diferenciación entre obreros
que alguna vez fueron
combativos, sin formación
clasista, que confunden amigos
de enemigos o no comprenden el
carácter de clase del Estado y
por lo tanto se insertan en sus
instituciones, de aquellos otros
ex izquierdistas que se pasan
como funcionarios al bando
enemigo conociendo lo que es el
Estado y renegando del marxismo.
Entonces, en la reconstrucción
cruzada de esas heroicas y
trágicas historias de sus dos
amigos, compañeros de carne y
hueso, Flores sintetiza
magistralmente la disputa
histórica que en Argentina marcó
los años ’60 y ’70 —antes de la
dictadura genocida de 1976—. La
confrontación entre la izquierda
peronista, de ideología
nacionalista, y la izquierda
revolucionaria, de ideología
marxista-guevarista. Dos
pinturas, dos retratos, dos
radiografías vitales que
condensan en individuos
concretos, ambos amigos suyos,
trayectorias, modos de entender
la lucha y vivir la vida, la
historia, las identidades, los
programas, las perspectivas y
las estrategias —netamente
diferenciadas— a largo plazo
para la revolución en Argentina.
Goyo Flores, desde su propia
experiencia vital aprendida en
la fábrica, en el sindicato, en
la barricada callejera y en la
cárcel —no desde un posgrado
universitario o un “laboratorio
social”— realiza un agudo y
meditado balance de ambas vidas
y ambas perspectivas, tomando
abiertamente partido por el
“negro Germán”, o sea, por la
izquierda revolucionaria.
El debate con Agustín Tosco
Uno de los capítulos más
sugestivos y polémicos de estas
memorias es aquel donde Flores
pasa revista a cuatro
personalidades históricas,
conocidas personalmente por él y
centrales en la lucha de clases
en Argentina. Lo titula
“Direcciones”. Allí incluye a
Mario Roberto Santucho y Domingo
Menna, ambos de la dirección del
PRT-ERP; René Salamanca,
dirección del SMATA Córdoba e
integrante del PCR [Partido
Comunista Revolucionario] y el
“gringo” Agustín Tosco,
dirigente del sindicato de Luz y
Fuerza, marxista independiente
aunque políticamente afín y
cercano tanto al PC como al PRT.
De los cuatro, a quienes trata
con idéntico respeto (los
primeros tres están
desaparecidos, mientras Tosco
muere en la clandestinidad), es
sobre las posiciones políticas
de Tosco donde se ubica el
debate y lo más controvertido
del libro. Un tema recurrente en
su pensamiento, que ya estaba
presente en libros anteriores de
Flores.
El debate táctico con Tosco
—pues estratégicamente ambos
compartían el objetivo de la
revolución socialista y el papel
político de los sindicatos— es
central. Tanto Tosco como Flores
(junto con Flores cabría agregar
a Carlos Masera y Domingo Bizzi
del SITRAC-SITRAM),
constituyeron las cabezas más
visibles de dos corrientes
marxistas que disputaron la
dirección del proletariado
cordobés en momentos claves,
como por ejemplo, la rebelión de
masas contra la dictadura
militar ocurrida en marzo de
1971 y conocida popularmente
como el Viborazo (11).
Más allá del debate sindical en
plenarios de la CGTA (cuyo
secretariado el SITRAC-SITRAM no
quiso integrar) y de la disputa
callejera durante el Viborazo,
Gregorio Flores tuvo vínculos
personales con Tosco en diversas
circunstancias. Desde reuniones
sindicales hasta en el penal de
Rawson —donde ambos compartieron
la cárcel con toda la dirección
de la insurgencia argentina,
antes de la masacre de Trelew—.
Además, se entrevistó con él en
varias ocasiones. En una de
ellas, en 1973, Flores fue el
encargado de llevarle a Tosco la
propuesta del FAS [Frente
Antiimperialista por el
Socialismo] y el PRT para que
sea candidato a presidente de la
izquierda revolucionaria,
llevando como candidato a
vicepresidente al peronista
revolucionario Armando Jaime,
también integrante del FAS,
teniendo como objetivo
disputarle el consenso de las
masas a la fórmula Juan Domingo
Perón-Isabel Perón. Tosco
declinó la propuesta (12). En el
comunicado público explica sus
razones en términos de unidad.
En la entrevista privada le
respondió a Gregorio Flores: “si
mi candidatura sirve para unir a
la izquierda, yo no tengo ningún
inconveniente en ser candidato,
pero si mi candidatura es factor
de que la izquierda se divida,
yo no puedo aceptar (Lecciones
de batalla, pp.83-84). La
conclusión de Flores es la
siguiente: “Tosco no aceptó por
no pelearse con el PC”.
Esta conclusión de Flores tiene
un grado importante de
verosimilitud. Es cierta la
cercanía de Tosco con el Partido
Comunista. Por ejemplo en
Córdoba el dirigente de la UOCRA
[Unión Obrera de la
Construcción] Jorge Canelles,
integrante del PC, participó
junto a Tosco en la organización
del Cordobazo, al igual que
otros militantes comunistas de
Luz y Fuerza siempre se
alinearon junto a Tosco en las
luchas sindicales dentro de la
CGTA. No obstante, al mismo
tiempo esa explicación corre el
riesgo de subestimar en alguna
medida el estrecho vínculo de
Tosco con el PRT (13), porque si
bien es cierto que sus vínculos
con el comunismo eran reales,
también es verdad que Tosco
participa de todos los congresos
del FAS —nada menos que en sus
discursos de apertura—; eventos
donde se marcaba una estrategia
para la revolución argentina de
carácter antiimperialista y
socialista, por la vía armada,
que no se correspondía en lo más
mínimo con el programa etapista
e institucionalista del PC y su
proyecto de frente democrático
en alianza con la “burguesía
nacional”.
Las principales críticas que en
Lecciones de batalla Flores le
dirige a Tosco son: (a)
demasiada flexibilidad en sus
relaciones con un segmento de la
burocracia sindical de Córdoba,
con quien llegó a compartir la
dirección de la seccional
provincial de la CGT de los
Argentinos; (b) haber opuesto el
“sindicalismo de liberación” al
sindicalismo clasista, (c) el
mantener demasiada expectativa
en la conformación de un “frente
nacional” al estilo vietnamita;
y finalmente, la que considera
fundamental: (d) Tosco no
promovió la integración orgánica
de la clase obrera
antiburocrática a un partido
político propio. Se mantuvo como
marxista independiente.
En esas críticas existe un punto
nodal: la relación entre
independencia política de clase
y construcción de hegemonía.
Creemos que en la historia del
SITRAC-SITRAM y en el
pensamiento político de Gregorio
Flores la independencia política
de clase ha sido y es
fundamental, casi diríamos, el
leit motiv de su práctica
sindical y política, lo cual
está muy bien y constituye algo
que debería recrearse en las
condiciones actuales. Sin
embargo, aunque muchas de sus
críticas a los “frentes
populares” son válidas (porque
esos frentes —llámense
“democráticos”, “nacionales”,
etc.— terminan muchas veces
subordinando a los trabajadores
como un furgón de cola tras la
locomotora burguesa), por
momentos nos queda la impresión
de que Flores no hace diferencia
alguna entre “frente popular” y
“frente único”.
Mientras que el frente popular
fue promovido desde 1935 a nivel
mundial por la Internacional
Comunista ya stalinizada, a
iniciativa de Stalin y Dimitrov,
el frente único fue impulsado
por esa misma Internacional,
años antes, de la mano de Lenin,
Trotsky, Antonio Gramsci y
muchos oros estrategas marxistas
revolucionarios. Entre una y
otra estrategia existe una
diferencia notable.
A diferencia del frente popular
(unidad de los explotados con la
burguesía “democrática” o
“nacional” para enfrentar al
fascismo, a un invasor
extranjero, etc.), el frente
único (unidad de las diversas
clases y fracciones de clase
explotadas y oprimidas, que en
su enfrentamiento con el
imperialismo excluye a la
burguesía) permite articular la
independencia política de clase
con el intento por construir la
hegemonía sobre otros segmentos
y fracciones de clases
explotadas, superando el
estrecho marco económico
corporativo.
Da la impresión que en muchas
críticas de Flores a Tosco se
confunden esos dos tipos de
frente, garantizándose —lo cual
es correcto— la independencia
política de clase, pero
diluyéndose al mismo tiempo toda
posibilidad de construir la
hegemonía socialista. Una clase
social explotada sólo puede
volverse políticamente autónoma
—nos enseñaba Gramsci— cuando
además de defender su
independencia política y sus
intereses económico corporativos
propios puede conquistar y
dirigir hegemónicamente a otras
clases explotadas constituyendo
una fuerza social. Gramsci ponía
como ejemplo de esa articulación
entre independencia política de
clase y hegemonía —articuladas
ambas por el frente único— a la
alianza promovida por Lenin
entre obreros y campesinos (sin
burguesía), donde los primeros
hegemonizaban a los segundos.
Hemos afirmado que el libro de
Gregorio Flores constituye una
reflexión en voz alta. Realmente
así está escrito. Por eso este
tema permanece abierto y sin
resolverse ya que mientras que
Flores cuestiona en Tosco esa
amplitud de alianzas, al mismo
tiempo se autocrítica porque el
SITRAC-SITRAM no hizo una
alianza con Luz y Fuerza y con
la corriente de Tosco: “uno de
nuestros errores más
importantes: le dimos demasiada
cabida a la alianza con sectores
pequeño-burgueses y tuvimos
actitudes sectarias, como no
aceptar nuestra participación en
la CGT o buscar alianzas con
peronistas honestos y
combativos. Eso nos aisló y
facilitó la represión”
(Lecciones de batalla, 115).
Gregorio Flores ya había
formulado esa misma autocrítica,
incluso de manera todavía más
insistente y reiterativa,
remarcando el error de no haber
integrado la dirección y el
secretariado de la CGT cordobesa
junto a Luz y Fuerza, en su
libro Del Cordobazo al SITRAC-SITRAM,
donde en no menos de seis
oportunidades se autocrítica por
no haber hecho una alianza con
Agustín Tosco (14). De allí que
tengamos la opinión que en las
reflexiones de Gregorio Flores
sobre este tema el enigma no
está saldado ni completamente
cerrado. El autor plantea
abiertamente el problema, se
hace y formula preguntas, pero
la incógnita permanece
irresuelta, desde nuestro punto
de vista.
Aunque este debate entre el
clasismo de Goyo Flores y el
pensamiento marxista de Agustín
Tosco permanece abierto —pues
los dilemas y las dificultades
para articular la independencia
política de clase y la hegemonía
socialista siguen hoy
pendientes—, el autor del libro
no deja margen a la duda.
Mientras rescata la figura de
Tosco fustiga sin piedad a
diversas camadas y vertientes de
burócratas sindicales, llegando
hasta la actualidad, desde los
más repudiados por el pueblo
hasta otros, más “progres” (en
el discurso) que sin embargo
juegan siempre el papel de tapón
e institucionalización de la
rebeldía obrera y popular.
Que la polémica y discusión
táctica con Tosco no mella en lo
más mínimo su admiración por el
gran dirigente de Luz y Fuerza
queda más que claro cuando
Flores afirma: “Agustín Tosco
fue un dirigente obrero, honesto
y combativo. Fue el dirigente de
izquierda más representativo,
respetado incluso por quienes no
compartían su ideología marxista
a la cual adhería
explícitamente. El gringo Tosco
fue uno de los pocos dirigentes
sindicales que podía dirigirse a
las bases de otros gremios, que
lo aceptaban por esa veneración
que se había ganado en la lucha.
Tosco tuvo una posición
inclaudicable contra las
dictaduras militares, lo que le
valió ser perseguido y
encarcelado en numerosas
oportunidades [...] Buen orador,
su voz potente se hizo oír
detrás de las rejas de la cárcel
de donde los trabajadores y el
pueblo de Córdoba
fundamentalmente, lo rescataron
una y otra vez para reintegrarlo
a la lucha” (Lecciones de
batalla, pp.91-92). En su libro,
este elogio y esta admiración,
Gregorio Flores la extiende
también a René Salamanca,
dirigente del SMATA,
desaparecido por la dictadura en
1976.
Balance sobre Santucho, el PRT y
la clase obrera
Si en sus dos libros anteriores
—SITRAC-SITRAM. Del Cordobazo al
clasismo, y La lucha del
clasismo contra la burocracia
sindical—, Flores detallaba su
actividad sindical, en este
nuevo libro prioriza lo que
considera natural en un
dirigente clasista sustentado en
una visión marxista del mundo:
la prolongación de la lucha de
clases dentro de la fábrica
hacia el terreno de la lucha
política e incluso
político-militar. Por eso hace
hincapié en su (re)lectura del
Partido Revolucionario de los
Trabajadores.
Flores no es un estudiante que
lee e interpreta documentos del
pasado (actividad encomiable, de
todos modos, digna de imitar).
Tampoco es un profesor académico
que quiere defender una tesis de
licenciatura, maestría o
doctorado. Es un protagonista
directo de lo que narra. Cabe
destacar que, y esto constituye
lo más sugestivo de todo desde
una perspectiva política,
Gregorio Flores realiza un
beneficio de inventario del
clasismo y un balance del
guevarismo argentino habiendo
militado durante años en el
Partido Obrero (PO),
organización extremadamente
crítica del PRT —al que siempre
le atribuyó “foquismo”—. (Flores
llegó a ser, incluso, candidato
a presidente del PO en 1983).
En sus memorias de madurez
aparecen varias críticas al PRT:
(a) Santucho y sus compañeros
probablemente sobreestimaron el
nivel de conciencia de los
trabajadores argentinos; (b) el
PRT-ERP subestimó la capacidad
de respuesta de la reacción; (c)
la lucha armada, por sí sola, no
genera conciencia. Puede tener
efecto en el activismo, pero en
la gran masa no pasa más allá de
la simpatía; y (d) “en mi
opinión, sólo lo más consciente
de la clase trabajadora estaba
dispuesta a empuñar el fusil. El
resto no”.
Aun habiendo formulado esas
críticas, en su libro Flores
desecha el cuestionamiento
habitual que el PO —así como
también la corriente de Nahuel
Moreno y sus derivaciones—
dirige contra el PRT de
Santucho. Sin faltarles el
respeto en ningún momento, e
incluso sin mencionar con nombre
y apellido a los dirigentes
Jorge Altamira y Nahuel Moreno
(cabezas visibles de quienes
esgrimen el reproche de
“foquismo” contra la insurgencia
argentina), Gregorio Flores
plantea su punto de vista de
forma tajante, con una
contundencia de pensamiento que
no deja lugar a dudas sobre su
posición: “Aunque desde
distintas corrientes de la
izquierda se lo caracterizaba
como foquista, Santucho sostuvo
siempre que las acciones armadas
tenían que estar ligadas al
accionar de las masas”
(Lecciones de batalla, p. 85).
Allí mismo sostiene: “No he
conocido a nadie que haya
luchado con tanto tesón y esmero
por la unidad de la izquierda”.
Esa defensa del pensamiento y la
práctica política de Santucho no
queda en un recuerdo nostálgico
de efeméride ni en una
rememoración simplemente
emotiva. Todo el libro de Flores
constituye una abierta
reivindicación del PRT y de su
principal dirigente, Mario
Roberto Santucho.
En la reconstrucción de su
incorporación al PRT, Flores
recuerda: “Conocí a Santucho en
los primeros meses de 1970,
cuando el negro Germán lo llevó
a mi casa. Muy lejos estaba yo
de imaginar que ese hombre
morocho de ojos vivaces y mirada
penetrante como el águila iba a
ser, poco tiempo después, el
enemigo más feroz de la
dictadura y la clase patronal”
(Lecciones de batalla, p. 82).
Luego de encabezar la heroica
lucha de SITRAC-SITRAM contra la
FIAT (que incluyó numerosas
huelgas con ocupación de fábrica
y toma de rehenes de los
directivos de la empresa) y
contra la dictadura militar,
Gregorio Flores es despedido y
cae preso. Comparte la cárcel
con toda la dirección de la
guerrilla argentina en el Penal
de Rawson (de donde se escaparán
los principales líderes
insurgentes en lo que hoy se
conoce como “la masacre de
Trelew” ya que los militares
fusilaron a sangre fría a los
guerrilleros y guerrilleras que
no pudieron escapar). Allí, en
prisión, Gregorio Flores forma
parte de un grupo de estudio que
Santucho organiza con él, con el
asesor legal de SITRAC-SITRAM
Cuqui Curuchet y con Néstor
Sersenuijt.
Sin un rastro de soberbia, el
dirigente clasista se confiesa:
“Santucho fue el primer
dirigente político que me hizo
entender que las direcciones de
los sindicatos clasistas SITRAC-SITRAM
habíamos tenido posiciones
ultraizquierdistas al tomar las
tareas que no correspondían a un
sindicato sino a un partido
político”. Ese tipo de
apreciación se repite una y otra
vez con expresiones como las
siguientes: “Con la paciencia de
un vietnamita Santucho me hizo
comprender...”; “Santucho me
explicó...”, etc, etc.
Entonces recuerda: “Es en la
cárcel donde me relaciono con
Santucho. Después que salimos de
la cárcel, un día me hicieron
una cita. Voy donde me
convocaron y lo encuentro al
«Negro» [Santucho]. Yo me quería
morir... Estar con el «Negro»
Santucho era estar con una bomba
de tiempo. Me dice: «Mirá, yo sé
que vos y el negro Castello y
otros changos [muchachos] andan
boludeando por ahí, perdiendo el
tiempo. Se tienen que definir,
tienen que saber qué es lo que
van a hacer». Le pregunté qué
quería que hiciera. «Lo que
podés hacer ahora vos y Castello
es formar una comisión por todos
los despedidos [de FIAT Concord]
por causas políticas y gremiales
y trabajar en eso». A mí me
pareció brillante la idea”.
[...] Cuando cayó [el
presidente] Cámpora me
propusieron integrar el Frente
Antiimperialista por el
Socialismo-FAS, y empecé a
activar ahí. Después me puse a
trabajar en el Movimiento
Sindical de Base-MSB [...] En
Buenos Aires seguí ligado al FAS
hasta la muerte de Santucho”
(Lecciones de batalla, p. 33).
Sobre el Movimiento Sindical de
Base, promovido por el PRT,
Flores plantea que “Creo que la
creación del MSB fue un paso muy
importante del PRT, porque le
permitió insertarse en el
movimiento obrero” (Lecciones de
batalla, p. 74). Este movimiento
nace a iniciativa del PRT y
congrega en su primer encuentro
masivo a 5.000 trabajadores.
Trabaja junto al Frente
Antiimperialista por el
Socialismo (FAS). El FAS fue
creciendo geométricamente. Si al
comienzo congregó a 5.000
personas, luego pasó a reunir
13.000 hasta que en el último
congreso, antes de la dictadura,
llegó a juntar en un acto
público 20.000 personas. ¡No
eran cuatro gatos locos!
A aquellos que se empecinan en
apelar a la teoría de los dos
demonios, Flores les replica
destacando “la moral y la
dignidad de los guerrilleros del
ERP”¸ aclarando que “hablo de
compañeros del ERP porque fue a
quienes más he conocido y con
quienes he tenido mayores
coincidencias” (Lecciones de
batalla, p.72).
Profundizando en esas
apreciaciones e intentando
aportar un balance político de
conjunto, Gregorio Flores le
propone a sus jóvenes lectores
la siguiente conclusión: “para
mi modo de ver, dentro de mis
limitaciones y dentro de la
escasez de conocimientos que
tengo, en la Argentina, quien
mas lejos llegó en la lucha
revolucionaria y en la lucha por
el poder, fue el PRT-ERP de
Santucho. Porque atacó a los
fundamentos del estado burgués:
el Ejército, el estado, la
burguesía, todo”. (Lecciones de
batalla, p. 36).
Ese balance sobre la lucha
armada en Argentina y su emotiva
caracterización de la
insurgencia guevarista,
insistimos, no tiene nada que
ver con la historia superficial
de los best sellers mercantiles
que se encuentran en las
librerías de los shoppings ni
con la frivolización de la
violencia de los ’70 que se
intenta hacer desde los grandes
medios de (in)comunicación.
La apreciación teórica de
Gregorio Flores, meditada y
pacientemente reflexionada a lo
largo de treinta años, elude el
gesto de la lágrima fácil. Por
eso afirma: “Mucho se ha dicho y
escrito sobre la viabilidad de
la lucha armada en aquella etapa
política, como método legítimo
para acceder y sostenerse en el
poder una vez que la burguesía
ha sido derrotada. Algunas
corrientes sostenían que no se
podía realizar una práctica
armada al margen de la
experiencia de masas. Hasta se
llegó a decir que no había que
dar justificación a la represión
porque aunque fuera lícito
ajusticiar a un torturador,
políticamente eso no corresponde
porque exacerba la represión.
Sin embargo, cuando uno estudia
la historia de la clase obrera
argentina, cae en la cuenta de
que la violencia contra los
trabajadores ha sido una
constante, bajo todos los
regímenes políticos, se trate de
gobiernos conservadores,
oligárquicos, de gobiernos
democráticos elegidos por voto
popular y ni que hablar de las
dictaduras militares cuya única
razón de ser ha sido y será
imponer la paz de los
cementerios” (Lecciones de
batalla, p. 82).
Pensando en la respuesta de
abajo frente a la violencia de
arriba, es decir, en la
violencia plebeya, popular,
obrera y anticapitalista, Flores
continúa más adelante
argumentando: “Sólo así la clase
obrera podrá erigirse en clase
gobernante. Esto, que duda cabe,
se logra por la vía armada.
Mario Roberto Santucho fue
consecuente con lo que pensaba,
por eso está vivo en la memoria
de quienes lo conocimos y lo
estará seguramente en las nuevas
generaciones” (Lecciones de
batalla, p. 86).
En sus memorias Goyo Flores,
dirigente heroico de la clase
obrera argentina que escribe con
la mente puesta en las nuevas
generaciones, llega a la
siguiente conclusión: “Creo que
cuando se conozcan más datos
sobre el pensamiento de Santucho
su figura se agigantará y es
probable que sea tan o más
grande que la del Che Guevara”
(Lecciones de batalla, p.84).
Prolongando hasta la actualidad
ese balance, contundente,
demoledor e inequívoco, afirma:
“la conclusión más importante es
que los trabajadores no deben
limitar su intervención al mundo
sindical, deben hacer política.
Deben organizar su propio
partido político. Yo así lo
comprendí y por eso entré a
formar parte del Partido
Revolucionario de los
Trabajadores” (Lecciones de
batalla, p.115). En el mismo
sentido y eludiendo todo
eufemismo, concluye: “Hasta hoy,
25 de julio de 2005 [fecha de
redacción del libro] la única
manera que se conoce para
construir una sociedad más
igualitaria, más justa, más
humana, como quería el PRT-ERP
es a través del enfrentamiento
armado, clase contra clase.”
(Lecciones de batalla, p.87).
Las experiencias del clasismo
que Gregorio Flores nos
transmite dejan enseñanzas que
deberían ser estudiadas por las
nuevas camadas de jóvenes
rebeldes, por la nueva
militancia de las fábricas
recuperadas, del movimiento
piquetero, del movimiento
estudiantil y del sindicalismo
antiburocrático que hoy renace
de sus cenizas.
No son consignas ni frases
hechas, gritadas en una asamblea
escolar por un adolescente
exaltado, inexperto, demasiado
entusiasta, poco informado y tal
vez ingenuo. Son las
conclusiones de un viejo
dirigente obrero, experimentado,
curtido y fogueado en el
enfrentamiento contra el
capital, en dictaduras y en
democracia.
Su libro es una joya. Contiene
piezas invaluables: su balance
maduro acerca del clasismo, las
reflexiones sobre la vida
cotidiana y el combate de la
clase trabajadora, las dudas en
voz alta sobre posibles errores
y limitaciones, los debates
pendientes con Agustín Tosco,
las anécdotas de sus mejores
amigos y de los principales
cuadros dirigentes del
proletariado argentino que él
conoció, la semblanza sobre
Santucho y sus compañeros y
compañeras del PRT-ERP, los
relatos de la confrontación a
muerte contra la FIAT, contra
todas las empresas capitalistas,
contra la burocracia sindical y
contra la dictadura militar.
Un texto fundamental que debería
ser estudiado en Argentina y
América Latina, pero que también
debería ser leído por quienes
han luchado y seguirán luchando
contra la FIAT y sus socios
imperialistas al otro lado del
planeta.
NOTAS
(1) Véase nuestro Toni Negri y
los desafíos de «Imperio».
Madrid, Campo de ideas, 2002.
Traducción italiana: Toni Negri
e gli equivoci di «Impero».
Bolsena, Massari editore, 2005.
(2) En las teorizaciones maduras
de Negri ese eurocentrismo
latente en la izquierda
extraparlamentaria italiana
—demasiado restringida a la
experiencia proletaria del norte
de Italia— sigue presente, pero
de manera notablemente
acrecentada, lo que en lugar de
remediar profundiza dicha
limitación política. Véase
nuestro Toni Negri y los
desafíos de «Imperio». Obra
citada. pp. 19-29 y 70-76. En la
edición italiana pp.26 y ss y 72
y ss.
(3) Véase Gregorio Flores;
Lecciones de batalla. Una
historia personal de los ’70.
Buenos Aires, Ediciones Razón y
Revolución, 2006.
(4) Después de terminar de leer
su apasionante y formidable
libro de memorias se podrá
comprender rápida y fácilmente
que “vanguardia” no hace
referencia a un grupito
desorbitado, autoritario,
conformado por cuatro gatos
locos y aislados del pueblo
—como tantas veces nos dijeron
profesores universitarios
posmodernos, periodistas “progres”,
ex militantes quebrados y
autores de best sellers
mercantiles— sino a aquel
segmento de los trabajadores que
va a la cabeza de una fuerza
social colectiva, que marca un
derrotero posible para el
conjunto popular, que llega más
lejos en la radicalidad de sus
luchas concretas y en la
profundidad de la conciencia del
abismo que separa a la clase
trabajadora de las clases
dominantes y dirigentes del
sistema capitalista.
(5) Permítasenos una anécdota.
Durante los años ’90, en pleno
neoliberalismo salvaje, vino a
la Argentina el sociólogo de
EEUU James Petras. En una
cantina de una barrio popular de
Buenos Aires se organizó una
comida para conversar y debatir
con él. Los asistentes
pertenecían a distintas
vertientes políticas y sociales.
Gregorio Flores estaba presente.
Al terminar la reunión, en el
momento de la despedida, Goyo
extrae de su bolsillo y reparte
entre los asistentes unos
papelitos. Allí ofrecía sus
trabajos como peón albañil, su
viejo oficio, por si alguien
tenía algún arreglo que hacer en
su vivienda.
Mientras Gregorio Flores
trabajaba de albañil, era la
época en que los grandes
dirigentes peronistas del
sindicalismo burocrático de
Argentina apoyaban y
participaban de las
privatizaciones de Menem.
Recibían a cambio millones de
dólares con los que se hicieron
propietarios privados de
empresas de fondos de pensión,
sanatorios, hospitales, campos
de deporte y obras sociales
también privadas. Esos
burócratas sindicales
privatizadores viajaban y viajan
en autos importados, con chofer
y secretaria, portando gruesos
relojes de oro. Ayer estaban con
Menem, hoy están con Kirchner.
Gregorio Flores de albañil... su
modestia no quedaba reducida a
sus escritos políticos.
Exactamente la misma actitud de
Goyo la pudimos apreciar en
Antonio Alac (máximo dirigente
del Choconazo en 1970) que en
esos años ’90 contaba las
moneditas para pagar el boleto
del colectivo o del tren. ¡Qué
abismo con la burocracia! Dos
universos sociales. Dos formas
de vida inconmensurables.
(6) Para muestra basta un botón,
dice la expresión popular. Bien
valdría la pena comparar los
escritos de Gregorio Flores y
sus balances de las luchas de
los años ’60 y ’70 con los “best
sellers” de un antiguo y
promocionado dirigente del PRT-ERP
que, luego de disolver esa
organización a fines de los ‘70,
en los ’80 se integra al PCA
para terminar en los ’90,
después de proponer también su
disolución, incorporándose
alegremente a la
centroizquierda. Desde el año
2000 en adelante, este
sepulturero de organizaciones
populares, culmina su carrera
política —cuyo extendido arco de
variación ideológica sigue una
dirección inequívoca: de
izquierda a derecha— posando de
ventrílocuo periférico y
colonial, ridículo y tardío, del
posmodernismo de Negri y otras
“superaciones del marxismo” hoy
a la moda. Agresivo, sectario y
altanero, este personaje no ha
ahorrado insultos —incluso
personales— para quienes
discrepan y no rinden culto al
nuevo credo posmoderno.
Mientras Gregorio Flores en sus
memorias y su balance
caracteriza al pensamiento
político de Mario Roberto
Santucho y su corriente como la
expresión más alta de la lucha
revolucionaria por el poder que
se produjo en la Argentina, este
(auto)promocionado ex
guerrillero y actual “progre”,
cada vez que se refiere al
máximo dirigente del PRT-ERP,
dice aproximadamente lo
siguiente: “Santucho era
maravilloso, divino, genial...
[agregar aquí todos los piropos
imaginables]... lástima... que
no entendía nada de política”.
Ese es el balance, precisamente,
de un quebrado. ¡De un QUE-BRA-DO!.
Todo el mundo tiene derecho a
cansarse de luchar y a bajar
definitivamente los brazos. No
somos quien para juzgar. Quien
esté cansado que se quede en su
casa a contemplar medallas del
pasado. Pero lo que no hay
derecho es a predicar la derrota
y la resignación entre las
nuevas generaciones, y menos que
nada apelando al prestigio de
Santucho.
(7) Véase Agustín Tosco:
“Aspectos biográficos y
personales”. En Tosco: escritos
y discursos [selección de
J.Lannot, A.Amantea y E.Sguiglia].
Buenos Aires, Contrapunto, 1985.
p.9.
(8) Rubén Vanoli: ¿Clasismo o
aventurerismo? SITRAC-SITRAM.
Experiencias y enseñanzas.
Buenos Aires, Editorial Anteo,
1972.
(9) CENAP [Corriente Estudiantil
Nacional Popular]: “Crítica al
programa SITRAC SITRAM”. En
Antropología del Tercer Mundo
Nº8, Año 3, septiembre-octubre
1971. pp. 6-10. Esta revista
constituía a inicios de los años
‘70 la expresión ideológica de
las denominadas “cátedras
nacionales” y las corrientes
estudiantiles de la izquierda
peronista.
(10) Véase Mario Roberto
Santucho: Poder burgués, poder
revolucionario Ediciones El
Combatiente, 23/8/1974. También
recopilado en la excelente
antología realizada por Daniel
De Santis: A vencer o morir. PRT-ERP
Documentos. Bs.As., EUDEBA, 1998
(tomo I) y 2000 (Tomo II). [Hay
reedición posterior de ambos
tomos por editorial Nuestra
América].
(11) Para una reconstrucción de
conjunto del Viborazo, véase
Beba Balvé, J.C. Marín et al.:
Lucha de calles, lucha de
clases. Elementos para su
análisis (1971-1969). Buenos
Aires, CICSO, 1973. Sobre la
disputa entre la tendencia de
Tosco y la del SITRAC-SITRAM por
la conducción política de la
rebelión en el terreno mismo de
la acción, véanse especialmente
pp. 50-51 y 66. Otro libro
recomendable y sumamente
riguroso que analiza la relación
de Tosco con SITRAC-SITRAM es:
Nicolás Iñigo Carrera, María
Isabel Grau y Analía Martí:
Agustín Tosco, la clase
revolucionaria. Buenos Aires,
Ediciones Madres de Plaza de
Mayo, 2006. Particularmente el
capítulo 9, pp.157-170.
(12) Véase Agustín Tosco:
“Comunicado de prensa: Rechazo a
la candidatura presidencial”.
Córdoba, 16/8/1973. En Tosco:
escritos y discursos. Obra
Citada. pp. 310-312.
(13) Sobre la relación de Tosco
y el PRT, véase por ejemplo
nuestra entrevista a Enrique
Gorriarán Merlo: “La cultura
revolucionaria en el guevarismo
argentino”. 30/3/2006. En:
http://www.lahaine.org/index.php?blog=3&p=13640,
incorporada a nuestro Pensar a
contramano. Las armas de la
crítica y la crítica de las
armas. Buenos Aires, Editorial
Nuestra América, en prensa.
(14) Véase Gregorio Flores: Del
Cordobazo al SITRAC-SITRAM.
Buenos Aires, Ediciones Magenta,
1994. Las autocríticas de Flores
y del clasismo por no haber
realizado una alianza con
Agustín Tosco y su corriente
aparecen en varios capítulos y
entrevistas de este libro. Por
ejemplo, véanse las páginas 62,
69, 79, 94 y 96. En su segundo
libro, vuelve a formular la
misma autocrítica. Véase
Gregorio Flores: SITRAC-SITRAM,
la lucha del clasismo contra la
burocracia sindical. Córdoba,
Editorial Espartaco, 2004.
pp.158 y 165.
Gentileza: Rodolfo Walsh [
agenciawalsh@yahoo.com.ar ]
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