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El adiós a las armas de Allan
Samadhy
Un
poeta secreto
escribe Juan Cameron
Vinculado a una familia de
artistas regionales, el nombre
de este poeta se mantuvo en
secreto hasta su fallecimiento.
Sin embargo una publicación
póstuma, aparecida en Hamburgo
en 1928, con los datos exactos
del autor indicados en el
prólogo, no ha llegado a manos
de los actuales investigadores
en el género. Gracias al
encuentro fortuito con
familiares me fue posible dar
con el nombre de este secreto
colega.
Curioso personaje fue Allan
Samadhy. Quien lee su nombre por
primera vez piensa en un
comerciante persa o en un
diplomático inglés nacido en la
India. Pero no es así;
simplemente se trata de un poeta
chileno de comienzos del siglo
XX, no muy trascendente y
bastante poco conocido; digamos,
un poeta más con cierta
presencia en la historia.
Averiguando sobre él encontramos
la siguiente afirmación: «el
único poeta del colectivo que
trata directamente el tema de la
libertad en Allán (sic) Samadhy,
de un anónimo autor, natural de
Vicuña, que nunca quiso rebelar
su verdadero nombre». La nota,
de «Chile y los chilenos en la
Selva Lírica» -y con el nombre
acentuado- es del investigador
Jaime Blume y aparece publicada
en el mundo virtual en la página
web del Centro de Informaciones
Pedagógicas de la Universidad
Metropolitana de Ciencias de la
Educación.
Pero la figura de Samadhy emerge
muy pronto de su silencio al
cotejar las informaciones de la
poeta María Raquel Cereceda. A
poco andar descubrimos que
Raquel era sobrina de la poeta
Regina Ahumada Espíndola por
cuyo vínculo llegamos al libro
póstumo de Samadhy, Poesías.
Este se nos presenta ahora como
tío de Regina y, obviamente, de
Raquel Ahumada, también poeta y
madre de la otra Raquel, y de la
pintora María Ahumada.
Poesías, contiene los inéditos
Libamen, Humos y otros y fue
impreso en Hamburgo, en el
establecimiento de J. G. Bitter
& Sohn, en 1928. La nota
preliminar, firmada por Y. P.
S., entrega noticias de tan
misterioso autor. Samadhy nació
en San Isidro de Vicuña, en
1976, vivió su infancia en
Vallenar y completó estudios en
Santiago. Se enroló en las
fuerzas antigubernamentales,
como simple soldado, en la
Revolución del 1891. Su
verdadero nombre era Higinio
Espíndola (al parecer Molina) y
llegó a ser General de Brigada
de la República.
Falleció en Santiago, el 26 de
diciembre de 1927, a los 51 años
de edad. No tenemos claridad
sobre su actividad militar que
al parecer fue exitosa -aunque
la continuó no de muy buen grado
- y no sabemos si participó en
las represiones de comienzos de
siglo. Todo es oscuro; salvo la
curiosa cita hecha por el
prologuista de su libro alemán
respecto a su visión de mundo:
«No recibió la suerte merecida
por luchar contra la Presidencia
más firme y recta habida en
Chile desde la era del gran
Portales. Pero el destino le ha
castigado, permitiéndole vivir
para ver el descenso moral del
país y la supeditación
momentánea (?) de su enfático
poderío por émulos fronterizos
que hasta ayer fueron
considerados con relativo
menosprecio». Es decir que
Samadhy, o más bien Espíndola,
reconoció la importancia de
Balmaceda muchos años después de
terminado el conflicto.
Pero sí sabemos ahora qué
escribió este curioso Allan
Samadhy. En su bibliografía
figuran los poemarios Horas
perdidas (Santiago, 1908), La
lección ancestral (Magallanes,
1915) y La canción del sol
chilote (Santiago, 1926). Y por
supuesto estas Poesías, de cuyo
impecable ejemplar leemos,
escrito en tinta, en su primera
página: «Regina Ahumada
Espíndola/ Santiago, 11 de junio
de 1932». Y otro dato para los
historiadores, Marta Regina
(1911-2001) fue la madre del
poeta Ariel Tapia y de Beatriz,
pintora.
El trabajo de Blume destaca
ciertos méritos del poeta
secreto. Destinado a averiguar
la naturaleza de lo chileno a
partir de los aedas considerados
menores por los autores de Selva
Lírica, Samadhy resulta el menos
malo de todos, con cierta
preocupación por la libertad y,
en otros textos, con una visión
bastante amorosa y respetuosa a
la figura de la mujer.
Decimonónico, como corresponde,
Samadhy nos entrega varias
líneas para utilizar en el
lenguaje cotidiano: «¡Qué elenco
el del Teatro de la Vida!/ Hay
cómicos que da lástima verlos,/
actores trágicos que causan
risa/ y muy pocos artistas de
talento...» Los puntos
suspensivos dan razón a la
estética en boga. En el único
texto recogido por Molina y
Araya en su ya incruenta
recopilación, Aguas al mar, el
poeta imita el esquema de Jorge
Manrique sobre la vida que va a
dar a la mar que es el morir;
pero que también tiene una
curiosa representación de la
libertad: «Perro ven y
consolemos/ juntos cada cual su
pena,/ pues se tocan los
extremos.../ Abrazados lloremos/
tu cadena, mi cadena (...)
nuestros dolores supremos.../
Somos parias, confundamos/ vil y
azul, los dos extremos,/ lejos,
lejos de los amos...» Sin duda,
la cadena que atosigaba al
general Espíndola no era otra
que la de mando. Ahora don Jaime
Blume podrá reconstruir las
metáforas del caso.
La figura de Espíndola va
adquiriendo una extraña empatía,
no vinculada con la supuesta
identidad -maquinación de
ciertos siniestros psicólogos-
entre la estructura mental del
poeta y la del militar. Y es que
su corazón enfermo, que en
verdad lo llevó a la muerte
recién cumplida la cincuentena,
era frágil y sentimental.
Nobleza obliga, aunque me
moleste el poema en honor al
Capitán Barón Von Richthofen,
quien derribó a mi tío abuelo
Peter Cameron Zañartu hace ya
noventa años -impidiéndome
conocerlo- debo mencionar la
última y delicada cita de mi
general: «Estas oraciones fueron
inspiradas en algunas noches
insomnes de más de cien días de
cama, guardadas por el autor,
gravemente enfermo del corazón,
y compuestas mentalmente o
manuscritas en la obscuridad,
para no molestar a la abnegada
esposa, y para que las ideas no
se escaparan con el pesado sueño
posterior al eterno desvelo./
Son así vida sinceramente
vivida».
Gentileza: volar [
volar@fibertel.com.ar ]
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