|
Abuelos explotados
Por
Mikel Agirregabiria Agirre
Una dramática historia real, que
no es tan infrecuente como
creíamos. Al reencontrar
parecidas situaciones, hemos
recordado un caso que nos
impresionó hace dos décadas.
Cuando les conocimos, ellos ya
eran unos abuelos jubilados. Él
había sido un relojero con
negocio propio, y le había ido
razonablemente bien. Tanto que
pudo comprar una casa a cada uno
de sus hijos e hijas en una gran
capital. También contaba con una
casita de verano, al lado de la
nuestra.
Cada veraneo comenzaba igual.
Primero venía el matrimonio de
octogenarios, para limpiar la
casa y llenar la despensa. Dos
días después, con precisión
insuperable, la vivienda se
abarrotaba de hijos y nietos. Al
amanecer, ya se podía ver a la
abuela limpiando el porche, y su
jornada laboral de ama de casa
se prolongaba hasta el
anochecer. Diariamente los dos
abuelos hacían las compras, pero
nadie de sus cinco hijos e
hijas, ni nueras ni yernos, ni
nietos o nietas, salía a su
encuentro para descargarles de
alguna de las bolsas, que en
varios viajes transportaban a
casa.
Preparando comidas, meriendas y
cenas los ancianos, jamás iban a
la playa, pero sí toda aquella
tropa de descendientes que los
explotaba sin piedad. A lo sumo,
el abuelo bajaba a la orilla
para cuidar a sus nietos más
pequeños. También sacar la
basura era función exclusiva
suya. Era un escándalo de abuso
familiar para quienes conocíamos
la situación, pero no se lo
parecía así a aquellos
desalmados hijos y nietos que lo
veían como algo que los abuelos
hacían por obligación y con
gusto.
Un año ya no vimos a los
ancianos. Nos comunicaron que
habían muerto en el otoño, con
apenas unos días de diferencia
entre ambos fallecimientos. Nos
apenó sobremanera no poder
hablar con aquellos bondadosos
patriarcas que habían dedicado
más de sesenta años a tan
ingratos descendientes.
Entonces, aquella panda de
inútiles perezosos pareció que
podía organizarse. Dejaron de
venir tan sincronizadamente;
compraron otras viviendas
próximas y cada pareja se ocupó
de su prole. Se había acabado el
chollo de los abuelos:
simplemente los habían exprimido
hasta la muerte.
Siempre nos ha quedado el
recuerdo amable de aquellos
maravillosos abuelos, que
siempre estuvieron unidos y
felices en medio de tan fatigoso
trabajo doméstico. No volvimos a
tratar sus desconsiderados
herederos, aunque les seguimos
viendo. Pronto varios de ellos
se divorciaron, y tampoco se
hablaban entre ellos. Había
desaparecido lo que ellos nunca
apreciaron y lo que jamás serán:
Una pareja que se ama, y que al
tener hijos propios reconoce aún
más a sus progenitores y que se
ocupan de ellos en su
ancianidad.
Gentileza: Mikel Agirregabiria [
agirregabiria@gmail.com ]
paginadigital |