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Picasso y la obra de arte
desconocida
Por Rafael Argullol
En 1931 Ambroise Vollard publicó
una cuidada edición del relato
de Balzac, La obra maestra
desconocida, con ilustraciones
de Pablo Picasso. La parte
gráfica del libro estaba
integrada por sesenta y cinco
dibujos realizados por Picasso
en 1924, grabados por Aubert,
trece aguafuertes, todos de 1927
a excepción de uno que
correspondía al mismo año de la
edición, 1931, y otra serie de
dibujos intercalados en el texto
que, en apariencia, nada tenían
que ver con la narración de
Balzac. Estos últimos,
abstractos y puntillistas,
respondían a una técnica de
descomposición de las figuras
que contradecía el figurativismo
de los otros dos grupos. A su
vez, los aguafuertes de 1927,
los más decisivos, sin duda,
eran una concentración depurada
de los dibujos de 1924.
Aunque hacía tiempo que Picasso
se mostraba fascinado por el
relato de Balzac, no podemos
saber hasta qué punto su
ilustración pretende ser una
meditación sobre el arte
paralela a la del escritor. En
algunos casos los motivos
picassianos se ajustan mucho al
argumento literario, mientras
que en otros, sin seguir un
orden establecido, aparecen
preocupaciones estéticas previas
e, incluso, anticipaciones de
rumbos futuros.
Como quiera que sea, ciertos
motivos dominantes, tanto en los
dibujos como en los aguafuertes,
indican una explícita voluntad
de reflexión sobre la pintura.
Para ello, Picasso recurre a
ciertos elementos dramáticos que
están presentes en la narración
de Balzac pero, asimismo, a la
escenografía con que
tradicionalmente ha sido
expuesta la autoconciencia
artística en la pintura
occidental. Al igual que en los
episodios balzalquianos, Picasso
recrea el mundo del pintor o,
más exactamente, el mundo de la
creación pictórica a través de
sucesivas secuencias: la vida
del pintor en el taller, espacio
de encuentro entre el artista y
los visitantes; la dialéctica
múltiple del pintor y la modelo
y, finalmente, la tensión y
complementariedad entre esta
última y la imagen que brota en
el lienzo.
Continúa Picasso, de este modo,
un sólido legado en el que el
horizonte del pintor es la
pintura misma. Así lo consideró,
quizá como pionero, Jan Vermeer,
en 1666, con su extraordinario
El taller o la alegoría de la
pintura, representando la
centralidad del triángulo
formado por el artista, la
modelo y el lienzo, encerrados
todos los protagonistas en el
nuevo "lugar sagrado"
identificado con el taller. Este
lugar de génesis y de epifanía,
autosuficiente y cultural,
resurgirá en los momentos
cruciales de la pintura europea.
También Las Meninas, de
Velázquez, máxima disección del
acto de pintar, introduce al
espectador en este lugar sagrado
a través de un juego casi
ilimitado. En la misma estela,
El taller, de Gustave Courbet,
expone el triángulo creativo de
Vermeer pero flanqueado de
visitantes, tanto amigos como
adversarios. Más despojado, el
cuadro de Cézanne, Autorretrato
con la paleta, de 1879, recoge
la misma preocupación.
Picasso, que en 1906 pintó un
cuadro con los mismos nombres y
motivos que el de Cézanne,
mostró una permanente
inclinación hacia el análisis
del acto creador partiendo, por
lo general, de la iconografía
enraizada en Vermeer, si bien
alimentada por poderosas fuentes
simbólicas y mitológicas. Las
ilustraciones de La obra maestra
desconocida serían, así, un
interludio, particularmente
puro, de esta continua
recurrencia que, sumada a la
inigualable capacidad proteica
del pintor, vertebran un
universo de continua
metamorfosis mediante la que
todas las obras acaban
remitiendo al acto genérico de
pintar y al lugar sagrado del
taller.
Esta dinámica, constante en
Picasso, explicaría la inclusión
en la serie de aguafuertes
editada por Vollard de algunos
temas, oscuros a primera vista,
que tienen más relación con el
conjunto de la poética
picassiana que con el relato
estricto de Balzac. En dos de
los aguafuertes y en varios
dibujos se olvida el triángulo
artista-modelo-lienzo y se rompe
asimismo con el marco del
taller. En uno de ellos, un toro
embiste a un caballo; en el
otro, emerge un caos de
siluetas, figuras humanas,
cabezas de caballos, patas y
cabezas de toro: simbolización,
tal vez, de la lucha entre
instinto e intelecto y, en
cualquier caso, evidente
anticipación de toda la
indagación picassiana que
culmina, a finales de la década
de los treinta, con la
Minotauromaquia.
Más enigmática es la razón por
la que Vollard incluyó en la
edición –y Picasso dejó que se
incluyeran– los "dibujos
puntillistas", radicalmente
abstractos en primera visión
aunque dejen entrever,
observados con más detenimiento,
la frecuente huella de la
obsesiva forma picassiana de la
guitarra. Dibujos formados por
puntas y líneas que nos
introducen en constelaciones o,
con igual plausibilidad, en
sistemas atómicos. Sea en el
macrocosmos, estos campos
magnéticos parecen querer atraer
aquello que todavía no está
configurado o, por el contrario,
que está más allá de toda
configuración.
Y esta es, probablemente, la
causa de la inclusión de estos
dibujos en la ilustración de La
obra maestra desconocida: el
convencimiento por parte de
Vollard o de Picasso –o por
parte de ambos– de que la
reflexión balzaquiana sobre el
arte deriva necesariamente hacia
la imposibilidad formal, hacia
un non-finito esencial. La
fragmentación sería, en
consecuencia, el sacrificio que
implicaría la búsqueda de lo
perfecto, y el fragmento la
única perfección rescatable.
En cualquier caso, de lo que hay
pocas dudas es que Picasso
comprendió perfectamente la
profundidad casi abismal de la
meditación balzaquiana y sus
intuiciones asombrosas sobre el
destino de la pintura moderna.
Pero no fue el primer artista,
ni tampoco el último, que quedó
hechizado por el fondo hermoso y
terrible sobre el que se apoya
el relato. Cézanne sabía páginas
enteras de memoria y Giacometti
se refiere a él con frecuencia.
No sólo los pintores han
sucumbido ante el encanto.
También el poeta Rainer María
Rilke o el músico Arnold
Schoemberg. Todos ellos, por
supuesto, anclados en el mismo
escenario en el que el
protagonista de la La obra
maestra desconocida lucha por
conseguir una pintura más
perfecta que la vida.
No era, sin embargo, una
cuestión nueva en la obra de
Balzac. La pasión por la
perfección y, más en concreto,
por la obra perfecta, ocupa un
lugar privilegiado en las
denominadas "novelas
filosóficas" dentro del
vastísimo mosaico de La comedia
humana. En La búsqueda del
absoluto esta pasión se
desarrolla alrededor de la
insatisfecha exploración de un
alquimista; en Gambara, es la
pasión de un músico lo que
aglutina el relato, de la misma
forma en que el canto ocupa el
centro de Mussimila Domi.
El artista es, por tanto, un
cazador de la Forma, un cazador
de Proteo. Pero Proteo, el
caprichoso dios de las
metamorfosis, siempre escapa. A
través de ese mito, Balzac
enlaza la perspectiva
renacentista con el horizonte
romántico. Por su parte,
Frenhofer, su criatura en La
obra maestra desconocida, echa
mano del transformista Proteo
–que tanto debería gustar,
también, a Picasso –para
explicar su obsesión por la
perfección, una perfección que
se desliza continuamente,
generando la insatisfacción
creativa en la que tanto abunda
la sensibilidad romántica, pero
ya firmemente apuntada por el
Renacimiento.
Si desde el lado del artista la
sombra huidiza de Proteo conduce
a la insatisfacción, desde el de
la obra lleva a la imposibilidad
práctica. La obra perfecta es
interminable y, por tanto,
permanece siempre inacabada.
Frenhofer, cautivo de esta idea,
recurre continuamente al
argumento de que una obra puede
ser perfeccionada siempre:
"¿Mostrar mi obra? –gritó el
anciano muy emocionado–. No, no,
todavía debe perfeccionarla"?
Claro está que Frenhofer, a
pesar de su titanismo, se halla
corroído por su propia
indecisión. Para un
perfeccionista de su talla, las
dudas engendran siempre dudas
mayores. Porbus, que lo admira
sin límites, lo pone de
manifiesto ante el sorprendido
Poussin: " Frenhofer es un
hombre apasionado por nuestro
arte, que va más alto y más
lejos que los otros pintores. Ha
meditado profundamente sobre los
colores, sobre la verdad
absoluta de la línea. Sin
embargo, a fuerza de
investigaciones, ha llegado a
dudar del objeto mismo de sus
investigaciones."
El desenlace de La obra maestra
desconocida contempla, no sólo
la confrontación entre el
artista y el lienzo, sino
también, completando el
triángulo, entre éste y la
modelo. Admirado por los
encantos de Gillette, Frenhofer
la exige a Poussin, y así la
convierte en la modelo final que
debe inspirar su caza de la
Forma. Sin embargo, en el tramo
decisivo del relato la
perfección de Gillette no puede
compararse con la de su Belle
Noiseuse: " Ella tiene alma, el
alma con la que yo la he dotado.
Enrojecería si otros ojos
diferentes a los míos se
detuvieran sobre ella. ¿Hacer
que la vean? ¿Qué marido, qué
amante es suficientemente vil
para conducir a su mujer al
deshonor? Cuando haces un cuadro
para la corte, no le pones toda
tu alma; vendes a los cortesanos
maniquíes coloreados. Mi pintura
no es una pintura, es un
sentimiento, una pasión."
Son muchos los aspectos de la
novela de Balzac que podían
causar impresión en Picasso,
como antes lo habían hecho en
Cézanne. La misma carnalidad del
relato, su espléndido erotismo,
son próximos a las atmósferas
picassianas. El continuo juego
de espejos entre la vida y el
lienzo, también. Estos ángulos
realzan el argumento central de
un texto que constituye, sobre
todo, una meditación
–evidentemente muy sensual–
acerca de la creación artística.
En este sentido, la novela de
Balzac recrea magistralmente una
reflexión que está presente en
la tradición europea pero que se
radicaliza definitivamente en la
modernidad pictórica.
Frenhofer puede ser visto con
cierta facilidad como un pintor
vanguardista avant la lettre,
aunque recoja una herencia
fuertemente renacentista. Si
aceptamos que la médula de la
modernidad es la ironía, y que
ésta debe ser entendida como
exceso de conciencia del artista
con respecto al arte, entonces
no hay duda de que el viejo
maestro alemán de Balzac es ya
plenamente un artista moderno.
Incluso, asimismo, un
vanguardista. Como tal,
Frenhofer emprende una búsqueda
permanente, un continuo
cuestionamiento lingüístico.
Bajo el impulso del
romanticismo, pero también
alejándose de él, la época de
Balzac perfila las líneas del
arte moderno. La obcecada
experimentación formal de
Frenhofer, si bien responde
todavía a un perfeccionismo
platonizante, encaja bien en el
talante del artista moderno.
Picasso era, él mismo, un
experimentador que, como el
viejo pintor alemán, estaba
abocado a la metamorfosis
formal.
Con mayor fuerza que muchos de
sus contemporáneos, Picasso
podía comprender las vicisitudes
de Frenhofer, admirablemente
condenado por Balzac a una tensa
alternativa entre realismo y
abstracción. La obra maestra
escondida es, al final, tan
realista como abstracta, y el
lector no sabe si debe quedarse
con el pie fragmentario o con el
caos de líneas y colores.
También Picasso vivió siempre en
aquella alternancia, rompiendo
todos los lenguajes figurativos
pero sin inclinarse
definitivamente por la
abstracción.
En otro orden de cosas, la
contraposición entre la "vida
del arte" y la "vida de la
vida", constantemente presente
en la narración de Balzac, no
sólo proyectaba una de las
preocupaciones permanentes de la
cultura moderna –a la que, por
ejemplo Thomas Mann dedicó toda
su obra–, sino que ponía de
manifiesto la lucha, también
peculiarmente moderna, entre
arte y naturaleza. La
superioridad del arte, defendida
por Frenhofer, se hace explícita
en uno de los aguafuertes de
Picasso, en el que la mujer
pintada parece adquirir vida
ante los ojos expectantes del
artista. En el triángulo
creativo propuesto originalmente
por Vermeer, la figura del
lienzo acaba por desbordar a la
naturaleza –la modelo– y al
propio artista. Esta conclusión,
nítida en el relato de Balzac,
también parece ponerse de
relieve en las ilustraciones de
Picasso.
El entrelazamiento de La obra
maestra desconocida con algunos
de los grandes artistas del
pasado –Miguel Ángel, Giorgione,
Tiziano, Poussin– y de la época
moderna –Cézanne o Giacometti–
podrá dar lugar a un nuevo
relato sobre las fuentes
artistas de la literatura y
sobre las influencias de las
obras literarias en el arte. En
el caso de Picasso, la novela de
Balzac reunía los ingredientes
suficientes para provocar su
propia creatividad, aunque
igualmente es cierto que sus
ilustraciones nos arrojan
renovada luz sobre el
significado de la narración
balzaquiana.
Al parecer, la simbiosis entre
Picasso y La obra maestra
desconocida alcanza la leyenda,
pues, según cuenta Palau i Fabre,
podría ser que el taller de
Porbus, donde empieza la
historia, fuera el mismo ocupado
durante treinta años por Picasso
en la Rue des Grands Augustins
de París.
Y, aunque sólo sea una
conjetura, el dato revelaría una
hermosa y enigmática
coincidencia.
Gentileza: Melina Alfaro [
cybermelina_2004@yahoo.com.ar
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