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Mozart: de la fosa común a la
universalidad
Por Luis Tovar
"Cierra tu ojo corporal a fin de
ver tu cuadro con el ojo del
espíritu y haz surgir a la luz
del día lo que has visto en las
tinieblas", afirmaba el pintor
romántico alemán del siglo xix,
Caspar Friedrich, palabras que
podrían aplicarse a la forma de
hacer música de Wolfgang Amadeus
Mozart (Salzburgo, 27/i/
1756-Viena, 5/xii/1791). Porque
dentro de ese hombre de
complexión delgada, rostro
paliducho y ojos un poco
saltones, amante de las bromas y
los juegos de palabras,
intérprete de imaginarios pianos
que tocaba en cualquier
superficie plana, y que trepaba
a las mesas para hacer muecas,
estaba el creador de pensamiento
claro y profundo que cerraba su
mirada exterior para sumergirse
en el universo sonoro. Su
prolífica obra —óperas,
conciertos, sinfonías,
quintetos, cuartetos, música
coral, etcétera— aunada a su
genialidad compositiva, lo
condujo a desarrollar formas
consideradas por el pintor ruso
Vasily Kandisnky como "un
bienvenido descanso en medio de
las tormentas de nuestra vida
interior, una visión de consuelo
y esperanza".
Este año se celebra el 250
aniversario de su natalicio, se
rinde homenaje a un artista
testigo del cambio de
pensamiento ocurrido en la
sociedad europea como
consecuencia del iluminismo,
filosofía basada en el
razonamiento que detonó la
revolución francesa en 1789.
Mozart no escapó a ese
sentimiento de búsqueda de la
libertad y rechazo al
autoritarismo y por ello se
rebeló ante quien quería coartar
su capacidad creativa. En 1781
renunció al empleo como
organista y maestro de concierto
que realizaba bajo las órdenes
del arzobispo de Salzburgo,
Hieronymus Colloredo. Aquél que
de niño maravilló a cortes de
diferentes países por tocar con
las teclas cubiertas por un
trapo, que a los cinco años
compuso su primera obra —una
minueto y trío para piano—, y a
los ocho su primera sinfonía,
fue despedido con un puntapié
por parte del conde Arco.
"El haberse independizado le
costó que Colloredo le hiciera
mala reputación, lo que se
reflejó cuando buscó empleo en
la corte de José ii en Viena",
asegura Juan José Lara,
investigador del Centro Nacional
de Información, Documentación e
Investigación Musical (cenidim).
Impresionó a los vieneses por su
capacidad para improvisar y
construir obras en la mente que
después vaciaba en el papel como
si se las dictaran, por detectar
cuándo un instrumento estaba
afinado un octavo de tono más
bajo, así como por su gran
inventiva. Sin embargo, después
de varios años, sólo pudo
conseguir un sueldo miserable
para componer la música para las
danzas de la corte.
Hasta antes del año en que
murió, eso causó poca mella en
su ritmo de trabajo casi febril
y no opacó su constante buen
humor. Según el maestro Lara, en
Viena Mozart demostró que había
alcanzado la madurez creativa:
"Su obra es el equilibrio entre
la estructura musical racional y
hasta matemática heredada del
barroco, y la emocionalidad que
se iba a desbordar después,
durante el movimiento romántico
del siglo xix." El compositor y
también investigador del cenidim,
Arturo Márquez, subraya la
importancia de las sonatas
mozartianas desarrolladas en esa
época: "En el Taller de
Composición fundado por Carlos
Chávez, nos tocó analizar su
estructura como un modelo
perfecto del cual partimos para
estructurar una partitura. La
obra clásica de Mozart es como
un puente que llega hasta el
apasionado Beethoven en su
primera etapa."
Las primeras creaciones de
Wolfgang Amadeus pueden
compararse con las pinturas que
Goya hacía para la corte
española, influidas por el
preciosismo de principios del
siglo xviii. Pero el espíritu
nada común de ambos los hizo
imbuirse de las ideas
revolucionarias que se esparcían
en Europa, planteamientos que
los llevaron a buscar formas que
conmocionaran los sentidos hasta
llegar a la fuerza de un Don
Giovanni o del Requiem, y en el
caso de Goya, a un Saturno
devorando a sus hijos.
En la penúltima escena de Don
Giovanni, Mozart logra
transmitir el terror que siente
el protagonista al ser
arrastrado al infierno por el
fantasma del Comendador y los
demonios; las notas propagadas
por los alientos y las cuerdas,
conjugadas con las bajas
vibraciones de las voces, erizan
la piel y sacuden al espíritu
hasta el éxtasis. Por ello
Gustav Mahler eliminó la última
escena —poco dramática en
comparación con la anterior—
cuando dirigió esta ópera en
1905, y Teodoro Adorno le
reprochó a Klemperer no haberla
quitado cuando condujo la
grabación discográfica.
En su última obra, el Requiem,
incluyó un texto compuesto por
Tomasso di Celano, un monje
franciscano del siglo xiii, que
es "una descripción terrorífica
de lo que le espera al hombre
después de la muerte; es el
cataclismo del fin del mundo y
una súplica de perdón y piedad
muy conmovedora", enfatiza Lara.
El Requiem es la exhalación de
un Mozart moribundo, el espejo
de un alma angustiada, de allí
su semejanza con un mar
tormentoso que no se apaciguó
aun cuando la partitura la haya
concluido su alumno Süssmayr.
La prematura muerte de Mozart ha
sido motivo de ficciones
literarias, como el drama Mozart
y Salieri, escrita por Pushkin,
o la obra de teatro de Schaffer
—en la cual se basa la película
Amadeus—, que llevan la envidia
de Salieri al extremo de urdir
un plan para asesinar a Wolfgang
(por cierto, quien le encargó el
Requiem fue el conde Walsegg-Stuppach).
Asimismo, ha generado que
especialistas hayan vertido
hipótesis sobre las causas de su
fallecimiento. El doctor Adolfo
Martínez Palomo, coordinador
general del Consejo Consultivo
de Ciencias, enfatiza que la
hipótesis del envenenamiento
ocasionado por Salieri quedó
descartada al conocer la carta
escrita en 1824 por el doctor
Eduardo Guidener, en la cual se
señala como posible causa
consecuencias de reumatismo y
fiebre reumática.
A fines del siglo xx se
publicaron diversos artículos
científicos, informa el doctor
Martínez Palomo, entre éstos,
los de Karhausen y Guillery,
quienes favorecen el diagnóstico
de insuficiencia renal, mientras
que para Jenkins el deceso llegó
debido a una infección
epidémica, y Drake, por su
parte, plantea una anomalía
craneana congénita que le
produjo problemas que se
agravaron por las sangrías
aplicadas por los médicos de esa
época.
En 2001 Hirshman señaló como
causante de su muerte a la
enfermedad parasitaria
triquinosis, y en enero de este
año ya se han hecho estudios de
adn del supuesto cráneo del
compositor, identificado porque
el enterrador marcó el cuerpo
con un alambre grueso. "Los
análisis de adn no coincidieron
con el de dos parientes
cercanos, por lo que la duda
continúa", subraya.
El doctor Martínez Palomo retoma
una cita de Bernard Shaw, quien
se refirió al desolado y
lluvioso entierro de Mozart:
"Tan pronto como dejaron sus
paraguas y se protegieron en el
primer refugio, él se levantó,
sacudió sus huesos en la fosa
común e irrumpió en la
universalidad." Gracias,
Wolfgang Amadeus Mozart.
Gentileza: volar [
volar@fibertel.com.ar ]
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