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Wolfang Amadeus Mozart
Por Odysseas Elytis
Literal y metafóricamente, un
"periodo Mozart" vuelve de
tiempo en tiempo a mi vida. He
aquí qué quiero decir: a veces,
por dos o tres semanas, todos
los días siento la necesidad de
escuchar fragmentos del
compositor de Salzburgo, sobre
todo sonatas o conciertos para
violín y piano. A veces, por
otro lado, sin para nada
remitirme acústicamente a ellos,
siento que mi vida adquiere el
peso —debería decir la falta de
peso— que tiene su música. Y
esto, a tal punto, que al final
el cascarón del júbilo se rompe
para quedarme indefinidamente el
sabor amargo que tiene su núcleo
oculto en el fondo, como por lo
demás en el fondo de toda verdad
humana. Porque en un fondo como
ése es donde las delimitaciones
convencionales no resisten;
ceden, como si te dijeran: una
es la vida, y es ésta.
Precisamente lo que dicen todas
las grandes obras.
Incluso a mí me parece extraño.
Soy, en el dominio de la música,
más bien un analfabeto. La
"visita del ángel" la recibí
desde siempre por el camino
visual, ya fuera que estuviera
frente a un cuadro o un poema;
pero nunca por un sonido,
excepto si era de agua que corre
oculta en una hondonada. Ahora
que lo pienso, es cierto, la
diferencia no es grande. En
Mozart también corre el agua;
sólo que baja de glaciares con
reflejos rosáceos y azules que
lentamente se disuelven bajo la
incesante primavera de su alma.
Libre, el agua se precipita,
salta, tañe (más en el sentido
de "representar") aquello que
aprendió muy cerca del cielo. He
ahí por qué digo, en todo caso,
que uno palpa un poco de Dios
cada vez que escucha todo
cuanto, con los dedos sobre el
teclado, escuchó aquel niño y
que de una buena vez se apresuró
a revelarnos.
¡Bendita la hora! No está
permitido que nosotros, los
demás, la matemos con nuestro
pensamiento crítico. Si tenemos
cabeza, pero sólo eso, estamos
perdidos. Antes de percibir lo
trascendental, veremos
interponerse el acontecimiento
histórico, lo que significa que
nuestros oídos harán el bizco. Y
no hay mayor maldición que la de
escuchar trinos y que la mente
se remita al demoníaco mecanismo
de la vida, que no busca más que
su perpetuación...
Su infancia privada de afecto,
la opresión paterna, los
repetidos viajes, los príncipes
por un momento sensibles y
crueles inmediatamente después,
Rosa, Aloysa, Constance, Viena,
las cartas furiosas y
contradictorias —¿para qué?
Ninguna correspondencia, ni por
la línea directa ni por la
quebrada, pueden encontrar sus
biógrafos entre la vida y la
música de su protagonista.
Adictos a una larga y mala
costumbre de vincular la obra de
arte con los elementos
anecdóticos de la vida de su
creador, les es imposible
comprender que sólo para los
espíritus de menor escala es
válida la ley de la correlación
autobiográfica, mientras que, al
contrario, para alguien que en
realidad siente que le ha sido
conferida una alta misión llena
de mensajes, la manera en que
vive y se enamora, su riqueza o
su penuria, sus glorias y
amarguras, no constituyen más
que el personal de servicio que,
si resulta ser bueno o malo,
simplemente significa que le
asea menos bien o mejor el
domicilio de su expresión.
Han repetido hasta la
exageración el ejemplo de
Rimbaud, que escribió "El Barco
ebrio", sin que jamás haya visto
el mar. Nada más natural: el mar
ya existía en su interior.
Quiero decir, había nacido en su
imaginación, como todas las
cosas que la capacidad de
observación —si no eres nada más
un ser humano mediano— después
sólo llega a verificar, comparar
y clasificar.
No es misticismo esto que digo;
es una constatación realista y
tiene que ver con la metodología
de la exteriorización, que lo es
todo: la segunda y verdadera
vida, purificada, invulnerable.
Atreveos a entrar al concierto
para piano núm. X, K.V. X, o en
la sonata X, para no decir
también la muy usada pero
inmarchitable Pequeña serenata
nocturna y traedme de vuelta
experiencias transmutadas. Nada.
Traeréis la perfección, un
pedazo de perfección, sólo eso.
¿Entonces? Tal vez las cosas
sean más sencillas. Este hombre
nació con un porcentaje de
armonías en su interior cuyo
lanzamiento ocurre con tal
fuerza que ni los
acontecimientos externos
alcanzan a modificar su
composición, ni los elementos
innatos a degenerarse. Tiene la
independencia de un manantial
natural que nos deslumbra; y eso
es lo que hace que las cosas
pierdan su cualidad utilitaria,
que naden medio metro por encima
del suelo, en una verdadera
inundación de luz. Eso es lo que
hace que las vibraciones de la
luz se transcriban con precisión
única —que cada vez que el otro
lado de la vida inicia con algo
andante se fortalezca— en su
música. Brillantes lloviznas de
sonido que atraviesan en
diagonal nuestra ventana oscura.
En ninguna parte, en ninguna
obra de ninguna otra época la
filtración de lo negro en lo
blanco y de lo blanco en lo
negro ocurre con la misma
precisión con la que ocurre en
nuestros sentimientos. En
ninguna parte se unen y se
separan las gradaciones del iris
con tanta rapidez como para que
al mismo tiempo tengamos la
sensación de todos los colores y
a la vez la única y cegadora
luz.
Es un destello de diamante, una
incesante atracción hacia
arriba, la inutilización de
todas las vanidades. Las
dimensiones de la realidad se
modifican, las causas y los
efectos dejan de tener cualquier
sentido. Te convences de que en
el cielo el acero encuentra
manera de latir, de que cada
lágrima se amplía, tanto, que en
ella cabe, además de ti, tu
tristeza. Una naturaleza
incorruptible, donde no tiene
vigencia la definición de la
muerte. Una mágica persuasión. A
ella me someto y por ella
agradezco.
Muchas veces mi vida llegó a
este borde, independientemente
de que estuviera libre o
comprometido, satisfecho o no,
de que fuera un jinete común o
ideal. Y fue entonces que la
verdad de Mozart me fue
revelada, sin que ni siquiera
tuviera en la cabeza una de sus
melodías. Era otra cosa; la
curva, podríamos decir, en un
sendero desde donde se ve
abundante el mar. No, que nadie
se desconcierte, no se trata de
una comparación desafortunada.
El oyente apto traduce. Si es
lapón o es nicaragüense, por
supuesto que no verá, ni en el
minuete más elemental, condesas
que giran sobre pisos brillantes
y reverencias con besamanos. Lo
cual significa que, desde mi
tierra también a mí, en el
idioma mediterráneo, el barroco
de Salzburgo me vuelve a parecer
jónico y los jardines de
Schönbrunn "piélagos que
florecen".
La reserva oscura de nuestro
corazón la levantan y la llevan,
con infinitas y graciosas
palpitaciones, las más
transparentes, las más
brillantes muchachas,
extendiendo la pierna izquierda
hacia atrás y el brazo derecho
hacia adelante, el cabello
ondulado en múltiples astillas
doradas, los pechos erguidos e
incontestables.
Esta es la compensación que de
todo cuanto agoniza la Belleza
recibe con su espada y que
nosotros nos damos cuenta cada
vez que en nombre de los demás
alguien, consagrado a despertar
dentro de ella magnetismos de
medusa, existe.
Para nosotros Wolfgang Amadeus
Mozart existió. Besémosle las
manos por todos los siglos.
Traducción de Francisco Torres
Córdova. Este trabajo se realizó
con de la beca de traducción
literaria otorgada por el Fonca
y el Conaculta, periodo
1999-2000.
Gentileza: volar [
volar@fibertel.com.ar ]
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