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Algo sobre Picasso
Por Odysseas Elytis
Aquellos años la importancia del
pensamiento teórico para mí era
esencial. Me hubiera bastado
llegar a una conclusión sobre
cómo debe estar escrito un poema
ideal, cuál debe ser su estética
y cuál su significado, aunque no
lo escribiera nunca. Las notas
que llevaba inundaron mis
cajones, mis estantes, mis
maletas. En Royaumont, la gran
Abadía, donde pasé algunos días
en compañía de estudiantes
universitarios franceses (y tuve
la oportunidad de conversar con
ellos y darme cuenta del
profundo abismo que nos
separaba), concebí la idea de
dar a esta multitud de
pensamientos una forma más clara
y a la vez más familiar, la
forma de unas cartas a un joven
colega griego.
La dificultad de ensamblar el
espíritu occidental y el
oriental, la mala interpretación
del profundo espíritu griego por
parte de los extranjeros, que
dificultaba nuestro
entendimiento y de la cual
nosotros éramos responsables, la
misión de la Poesía en nuestra
época, la necesidad metafísica
fuera de la tipología de
cualquier religión, la
importancia de la lengua y su
semejanza con los demás
fenómenos de la naturaleza y del
espíritu, la reaparición del
problema de la forma también en
el espacio de la poesía moderna,
el ejemplo de las artes
plásticas, constituirían el
núcleo de otras tantas cartas y,
desde un cierto punto de vista,
la codificación de mis
conclusiones. Las Siete cartas
desde Royaumont se terminaron el
verano del ’51, el mismo verano
que el azar hizo que viviera por
segunda ocasión cerca de Picasso,
más tiempo esta vez, y que
gracias a él agregara un octavo
texto que llamé "Posdata desde
Villa Natacha", la villa de E.
Tériade1 en Sain-Jean-Cap-Ferrat,
donde me hospedé aquel periodo.
Con su ejemplo, Picasso me sacó
de todos esos complejos. Casi
tenía a un griego de la época
clásica a mi lado. Medio
desnudo, vigoroso, bronceado por
el sol, vivía, a pesar de sus
millones, en una pequeña y
humilde casita en Villauris, de
ésas que recuerdan las de
nuestras islas. Andaba en
calzones, pintaba, iba a Golfe-Juan
a bañarse en el mar, comía a
carretadas y se ponía a cuatro
patas para hacerle caballito a
Paloma, su hija entonces
pequeña. La sensación de la que
los griegos habían renegado –la
del sol y el amor, en su
inicial, su arcaico sentido– la
ejercía como un antiguo rey
mítico cuya grandeza no reside
en la fuerza y el poder, sino en
la facilidad y sencillez de sus
ademanes. Una extensión de esta
sensación me parecía que eran
todas las obras que realizó
aquella época, la mayoría de las
cuales incluyó entonces Tériade
en un ejemplar de Verve, bajo la
inscripción ANTIPOLIS, el
topónimo griego de Antibes.
Con una línea nítida, calcada de
los guijarros y libre como la
inspiración que la conducía,
desarrollaba ante nuestros ojos,
al día siguiente de la guerra,
una teoría hecha de niños
pequeños, centauros y mujeres,
soles y tridentes, una formación
dancística de cuerpos desnudos y
objetos de la playa y del
bosque, con un vigor y un nervio
llevados al punto más extremo de
la gracia, la levedad y la
nobleza. En su cerámica el mismo
mundo brotaba con colores puros,
crudos, fuertes; un mundo que
constituía la "restitución del
sol a través de los objetos",
como un día me había dicho otro
gran colega suyo, Matisse, que
debe hacer el pintor, cuando
tuve el coraje de hablarle sobre
cómo en Grecia todo se disuelve
bajo la cegadora luz del sol.
En una gran barraca de madera,
unos metros más abajo, que usaba
como taller de escultura, se
podía encontrar otro tesoro
sacado de las mismas míticas
profundidades mediterráneas,
arquetipos de la lechuza en
todos los tamaños y formas
posibles, de la cabra, donde
había logrado incorporar
botellas y cubetas y cestos
agujereados, todos los casuales
hallazgos en una playa desierta
que, se diría, conservaban
todavía el fresco ardor del
mediodía y el sabor a sal, y
finalmente otros animales
pequeños y aves, pequeños peces,
gallos, palomas. "Cuando es de
noche, sueña, pero cuando
amanece abre las ventanas de par
en par", decía. "Todas las cosas
del mundo tienen derecho al
sol." Y un día que me quejaba
sobre la situación en Grecia, me
miró duramente con sus grandes
ojos negros: "Vea usted también
la otra cara de las cosas, –me
dijo–. Si los regímenes no
fueran conservadores, ¿cómo
podríamos nosotros ser
revolucionarios?" Y soltó una
carcajada para que no entendiera
si hablaba en serio o si
bromeaba.
En otra ocasión, un mediodía, me
tomó del brazo e hicimos todo el
recorrido de la playa. "Mire,
mire, –me decía de vez en cuando
y señalaba con el dedo a las
rubias bronceadísimas que
andaban con enormes sandalias de
corcho en los pies y enormes
sombreros de paja en la cabeza y
casi nada más–. ¿Así son también
en Grecia?, infames... llevan el
demonio por dentro..." Parecía
más un fanfarrón de diecisiete
años que un hombre célebre a los
setenta. Y sólo mi natural
cobardía me impidió decirle en
voz alta lo mucho que lo
aceptaba así como era, qué
enorme lección daba con su
ejemplo a los solemnes (sobre
todo a los nuestros), qué
congruencia mostraba entre sus
"manías" cotidianas y las
"manías" de su arte.
Aquel mediodía me invitó a
comer. Esa zona de la Costa Azul
parecía estar en una
interminable fiesta. Me
sobrepuse a su paralelismo
aplastante con la Grecia
devastada a partir del momento
en que en mi interior sometí su
forma a la forma del Dignum est,2
aunque todavía no lo hubiera
llevado a término. Pero esa es
otra historia. En aquel momento
lo que vi me hizo pensar por
primera vez cuánto tiene que
sobrepasar el hombre para
"resistir" la paz, que es mucho
más exigente que la guerra. La
gente iba y venía despreocupada,
serena, satisfecha. Al entrar en
el automóvil para ir a Vallauris,
un grupo de turistas y oficiales
de la marina que acechaban desde
temprano, empezó afanosamente a
sacarle fotografías mientras los
niños de la zona, que lo veían
todos los días y lo esperaban,
saltaban y gritaban "¡Picasso! ¡Picasso!"
Comimos en la cocina,
apretujados y en desorden, sin
cambiar de plato, su compañera
Françoise, Tériade y sus dos
hijos. No puedo mentir. Me
sentía terriblemente alagado por
poder observar en sus momentos
más privados a un hombre que
muchos otros luchaban durante
meses sólo para estrecharle un
momento la mano. Sin embargo, la
sensación vigorizante que
experimentaba, tal vez apoyada
por un excelente vino tinto, era
otra. Se debía a razones más
profundas, más substanciales.
Era como si encontrara, en el
momento en que menos lo
esperaba, y por un camino que
había perdido la esperanza de
que pudiera caminarlo una
criatura viviente en nuestra
época, una repentina
confirmación de mis ideas. Una
cierta célula sana, una raíz,
que tal vez me había sido legada
y había permanecido, se
estremecía y se sobresaltaba en
mi interior reconociendo la
señal que miles de otras células
le enviaban. Después de cuatro
años. Cuatro años en los que uno
sentía que sólo con tanques de
oxígeno se mantenía la gente en
el interminable Hospital que
había terminado siendo Europa.
En una nueva especie de reino de
intelectuales y redactores de
reportes, donde el placer
máximo, incluso para la pobre
Poesía, eran los glosarios y las
referencias, donde la única
alegría creativa había acabado
por ser la constatación de la
enfermedad; el único título con
valor intelectual
intercambiable, el certificado
del Vacío –Ay ¡una profunda
bocanada de aire!
La obra de Picasso me parecía
que caía como el sable de
Alejandro el Grande sobre esta
macabra realidad. Sus semejanzas
con la vida, con la manera en
que amamos u odiamos, saltaban
ante mis ojos. Regresé a Villa
Natacha y de una sentada, en
pocas horas, con una euforia que
quizá por primera y última vez
en mi vida me dio la capacidad
de manejar con tanta facilidad
la lengua francesa, escribí el
artículo "Équivalences chez
Picasso" que se publicó en Verve,
en 1951, en el número dedicado
al pintor.
Ese texto fue también una
especie de despedida del mundo
que dejaba. Había llegado el
momento de volver a Grecia.
Pocos días más tarde, en el
puerto de Marsella, cargaba mis
cosas en el barco –tres cajas de
libros más y una valija pequeña
y barata menos. La valija con
los manuscritos. No importa. El
poeta debe ser generoso. Que no
quieras perder ni un instante de
tu supuesto talento es como si
no quisieras perder ni una
dracma de los intereses del
pequeño capital que te fue
concedido. Pero la Poesía no es
Banco. Es la concepción que
precisamente se opone al Banco.
Si se vuelve texto escrito,
transmisible a los demás, tanto
mejor. Si no, no importa.
Aquello que tiene que ocurrir
ininterrumpida,
interminablemente, sin la más
mínima discontinuidad, es la
antiesclavitud, la obstinación,
la independencia. La Poesía es
la otra cara del Orgullo.
Notas
Este fragmento (el título es de
la redcción de La Jornada
Semanal) está tomado de la parte
final del extenso ensayo
"Crónica de una década" (1963),
incluido en el primer tomo de la
obra en prosa En blanco (1974),
de Odysseas Elytis. El dicho
ensayo se refiere a la década en
que la llamada Generación de
1930 –Seferis (1914),
Engonópoulos (1910), Embirikos
(1901), Bretakos (1911), Ritsos
(1909) y el propio Elytis
(1911), entre otros–, dio sus
primeros frutos y se vinculó con
los movimientos literarios
europeos, enriqueció e incluso
reafirmó su identidad nacional.
1 Vale la pena recordar el texto
que Elytis le dedica a este
editor y defensor de las artes
griegas en el exilio, "En
memoria de E. Tériade", incluido
en "Las pequeñas épsilon". Véase
Prosa. Seis ensayos, prólogo de
Hugo Gutiérrez Vega,
introducción, selección y
traducción de Francisco Torres
Córdova, Colección Poemas y
ensayos, unam, México, 2001, pp.
185-189. 2 Dignum est es un
extenso poema en tres partes,
"El Génesis", compuesto por
siete himnos; "La Pasión",
compuesto por seis lecturas,
dieciocho salmos y doce
cánticos; y "Dignum est",
dividido en tres partes. Según
el crítico Linos Politis, se
trata de una obra con una
estructura minuciosamente
elaborada en el que el poeta
aprovecha toda la larga
tradición de la lengua griega,
desde Homero hasta Solomós, pero
también el lenguaje de la
himnografía eclesiástica
ortodoxa. En el poema, la voz
del poeta, su experiencia
personal, se funde con la
historia y naturaleza de su
patria formando así una epopeya
que, sin embargo, mantiene su
gran aliento lírico. Se publicó
en 1959, catorce años después
del libro anterior de Elytis,
Canto heroico y fúnebre por el
subteniente caído en Albania
(1945). Ha sido traducido
completo al español por Cristián
Carandell (Plaza y Janés,
Barcelona, 1980) y por Jorge
Pármo Pomareda (Instituto Caro y
Cuervo/ Universidad de los
Andes, Col. El álamo y el
ciprés, Santa fe de Bogotá,
1994). Traducción y notas de
Francisco Torres Córdova Este
trabajo forma parte del proyecto
para el SNCA, 2001-2004.
Gentileza: Melina Alfaro [
cybermelina_2004@yahoo.com.ar
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