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El amasijo
Sudacas de pura cepa
(Donde se habla de pizza, mate y
bandoneón)
Por: John Argerich
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Desde que aterricé en Europa me
he planteado muchas cosas,
porque aunque uno no quiera, el
marote se trabuca de despioles y
fatos raros. Más que nada, cómo
puede ser que un valor de
mesejante talla haya terminado
en este brete. Que esto no es
viajar al paraíso, y el cambio
es durañona, pongalé la
millonaria, don. Un degrade en
toda la línea, que te deja la de
flotación como colador agarrado
por la polilla. Un ejemplo es el
pasar de "doctor" a "che pibe",
que sufren contadores, abogados
y especialista en fatos
intelectuales de la persona.
Allá tienen oficina con
secretaria de exposición,
hablando mal y pronto, y cuando
llegan a Europa deben ganarse el
marroco por medios de mucho
menor estatus. Como limpiar
pisos, por ejemplo, manejar un
tacho que de tan jovato va
desintegrándose por la vía
pública, o pintar. Paredes, no
vayan a creer que frescos tipo
Capilla Sixtina, que ésos ya no
los pinta nadie. Y este drama
tiene denominación de origen. El
basureo instantáneo de tener un
curriculum que en la patria
causa admiración a cualquier
suegra en ciernes, y acá sólo
provoca un sonido.
-Ajá.
O lo que es peor:
-¿Nada más?
-¿Le parece poco, don?
-¡Vea desfachatez! Tenías que
ser quien eres... A vosotros no
os gana nadie para haceros
propaganda.
-¿Dijo, don?
-Calla, fanfa, como se dice
allá, que he estado varias veces
visitando a mis sobrinos en tu
tierra, así que os conozco bien.
Y la gente te sale en todas
partes con esos prejuicios. Que
somos demasiado piolas.
Distintos, de tan pasados de
vueltas. Entonces yo empecé a
preguntarme en qué cuernos
consiste la diferencia, para
tomar una decisión. Se imponía
hacer un somero relevamiento de
campo, como dicen los
sociólogos. Y me compré una
libreta para ir haciendo
anotaciones. Con lapicera
birome, que resalta la fina
personalidad de mis rasgos,
dicho sea sin despreciar. Un
invento más argentino que el
mate amargo, afanado por los
crápulas del exterior, como
hicieron con Malvinas. Ingleses,
alemanes, gaitas, rusos, qué sé
yo, porque para tránsfugas, todo
da igual.
-Buenas tardes, señora -dije al
entrar a un bar de la Gran Vía-
Soy un corresponsal viajero del
Buenos Aires Times.
-Si quieres venderme algo,
chaval, a mal puerto has
llegado, que estamos a fin de
mes, con justo lo necesario para
pagar el café.
-Es solamente para hacerle unas
preguntas para una encuesta,
señora.
-Venga.
-¿Cómo dijo?
-Que largues el rollo, a ver.
-¿Ha estado en Buenos Aires?
-Sí, claro.
-¿Y qué es lo que más le
impresionó, además de la
elegancia porteña?
-El olor a pizza.
-No lo había imaginado, y me lo
anotaré.
-Es uno de vuestros signos de
identidad. Como el mate.
-¿El tango, no?
-El tango está en todas partes,
pero lo acompañan con cualquier
cosa, guitarras, quenas,
flautas, hasta con música
electrónica. El bandoneón que
tanto le gustaba a mi finado
esposo, se ha quedado atrás.
-Son los nuevos tiempos, señora.
Allá todo cambia muy
rápidamente.
-Sí, claro, y me impresionó ver
tantos chinos. Si siguen
llegando como hasta ahora, a la
Avenida de Mayo van a terminar
bautizándola Avenida Mao Tsé
Tung.
-La gran inmigración, también va
cambiando el idioma.
-¿Tienes algún ejemplo?
-Noventa y nueve ahora se dice
cachi-chien.
-¡Qué notable!
-Y al papel higiénico, sabe cómo
lo llaman, señora?
-No.
- Saka-la-kaka.
-¿Y cómo se dice "consumición
mínima tres euros? -preguntó un
mosaico, que vigilaba a los
clientes de garrón.
-¡Chau, señora, gracias por la
entrevista! -apenas logré decir,
antes de que me sacaran a
empujones.
-¡Sudaca tenías que ser! -rugió
el mosaico.
Pero yo ya había empezado mis
anotaciones. "Fuera de cierto
dejo peyorativo, aquí ese
término es sinónimo de persona
afecta al buen vivir", escribí.
Y al levantar la vista me
encontré con una bandera celeste
y blanca, en cuyo centro relucía
el sol de mayo. Agitada por la
respiración a borbotones del
portador de la camiseta en que
flameaba.
-¿Qué hacé, chauchón? -dijo una
voz.
Lo miré a los ojos, y me
encontré nada menos que con el
gordo Petroni, ex compañero de
colimba en el 2 de Infantería.
La época de la escarapela, un
decir.
-¡Petroni! -dije- ¿A la final
saliste de baja, che?
-Pasaron los años, flaco...
-¡Venga un abrazo, entonces!
-¡Subordinación y valor!
Y nos estrechamos con afecto,
porque encontrarse con un
paisano aquí es siempre un
acontecimiento memorable.
-Vamo tomar un feca.
-Una birra, más mejor.
-Metéle nomá.
-¿Hace mucho estás acá?
-Dos meses. ¿Y vos?
-Año y medio.
-¿Te va bien?
-Parando la olla, nomás.
-¿Pensás volver?
-Me vengo mono si no puedo
volver, me vengo.
-A todos nos pasa igual.
-¿Qué extrañás?
-El buen vino, los churrascos
con papas fritas, el dulce de
leche, las empanadas, el minaje,
qué sé yo.
-Yo extraño el Rosedal, los
jardines de Palermo, el
estacionamiento en fila india en
las zonas de rascar.
-Mate una mosca, decía el club
de madres.
-Mate una madre, decía el club
de moscas, ¿te acordás?
-¡Juá, juá, juá!
Y entre copa y copa, se fueron
las horas.
-Voy a mear -dijo, por fin,
Petroni.
-Vaya piola -contesté.
Entonces dieron una película
donde aparecía Madonna en
bombacha y sin corpiño. ¡Qué
minón! Rubia, fuertecita, con
una carucha de ángel como para
ponerla en los altares junto a
las estrellas máximas del
santoral. Y yo empecé a comentar
la película con dos naifas que
se habían sentado a mi lado.
Cruzadas de gambas, como para no
dejar dudas de que habían venido
en tren de guerra.
-¿No me invitas con una
manzanilla, chico? -dijo una.
-Yo tomaría un cognac francés
-dijo la otra.
Brindamos por una amistad eterna
y duradera. Mis manos se
cruzaron con las de ellas, y los
ojos me daban vueltas dentro de
las órbitas.
"¿Qué le pasaba al idiota de
Petroni, que no volvía del
baño?" -pensé yo.
Y ya estaba por levantarme para
irlo a buscar, cuando, las
manotas peludas del mosaico me
agarraron del pescuezo.
-Paga antes de irte, chaval
-dijo.
-Voy al baño -repuse.
-Esa es la puerta de calle
-advirtió el peninsular.
La cara gorda y boba de Petroni
se cruzó por mi mente, como una
caricatura de mi propia
estupidez. Puse la mano en el
bolsillo del saco, pero la
billetera se había ido en un
abrazo fraterno.
"¡Hijo de puta!", pensé.
Y saqué la tarjeta de Visa que
llevaba en el pantalón,
convencido de que no tenía más
nada que anotar en la libreta.
Mi encuesta había llegado a su
fin.
THE END
Copyright: John Argerich, 2005
johnargerich@malmo2.net
All rights reserved.
La serie quincenal "El amasijo"
se publica regularmente en 31
medios de 9 países.
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