"Picasso fue un genio y un tacaño; no tuvo ningún
gesto con Málaga"
balcón de notables por cristina fernández
DÁMASO Ruano nació en Tetuán en 1938 pero su madre era de Algarrobo
y su padre de Manilva. Durante 14 años estuvo estudiando interno en un colegio
en Madrid. Hizo el preparatorio de Ciencias porque quería ser arquitecto pero no
le dieron la beca y estudió Magisterio, "que antes se cursaba por libre". Su
primer contacto con el arte fue en el Bachillerato, cuando pasaba por la galería
Biosca de Madrid para ver la obra de pintores como Benjamín Palencia y Godofredo
Ortega Muñoz. También conoció la transgresión de Lucio Fontana, "uno de los
autores que más me impresionó, sobre todo porque rajaba las telas". El Gobierno
de Marruecos lo contrató como profesor de Dibujo y Español y formó parte de la
Misión Cultural en Kenitra en 1968, el embrión de lo que hoy es el Instituto
Cervantes. En septiembre de 1969, tres meses después de casarse con Pilar, llegó
a Málaga.
–¿Qué recuerdos guarda de Marruecos?
–Allí se vivía muy bien, fui feliz. En Tetuán la convivencia entre
marroquíes, españoles y sefarditas era fenomenal. No había pobreza y en aquellos
años el nivel de vida era más alto que en España. Tetuán tenía unos 60.000
habitantes y era una ciudad cómoda, muy culta, sin complejos y con cierto aire
de capitalidad.
–Cuando ve las avalanchas de inmigrantes y la situación por la que están
pasando hoy, ¿qué siente?
–Durante los 47 años del Protectorado, España dejó ciudades hechas, con
las infraestructuras que esto conlleva. Por eso me duele ver que el país no ha
sido capaz de modernizarse en las últimas cuatro décadas.
–¿Cómo fueron sus comienzos en Málaga?
–Hice la primera exposición a los pocos meses de llegar, en la sala de la
Caja de Ahorros de Antequera. Traje una obra muy moderna y aquí había pocos
pintores que hiciesen propuestas avanzadas. A la inauguración vinieron tres
personas: el poeta Alfonso Canales, Bernabé Fernández-Canivell y mi mujer.
–Con el escaso éxito de convocatoria que tuvo ¿se le vino todo encima?
–Pues sí, la verdad. Yo había hecho exposiciones en Marruecos, donde
había un movimiento artístico importante. Fue algo dramático, aunque me llamaron
al cabo de los días para decirme que comenzó a ir gente a la exposición, sobre
todo pintores malagueños. Ahí fue cuando comencé a conocer a Francisco Peinado,
Jorge Lindell...
–¿Cómo salió adelante esos primeros años?
–Fueron tiempos difíciles. Tenía que buscarme la vida y al principio di
clases de Francés y de Dibujo en una academia. En el año 71 entré como profesor
en el Colegio del Cerrado de Calderón. Allí estuve hasta el 89, aunque dando
clases sólo algunas horas y pintando siempre. Nos instalamos en una casa de mi
tío hasta que pudimos comprar la nuestra. En 1975 alquilé este estudio y aún hoy
soy el inquilino de su dueño.
–A partir de entonces comenzó a exponer en Málaga, en Sevilla y su nombre
se unió al de pintor de vanguardia...
–Bueno, yo creo que siempre he sido avanzado y revolucionario. En la pintura
no me he sometido nunca a normas ni tendencias para vender más. Siempre he hecho
lo que me ha parecido honesto y sincero.
–¿Por qué vino y se quedó en esta ciudad?
–Yo había venido a Málaga en varias ocasiones y me encantó la luz. Nunca
me ha importado mucho figurar, lo que quería era pintar cuadros. Madrid me
parecía un lugar incómodo que se me venía encima. Málaga me parece una ciudad
que tiene mucho atractivo, la gente es optimista y más que acogedora es
indiferente. Te deja vivir. La historia ha hecho que la ciudad esté acostumbrada
a que vengan de fuera y por eso es abierta. Tú importas poco a la gente.
–¿Qué defectos le ve?
–Creo que es una ciudad con complejos, aunque tiene gente muy preparada.
Pero parece que hay miedo a usar la calidad de las personas. Además, tiene un
lado tradicional que puede frenar sus posibilidades de aventurarse.
–Sé que se siente orgulloso de haber sido miembro fundador del colectivo
Palmo. ¿Qué supuso para usted y para los demás?
–La primera idea surgió de Lindell, de Pedro Maruna y de mí y fue un
movimiento muy generoso, altruista y abierto. Empezamos a hablar con otros
pintores, nos reunimos y contamos con la inestimable ayuda de Paco Puche, que
nos dejó la primera planta de la librería Proteo como sala de exposiciones, pero
no para nosotros. Sólo exponíamos para rellenar los huecos de la programación.
Para financiar los gastos del montaje de las exposiciones y el sueldo de la
chica que atendía la sala buscamos suscriptores a los que entregábamos una
serigrafía de autores de renombre.
–¿Se agotó la fórmula? ¿Por qué se acabó Palmo?
–Duramos nueve años y al final esto se desgastó aunque la convivencia entre
los pintores fue magnífica. Era una labor que nos quisimos proponer para que
Málaga viera a otros pintores, nada más.
–En pocos años se han inaugurado en Málaga nuevos espacios para el arte
como el CAC Málaga, el Museo Picasso y algunas salas y galerías. ¿Cree que hay
suficiente movimiento artístico en la ciudad?
–Pienso que hay lugares y predisposición de la gente a ver cosas, pero hay
una falta de programación enorme. El Palacio Episcopal, por ejemplo, tiene
exposiciones de vez en cuando y otras épocas en las que permanece cerrado. Esa
sala debería de ser dirigida por la propia ciudad, no por la Junta. Un caso
parecido es el Museo Municipal, que no tiene una programación constante que
proporcione un ritmo de visitas...
–¿Y cree que el público malagueño ya está acostumbrado al arte
contemporáneo?
–Sí. De hecho, el impresionismo y la pintura abstracta se estudia en los
libros de texto. La gente acude cada vez más a las exposiciones a pesar del
cierto arraigo trasnochado de buena parte del público.
–¿Y el respaldo institucional a la cultura?
–Ahora se han dado cuenta de que la cultura es un negocio.
–¿Qué opina del Centro de Arte Contemporáneo de Málaga?
–La verdad es que he ido pocas veces. La colección permanente me parece
bastante mala y además siento que, a veces, nos tratan como ilusos. Los pintores
estamos bastante informados de lo que se hace fuera, viajamos y estamos en
contacto con otros autores. No hace falta que vengan aquí a vendernos cosas como
la de los hermanos Chapman. Creo que se apoyan más en el nombre y la fama del
artista que en la calidad de la obra. Además, no hacen ninguna labor didáctica.
–Por tanto, aún es importante seguir educando...
–Uno de los grandes defectos de esta ciudad es que no ha tenido una
programación didáctica adecuada para que la gente pase del realismo al
impresionismo, luego al cubismo y posteriormente al arte moderno y las
tendencias más actuales. Hay un déficit, un vacío en el tiempo y en los estilos.
No se puede traer una obra de última generación sin haber pasado por un proceso
formativo lógico.
–Su obra, al igual que la de la mayoría de artistas malagueños de los años
70, 80 y 90, no se puede ver expuesta. Sin embargo, ahora planean dos ideas (una
del Ayuntamiento y la otra de la Junta) de hacer un museo de los autores
malagueños del siglo XX...
–Me parecería muy bien que hiciesen ese museo, pero lo que hace falta es
que yo pueda llevar a mis nietos. Pero si sigue la tónica del resto de proyectos
en Málaga, no creo que se haga antes de los próximos 30 años.
–El Museo de Bellas Artes tiene obra suya...
–Sí, hace unos años doné una obra grande que hoy está en la Delegación del
Gobierno de la Junta. También tengo otra embalada en el ático... Pero ya han
dicho que sólo se van a exponer las obras anteriores a la Guerra Civil, así que
las mías se quedarán sin exhibir.
–Ahora estamos en pleno octubre picassiano, ¿cree que la ciudad se
pasa con los actos dedicados al artista o que no llega?
–Está bien porque como artista era genial, magnífico. Hay que quitarse el
sombrero ante él porque fue el primero que hizo lo que le dio la gana. Sin
embargo, fue un tacaño como una casa de grande y con Málaga no tuvo ningún
gesto. La ciudad sí que ha sido generosa con él ahora que puede, porque en la
época franquista era difícil.
–¿Y le gusta su museo?
–Yo nunca hubiera hecho un museo a Picasso en ese edificio. Se tenía que
haber concebido un inmueble moderno, con arquitectura viva, como se merece un
pintor que ha sido un revolucionario en el arte. Tenían que haber restaurado el
palacio de Buenavista para Bellas Artes y haber hecho un nuevo equipamiento para
el Picasso.
–¿Qué le parece que se pretenda hacer un museo a Félix Revello de Toro?
–Revello es un pintor que responde a una arraigada admiración por el
realismo y el museo es un síntoma de estos tradicionalismos malagueños.
–¿Ha cambiado mucho la ciudad que usted conoció? ¿Le hace falta un empuje
especial?
–Málaga se está estropeando, la dispersión por los barrios está falta de
un urbanismo serio, pero, en mi opinión, es una ciudad que tiene un futuro claro
si los dirigentes dejan los enfrentamientos de partido y piensan en las
generaciones futuras. Pero aquí tienen que pasar años y años para hacer
cualquier cosa. Cuando llegué me sorprendieron las casas de la Coracha, eran
como un monumento a la pobreza. Sin embargo, han tardado 30 años en echarlas a
bajo.
–Usted tiene 67 años y pinta desde que era muy joven. Cuando se encuentra
en este punto de su carrera, ¿siente que ha llegado a su madurez creativa?
–No, en la pintura nunca se sabe nada. Lo que pasa es que ahora te
equivocas menos, pero ya está. Una de las cosas sublimes que tiene el arte es
que en él no caben las teorías y es infinito. Cuando te enfrentas a una tela o
un papel te dejas llevar por tu instinto y la edad lo que logra es quitar
algunas piedras en el camino.
–Pero su estilo es la firma indiscutible de su obra...
–Bueno, el estilo no se puede buscar, sino que llega con el trabajo y,
sobre todo, si eres absolutamente sincero con lo que haces, sea fácil o difícil
de vender. La obra emociona cuando hay una verdad dentro de ella. Mucha gente
aprecia las obras mejores de una exposición porque les llegan, sin necesidad de
haber ido a la universidad o tener cultura artística.