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El amasijo
¡Pasaporte, por favor!
(Donde se habla de los líos
inherentes al suplicio de emigrar)
Por: John Argerich
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Al Cholo Subiza siempre le había
gustado soñar. Soñar con
paraísos donde todo el mundo
tiene guita, y si no querés
laburar, poco importa. Porque,
total, llueve sopa. Paraísos del
confort, con unos minones
bestiales que siempre dicen
"sí".
-¿Querés un besito?
-Sí.
-Querés que te lleve a conocer
el bulín más camba de
Avellaneda?
-Sí.
-¿Formás para el tacho?
-Sí.
Por eso, cuando su pasión por
probar suerte afuera hizo
crisis, se puso a revolver la
parentela. Y así encontró dos
ascendientes que lo hacían
candidato al pasaporte colorado
de la Unión Europea. ¡Daba gusto
ver su constancia en leer
prospectos de viajes, y las
colas que se bancó frente al
consulado italiano! Desde las
seis de la mattina con el termo
de café abajo del brazo, y una
revista de fóbal para matar el
tiempo. Soportando la lluvia, a
veces. Junto a muchos
desgraciados que, en su afán de
tomarse el pire, iban a hacer
cola llevando un colchón, donde
apoliyaban sueños imposibles.
Unos roncando como hacen los
justos, otros ensayando alguna
tarantela para acostumbrarse al
cambio cultural. Pero en esta
vida, todo llega. Y por fin,
Subiza puso el pié en el túnel
de los sueños.
-Buon giorno, signore -dijo, por
fin, una empleada consular que
era un despelote. Justiniana
para la parrilla, un decir.
Un metro sesenta y tantos, pelo
rubio claro largo, una carucha
de ángel que parecía copiada de
esas ilustraciones que hacían
los monjes pajeros en las
biblias iluminadas. El Cholo la
miró de costado, imaginándola
despatarrada al sol en bikini en
una playa con mar azul y fondo
de montañas. Piponcita en los
lugares clave, de tanto morfar
los ravioles que hace la nona.
El Adriático, el Tirreno, lo
mismo da. ¡La mar azul hecha
canzoneta! Y con el metejón que
se estaba agarrando, cerró los
ojos, porque éstos le daban
vueltas dentro de las órbitas,
de tanta felicidad.
-Buon giorno -repitió ella, como
para despabilarlo- ¿Qué lo trae
por aquí?
-El pasaporte -dijo él, haciendo
un esfuerzo para concentrarse.
-¿Es hijo de italianos?
-Descendiente.
-Concrete la información, así
lleno los papeles.
-Empiezo con mi abuelo. Se
llamaba Karl von Stauffern.
-Eso no parece italiano.
-Más italiano que la polenta con
pajaritos. Era nacido en Bolzan.
-Se dice Bolzano.
-El decía Bolzan, y yo digo
igual.
-Vea, señor, Vd. Puede decirlo
como quiera, pero en los papeles
yo voy a poner Bolzano, que
queda mucho mejor.
-Si lo cree necesario…
Al Cholo ese primer entredicho
le cayó como llovizna de
invierno que te agarra en
camiseta. Como si tener apellido
extranjero fuera un escándalo. Y
eso rompió su ensueño. Ya no la
veía tan linda a la secretaria,
tirada en la playa frente al mar
azul. Pero estaba buenísima,
¿para qué negarlo? Cosa de
aprender a mancarle algunas
rarezas.
-¿Conoce el último domicilio de
su abuelo, en Italia?
-Si, claro, espere un momentito,
que lo tengo escrito en un
papel, porque es difícil.
Revolvió en los bolsillos del
saco, y por fin, dijo con voz
segura:
-¡Acá está!
-¿Calle y número?
-32 Multenstrasse "A"
-¿Cómo dijo?
-32 Multenstrasse "A".
Pero ella escribió "32 Vía
Multeni, Corpo edilizio A"
-¿Localidad?
-Krankenhausunterdenlinden.
-¡Mamma mía! -suspiró la
italiana- ¿Me lo podría
deletrear?
-Sí, cómo no.
K-r-a-n-k-e-n-h-a-u-s-u-n-t-e-r-d-e-n-l-i-n-d-e-n
.
-Espere un momentito, señor.
-Ella tecleó algo en el tablero,
y la computadora le dio el
nombre latino de esa localidad.
-Cortina di Pellegrini -informó
al solicitante, con superioridad
didáctica.
-¿Tiene algún otro pariente
italiano, señor?
-Mi abuelita materna, que en paz
descanse.
-¿Nombre?
-Gabrielle Marie de la
Rouchelette.
-¿Qué…? ¡Con esos parientes Vd.
no va ni a la esquina, don!
-Se equivoca. Mi abuela no
solamente era tana hasta la
médula, sino que preparó los
tallarines con que invitaron a
Humberto Primo cuando visitó
Buenos Aires.
-Siendo así… Pero el nombre se
lo tengo que escribir bien. Ya
bastante lío vamos a tener con
su abuelito.
La empleada lo pensó un momento,
y luego puso en la solicitud
algo que se entendiera.
Gabriella María Rocatelli,
nativa de…
-¿Ultima dirección de su
abuelita, señor?
-Rue de la Paix 137,
Chateaublanc de Aoste.
-¿Y eso es en Italia?
-Si, claro, en Aoste, la región
autónoma donde hasta los
carabinieri hablan en francés.
-Lo siento, pero los nombres
extranjeros sólo causan
problemas, y tengo que
escribirlo bien. Pondré "Vía
Della Pace 137, Castelbianco di
Aosta".
"¡Qué nacionalismo pasado de
moda!", pensó el Cholo,
advirtiendo cierto gestito de
asco en la empleada. Y mirándola
bien, ya no le parecía tan linda
como al principio. Tampoco la
veía más en bikini, despatarrada
frente al mar, sino vistiendo
uniforme de guardiacárcel. Meta
cerrar puertas con una llave
gigantesca que llevaba colgando
del cuello.
"¿Y para esto hice cola toda la
noche?", pensó.
-¿Tiene Vd. algún otro vínculo
con Italia, que justifique su
interés por la nacionalidad?
-¡Seguro! -dijo él- Soy loco por
las pastas, y cuando me peino a
la gomina estoy igualito a un
famoso actor de cine. Marcello
Mastroianni… ¿lo conoce?
-Vea señor -dijo la nami- Le voy
a ser franca. Lo que Vd.
manifiesta es interesante, pero
como motivación me parece poca
cosa. Vd. de italiano no tiene
nada. Puros parientes alemanes y
franceses. Y seguro que en su
casa come chukrut con champagne.
¿Me explico?
El Cholo la miraba, y al
escuchar sus palabras, la iba
encontrando cada vez más fea. Ni
siquiera vestida de
guardiacárcel, la veía ya. Más
bien le estaba pareciendo una
bruja, de chuzas desarregladas y
vestido negro, con la escoba al
lado. Solamente le faltaba el
gato, para ser un ejemplar de
catálogo.
-Debe traer la partida de
nacimiento, certificado de buena
conducta, informe médico sobre
su estado de salud, certificado
de domicilio, y registro de
conductor. Llame dentro de un
mes para concertar otra
entrevista.
-¿No hace falta más nada?
-Si quiere que las cosas vayan
rápido, traiga también
doscientos euros. Treinta son
para gastos de franqueo e
impuestos. El resto es la parte
más delicada. Agasajos al
personal.
-¿Agasajos al personal?
-Sí, como hace la Guardia Civil
en el aeropuerto de Málaga. Es
que con la internacionalización,
las costumbres se van pegando,
entre vecinos.
Cholo se quedó sin palabras. ¿No
era que la coima la habíamos
inventado nosotros? ¿No era que
en Europa todos son angelitos,
porque con un buen nivel de
ingresos, la corrupción ya no
existe? ¿No era que la bronca
contra los extranjeros es un
crimen?
"¡Mentiras, puros globos!",
pensó.
Y cuanto más la miraba a esa
vieja horrible que tenía sentada
enfrente, más ganas le venían de
rajar. Y le vino al marote un
viejo refrán gauchesco:
Hacé como hace el ratón.
Conserváte en el rincón ande
empezó tu esistencia…
¡Vaca que cambia é querencia, se
atrasa en la parición!
Así que sin esperar más, salió
rajando del edificio, como para
que ningún arrepentimiento
tardío fuera posible. Después
pidió una birra en un copetín al
paso, zambulléndose por fin en
las entrañas del subte. Había
visto lo que es la vida del
emigrante, vapuleado sin tener
que moverse de Buenos Aires.
Raro privilegio. Y no volvió
nunca más a pensar en el
pasaporte colorado. Que el azul
alcanza y sobra para pasarla
bien.
"¡Argentino, señor!", iba
pensando, mientras tarareaba una
canción.
THE END
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Copyright: John Argerich, 2005
johnargerich@malmo2.net
All rights reserved.
La serie quincenal "El amasijo"
se publica regularmente en 31
medios de 9 países.
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