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Historias de Guita (Donde se habla de los hunos, sin olvidar a los otros) Por: John Argerich
 

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    Historias de Guita

             (Donde se habla de los hunos, sin olvidar a los    otros)

Por: John Argerich


 


Eran las tres de la tarde, y una cuadrilla de Obras Sanitarias escarbaba los intestinos de mi ciudad.
"Plash, plash, plash" cantaban las palas.
"Pum. Pum, pum", decía un taladro neumático, con voz de tenor.
"¡Qué pocas ganas de laburar, con 38 a la sombra!" -pensó un morocho, secándose el sudor de su frente, como exige la Biblia si has de ganarte el pan.
Hermosa oportunidad para echarse un parrafito, abajo del toldo.
-Con permiso, don. Necesito asesoramiento por un problema laboral... -le disparó al capataz.
Pero el trompa se la vio venir.
-Vea che, que yo ya peino canas, y viví la vida -repuso, con facha sobradora.
-¿Y de áhi?
-De áhi que venderme un buzón, no es tan fácil. ¿Asesoramiento pa' cavar zanjas, dijiste? ¡Andá a laburar, andá, que los cafiscios sobran!
Pero el cabecita era buen psicólogo, y vio la brecha.
-Querría compartir la sabiduría que dan sus años, don Pepe... -dijo, más inclinado a disfrutar una linda conversa, que a hacer méritos con pico y pala.
-Te canto la justa, pibe, que hace rato tengo el coco en segunda -dijo el capataz, sucumbiendo a la tentación de brillar - Porque hay cosas que rompen los quinotos, y cuando estás en lo más lindo, empiezan a picar, como si fueran piojos.
-¡Qué tema tan instructivo! ¿Podría aclarar concetos?
Y ese estímulo fue suficiente para provocar la catarata verbal que daría el ansiado respiro.
-En este país lo que sobra son ejemplos de laburo intelectual al cuéte -dijo el capataz- Por ejemplo, los pensamientos profundos de sobremesa, que te hacen perder la siesta de puro blablabla.
-Tiene razón, don Pepe. La siesta es oro... -concedió el morocho, pensando que ese día se iba a ganar el jornal con poco esfuerzo.
-Nuestro mayor problema es que nos ahogamos en jarabe de pico -dijo el capo.
-No entiendo.
-La gente habla macanas, porque tiene la pensadora oxidándose en punto muerto... ¿Vas entrando?
-Si, claro, pero déme un ejemplo, por favor.
-Decir que la guita no es la felicidad, como baten algunos, para mandársela de oligarcas.
-¡Qué cinismo, mamma mía!
-Pero generalmente son historias con que te salen antes de garronear un faso o tirarse el lance de que pagués una pizza con fainá.
-Ni más ni menos.
-Globos con berretín de pensamiento profundo para dejar tranqui al auditorio, diría yo. O a los ahorcados del auditorio, más mejor.
-Que no son pocos.
-¿Pocos, dijiste? Mayoría neta, en los tiempos que corren. Y más secos que lengua de loro, con la de cuero sin un fasul.
-La verdad...
-Una manga de salames que si siguen en el baile no es para disfrutar la volada, sino por carencia de sitio donde estacionar el fiambre, en caso de defunción.
-¡Pobres grasas!
La charla estaba linda, y así pasaban las horas, cuando no venía el inspector. Meta mate y sánguches de mondiola, con el capataz batiendo la justiniana.
-Si voy a serte franco, ese problema no es ninguna novedad. -dijo don Pepe, retomando el hilo de la charla.
Verdad de a kilo, porque muertos de hambre siempre hubo, desde que el mundo es mundo. Mire si no a nuestro antepasado común, el abuelo Adán. Un tirado en lo más propio del término. Y no lo decimos porque anduviera en pelotas, que podía haber sido nudista millonario del primer mundo, sino porque con la calor del paraíso, ni heladera para tomarse una birra helada, tenía el loco. Para morfar robaba fruta, y cuando la señora quiso ponerse al día con las pilchas, le dio una hoja de parra. Después pasaron los siglos, y llegamos a Jesucristo. Habrá sido un capo, pero como elegante tampoco la iba. Ni impermeable, ni sobretodo, y mucho menos un smoking, para presentarse bien vestido en la corte del papá. Todo lo cual demuestra que próceres con guita hubo bien pocos. Y si ellos andaban como mono en la palmera, no me venga a decir que el pobre laburante la iba a pasar mejor.
-¡Ave, César! -gritaba la multitud.
Y ahí estaba el supertrompa del Imperio, con ramas en el balero en lugar de funye fino, y por toda pilcha, una sábana. O sea, ropa que hasta en el tren de los cartoneros, mirarían con desdén. Al máximo una frazadita, los días de frío. Ni poncho, ni auto, ni avión presidencial. Solamente unos matungos para recorrer sus posesiones. Ni secretaria, tampoco, ni profesor de golf.
-Una pobreza que da pavura -opinó don Pepe antes de cambiarle la yerba al mate- Hoy ni el más gil agarra viaje con un conchabo así.
Después pasaron rápida revista a la historia posterior.
-¿Y de Colón, qué me cuenta? Se ve que no le daba el cuero para irse a las Bahamas en charter, como hace todo el mundo, porque juntó unos mafiosos amigos y se largaron al mar en tres lanchones viejos que no tenían sauna ni salón VIP.
-¡Qué tirados!
-No fueron los últimos, porque al llegar a tierra, ¿quien cree que los recibió?
-No sé... -dijo el morocho.
-¡El rey y toda su corte, en pelotas!
-¿Tan mal de fondos, andaba la nobleza?
-Sin un sope para muestra, así que todo lo que el Almirante se llevó como botín fueron papas, semillas, y alguna chuchería hecha con caracoles, como venden en el balneario de Quilmes.
-¡Eso es correr la coneja, señor!
-Durañona, pero es la pura, che. Sin embargo, el muestrario de miserias no acaba allí.
Y don Pepe, que era aficionado a ver películas históricas, siguió su relato. Los hunos conquistaron Europa montando a caballo sin más pilchas que las que podían afanarse en cada pueblo del camino. Los vikingos también hicieron de las suyas en la pobreza más sacramental. Vestían pieles de osos, se calzaban con las botas de los muertos, y por morfi, ¡otra que huevos fritos y milanesa napolitana! Comían pescado crudo, ratas, perros y caballos viejos. La Edad Media no fue mucho mejor. En vez de hacer casas con calefacción, los ñatos de entonces levantaban catedrales, que sólo servían para la contaminación visual del paisaje. Porque en invierno eran más frías que solterona flaca, devota del Sagrado Corazón. Y en verano, los tufos sacerdotales apenas te dejaban entrar. Triste vida, la de entonces. En invierno tiritaban de frío, esperando que quemaran alguna bruja, para disfrutar un rato ameno, con cierta calefacción. ¡Vaya tiempos, en que con cuarenta abriles eras un viejo carcamán, y para cuidar sus almas, le tenían terror al sexo, abjurando del confort!
-Qué desperdicio... ¿no? -dijo el morocho.
-Pero la cosa no termina ahí. Con la modernidad llegó el desparpajo, y los más osados se bañaban en agua tibia una vez por mes. Conscientes del dicho popular: "De los cuarenta pa' arriba, no te mojes la barriga", pero sin importarles mucho el "qué dirán". Claro que después tiraban el agua de la bañadera a la calle, y vivían embarrados hasta los tobillos, o se morían de fiebre tifus. Pero inversiones en tiempo libre, ni pensarlo. La vida era laburar, laburar, y laburar, hasta que un día venía el cura a decirte las palabras sacramentales. "Felice morte, se non ti vedo piú". Así pasaron los años, y de la miseria generalizada se pasó a la miseria local. Porque en los países prósperos había morfi, chupi, y pilchas para todos los gustos. Por primera vez, la gente esperaba sin angustia el fin de mes. Pero en el resto del mundo se quedaron sin industria, sin cerebros, y sin fondos, tapados hasta el cogote por la deuda externa. Así explotó otra bomba: La inmigración clandestina. Todos los días aparecían botes llenos de atroz negrura, que nadie quería recibir. Muchos eran expulsados a vuelta de correo, pero los que se quedaron aquí, corrieron una coneja espectacular. Y como si esto fuera poco, Europa empezó a llenarse de sudacas, que si bien hablaban lengua cristiana, venían hambreados y con planes de revancha. Regresar con algo de lo que, en su día, el viejo mundo les había afanado en nombre de la cruz. Ghetos y más ghetos, llenos de basura. A eso quedaron reducidas nuestras hermosas ciudades. Entonces apareció un sueño integrador, que todos compartían. La pasión por la biyuya. Guita a rolete, para sacarse los gustos sin transpirar. Guita como sea, por las buenas o por las malas, que cuando llegás a un negocio con la billetera inflada, nadie se fija en el color de tu piel.

THE END



Copyright: John Argerich, 2005
johnargerich@malmo2.net
All rights reserved.

La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en 31 medios de 9 países.

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