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El amasijo
Corazones partidos
(Donde se habla de que no sólo por amor se casa
el hombre)
Por: John Argerich
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"Corazones partidos, yo no los
quiero,
porque cuando doy el mío lo doy
entero..."
Así canturreaba una manola,
enfundada en su vestido
sevillano de amplias faldas. Con
zapatos de tacón bajo y claveles
rojos en el pelo, como si éstos
fueran su telón de fondo. Sin
faltar los mantones de Manila
desbordando flores, que echaban
un halo misterioso en el
"tablao".
Y al acallarse las guitarras
gitanas, el público, conmovido
por una sublime identificación,
respondía a voz en cuello:
-¡Olé, y olé, y olé!
Entonces el Pedrito Sastre, de
puro romántico que había sido
desde pibe, le quiso meter un
chuponcito a su futura esposa.
-¡Ala, rapaz, que este casorio
es pura fantasía...! -dijo ella.
-¿Pero me da derecho a una
atención, o no? -contestó él-
Mirá que formé con seis lucas, y
los invitados están mirando. Con
esa guita me reciben como un
duque en cualquier putingclub.
-No me interesa, chaval -dijo
ella- la tarifa es ésa. En el
putingclub sólo encuentras
extrajeras más indocumentadas
que tú, y de poco iba a servirte
adornarlas con tus euros. Pásame
el brazo por la espalda cuando
empiecen las fotos, si quieres.
Pero nada de fanatismo, que
después de firmar, me voy a
Cádiz..
Los flashes rompieron la pálida
luz fluorescente del salón donde
se celebraba la fiesta, y ambos
sonrieron de oreja a oreja, para
dar veracidad al evento Entonces
ella le murmuró en el oído:
-Cuando termine esta farsa, no
nos vemos más hasta el juicio de
divorcio. ¿Entiendes? Dos años
pasan rápido, y como entonces ya
tienes la tarjeta verde de
residente no hay más razón para
seguir juntos.
-Sos una experta, che. Pero seré
curioso: ¿Lo hiciste antes?
-Claro, este negocio es pan
comido. Unos cuantos miles sin
tener que trabajar ni que te
muevan un pelo. Todas mis amigas
están en la misma onda, y es un
ingreso seguro porque nunca
faltan desgraciados como tú que
vienen como turistas, y después
quieran colarse al primer mundo,
entrando por la puerta de atrás.
-¡Qué barbaridad! -dijo Pedrito,
por si alguien lo escuchaba,
porque a esta altura del partido
ya era un experto en matrimonios
de conveniencia.
Entonces aparecieron los mozos,
o "camareros", como dicen aquí,
y empezaron a repartir munición
de boca.
-¿Una manzanilla, señor?
-¿Emparedados, quizás?
-¿Un cóctel de gambas con
conchas finas?
Y el novio no pudo con su genio.
-Mirá, pelotudo -dijo- A mí no
me laburés con la conversa.
Hablá en cristiano, que el
paganini soy yo, y quiero saber
qué tenemos pa' morfar.
El mozo vacilaba, porque a pesar
de que teóricamente hablemos el
mismo idioma, muchas veces es
difícil entenderse bien.
-Vea usté...
Y Pedrito resolvió cortar por lo
sano.
-Tranqui, pebete -dijo- traéme
un sánguche de molleja, tinto y
soda, por favor.
-¿Y la señora?
Rocío se quedó pensando.
-Paella, por favor.
-¿Paella? -preguntó el mozo.
-Pa' ella no, pa' mí.
Ya se tuteaban.
-¿Pa' ti?
-Pa' ti no, paella pa' mi, a ver
si entiendes.
-Vea que el patí es fresco, y
viene acompañado con melones al
limón.
-De ese tema no hablemos -dijo
Pedrito, mientras observaba
nervioso los bamboleos de su
casi esposa. ¡Qué bien dotada
estaba la Rocío!
Y pescando al vuelo la tragedia,
el que jugaba de padrino cortó
la discusión.
-¡Finíshela! -dijo- no sea que
caigan los de uniforme verde y
funye acharolado. Los picoletos,
que les dicen, y con tanta
discusión acabemos en galera.
-¡Muy bien dicho! -agregó el
novio- Pa'ella, patí y pa'mi,
paella.
-Es al revés, querido...
-susurró Rocío, llamándolo así
por primera vez.
Impresionada por el carácter que
empezaba a mostrar Pedrito.
"Pa' mí, patí, y paella pa'
ella...¡Qué confusión...!",
pensó el mosaico, mientras
enfilaba rumbo a la cocina, sin
saber con qué iba a regresar.
Se bailaron tangos y pasodobles,
y entre los invitados nunca
falta un "cantaor". Al rato el
jefe de ceremonias pronunció un
discurso que leía en todos los
casamientos concertados por
Corazones Solitarios Inc.
Después apareció un ordenanza.
-El alcalde os espera.
Se abrió un portal, y cruzaron
el arco de acceso al salón de
ceremonias. Allí estaba el alto
funcionario, vestido de toga
negra, tras un escritorio
impresionante, rodeado de
secretarios. Con varios
teléfonos, computadora y un
pergamino blanco donde manos
hábiles habían escrito el texto
sacramental en estudiada
caligrafía. Pero ya era tarde, y
había que ir al grano.
-¿Homo o hétero? -preguntó,
entrando en materia.
-La boca se le haga a un lado,
don...
-¿Dijo usted?
-Que no entiendo la pregunta.
Siempre la misma reacción, ante
un cuestionario obligatorio. El
magistrado se había puesto
colorado de ira, y resopló una
respuesta, que habría sido
necesario ser idiota y medio
para no entender.
-¿El señor es señora o la señora
es señor, por casualidad?
Aquello excedía toda la
colección de experiencias raras
que Pedrito llevaba en su bagaje
de inmigrante.
-¿Qué dijo?
-Le estoy preguntando si son
homosexuales, putos, maricas,
tortilla, a ver si nos
entendemos.
-¿Así que para entenderse con
usted hay que ser marica?
-Yo estoy aquí para casar a la
gente, no para entrar en
discusiones imbéciles. Esto es
un acto de desacato. ¡Llame a la
policía, secretario!
-¿A cual, señor? Que los
servidores del orden son muchos.
¿La Guardia Civil, la Policía
Nacional, la Policía Autonómica
o la Policía Municipal?
-La que se le antoje, con tal
que me saquen a este cabrón de
aquí.
Pedrito vió todo rojo,
abalanzándose contra el grupo de
funcionarios. Sobrevino un vivo
forcejeo y por fin consiguieron
meterlo en el baño, hasta que
llegara la autoridad. El novio
echaba espuma por la boca, con
su traje azul todo arrugado, la
corbata floja, y los faldones de
la camisa afuera.
-¡Suelten a mi novio,
desgraciados! -gritaba Rocío,
cuya admiración por Pedrito iba
en aumento.
Si lo hubiera conocido antes, le
habría hecho rebaja. 5.000
euros, o 4.500 a lo mejor. Y
algún arrumaco como premio
consuelo, antes de volverse a
casa. Porque a esta altura de
los acontecimientos, pensar sólo
en euros le estaba empezando a
caer fatal. El mano a mano con
ese tío no hubiera sido otra
aventura, que se olvida llegando
el amanecer. Le hacía pensar más
bien en un impacto
impresionante. Como una colisión
de portaaviones en alta mar.
"¡Qué emoción!", pensó.
En eso cayó la policía.
-¡Documentos! -dijo un cabo.
Y al oír esa palabra maldita,
los invitados se hicieron humo,
que legal no había ni uno.
-¡Brutos! ¡brutos! ¡Qué
desperdicio! -gritaban muchas
voces desde el salón de al lado.
Hubo un forcejeo, y las puertas
estallaron, dando paso a una
multitud vociferante, vestida en
prendas extrañas. Cuerpos
musculosos enfundados en
vestidos de gasa, Cuerpos finos
con chambergo y traje de calle.
Muchas flores, pieles, y rostros
profusamente maquillados. Era
otra boda entre personas de
igual sexo, como se estila
ahora. Y las preferencias de
cada uno no tienen nada que ver
con la profesión. Dicho en otras
palabras, entre los gays había
algunos que eran expertos
boxeadores, y hasta eruditos en
catch. Para resumir, la policía
estaba en clara desventaja.
Visto lo cual, optó por olvidar
los pasaportes, y hacerse humo.
-Ahora nos casan, o rompemos
todo -dijo Pedrito, que ya veía
sus 6000 euros esfumándose en
lontananza.
"OTRO TRIUNFO DEL ORGULLO GAY",
dijo "Arco Iris" en primera
plana, al día siguiente.
Los casaron, y Pedrito consiguió
su tarjeta de residencia. Pero
la presión del medio fue grande,
y a pesar de no poder sacarse a
Rocío del marote, terminó su
carrera de inmigrante
conviviendo con un torero.
-Corazones partidos, yo no los
quiero -decía éste.
Difícil vida, porque además de
celarlo a muerte., lo obligaba a
cocinar
THE END
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Copyright: John Argerich, 2005
johnargerich@malmo2.net
All rights reserved.
La serie quincenal "El amasijo"
se publica regularmente en 31
medios de 9 países.
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